lunes, 15 de febrero de 2016

La Bruja y el Angel Mestizo [Capitulo 27]











                     Capitulo 27 










El crujir de algo frágil quebrarse en el suelo hace que sus ojos se abran de par en par. Charlotte, descubre un dolor profundo en su abdomen. Lo toca como si su tacto sirviera de algo. Se da cuenta que la han vendado y trae puesta ropa de prisionera que le queda un poco grande. Sus pies están descalzos. 
Aprisionada en tres paredes, tras una oxidada reja. Apenas hay iluminación producida por unas cuantas antorchas colocadas en las paredes, afuera de su celda.
Escuchó gritos de mujeres discutir en alguna parte, los pasos de un guardia que bajó a las celdas subterráneas a echar un vistazo, las hace callar. El dolor, la oscuridad, la soledad; la están asfixiando. Recuerda como aquella mujer pelirroja al igual que ella pretendía matarla ¿Por qué no lo hizo? Pudo haberlo hecho. 
Si no fuera porque Connor aún vive, no le importaría su vida. Porque está segura que aún vive, tiene que estar vivo pero ¿En dónde estará? Seguramente, debe estar buscándola. ¿Qué pasó con la Templaria? ¿Y Garrett? Son tantas las preguntas que era inútil formular en su mente, aunque lo que más le preocupaba era Connor. Por ahora, solo sabía que estaba encerrada en una prisión, posiblemente condenada a pena de muerte. Sigue arrepentida de no haberse alejado de Garrett cuando pudo. No tenía la culpa de haber perdido la memoria.
Sacudió su cabeza moviéndose esos cabellos rojizos enmarañados, para despejar su mente.

Después de un rato no soportó más, y con un gran esfuerzo se puso en pie poco a poco, apoyándose en la pared cercana. Cada movimiento era doloroso, su cuerpo estaba débil. Se tomó un minuto al conseguir pararse, para casi arrastrarse a la reja, por dónde veía otras celdas ordenadas en forma de U y en el espacio sobrante alcanzaba a ver unos escalones de piedra que llevaban a una planta superior. Por un segundo pensó en intentar escapar, luego su cuerpo le reclamó reposo. Recargó su espalda en la pared y se deslizó hasta tocar el suelo, respirando por la boca y nariz como si le faltara el aire, pero realmente se sentía muy agotada e incapaz de moverse.

—Necesito…, salir de aquí. —se dijo a si misma— Necesito saber de Connor.
—¿Ya despertaste?

Oyó una voz de otra mujer muy cerca.







Tardaron un poco en reaccionar los guardias que custodiaban a los prisioneros en su tiempo de despeje. Ya que su plática entre ellos parecía divertida y muy entretenida, pero como Connor había despedazado una mesa con sus puños cargados de furia, al saber  que Charlotte peligraba —se le había hervido la sangre— Esto captó la atención de los guardias que les ordenaron pasados unos minutos, que recogieran su desastre del cual eran responsables. Mientras lo hacían, Ezio seguía esperando escuchar la respuesta de Connor a sus sugerencias; Buscar a Haytham y matarlo juntos para cobrar la muerte de Aveline a manos del Templario, y también evitar que más tierras nativas fueran arrebatadas, todo esto dejando a Charlotte de lado, en algún sitio seguro. Aunque se trataba de una hipótesis, puesto que, ni siquiera es seguro que vayan a lograr salir de allí y salvar a Charlotte. Al nativo le costó unos minutos asimilarlo en su ordenada y solida cabeza.

Terminaban de levantar del piso las últimas piezas del tablero que era lo único que faltaba cuando Ezio ya no aguantó más y estando de rodillas al igual que Connor, se fijó en él y dijo; “¿Y bien? ¿Qué dices?” Con unas piedritas del tablero en las manos.

—Primero lo más importante —lo ve a los ojos— Que es Charlotte.
—Sí, sí, eso lo sé, pero ¿Piensas hacerlo?
—Lo demás es trabajo de los Asesinos, no el mío.—sonaba muy serio. 
—¿Estás seguro?

Connor se incorporó pero sin apartar su vista del joven Italiano, quien echó las últimas piezas a la caja y también se levantó.

—Incluso lo que tiene que ver con las tierras nativas. —siguió Ezio—
—Mohawk. —lo corrigió.
—Sí, lo que sea. ¿Acaso no querías a tu familia? E-Esa es tú familia ¿no?
—Mi familia está muerta. —da un paso adelante para verlo más cerca de su cara— Lo único que me queda es Charlotte, y no pienso volver a ponerla en riesgo.
—Pero…

Le bastó con ver el inexpresivo e intimidante rostro de Connor para callarse y aceptarlo. Tampoco quería hacerlo enfadar, técnicamente no le convenía.
Se miraron el uno al otro un instante. Solamente el rumor de las voces de los hombres alrededor se podía escuchar, al igual que las risas escandalosas de los mal vivientes. Ezio debía ver el lado positivo de encontrarse con Connor, al menos ya no se sentirá solo, sí, conocía a muchos, pero por alguna razón a Connor lo siente más cercano, aparte él era más fuerte y hábil, y admitía aunque le costara un poco, que es incluso más capaz de realizar lo que él desea desde que llegó a la prisión; escapar. Sin duda lo podía ayudar sin muchos problemas. Intentó pensar como Connor “primero lo primero” Lo cual es; recuperar las armas. Y quedaba poco tiempo para que los devolvieran a sus celdas, debía actuar de una buena vez.

—¡Muy bien! ¡Entiendo amigo! —agarró su brazo y lo llevó a dónde ni los guardias y ningún curioso pudieran escuchar.

Este movimiento obligatorio no le gustó al joven nativo, el cual ya no usaba su sombrero de tres puntas, solo su coleta media que dejaba ver por completo su rostro con aquellas facciones endurecidas, y ese ceño fruncido que se le formó al ver al Italiano sonreírle.


—Vamos por Charlotte. Esto será divertido. Primero, necesitamos nuestras armas de vuelta, creo que sé dónde pueden estar…
—¿Dónde? —preguntó en seco.
—En el despacho de guardias, pero tenemos que conseguir algunas llaves, o alguien capaz de forzar cerraduras, yo no conozco a nadie. Porque las armas están dentro del almacén del despacho.
—Charlotte. Ella aprendió cuando era ladrona y Garrett le enseñó otros trucos.
—Pero, ella no está aquí. Y para ir por ella debemos estar preparados ¿Entiendes?

Asiente con su cabeza muy leve sin ninguna expresión en su cara.

—Mira, ponme atención, te diré lo que vamos a hacer para conseguir la llave del almacén primero. Es dorada y grande, es la única así y la tiene el vigilante de la Fosa, necesitas conseguir que te lleven ahí para que estés cerca de él y puedas robársela, me han dicho que el muy idiota acostumbra dormir apoyando su espalda en la puerta de metal del foso y su nuca queda cerca de la pequeña abertura, quizá puedas arrebatarle la llaves, tanto la del almacén, como con la que puedas salir de ahí, ambas se las cuelga al cuello. Pero debes tener cuidado, me han dicho que tiene un oído muy agudo, muchos lo han intentado pero se da cuenta antes de que lo logren. Cuando salgas de ahí, vas al despacho, tu averigua como llegar al despacho, encuentra el almacén, sacas tus armas y las mías, es una espada y un mosquete corto, y en el mismo despacho debes encontrar la llave de mi celda, es la número ochenta y cinco, también trata de conseguir las llaves de las celdas subterráneas, tráelas todas, no son muchas. Me buscas para que me liberes, luego vamos por Charlotte, todo esto sin que nadie te descubra. ¿De acuerdo?
—¿Otra opción?
—Me temo que es la única. Connor, sin armas no podemos contra los guardias, es lo más importante, si nos descubren ¿Cómo nos defenderemos? ¿Cómo defenderemos a Charlotte?
—Puede ser que tu no puedas. —hace una pausa—
—¡Ey! No me subestimes, además lo digo porque ellos si están bien armados, por más fuerte y bestial que seas, no podrías.
—Bien. ¿Y cómo logro que me lleven a la Fosa?
—Provocando un gran pleito por su puesto. Pero, no cualquiera. —se encoge de hombros y enarca una cena. Vacila un poco antes de continuar— Debe ser una gran pelea, tú contra muchos, haz una guerra, así te ganarás el foso. Debes noquear a los más que puedas para que llames la atención de la guardia.

Sin decir nada al respecto y con una faz por demás seria. El joven nativo pone manos a la obra y al primer hombre que ve pasar a un lado, le propina un buen puñetazo en su cara. Ezio toma su distancia queriendo reír, sabe que podrá con eso, es lo más fácil del plan.
El hombre escupió un diente, gruñó mostrando su dentadura amarilla, sangrante, y se arremetió en contra de Connor devolviéndole su golpe, pero Connor lo detiene con su mano y lo empuja pegándole otro en el estómago, su puño se hunde hasta sacarle todo el aire, y mientras trata de respirar, Connor levanta una silla de una mesa y la rompe en la espalda del hombre pelirrojo que había confundido con Charlotte anteriormente.

—¡¿Otra vez tú?! ¡Ahora si te mataré!

Se balancea contra Connor. Ezio con sus manos en su boca para que sus gritos se escucharan más fuerte hace su parte.

—¡Vamos mátalo! ¡Rómpele la cara!

Algunos escuchan los gritos de Ezio y lo interpretan como una invitación a un espectáculo. Los rodean para alentar y ver la pelea de los luchadores. Gritan con júbilo, al fin algo de entretenimiento puro.








Podía escuchar esa voz femenina más sin embargo le era difícil saber con precisión de dónde provenía. Existía el eco en ese lugar subterráneo y casi vacío. Si no fuera por la presencia de otras mujeres que, algunas compartían celda, y entre ellas se estaban besando y tocando. Charlotte prefirió no verlas.


—Estoy en la celda de a un lado.

Con una roca golpeo el muro.
Charlotte se arrastró como pudo hasta esa pared. No le vendría nada mal hablar con alguien ¿Y si sabe algo sobre Connor?

—¿Quién eres? —su voz era cansada.
—Natalia ¿Cuál es tu nombre pequeña?
—Charlotte.
—Charlotte, así se llamó una perra que tuve. Amaba a esa perra, era tan dulce, lo único amoroso que conocí.

Charlotte pegó más su oreja a la pared.

—¿Qué pasó con ella?
—Unos idiotas la mataron.
—Lo lamento.
—No te preocupes, pasó a mejor vida. Además en cinco días me reuniré con ella.
—¿Qué?
—Sí, llegará el día de mi ejecución. Lo estoy asimilando.
—¿Por qué estás aquí? ¿Qué hiciste?
—Larga historia pequeña. Pero sabes, me alegra poder charlar decentemente con alguien. Todas aquí son tan raras y locas.

La pelirroja con vendaje en su abdomen que no podía ver por su ropa de prisionera más si sentirla. No dijo nada.


—¿Quién es Connor? —quiso saber Natalia.
—¿Eh?
—Connor, lo mencionaste hace un momento.
—Ah, es…, mí…
—¿Novio? ¿Prometido? ¿Amigo? ¿Qué?
—Todo. Lo amo.
—¿Y él te ama?
—Sí, me lo ha dicho y demostrado. A causa de algunos problemas, no hemos pasado mucho tiempo juntos. Nos apartamos. ¿Y para qué? No debimos.
—Qué suerte, que alguien te ame. —murmuró entre dientes.
—¿Dijiste algo Natalia?
—No, nada.

No podían verse las caras, solo escuchar sus voces tras el muro, pero en medio de la miseria y soledad, era un alivio para las dos.

—¿Y tú porqué estás aquí? —le preguntó Natalia.
—No lo sé.
—Estuviste inconsciente todo este tiempo. Cuando me trajeron aquí vi como un guardia también te traía. No, eran dos. Dicen que han abusado sexualmente de todas las prisioneras. 

Charlotte enmudeció.

—Tampoco quiero asustarte pequeña. ¿No tienes hambre? No haz comido nada aún.
—Sí, un poco.
—Te guarde un poco de pan y…, si quieres, puedes quedarte con mi sopa, no me apetece el día de hoy.

A través del angosto espacio entre los barrotes, le pasa un pan duro. Charlotte  puede ver su mano al acercarse, era blanca, y sus uñas se veían como si las hubiera mordido hasta casi sangrar.
Tomó el pan lentamente, luego le pasó el pequeño tazón de sopa fría que apenas entro entre los barrotes, con todo y cuchara.

—Gracias Natalia.
—No agradezcas. No tiene sentido seguir comiendo sabiendo que en cinco días morirás. Sinceramente no me importa, no tengo motivos para seguir viviendo, al menos tú tienes un amor y una esperanza. Quizá él esté por ahí buscándote. Tú puedes salvarte él te ama y no te abandonará. Yo…

«Tiene razón el motivo más grande que tengo para vivir es Connor, y la vida que podemos rehacer juntos. Una vida muy lejos de aquí. »

—Estoy sola. —concluyó.

Hubo silencio.
Charlotte le dio mordidas al pan y se tomo la sopa sin usar la cuchara, inclino el cuenco hasta vaciarlo. Una sopa fría y sin sabor, pero era algo para calmar las tripas.

—Sí el viene. —comienza a hablar Charlotte— También te salvará a ti.
—Se vale soñar pequeña.
—En serio, él es un hombre fuerte, el más fuerte que puedas conocer, y nunca se rinde una vez que tiene un objetivo. Ahora eres mi amiga, y deseo salvarte también.
—¿En solo cinco días? Lo dudo.
—¡No seas tan negativa Natalia! Saldremos de aquí. Lo prometo.

Sonrió pero esa sonrisa no pudo verla Natalia.
Charlotte tenía la seguridad de que Connor vendría por ella, lo conoce y sabe que no descansará hasta encontrarla y sacarla de ahí, ya que ella haría lo mismo por él.







Un hombre grandulón cayó al suelo inconsciente, seguido de otro más. El hombre pelirrojo de cabello largo no pudo dar más y levanto el polvo del suelo al caer. Solo eran dos. Los guardias miraban con atención cómo el salvaje seguía peleando contra otros tres hombres, que deja incapaces de moverse. Se estaba ganando un castigo justo, ese castigo  que buscaba Connor.
Ezio, entre la multitud que se había reunido alrededor, seguía alentando. Tenía que seguir haciendo ruido, tenían que hacer mucho ruido.
Al joven nativo le habían dejado un ojo morado y le rompieron sus labios de dónde sangraba, claro que también había recibido muchos golpes no obstante, su fuerza, su resistencia, parecía inagotable, como si su cuerpo estuviera hecho de acero, no caería por nada. Solo con sus puños, golpeaba frenéticamente la cara de un tipo en el piso estando sobre él, no lo dejaba moverse en tanto los otros dos le pateaban la espalda, pero Connor no se detuvo hasta que vio en esa cara roja por la sangre y molida por sus puños que ha quedado inconsciente. Acto seguido sujetó a uno de los tipos que lo pateaban y enganchando su brazo en el cuello, lo apretó casi rompiéndolo, y con su mano libre agarró la ropa del otro para arrastrarlo y aventarlo contra un muro tan fuerte, que por el impacto colapsó. Sin soltar al de su brazo, que luchaba por liberarse, lo golpeó y golpeó con su puño casi rompiendo sus costillas, lo llevó a  la pared y ahí azotó su rostro hasta que sangró y le rompió la nariz. Con quejidos de dolor, el hombre se derrumbó en el suelo y ya no se movió, solo tocaba su cara que le ardía. El ceño de Connor no se relajó, tampoco su respiración, está transformado en toda una bestia salvaje, no se detendría. 

Más de ocho hombres estaban a sus pies derrotados.

El público guarda silencio viéndolo con una expresión de temor en sus caras. En cambio Connor con su instinto salvaje activado, fue directo al siguiente contrincante, eligiendo al azar entre los espectadores. Luego sintió unas manos que agarraron sus brazos, sabía de qué se trataba. Tres guardias lo han agarrado justo como indica el plan. El joven nativo aún le chorreaba sangre de su boca por la pelea, y en el cuello de su camisa de prisionero se había extendido una mancha roja. 
Ezio de lejos le sonrió y se cruzó de brazos con complicidad. Connor se dejó llevar por la guardia.

—¡Para ya bastardo!
—¡Llevémoslo a la fosa a ver si así se le bajan los humos!

Dijeron los guardias y lo empujaron amenazándolo con armas para que caminara.
Recién se había recuperado un poco de sus lesiones y después de haber peleado y vuelto en sí, se siente sin energía para siquiera dar un paso, y cae al suelo de rodillas. Pasada la furia viene el bajón. Estaba sudando, sangrando de su nariz, boca y el vendaje se había aflojado abriendo un poco las heridas, también de ahí le brotaba sangre. Sus ojos se querían cerrar del cansancio  ¿O es que estaba muriendo?
Los gritos de los guardias lo hicieron reaccionar. Se necesitó de tres para poderlo levantar y lo volvieron a empujar hacia adelante para que continuara.

—¡Camina imbécil!



El tiempo de “despeje” terminó para los reos, y ahora les tocaba a las mujeres justo en el mismo sitio donde hace apenas un rato se desenvolvió el tremendo enfrentamiento que había dejado algunos rastros de sangre pero nadie le dio importancia. Era común de ver después de todo.
Las mesas y espacios se llenaron de prisioneras, todas con sus pies descalzos tal y como se anda en la prisión. Charlotte aún no se sentía del todo bien, le dolía profundamente su abdomen y no le dejaba moverse con facilidad, pero Natalia le insistió que debía salir un poco, que el aire de arriba no era el más puro, aunque si mejor que el de abajo, ya que hay más ventilación y sería muy bueno para su salud. La joven le ayudó a caminar dejándola apoyarse en su hombro, aprovechando que el Guardia les había dejado salir un momento, eso sí, sin quitarles los ojos de encima, fijándose en cada movimiento que hacían.
Finalmente, ambas fueron capaces de verse a la cara. Natalia contaba con la misma altura promedio de Charlotte, su cabello azabache corto hasta dónde acaba el cuello y en ondas rebeldes. Sus ojos ámbar lucían lacrimosos pero con cierta luz que dejó con dudas a Charlotte, su cuerpo era delgado, muy delgado a comparación del de su compañera que ayudaba a caminar, y carecía de curvas. Era joven, como a inicios de la veintena.

Cuando llegaron a la zona de “descanso mental” por llamarlo así. De inmediato una mujer sin busto y con su pelo recogido en una cola de caballo, se acercó y les sonrió.

—Hola hermosas ¿Quieren divertirse? Conozco algunos juegos. —se detiene a ver a Natalia— Ah, tú debes ser Natalia
—Otra vez tú…
—¡Ey tranquila no te he hecho nada! —se acerca más imponiendo su superior altura— ¿Y quién es la nueva? Es linda.
—Qué te importa, y déjala está herida y necesita descansar. —busca con su mirada alguna silla desocupada pero no hay una libre.
—Ah, entiendo es tu novia. Qué envidia. —mira a Charlotte y se acerca tanto como para besarla— Déjala a ella y ven conmigo. —dice con voz muy suave.

Charlotte no puede hablar, como si su lengua estuviera pegada a su paladar, ni siquiera era capaz de abrir la boca,tampoco moverse, simplemente mira sus ojos tan directa y profundamente como queriéndola fulminar con su mirada, justo como hacía Connor. Como respuesta tras un momento lo único que consiguió fue arrojar un escupitajo en su rostro. La chica lesbiana se limpió con su mano y la expresión en su rostro cambió rotundamente.

—¡Idiota! ¡¿Cómo te atreves?! —le da una bofetada.

Natalia la mueve hacia atrás poniéndose ella adelante.

—¡No la toques! ¡Te dije que la dejaras en paz!

Algunas prisioneras se aproximaron al escuchar los gritos.

—¡Yo hago lo que quiero! —se arrimó y sujetó el brazo de Charlotte con fuerza.

Le apretó su brazo tan fuerte enterrando sus dedos, que su piel se enrojeció. Charlotte hizo una mueca de dolor, Natalia no la soltaba, como si supiera que si lo hacía la otra se la llevaría y ya no podría ayudarla.

—¡Que no la toques!
—¡Suéltala! ¡Entrégamela o te mato!
—No te tengo miedo idiota. —la voz de Natalia sonaba más profunda y segura.

Charlotte no se siente fuerte como para hacer algo, solo intentaba calmarse, respirando por la nariz y boca. Mientras la mujer lesbiana de un tirón la desprende de su amiga.

—¡Es mía ahora!
—¡Estás loca!

Natalia se balanceo contra ella y la mujer la empujó. Charlotte cayó al suelo del que ya no se pudo levantar, el golpe le lastimó, y el dolor en su herida era latente, quería ayudar a su amiga, sería capaz, pero ahora no puede ni ponerse en pie, jamás se sintió tan inútil. Nadie más le ayudó a pararse del suelo, muchas corrieron a ver la pelea y en el trayecto le pisaron sus manos y sus piernas sin fijarse ni le dieron el más mínimo valor. Ella aguantaba y cuando pudo, se arrastró respirando profundamente hacía una de las sillas que quedaron libres, pero no le era posible sentarse en ella, tan solo se apoyó ahí y se abrazó a sí misma. Su abdomen la estaba matando. Vendado pero aún estaba fresca, y en un proceso lento de cicatrización. Desde ahí no podía ver a Natalia pelear contra la otra mujer, solo podía ver las espaldas de los cuerpos de las prisioneras con pies descalzos que se reunieron para ser espectadoras, y hacían mucho ruido.






Resonó el portazo de la puerta de metal que sellaba el foso. El espacio era pequeño, midiéndolo basándose en su altura de casi dos metros, Connor pudo deducir con su mirada que si se echaba en el piso y estiraba por completo piernas y brazos apenas sobraría un poco de espacio de su cuerpo. Estaba vacío, solo piso, paredes, la puerta de metal y un pequeño espacio a lo alto dónde ni siquiera él podía alcanzar para ver hacia afuera. Por ahí entraba una pizca de luz y algo de oxígeno. Era casi asfixiante, cualquier persona ahí, se volvería loca, o moriría a falta de aire y estrés. Por ahora se suponía que era un castigo que no sabe cuánto durará. Además que su ejecución debía estar cerca, y Charlotte..., no puede olvidarla, el tiempo corre y no lo esperará, debía actuar, cuanto más rápido mejor.
Se sentó en el suelo con su espalda contra la pared, sin importarle lo golpeado que ha quedado tras la lucha que se vio obligado a crear para llegar ahí. Aquel dolor pulsante de los que fueron balazos en su espalda tampoco le importaba. Por otro lado ¿Puede confiar en Ezio? ¿Y por qué hasta ahora se lo pregunta? Ezio estuvo por mucho tiempo de parte de Aveline, una Templaria. Le estaba ayudando a buscar el fruto. Todo esto lo hace dudar un poco sobre el joven italiano, antiguo amigo y compañero de entrenamiento. Sin embargo, sabe que él, al igual que todos desea escapar de la prisión, y su futuro destino. No puede mentirle, no debía mentirle o se las pagará. A parte, tiene algo en fuego; Charlotte.  Si lo que dice Ezio es verdad necesita apurarse, no soportaría verla llorar, verla sufrir. No puede permitir que esos hombres la hagan  pedazos por dentro. Así que aguardó al momento, sus ojos oscuros debajo de esas cejas que se unían intensamente, se clavaron en una sola cosa: La pequeña ventanilla de la puerta de metal. Por ahí cabía su mano, por ahí en cualquier segundo vería a su objetivo a robar. Sabía que una vez que llegara su oportunidad, tenía que controlarse, ser sigiloso, delicado, de no ser así el guardia lo notaría, y se metería en un lío. Por supuesto sonaba complicado para un hombre tan rudo y salvaje ser sutil, pero por Charlotte, solo por ella tenía que esforzarse.




Corrían por la pradera libres. Charlotte con su cabello suelto bailando en el aire, con un vestido de piel y botas igual, hechas por su padre, junto con  Rathonhaketon con esa ropa de nativo también hecha de piel animal y su cabello semi largo, ambos unos años menos que ahora. Subían por los árboles y saltaban de uno a otro. De pronto Charlotte cayó, se abrió una herida en su rodilla, su tobillo se lástimo, ya no pudo levantarse, aunque no se quejó. Rathonhaketon se acercó rápido para verla de cerca. Se fue un minuto. Cuando volvió trajo consigo unas hojas y otras hiervas, molió las hiervas en un cuenco, las puso en la hoja, y la colocó sobre su herida, atándola con una raíz larga. Charlotte sintió punzadas leves de dolor, luego un poco de ardor, pero lentamente desapareció el malestar. Le sonrió al joven nativo, el solo la miro y la cargó en sus brazos, para llevarla así a dónde pudiera descansar. Un suave viento le acaricio el rostro a Charlotte trayéndole paz y tranquilidad, miraba el mentón de Ratonhnaketon y le trono un besito en esa piel castaña. El joven se sonrojó pero no dejo de caminar. El viento, y el sonido del corazón latente del joven la arrulló. Casi se quedaba dormida.
Pero eso solo permanecía en sus recuerdos.

La chica de cabellera como el fuego, permaneció en su celda. Su amiga en la suya a un lado, con su rostro molido por los golpes. Su enfrentamiento había llamado la atención de la guardia, sobre todo la de esos dos guardias que tenían sus repugnantes y lujuriosos ojos sobre Charlotte “La carne fresca” le llamaban. Los hombres con casacas azules, uno aparentemente más joven que el otro de bigote cano, se acercaron para verla a través de los barrotes. La chica detrás de esos barrotes, lucía muy cansada, con sus ojos cerrados recostada en la incómoda, y sucia cama.

—¿Todavía sigue delicada?
—Al parecer sí. —responde el otro guardia más joven— ¡Al diablo! No me importa que esté así. ¡Estoy que me quemo cada que la veo! ¡Mañana mismo será mía!
—Dirás, nuestra. —ríe al ver a su compañero.
—Sí, sí. —se da la vuelta— Nuestra.

Ambos se marchan tranquilamente.

—¡Malditos cerdos! —les grita Natalia desde su celda que golpeó con una pequeña roca.
—¡Cállate zorra! ¡O te mandaremos a la fosa!

Alzó la voz uno de ellos antes de subir las escaleras. Con su mano Natalia toca su cara. Esta hinchada, aún le sale sangre de su nariz, y sus ojos están entornados.

—Gracias.

Escucha la voz de Charlotte al otro lado.

—No. Después de todo yo tuve la culpa. No debí llevarte arriba, todavía tienes que recuperarte, por un momento olvide a esas tipas.
—No te culpes, estuvo bien, tenías razón el aire era más fresco. Créeme yo hubiera podido defenderme sola o eso creo, pero no estoy en condiciones. Antes fui una ladrona arquera, luego me convertí en una… Asesina.
—¿Asesina? Vaya, solo tienes el aspecto de chica dulce y delicada eh…

Se escuchó la risita de Charlotte. Abrió sus ojos y se desvaneció su sonrisa.

—Lo lamento tanto. —guardó silencio un momento— Si Connor estuviera aquí, el conoce muchos remedios naturales para sanar lesiones, golpes, los hacía cuando éramos más jóvenes, en varias ocasiones yo sufría una caída de un árbol, o un simple tropezón y el los usaba para ayudarme. Ahora no se si lo siga haciendo, quizá lo ha olvidado.
—Ya vendrá ¿No? Y lo pondremos a prueba.


De nuevo los labios de Charlotte se extendieron en una sonrisa que Natalia no logró ver.





Con sus brazos atrás y una sonrisa casi imperceptible. El Maestre Templario Haytham Kenway, observaba por una ventana de su despacho la oscura noche. La búsqueda del fruto del Eden no la han abandonado al contrario cada vez se sienten más cerca, viendo que el número de Asesinos se reduce. No le ha importado en lo absoluto la perdida de sus hermanos Templarios más relevantes, ni siquiera la perdida de Elise de la Serre, Templaria francesa, enviada con la misión de apoyar la orden en América.
Habían hallado su cadáver en uno de los callejones de Nueva York, solamente estaba su cuerpo, su espada y nada más —la caja del fruto del Eden que Connor había abandonado con desdén, ya no se encontraba ahí—
También continuaba con la búsqueda de su propio hijo, del cual sospecha que protege el fruto, al fin y al cabo le perteneció a su familia, y seguramente esta de lado de los Asesinos.
Escucha que llaman a la puerta.

—Adelante.

Charles lee abre la puerta dirigiendo algunos pasos hacia él con calma. El hombre de ojos azul brillante debajo de unas espesas cejas, siempre ceñudo, carraspeó un poco antes de hablar.

—Señor, un guardia enviado de la prisión ha venido personalmente a darle una valiosa información.
—Perfecto. Dígale que pase. —se giró para mostrar su rostro inglés radiante.

Un casaca azul pasa del umbral de la puerta y tras una reverencia correspondiente se pone firme y lo observa directamente a los ojos.

—Señor Kenway, me complace informarle que hemos capturado al hombre salvaje que estaba buscando.
—¿Ah sí? —sonríe tajante y da unos pasos hacia adelante.
—Sí señor. En estos momentos se encuentra en la fosa de la prisión. A partir de ahora procederemos como usted ordene.

«¿En la Fosa? Ya veo, se parece tanto a su madre, seguro causó problemas. »

—Cuando lo capturaron… —comienza a decir Haytham— ¿No vieron si traía consigo alguna clase de artefacto brillante o, transparente?
—No señor.
—¿Qué fue lo que le confiscaron?
—Un arco, un mosquete corto, una hacha de mano origen Mohawk.
—¿Nada más?
—Así es. Lo encontramos protegiendo a una chica pelirroja.

«¿Una chica pelirroja? Vaya, vaya… ¿La ladrona? Bueno tampoco es como si fuera la única pelirroja existente en estas tierras. »


—Bien, por ahora déjenlo ahí. Mañana a primera hora iré personalmente a hablar con él.
—Como diga señor.

El guardia lleva su mano a su pecho y se inclina un poco hacía adelante para después retirarse.

»Ya llegó la hora de hablar de padre a hijo.
Pensó Haytham yendo a uno de los libreros. Justó a un lado se encontraba una pequeña palanca que acciona y el librero se desliza hacía un lado desvelando un espacio, de ahí el Templario saca algo muy brillante, tanto como el sol, ese reflejo dorado en su cara lo hace sonreír una pizca. Era una espada como si tuviera una cubierta de oro pero que se enciende, justo como el fruto del Eden.


«Elise ayudó en algo, trajo esto consigo, si unimos este artefacto de la antigua civilización y el fruto..., los Templarios seremos invencibles. Si es que mi hijo tiene el fruto y ya sea que los Asesinos o alguien le enseñe como usarlo, necesitaré de esto por si acaso. » 












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domingo, 31 de enero de 2016

Hilo Rojo [Capitulo 9]





                          Capitulo-9 











Ese apestoso humo de cigarro que le había traspasado hasta sus débiles pulmones, la hace toser. Pepe la tiene acorralada en la pared y busca mirar sus ojos, a Vicky la invade el miedo hay algo en sus ojos, algo extraño que la hace temblar, le cuesta respirar. Una vez más lleva su inhalador a su boca. ¿Cómo es que este hombre dice amarla? ¿Cómo es que le hace tan tonta pregunta?
“¿Por qué no sales de mi mente?”
Ni si quiera la conoce. Ni siquiera lo conoce. Solo sabe que un día la quiso defender, pero sigue sin saber qué clase de hombre es, o si es que tiene buenas intenciones. Duda que sean buenas, la ha traído a la fuerza, y todo para hacerle una absurda pregunta ¿Qué sucede con él? ¿Estará mal de la cabeza? Si es así, debe huir, mas por otro lado no quiere…, si regresa a casa, Daniel estará esperándola para castigarla. Es como si estuviera atrapada, no parece haber salida ¿O sí?
Prefiere no decirle nada, no responderle. Evitarlo lo más que pueda, tal y como hacía con Daniel. Es mejor callar, el que la haya defendido una vez, no significa que sea diferente a su esposo.

—¡Dime! —exclama José uniendo su cuerpo al de ella para inmovilizarla.

Victoria apenas le es posible respirar otra vez.

—¿Quién eres? —sigue preguntando el joven cantante— ¿Por qué apareces en todas partes? ¿Por qué te metes en mi vida así?


Silencio.
La chica solo deja escapar un suspiro, de sus labios no saldrían palabras, están sellados por la experiencia. Por otro lado José sintiéndose tan atraído, como atado a ella, por alguna fuerza invisible. ¿Sería su aroma? ¿Su silencio? ¿Su simple presencia? Lo que lo estaba poseyendo. Medio abrió sus labios y cerró sus ojos para besarla. Sensación que parece despertar a la chica, abriendo sus ojos color avellana de más, sintiendo las manos del joven subir por su cintura. Sus labios al acariciarse eran como seda y parecían brotar miel, era tibio, adictivo. Los parpados de Vicky van cediendo hasta que se cierran, un calor en sus mejillas, no…, en todo su cuerpo se podía sentir. José se siente igual, pero dentro de él sentía como si su corazón se estuviera derritiendo.
Se separaron y miraron sus ojos, para Vicky su visión se tornó borrosa, y su respiración era profunda, sus pulmones se llenaron de aire, como nunca, su corazón bailaba, se sintió viva por un minuto.
El miedo regresó a ella, y lo empujó alejándolo.

—¡Aléjate de mí!

Se precipitó a la puerta para salir, pero José podía presentir algo, no sabía que, solo que era peligroso. Así que sujetó su brazo antes de que pudiera llegar a la puerta y de un tirón le dio la vuelta.

—No te dejaré ir.
—¿Por qué? ¿Qué quieres de mí? —sus ojos se humedecieron.
—No lo sé. —bajó su mirada— Solo quédate aquí.
—No.
—Victoria… —arrugó el entrecejo— ¡Que te quedes aquí te digo!
—¡No quiero! ¡¿Quién crees que eres para besarme así nada más?! —su voz temblaba pero agarro fuerza para seguir— Para traerme aquí. ¡Tengo esposo! Estoy casada, cuando mi esposo se entere vas a… —ya no pudo decir más.

El joven cantante la soltó al escuchar lo último, miró a un lado.

—¡Sé que estas casada! ¡Con ese maldito que solo te maltrata y te grita! ¡¿Verdad?! ¿Acaso puedes amarlo? ¿Cómo es que sigues con ese tipo? —aprieta sus puños.
—¡Sí! ¡Él me conoce! Él… me ama.

José sacudió su cabeza ligeramente y le dio la espalda cruzando sus brazos.

—De acuerdo, lárgate si quieres. Ni siquiera sé por qué me preocupas. Eres una tonta.

Con un manojo de nervios la chica caminó hacia la puerta, luego se detuvo, sin saber qué camino tomar ¿De verdad deseaba ir con su esposo? Siendo muy tarde ya. Tampoco quería quedarse con el loco que la raptó. Volteó a verlo y notó que subía las escaleras. Con sus manos temblorosas buscó su celular en el bolso que llevaba consigo.
Le marcó a Akiba.

—Vicky, gracias al cielo ¿Por qué no respondías mis llamados?

Su voz la tranquilizo en un santiamén.

—Lo siento, no las escuché.
—¿Por qué? ¿En dónde estás? Hace rato me llamó tu esposo, me dijo que no habías llegado a casa ¿Acaso haz decidido alejarte finalmente de él? … Disculpa creo que soy muy entrometido.
—Descuide. Y sí, así es ¿Podría venir por mí? Por favor…
—Por supuesto, pero antes dime ¿Estás bien?
—Sí, no se preocupe  y gracias de antemano.


Le da la ubicación en la que se encontraba, le bastó con salir de la casa para ubicarse, y esperándolo afuera de la casa de José Madero, lo vio llegar. Akiba le preguntó el porqué estaba en ese lugar a lo que ella respondió que era la casa de una amiga. Tuvo que mentir, evidentemente no le diría lo que realmente pasó, ya que no tenía importancia.

—Me sorprende, creí que eras alguien solitaria.
—Lo era —sonrió de oreja a oreja.
—Entonces Vicky es hora de empezar con los planes de separación, o demanda tú decides. —con sus manos al volante y la vista al frente— Sé que me habías dicho que no me entrometiera en tu vida, pero sabes que cuentas con mi apoyo —le dio una rápida mirada.
—Sí, gracias. —observó el bolso sobre sus piernas recordando el delicioso beso— Sal de mi mente —susurró.
—¿Dijiste algo?
—Nada… —le mostró una pizca de sonrisa y miró mejor la ventana, concentrándose en ver pasar las calles y otros coches.


Es una noche más que duerme en casa de Akiba en un sofá cama. Una vez más le costó conciliar el sueño, fue hasta las cinco de la mañana que sus ojos se cerraron, logrando entrar al mundo de los sueños. Solo tres horas y media. No fue suficiente, se le empezaban a notar unas grandes ojeras, las podía ver delante del reflejo en el espejo del baño por la mañana, más sin embargo su cuerpo realmente estaba descansando ya no había moretones ni marcas de maltrato nuevos, aunque no podía decir lo mismo de su mente que es lo que más estaba sufriendo.
Ya habían sido dos noches y conocía muy bien a su marido, sabía de lo que era capaz de hacer, más aún si se llegaba a enterar que ha dormido dos noches en casa de otro hombre, por supuesto su celular había estado sonando incansablemente, al recibir las llamadas de Daniel, pero se le daba muy bien el ignorarlas.

Como todos los días, asistió a su trabajo en el restaurante de comida oriental, siendo acompañada por su jefe, ya no tuvo que caminar a tomar un taxi, o pedirlo hasta la puerta, el auto de Akiba se encargó de su traslado.
Hubo algo que todos notaron con claridad, incluso la clientela; Victoria estaba radiante, muy sonriente, muy risueña, se veía muy feliz. Alejarse del hombre que la maltrataba a diario le ha hecho bastante bien y eso Akiba lo sabe perfectamente, disfruta de lejos ver como Victoria sonríe más ampliamente. No obstante la chica mesera en sus más íntimos pensamientos estaba en conflicto. Preocupada, nerviosa…, tenía miedo.
Estaba confundida, debería volver y disculparse, soportar lo que deba, para salvar su matrimonio con el único hombre que sabe su secreto. O tal vez deba revelarle a Akiba su condición, explicarle porqué cree que con Daniel está bien. ¿Qué pensará al respecto? Esto último la llena de curiosidad. Y tiene tan solo un día, todo este día para decidir qué rumbo tomar, volver o proseguir con apoyo de su jefe del cual ya conoce sus sentimientos hacía ella ¿Acaso esos sentimientos cambiarían si le revelara que no puede concebir hijos?
Por otro lado, el sujeto que ayer la besó, ni siquiera debe recordarlo pero ¿Por qué lo hace? Si ha sido tan extraño, demuestra un afecto sin fundamentos, una preocupación sin razón ¿Por qué?


Mientras revisaba unos papeles en su oficina ahí mismo en el restaurante Itadakimasu. Akiba recibió una llamada del esposo de Victoria.

—Buenas tardes ¿En qué puedo ayudarle?
—¡Usted me dijo que me avisaría si sabía algo de Victoria!

Azotaron sus palabras los oídos del joven oriental.

—¡¿Aún no sabe nada de ella?! —siguió gritando Daniel.

Se tomó un momento, cerró los ojos aguantando y controlando su voz para sonar lo más amable posible. Ahora que sabía lo que le hacía a Victoria, tenía tantas ganas de matarlo a golpes, no, quizá antes de eso debería torturarlo lentamente.

—No señor, créame que intenté contactarme con ella pero…
—¿No fue a trabajar? —un poco más calmado.
—…no, no ha venido. Le prometo que…
—¡Iré a buscarla de todos modos!
—Pero, le digo que no está aquí, no tiene caso que usted venga.
—¡Cállese! ¡Usted no me dirá que hacer! Iré a su estúpido restaurante, necesito preguntar personalmente a sus compañeros, a los clientes si la han visto.
—De acuerdo, como usted guste. Adiós.

Le cuelga y sale a paso rápido de su oficina, sonando el portazo de la puerta al cerrarla.


Anoche después de dejar ir a Vicky. José Madero subió a su habitación y tomó Whisky hasta ponerse muy ebrio, en la mañana su cuerpo le pasó factura con la típica resaca, pero a estas horas de la tarde ya se le ha pasado, y al verse absorto en sus pensamientos, sin dejar de preguntarse quién era ella, y por qué había hecho lo que hizo, decidió volver a tomar. Ni siquiera se ha duchado, ni salido de su casa, estaba encerrado en su alcoba tumbado en su escritorio.
Por el suelo se podían ver esparcidos un puñado de papeles en los que perdió el intento de escribir una canción nueva para el álbum. La guitarra también estaba en el suelo. No podía. Y le estaba volviendo loco su cambio emocional, y de personalidad.
Vestía el mismo pantalón negro y camisa a cuadros con los tres primeros botones desabrochados, lucía algo despeinado y con un semblante demacrado, pálido y los labios resecos. Se sirvió más Whisky viendo su vaso de vidrio con una mirada perdida, escuchando el ruidoso silencio que lo invade. Entornó sus ojos y los fijó a lo lejos, de dónde podía divisar el reloj de oro que le había regalado la chica en modo de agradecimiento. Se encuentra sobre una cajita en uno de sus muebles. Levantándose de su asiento se desplaza a ese mueble toma el reloj, lo contempló en su mano, la cerró en puño y lo apretó con fuerza.

«¿Por qué mierda guardo esta porquería barata? »

Piensa arrojarlo a la papelera de su escritorio y un sonido le taladra sus tímpanos.
El timbre de la puerta principal a su casa. Lo ignora y con un resoplido suelta el reloj en el mueble, queriendo regresar a su escritorio para tomar un trago más, y de nuevo, oye ese timbre sonando insistentemente. Teniendo un poco de problemas con el equilibrio al caminar, llega hasta el dispositivo de seguridad en la pared con una pequeña pantalla, para ver desde ahí de quien se trataba.

—¡Pepe ábreme güey!

Puede ver la cara de su amigo Gabriel Montiel, quien exhibía una sonrisa, también alcanza a ver que, detrás de él, estaba la rubia cruzada de brazos, mascando un chicle con su típica vestimenta de rockera.
José le había pedido a sus amigos y compañeros miembros de la banda que no lo molestaran hoy, ni los próximos días, que no quería saber nada. Cumpliendo, lo respetaron y le dieron su espacio. En cambio no podía esperar lo mismo de su mejor amigo, aunque se lo haya pedido eso era para él como pedir auxilio o algo así. Ya lo esperaba, pero después de todo es su mejor amigo, al que ya tenía años sin ver. A pesar de que no aprobaba la presencia de su novia, trata de no darle tanta importancia y presiona unos botones, desbloqueando la seguridad de la puerta principal, junto con la de la entrada a su casa.


A toda prisa Akiba llegó a dónde estaba Victoria, sin importarle que estuviera atendiendo a unos clientes, desde lejos le hizo una seña para que se acercara. La chica enseguida fue hacía el con cuatro cartas del menú en sus manos.
Su jefe la lleva rápidamente a donde nadie pudiera verlos.

—¿Qué sucede? No se ve bien… —dice Victoria viéndolo con su frente arrugada.


Akiba toma un respiro.

—Por favor no me hables de… —suspira— Olvídalo, no importa ahora. Hay algo muy alarmante.
—¿Alarmante? Me…está asustando. —su expresión cambia viéndose atónita.
—Es tu esposo, hace rato me llamó, dice que vendrá a buscarte. Le dije que no habías venido, tienes que irte ya. —le pone su mano sobre su cabeza para calmarla un poco.
—Pero ¿A dónde voy?
—Te daré la clave de seguridad de mi casa para que puedas entrar y te refugies ahí hasta que yo te avise que puedes volver. —la mira a los ojos y toma sus manos— Victoria…

Notó que la chica estaba temblando. Y perdía su color.

—No tengas miedo, por favor. —sujeta su muñeca y la atrae a su cuerpo para abrazarla.

Las cartas del menú se caen y Vicky boquiabierta se siente entre sus brazos, sus mejillas están tibias otra vez, y no puede moverse ni hablar y se siente bien, de hecho muy bien, tanto, que incluso se puede sentir protegida. Como nunca la había hecho sentir un hombre.
Con una pequeña sonrisa, Akiba se aparta de ella clavándole una benévola mirada.

—Vete…
—Yo, no… —mira abajo.
—¿Quieres que te lleve? Me puedo tomar el tiempo.
—No, ya han sido muchos los favores que me ha hecho —levanta sus comisuras en una sonrisa— Gracias.
—No Victoria, no creas que son favores. Son deberes, me siento con el deber de cuidarte, de ayudarte porque quiero, porque te… —sus palabras ya no salen, y desvía su mirada.
—Gracias, en verdad.

Con un tono suave. Y le truena un besito en su mejilla. Eso enciende en corazón del joven japonés, y no puede evitar sonreír como un tonto. A lo que Vicky ríe.



Cuando Gabo y Grey entran en casa de Pepe, lo ven ante ellos, sosteniendo una botella de Whisky casi por terminar, un vaso de vidrio vacío, y un José muy descuidado, apestando a borracho. Justo como Gabo solo había podido verlo en una ocasión, esta es la segunda, está claro que algo sucede con su amigo.
La chica extranjera de melena blonda, alzó una ceja y casi soltó una risa, pero la retuvo cubriendo su boca. Gabo frunció el ceño interrogante.

—¿Qué pedo güey que te paso? —pregunta Gabriel.
—Qué te importa… —se echa en un sofá individual cercano y se sirve más whisky. Tomándoselo de un trago— Y bien… ¿a que han venido? Creí dejarte claro Gabo —lo señala con la mano que sostiene el vaso— que no quería interrupciones, que quería estar solo.

Su amigo tomó la mano de su novia y la condujo a un sillón dónde pudieran sentarse juntos.

—Lo sé güey pero…, cuando es así, sé que algo no está bien contigo y bueno…
—¿Qué? ¿Quieres ayudarme? ¡Podemos divertirnos! —se puso en pie y corrió por otro vaso, se lo dio en su mano y le sirvió whisky— Aunque, ahora que tienes a tu novia como garrapata no será igual.

Grey cerró su puño y quiso levantarse para golpearlo pero Gabo con su brazo la detuvo.

—Güey… —arruga la frente al ver a su amigo sentarse nuevamente— ¿Cuánto has tomado?
—Eso no importa.
—Pero ¿Por qué estás así? O sea, ayer lo que le hiciste a la chica, la subiste al auto y la trajiste aquí ¿Por qué?
—Eso es ¿Por qué? También me lo pregunto. Todo se debe a esa estúpida chica. —sonríe y alza sus cejas— llamada “Victoria” ¿Curioso no? Se llama igual que la última mujer que me volvió loco, se parecen tanto.
—Güey, estás loco ella no te ha hecho nada, es más tú la raptaste. Está bien que te guste güey pero, ese no es el modo de…
—¡Cállate! Todo es extraño, se ha estado apareciendo en mi vida. —con sus codos apoyados en sus piernas empieza a balancearse— Dónde sea que iba, ahí estaba —baja su vista— Esa vez en el restaurante, no era la primera vez que la veía Gabo.
—¿Cómo si te persiguiera? —Inquirió Grey.
—¡Exacto! —la apuntó y sonrió.
—Quizá es tu destino. —la chica se recargó en el respaldo del sillón y cruzó la pierna y brazos.
—¿Qué mierda dices? —preguntó José fijándose en ella.
—Una tontería…, bueno, es algo en lo que creen mucho en la cultura asiática.
—Ahí vamos de nuevo. —murmura Gabo frotando con sus dedos su sien.
—Supuestamente —continuó la chica— tú persona destinada está atada a ti con un hilo rojo invisible.

José la escucha atentamente.

—En algún momento en tu vida, te encuentras con esa persona y no importa lo que hagas, ya no pueden alejarse. El hilo podrá estirarse, doblarse, pero jamás romperse. Tal como te sientes tú —lo mira a los ojos— Yo me sentí cuando encontré a Gabo. Y pregúntame si pude escapar, tampoco podía escribir mis Novelas, él siempre estaba en mi mente aunque no quisiera, y siempre aparecía, en todos lados. Tal vez esa leyenda japonesa sea cierta ¿No lo crees? —apenas sonríe.
—Es lo más estúpido que he escuchado en toda mi vida.

Eso fue la gota que derramó el vaso para Grey, y esta vez no fue suficiente el brazo de Gabo para detenerla.

—¡Escucha! —escupe sus palabras— Más estúpido es recurrir al alcohol para tratar de calmarte y olvidar, yo jamás lo hice, solo los cobardes lo hacen. Aquí lo único estúpido eres tú, ya verás que
tengo razón.
—¡Grey! —le grita Gabriel y la abraza por su espalda— Ya amor, ya nos vamos ¿sí? Tranquila…

Sin inmutarse José seguía sentado cómodamente y soltó una risa burlona, encendiendo un cigarrillo para llevarlo a sus labios.

—Estás loca… —dice mirándola con una sonrisa.
—Mínimo deberías disculparte con ella —baja su voz Grey— Por lo que le hiciste ayer idiota. Aquí el único que quedó como un loco eres tú.

Haciendo caso omiso a sus palabras, José fumaba. Gabriel tomó la mano de Grey, quien no relajaba su entrecejo.

—Bueno güey, será mejor que me vaya —dice al fin su amigo— Cualquier cosa llámame ¿De acuerdo? —mira a su novia— Ya Grey, vámonos.
—Agradece —brota de los labios de la chica— Que no le patee el trasero esta vez —fulmina con su mirada al cantante antes de dar media vuelta para retirarse.

Se marchan y José pudo verlos como se fueron a través de la cámara de seguridad, mientras se terminaba el cigarrillo.
Grey seguía molesta y no quería que Gabriel la tocara, pero después de un rato que hablaron, y su amigo le sonreía y la hizo reír, se abrazaron y sus labios se tocaron en un beso que José prefirió no ver. Recordó la sonrisa con la que Victoria le había regalado el reloj en modo de agradecimiento.

«Destino…, Hilo rojo, que estupidez»

Tira la colilla de cigarro al suelo y lo pisa para apagarlo.



Al salir del restaurante para escapar. En el estacionamiento Akiba estaba a punto de dejar subir a Victoria a su Honda Fit último modelo azul. Cuando otro auto en color negro se estacionó a su lado y de él bajó un hombre, la chica lo reconoció enseguida, y no subió al auto, se quedó paralizada viendo cómo se acercaba su marido. Akiba ya había subido al volante y la esperaba.

—¿Victoria? ¿Qué esperas?

Daniel acercaba sus pasos a ella, el sonido de esas botas vaqueras de piel de caimán la estremecieron, era la misma sensación que le provocaba cada que se acercaba para golpearla o gritarle, zarandearla. Quería moverse pero no podía.
Akiba captó como un hombre la agarró violentamente del brazo y de inmediato bajó del auto.

—¡Lo sabía! ¡Me engañas con otro! ¡Maldita puta! —al vociferar salpicaba saliva en su cara—Estuve esperando aquí, y le llame a tu jefe para engañarlo, sabía que estaba de tu lado.
—¡Déjala en paz! —grita Akiba desde atrás.

Daniel voltea y se encuentra con el rostro de un hombre joven, con rasgos orientales.

—¿Y este chino?



Victoria mira a uno y a otro sin saber que decir o hacer. Su corazón se agitaba como si fuera a explotar en cualquier momento. Y necesita su inhalador ya, pero no es capaz de moverse para usarlo. 






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