miércoles, 30 de diciembre de 2015

La Bruja y el Ángel mestizo [Capitulo 26]










                            Capitulo-26








El joven tuvo que decir algo conteniendo su instinto salvaje. Precisamente cuando necesitaba poner a salvo a Charlotte, tenían que aparecer estos inoportunos guardias.
Tomó un respiro, y se vio en la necesidad de hablar con calma, aunque quisiera romperles el cuello con sus propias manos.

—Solo déjenme llevarla al médico. Me entregaré a ustedes, pero solo…

Estallaron en carcajadas. Lo que no fue nada gracioso para el mestizo, los miraba con repudio. Más ganas le daban de matarlos, pero por Charlotte, debía controlarse.

—¡Es una maldita Asesina! Además ya está muriendo.
—No. —exclamó Connor con coraje— Ella no morirá.

Se incorporó imponiendo su altura y cuerpo ante ellos, con la joven pelirroja en sus brazos. Los observó con sus ojos entornados y sus labios formaban una línea recta. Enseguida los tres guardias con desdén le apuntaron con sus armas.

—Entréganosla, o nos llevamos a los dos.

Uno de los guardias hizo una seña para llamar a la otra tropa sumándose tres guardias más. Podía matarlos pero sería poner en riesgo a la chica, lo que por supuesto no hacía falta. Así que espero un momento para decir:

—Así será, solo permítanme llevarla al médico.

El que parecía ser el comandante de las tropas, se fijó en otro soldado y alzó una ceja, medio sonriendo se volvió para verlo de nuevo.

—De acuerdo, pero te escoltaremos hasta allí. —puso su cañón en el hombro del nativo para empujarle— ¡Adelante!



No soportaba la presión de saber que afuera de la habitación dónde el médico curaba a Charlotte, estaban esperando esos seis soldados de casacas rojas, que sin problemas podía asesinar. Podía entregarse él en lugar de Charlotte, no quería permitir que la ejecutaran porque evidentemente eso hacían con los Asesinos, y ella, la mujer que había iluminado su vida, era uno de ellos ¿Por qué? Porqué tenían que caer en esto, si los dos antes eran tan felices, libres, enamorados, y jugueteaban en el valle Mohawk. Todo ¿Por qué? Por venganza, por su madre, mujer, que lo obligó a tener que matar al padre de su amada, para protegerla de ella. Su madre ¿Acaso era una mala mujer? Quizá merecía morir así, quizá no. Tal vez ella solo deseaba protegerlo a su manera. Lo que era irremediable, es que estaba muerta y una venganza no la reviviría. Eso estaba claro. Lo que era verdad, es que esa venganza le podía arrebatar la vida a Charlotte.
Su padre, todo era su culpa y de la maldita ambición de los Templarios por obtener todos los artefactos de la primera civilización. Solo por eso rompieron con toda paz y orden. ¿De qué servía luchar? Aún si mata a su padre, la orden Templaria seguiría en pie, y él,  solo era un hombre. Charlotte tenía razón, de nada sirve, deberían escapar, dejar todo atrás volver al valle dejar que el mundo se destruya, no es de su incumbencia de todos modos se destruirá. Mientras se tengan el uno al otro, no importaba si su alrededor se cae a pedazos, mientras permanezcan juntos hay esperanza de vivir, de ser felices ¿Y que podía ser más importante que la felicidad?

Con su mano hizo un mechón rojo de la chica hacía un lado, para ver bien sus ojos cerrados; seguía descansando. El médico ya había terminado y Connor le entregó su merecida paga. Un costalito con monedas.

—Gracias. —dijo en seco.
—Es importante que la deje reposar. No intente despertarla.
—Así será.

Cargó en sus brazos a Charlotte viendo como su cabeza descansaba en su pecho.
Se oyeron las voces y carraspeos de los guardias que seguían esperando afuera de la puerta. Con sus ojos Connor captó que había otra salida en el sitio, una puerta trasera, luego miró al médico; debía pedirle un gran favor.

—Disculpe. —se acercó sosteniendo a la chica— Necesito salvarla, la amo y no quiero que la maten.

El médico de cabello ralo y cano, ajusto con sus dedos el puente de sus anteojos para ver mejor los ojos del joven nativo que vestía como caballero inglés. En su cara descubrió un grabado sufrimiento apenas visible.

—Lo sé muchacho, puedo verlo en tus ojos. —esbozó una sonrisa tenue— Bien, sígueme.

Le dejó irse por la puerta trasera.
El medico ya había atendido a Connor en anteriores ocasiones, más que nada cuando acudía con Ezio en aquel entonces, por lo que ya lo conocía.
Salió por esa puerta y Connor se vio bloqueado por una cerca de madera, se subió en una caja pequeña que estaba por ahí y echo un vistazo. Podía saltar para el otro lado, podría hacerlo solo sin problemas, pero debía llevar a Charlotte consigo. Desde ahí sus ojos descubrieron que había un callejón en medio de otros edificios cercanos, había un poso de agua y contenedores de basura. Era posible escaparse por ahí, ya que el callejón llevaba a una calle. Así que bajó a Charlotte hasta el suelo, la dejó reposar ahí, para apurarse a acomodar las cajas que había en el patio de la casa del médico, formando así unos escalones que lo llevarían a lo alto de la cerca. Cargó a la chica nuevamente y subió. Ya que la caída no era muy alta y su estatura le ayudaba, saltó, pudo caer sobre sus fuertes piernas moviendo la tierra. Y de inmediato continuó caminando no muy veloz a causa del peso de la chica que llevaba en brazos.
Los soldados le contaron el tiempo y vieron que ya se estaba tardando más de lo normal, por lo que irrumpieron en la habitación encontrando solo vendaje y utensilios de curación por la mesa, viendo que la camilla estaba vacía. No había nadie ahí.

—¡Maldito salvaje! ¡Ha escapado!

Empezaron a buscar en cada rincón, hasta adentro de los muebles.

—Debe estar por aquí cerca ¡Sal de dónde quiera que estés traidor!

Uno de ellos salió por la puerta trasera mientras otro subía las escaleras. Y se encontró con el médico viendo hacía las cajas apiladas como escalones.

—¿Dónde está? —preguntó en voz alta al médico sujetándolo del brazo con fuerza.
—Se fue… —contestó con sus labios temblorosos.
—Lo dejaste ir viejo. Vienes con nosotros por ser cómplice de los Asesinos.

Dos guardias lo arrestaron mientras uno de ellos subió por las cajas y alcanzó a ver  como el joven de traje azul había llegado a la salida del callejón que llevaba a la calle.

—¡Lo veo! ¡Síganme!

Todos saltaron dejando al médico atrás.
Avanzando lo más rápido que podía por el peso de Charlotte. Connor escuchó como venían los seis guardias a toda prisa y levantaron sus armas para dispararle. Luego otras tropas que patrullaban las calles se unieron al ver que los perseguían. Intentaron acorralarlo pero el joven mestizo tomó otra ruta. Las personas huyeron y corrieron cuando se escucharon los disparos que fallaron su propósito. Connor buscó algún escondite pero no había uno a la vista y los guardias le venían pisando los talones.
«Si ella está así es por mi culpa. Debí escucharla y escapar de todo esto. Debí retenerla cuando pude. No debí abandonarla en el valle esa vez. Nunca debí decirle que se fuera…»

Un proyectil perforó la espalda de Connor  y el dolor lo hizo tambalear, pero como pudo siguió adelante más lento y apretando más a Charlotte a su cuerpo. Una bala más se enterró en la parte baja de su espalda. Pero era fuerte y no se detuvo. No quería detenerse. No obstante, era demasiado, era un humano después de todo, y viendo que perdió la claridad de su visión, y sus piernas no le respondieron más, cayó al suelo sobre la chica.
Desde el cielo ruborizado del atardecer, se podía ver como el numeroso grupo de guardias llegaron a dónde se encontraban inconscientes y se reunieron a su alrededor.

Detrás de unos barrotes de metal, sumido en la oscuridad con apenas un rayo de luz exterior, estaba Ezio, con pantalones grises y una camisa blanca medio sucia, la barba y bigote se veía más poblada que antes y su cabello atado en una coleta algo despeinado. Ya no lucía elegante más bien andrajoso y estaba descalzo. Un hombre de casaca azul le acercó un plato con comida y un poco de agua como si fuera un animal.
El joven se estaba comiendo las uñas, empezaba a creer que se volvería loco ahí encerrado, sin ver un rayo de sol, ahogándose en el aire viciado. Sabía porque lo tenían ahí, sin ser destinado a la ejecución. Se había revelado, había insultado a su “majestad” templario; Haytham. Solo por eso, estaría ahí prisionero, quien sabe hasta cuándo. Por un instante reaccionó, recogió el plato de comida y lo arrojó a las rejas, se agarró de los barrotes y los sacudió con ímpetu.

—¡Maldita sea! ¡Déjenme salir! ¡No he hecho nada grave! ¡Yo soy un caza recompensas! Les ayudaba ¿Recuerdan?
—¡Cállate!

Le contestó una voz de algún prisionero.
Venían pasos. Ezio se retiró de los barrotes.

—…sí fue fácil ¿en serio creía que podía escapar? —expulsó una carcajada.
—¿Y por qué encerrar a la chica y luego mandarla a su ejecución? Podríamos divertirnos un rato con ella. Sabes a lo que me refiero colega.

Pasaron por enfrente de la celda de Ezio dos guardias; uno de ellos iba cargando una chica de cabello suelto rojizo y con ropas de prisionera puestas. En segundos el joven la identificó.
«Ella es… ¡Claro es la chica de Connor! ¡¿Charlotte?! » Abre más sus ojos y por un espacio entre las barras vigila.

—Vamos primero tú y después yo. —dijo un guardia.
—Está bien pero dejemos primero que despierte, si no es así, no será divertido. —se echó a reír.

Ambos rieron llevándose a Charlotte. Ezio frunció el ceño.
«¿Qué le harán a la chica? ¡Bastardos! » Con el plato de su comida golpeó las rejas haciendo mucho ruido.

—¡Eh idiotas! ¡Si tan calientes están busquen a las rameras!
—¿Qué? —volteo un guardia—

Caminaron de vuelta y miraron a los ojos al muchacho.

—¡¿Quién te crees para decirnos que hacer italiano inútil?!

Ezio miró un momento a Charlotte, descubrió su palidez, su inconsciencia y sus vendajes.

—¿Acaso nadie les quiere hacer el favor? —se mofó Ezio.
—Mírate ahí atrapado como una rata sin poder salir ya quisieras poder descargarte con ella, pero nosotros podemos y tú no. —estalló en una risa que salpicó saliva en su cara.
—Tendrás que masturbarte amigo. —dice el otro con una sonrisa de lado.
—¡A diferencia de ustedes! —respondió el chico— No necesito pensar en violar. Las mujeres todas caen a mis pies sin esfuerzo, sáquenme de aquí y podrán verlo y aprenderán de mí, idiotas.
—Já, vámonos no perdamos el tiempo con esta escoria.

Siguieron su camino.

«Maldición… Si Connor supiera, cierto ¿Qué habrá pasado con él? »

Sin un solo quejido de dolor, con un rostro cansado, Connor reposaba en la cama de su celda, con su mano tocaba su abdomen pero el dolor realmente se concentraba en su espalda, las balas las habían sacado de su cuerpo y lo vendaron, tan solo para mantenerlo vivo. Antes de llevar a cabo su ejecución. Sin embargo no eran sus lesiones lo que le preocupaba. Si no Charlotte se la han llevado, al menos puede estar seguro que también estaba en la misma prisión pero en algún lugar más cotizado por ser mujer, no debía perder el tiempo tenía que buscarla y llevársela lejos, olvidarlo todo. Ahora tan solo quería hacerla feliz. Solamente le importaba eso. Se arrepintió profundamente de no haberlo querido antes.
Por ahora no podía hacer nada, ni siquiera se podía mover, aunque no quisiera necesitaba descansar. Durmió y fue todo lo que hizo hasta el día siguiente muy temprano, los gritos de un soldado que le llevaba algo de comida lo despertaron

—¡Come!

Por supuesto que no lo haría.
Le costó toda una semana el recuperarse un poco. Al menos se sentía mejor, ya podía moverse mas no hacer esfuerzos. Es cuando uno de los guardias le permitió salir para distraerse con los otros prisioneros que se encontraban en la planta baja, algunos retándose en juegos de mesa, otros conversando. Entonces Connor aceptó salir, necesitaba examinar la prisión y la seguridad que tenía, debía investigar en dónde encerraban a las mujeres. Si era necesario buscaría apoyo de alguien.
Un guardia lo escoltó, bajando las escaleras hasta llevarlo a dónde estaban reunidos los prisioneros, quienes se despejaban un poco. Connor se quedó quieto analizando con su visión todo su entorno, viendo caras desconocidas de hombres desgraciados. Y también se percató de como los guardias custodiaban los alrededores, por supuesto no hay modo de escapar o ir a otro lado sin ser autorizado. Entre tantos hombres algo llamó inevitablemente su atención. Una cabellera rojiza, aunque enmarañada y encrespada, era larga, una cabeza de largos cabellos rojos tal y como los de Charlotte, la mujer de cabellos como las flamas de una fogata. Estaba sentada junto a otros tres hombres en una mesa comiendo algo. ¿Podría ser? Aunque esta zona era solo de caballeros. Los ojos de Connor se abrieron, brillaron y se perdieron en aquel cabello. Sí, sin duda era ella. Se precipitó a esa mesa y tocó la cabeza sonriendo débilmente.

—Charlotte…

La cabeza se giró y levantó la vista para verlo. Era un hombre que también tenía la barba roja muy crecida.

—¿Cuál es tu problema?

Se levantó de su lugar, y los otros tres hombres también, se cruzaron de brazos.

—Perdón. —baja la mirada Connor desilusionado— creí que…
—¿Creíste que era una nena? ¡¿Es eso?!

Arrugando el entrecejo se acercó, capturando las miradas de los guardias.
Connor no dice más y solo los observa. Un cuerpo se atraviesa entre el de Connor y el hombre de barba roja.

—¡Ey, ey! ¡Tranquilos muchachos!

Ezio sonrió y con sus manos intentó apartarlos.

—No hay que recurrir a la violencia ¿o sí? Cuando podemos pasar un buen rato juntos.
—Ezio… —lo llamó Connor viéndolo.
—¿Connor? —miró su rostro— ¡Connor, amigo! —lo apretó en sus brazos.

El apretón le molestó a Connor pero no se quejó en lo absoluto.

—¡Cuánto tiempo sin verte! ¡Ven por aquí! 

Lo llevó a otra mesa.
Pusieron el tablero de los molinos para jugar. Ezio se sintió debidamente, y Connor volteó la silla sentándose apoyando sus brazos en el respaldo.

—Estás reuniones solo las permiten una vez a la semana. —comenzó a hablar Ezio mientras observaba el tablero— Si no fuera por esto me volvería loco. Tengo muchos amigos, aunque hacen falta las chicas. A ellas también les hacen sus reuniones pero en la prisión subterránea, no hay luz del día, solo la iluminación de antorchas y velas, pero eso sí, están más protegidas. Nunca nos dejan verlas ¡aguafiestas!

Connor comprendió que es ahí donde han llevado a Charlotte. Ezio parecía haber superado la muerte de Aveline aunque la expresión de sus ojos era diferente, era como si le faltara algo.
El italiano que perdió toda elegancia, le explicó el porqué estaba ahí. Le contó lo de su amada Aveline que había partido a un mundo mejor. Y le mencionó lo que escuchó que le pensaban hacer a Charlotte cuando se recuperara antes de ejecutarla. Con esto último, fue como si Connor fuera una mecha y las palabras de Ezio el fuego. El nativo suspendió el juego, su rostro se deformó haciéndolo ver como una bestia, y golpeó la mesa tan fuerte que la rompió, varios guardias se aproximaron.

—¡Tenemos que sacarla de aquí! —exclamó Connor exasperado.
—¡Eh tú, el grandulón! —dijo un guardia— ¡Contrólate o te llevamos a la fosa!

No podía hacer ni decir nada por ahora, pero no pudo evitar verlos con rabia a cada uno de los guardias preguntándose ¿Quiénes son los bastardos?

Volvió a su asiento y Ezio ni se inmutó, se quedó con una piedrita del juego en la mano.

—Sí, hay que hacerlo Connor juntos lo lograremos, como en los viejos tiempos ¿Recuerdas? Tú, yo y… bueno los demás ya no están y ya sabes de quien fue la culpa. También debemos matarlos —la mirada de Ezio cambió.
—¿A quiénes? —seguía viéndose molesto hasta se notaba en su voz.
—¿Lo haz olvidado? Los templarios.
—Ya no me importa, solo debo proteger a Charlotte.
—¿En serio? ¿Qué te paso? El Connor de antes deseaba proteger el fruto y vengarse.
—Ya no. —miró a otro lado.
—Pero ¿Me ayudarías? A vengar a mi Aveline. Connor, yo la amaba tanto como tú a Charlotte.

Connor se quedó un momento viéndolo sin decir nada.


—Dejemos a Charlotte fuera de esto, podemos protegerla y salvar esta nación al mismo tiempo. ¿Qué dices? Los templarios tienen a esta gente prisionera y no hablo de quienes estamos aquí. También a tu gente. Los Mohawk ¿Vas a permitirlo? 



sábado, 5 de diciembre de 2015

Laberinto Oscuro [Relato]















Se podía sentir aquel baño de sol en California, Estados Unidos. En pleno verano, en plenas vacaciones; dos jóvenes aburridos tomaron la decisión de ir a divertirse en uno de esos paseos turísticos que llevaban a cabo en la Mansión Winchester. El sitio era considerado el más embrujado de todo el país.
Se reunió un grupo de doce personas contando a este par de jóvenes; Sarah McGrath, y Jorge McGrath. Dos hermanos que, estaban dispuestos a entrar en esa casa de la cual poco sabían, pero ya el guía les informaría, lo único que sabían, era por la fama que tenía; Habitaban fantasmas en ella.
Antes de entrar, el guía del grupo se colocó al frente dándole la espalda a la puerta principal de la imponente y magnifica Mansión. Tan solo verla desde ahí provocaba escalofríos. Tan enorme, con tantas ventanas y puertas, parecía sacada de alguna película de horror, pero no por una lúgubre o abandonada apariencia, sino por la complejidad de su arquitectura, sumándole esa vibra oscura que emanaba y se podía sentir en la piel.

—Muy bien, escúchenme gente. Conocen bien nuestra advertencia. Justo aquí pueden leerla…

Les señaló un letrero enterrado en el jardín a distancia de la entrada, en el cual se podía leer “Advertencia, no debe entrar solo, porque si se pierde, no le podemos asegurar que vayamos a encontrarlo.”

—Incluso para nosotros es complicada la casa, solo les haremos conocer y recorrer cierto camino que ya conocemos, lo siento pero no podemos llevarlos a conocer toda la casa. Y claro, tampoco se les recomienda apartarse del grupo… ya que si lo hacen no nos hacemos responsables si se pierden. Por favor manténganse unidos y solo síganme a mí.

—¿Solo síganme a mí? ¿A quién más podríamos seguir? —preguntó Jorge cruzado de brazos entre la gente.

No obtiene contestación alguna.

—Advertidos ya están gente. Muy bien —sonríe— Sí están listos, adelante, empezamos con el recorrido…

Las personas emocionadas, algunas sintiendo el miedo en carne propia, se adelantaron siguiendo a su guía del tour.
Pero fue Jorge quien aguardó un momento antes de seguirlos, se quedó viendo por fuera la casa, como examinándola con sus ojos, por un momento le pareció captar la presencia de alguien verlo desde una de las tantas ventanas, luego sintió que muchos ojos lo observaban por cada centímetro de la mansión.  Su hermana menor, Sarah, una chica de quince años, de pantaloncillos cortos puestos, cabello azabache recogido en una coleta. Cae en la cuenta que su hermano mayor, un joven alto, con barba completa de días y cabello encrespado, se había quedado ahí sin moverse, ella le sonrió viéndose los brackets de sus dientes, en una clara expresión de gran emoción, en cambio su hermano no se veía muy convencido de continuar.

—¡Eh, vamos, nos dejaran atrás!.

Se acercó para tirarlo un poco del brazo, atrayéndolo lentamente a la puerta, hasta que el joven se desembarazó  de ella y le arrojó una mirada reprobatoria. El grupo de turistas junto con el guía se podían escuchar en uno de los vestíbulos, el que se encontraba justo a la entrada de la Mansión. Cuando Jorge miró al interior, estando delante de la puerta que el guía había dejado abierta, una fría ventisca se estampó en su cara.

—No. Vámonos, no tengo un buen presentimiento, algo está mal. —dijo el muchacho retrocediendo poco a poco.

Su hermana soltó una carcajada creyendo que estaba jugando o era otra de sus bromas a pesar de mostrarse bastante serio.

—Ay, no juegues. Espera… ¿acaso tienes miedo? ¿Eso es? ¡Por Dios! Ni siquiera yo lo tengo y mira que soy menor que tú por seis años.
—No estoy jugando Sarah, en serio, vámonos. —sujetó su mano.
—¡No! ¡No quiero! —su rostro cambió a uno molesto— ¡Si no quieres ir tú, iré yo sola! —forcejó para librarse de su mano— ¡Miedoso!

Enseguida se dirigió tras el grupo para alcanzarlo. Justo estaban por pasar a otra zona de la casa.

—¡Sarah!

Le gritó su hermano, pero la chica fingió no escucharlo integrándose al montón de personas. Al muchacho no le quedó más que entrar, y apenas puso un pie adentro, una vibración subió por su piel a un costado como si estuviera alguien a su lado, seguido de una voz muy tenue que dijo “largo…” Abrió mucho sus ojos y se esforzó por ignorar, tal vez era su mente que le estaba jugando una mala pasada. ¿Se estará sugestionando? Él no es del tipo de personas que se sugestionaban fácilmente.  Se apresuró para llegar al grupo, siguiendo las voces, menos mal no habían ido tan lejos, porque aparentemente el guía les contaba la historia de la Mansión, y de Sarah Winchester; la propietaria original de la finca. Curiosamente tenía el mismo nombre que su hermana pequeña, todo se tornaba cada vez más extraño. Encontró a su pequeña hermana entre la multitud de personas, y se colocó a un lado de ella no muy contento, la miraba con desagrado, se suponía que debía obedecerlo, era su hermano mayor, pero vaya que era necia su hermanita.
La chica prestaba mucha atención a lo que decía el guía y admiraba cada detalle de la casa, su complicado diseño en madera, tapiz, bordes, cuadros, candelabros, y lamparas colgantes. Habían entrado a una habitación con un órgano, una chimenea y mucho espacio como si se tratara de un salón de baile. El guía empezó a explicar.

—Este instrumento se supone que no funciona… —miraba los rostros de las personas y les señalaba el órgano a su espalda— Pero, mucha gente ha asegurado haber escuchado sonar este órgano, como si alguien lo tocara. —yendo más cerca del órgano, presionó las teclas demostrándoles así que efectivamente no suena nada al tocarlo— Y aquella chimenea que ven por allá. —les indico a dónde vieran— Es falsa, como muchas cosas aquí, hay puertas que no llevan a ningún sitio, baños que no funcionan y pasillos sin salida, así fueron hechos. Todo está elaborado acorde a como la señora Sarah Winchester, que en paz descanse, lo mandó.

«Esta casa es una locura…» Prefirió guardarse Jorge. Seguía sintiendo que alguien lo observaba desde que entró en la casa, y entre más pasaba el tiempo, era como si estuviera más cerca de él.

—Bien continuemos con el recorrido…

Avanzaron a una de las seis cocinas con las que contaba la enorme morada. Y el guía llegando ahí se detuvo para decirles algo a todos.

—Bien, como dije antes, la casa consta de 160 cuartos, incluyendo 40 habitaciones, 7 pisos, 476 puertas, 6 cocinas, 52 tragaluces y 2 vestíbulos. También incluye 47 chimeneas, 10.000 ventanas con paneles, 2 sótanos, 3 ascensores. Cuenta con solo una bañera y dos espejos en toda la casa, y esto porque según Sarah los fantasmas le temen a su propio reflejo.

Sonaron pasos ajenos a ellos cruzar la cocina para salir por una de las puertas, todos fueron capaces de escucharlos y el rumor de la gente se hizo oír, algunas mujeres temblaban y otros lucían muy impresionados.
El guía asiente con su cabeza y les sonríe.

—Como pueden ver no estamos solos.

La gente se conmocionó. Continuaron su viaje, y en uno de los corredores pasando por un baño falso, a lo lejos se escuchó que dieron un portazo y nuevamente la gente se exaltó estupefacta. Jorge siguió inquieto y nada divertido, creía que lo sería, pero había algo en ese lugar que no le gustaba nada, no sabía si llamarlo “mala vibra” “un mal presentimiento” o “miedo” pero había algo. Para calmarse un poco intentó pensar en algo más lógico, probablemente había gente adentro de la casa, o reproductores de audio cerca que producían esos sonidos para asustar a la gente y mantener la reputación de la Mansión pero…¿y si todo era real?.
La chica sintió la necesidad de mirar uno de los cuadros del corredor, era un retrato de Sarah Winchester, sus ojos se fijaron en ese cuadro, como embelesada, sumergiéndose en la imagen. En tanto su hermano ni cuenta se daba, seguía escuchando lo que decía el guía, pero para su hermana Sarah parecía que aquella voz del guía bajaba de volumen, y tan solo podía escuchar una voz masculina y carrasposa…

—Sarah...

El iris de sus ojos se dilató, y puso un pie adelante, seguido de otro, muy lento, y como si estuviera hipnotizada caminó con calma hacía ese cuadro sin dejar de ver el rostro de la señora en aquella fotografía, estando muy, muy cerca de la pared en dónde estaba colgado ese cuadro, sigue avanzando sin detenerse hasta que su cuerpo traspasó la madera de la pared como si esta fuera invisible.
Entonces fue cuando el guía sin haber notado la desaparición de uno del grupo prosiguió con el tour indicándoles a las personas que lo siguieran. Jorge buscó a su hermana con su mirada, y no la hallaba entre las personas, entonces barrió por completo su alrededor, y tampoco la veía por ninguna parte. Acto seguido se dirigió al guía abriéndose paso entre los cuerpos delante de él.

—Disculpe…mi hermana, no sé a dónde ha ido.

Pero el rostro del guía hablaba por sí solo. Se había molestado, porque lo había interrumpido en su narración de la historia de la casa. Y eso lo podía notar Jorge, pero se sentía con derecho a pedir ayuda.

—Como les he dicho… —se dignó a hablar el guía— No nos hacemos responsables si
—¡Pero no puede dejar que se pierda! —no lo dejo terminar—¡Es una chica! —inquieto miró hacia otro lado— ¡Sarah! —trata de llamarla.

Por supuesto la gente empezó a hacer muecas y a poner los ojos en blanco. Les estaba arruinando el viaje.

—Seguro está jugando a las escondidas ya aparecerá. —comentó un señor.
—Sí, sigamos adelante, debe andar por aquí cerca. —se escuchó una mujer.

El hombre guía sin darle importancia, prosiguió con el recorrido, pidiéndoles que lo siguieran a otra zona de la mansión, dejando al muchacho atrás, quien naturalmente no quería irse sin saber dónde estaba su hermana. Tampoco podía permitir que el guía fuera tan indiferente cuando un extravió de una jovencita se trataba, y más siendo su pequeña hermana. Nadie más que el conocía la entrada y salida de la Mansión, que en sus entrañas parecía como un laberinto. Y claro, también se sentía muy enfadado con su hermana ¿cómo pudo separarse del grupo? Debió tomarla de la mano y no soltarla. ¿Acaso fue su culpa? Por su descuido…
Despabilo su mente y antes de que los perdiera de vista, aún sin obtener rastros cercanos de Sarah se precipitó hacía el grupo.

—¡Por favor! —arrugó el ceño— ¡No puede ser tan desgraciado! ¡¿Cómo se atreve a abandonar a las personas así?!
—Se lo advertí joven. No haga que nos retrasemos más. —caminó para encararlo— Búsquela usted por su cuenta. —clavó su mirada en los ojos del chico.

Esos ojos, por un momento a Jorge le dio la sensación de que le habían brillado como si adentro de ellos se hubiera encendido una llama. Una mirada distinta, que le provocó un escalofrío que se extendió por su espalda y lo hizo temblar. Una energía… que lo estaba presionando, y le pesaba en sus hombros. Esa voz que articuló las palabras: Búsquela usted por su cuenta. Sonaba diferente, más apagada, más fría…

Dejó que lo dejarán atrás. El único que se iba a preocupar por la chica, sin duda era él, y era su deber y necesidad encontrar a su hermana pronto. Esa tonta de Sarah, seguro creía que era divertido esconderse, o aventurarse ella sola por esa maldita casa, que evidentemente no conocen.
«Cuando la encuentre lamentará haber jugado así…» Pensó por un momento.

Tomó una ruta que desconocía, atravesando una habitación, entrando en otra puerta, y otra, y otra, las puertas parecían nunca acabar, no dejaba de gritar el nombre de su hermana con la esperanza de que lo escuchara. Se detuvo en una habitación, la “habitación del té” con una linda mesa, sofás, lámparas, y un juego de té de oro que no podía faltar.  Por supuesto Sarah no estaba ahí, y aquella desesperante sensación de que alguien lo estaba siguiendo, y cuando volvía su mirada no encontraba nadie, lo estaba volviendo loco. Aún así continuó. Luego de un rato volvió a esa misma sala, eran los mismos sofás, la misma mesa, las mismas lámparas, el mismo juego de té, intentó ir por otro lado, tomando un pasillo, y regreso de nuevo, estaba dando vueltas y vueltas, y no salía del mismo lugar. Esa persona, espíritu o lo que sea que lo estaba siguiendo por atrás, lo podía sentir más y más cerca, hasta escuchaba su respiración a su oreja, una respiración ajena a la de él, que ya de por si era acelerada. Pálido y con sus ojos muy abiertos el temblor se hizo presente en todo su cuerpo, el miedo tangible en el aire a su alrededor y en su piel, se distinguía un sudor frío. ¿Estaba haciendo frio? Se sentía helado, muy helado, incluso su aliento podía verse en el aire ¿Entonces por qué estaba sudando?
Recargó su hombro en la pared y era como si en cualquier momento se le fuera acabar el oxígeno de sus pulmones, y abría su boca queriendo tragar aire pero le costaba. Algo huesudo y que le quemaba agarró sus tobillos con fuerza.  Quería gritar pero la voz no salía de su boca, ni un pequeño sonido, estaba como paralizado y se veía en la expresión de su cara. Esas manos grandes y delgadas, muy delgadas, no lo sueltan. Lo halaban hacía abajo, como si el suelo quisiera tragárselo, y no importaba cuanto lo deseara no podía moverse, permaneció pegado a esa pared y ni siquiera era capaz de pedir ayuda.

Sarah corría subiendo unas largas escaleras que la llevaban a un piso superior, su coleta negra se movía en el aire y algo tiró de ese cabello haciéndola rodar por los escalones hacía abajo, gritando y soportando los golpes con cada escalón le fue imposible detener su descenso y con sus brazos protegiendo su cabeza cayó hasta el final de las escaleras. Jadeando de temor y el dolor que recorría su cuerpo, no podía moverse y se quedó ahí viendo el techo con una lámpara de araña repleta de cristales. Le había parecido escuchar la voz de su hermano llamarla varias veces, pero no sabía muy bien de dónde provenían sus gritos. Y no lograba recordar cómo se separó del grupo. Poco a poco la imagen se iba borrando hasta ver todo negro.

Afuera el firmamento anunciaba la noche, ruborizándose lentamente, el tiempo pasaba y el sol estaba despidiéndose por el día de hoy.
El grupo de turistas con grandes sonrisas. Por sus caras quedaba claro que la habían pasado bien, y la visita a la mansión había sido una magnifica experiencia para todos. Algunos pudieron sentir a los espíritus de la casa muy cerca, otros se quedaron con las ganas pero los típicos portazos y pasos de los que tanto hablaban, fueron suficientes para probar el miedo que prometía la Mansión Winchester. Por su parte el guía del grupo despreocupado completamente a pesar de que faltaran dos integrantes, les sonríe a todos dándole fin al tour, y los llevó directamente a la salida pasando de los hermosos jardines y fuentes a la entrada de la Mansión. Ha dejado asegurada la puerta como debe. Solo si recibían llamadas que exijieran la búsqueda de los jóvenes perdidos, intentarían, solo intentarían encontrarlos, porque justo y como dejaba bien claro su advertencia, no les podían prometer que iban a hallarlos. Incluso hasta ellos mismos, que se suponía conocían muy bien la Mansión eran propensos a perderse.

Cuando la chica abrió sus ojos con debilidad se vio acostada sobre una amplia cama dosel. Era la habitación de Sarah Winchester, el guía les había mostrado esa habitación por fuera de aquella puerta de madera, que sus ojos alcanzaban a ver, y está cerrada. Así no estaba antes.
Era una gran recamara, con su armario, un librero, un sofá, una mesita, una ventana falsa y otra real, un tocador, cortinas largas y decoraciones… el tocador que irremediablemente llamaba su atención, no podía apartar sus ojos de él, especialmente del espejo. Y sus labios temblaron, y despacio fue levantando su espalda del colchón de la cama. Podía verse algo ahí, dentro del espejo, algo que se movía, algo oscuro. Se puso en pie y sus zapatillas deportivas con agujetas avanzaron hacía ese espejo del tocador. Un silencio sepulcral reinaba en la habitación de Sarah Winchester, tan solo el sonido que hacían sus zapatillas en el piso de madera era lo que se escuchaba.
Estaba fuera de sí, viendo fijamente ese espejo, al quedarse ante el tocador, su mano se movió sin que ella lo quisiera y asustada miraba como su mano alcanzo a tomar un joyero pequeño de plata que estaba cerca del espejo. Y viendo su reflejo, con su corazón palpitando sin control, hacía un esfuerzo por detener su mano, fuera lo que fuera que la estuviera obligando a hacer, no quería hacerlo, no podía permitir que la usaran como un objeto. Gruñía, apretaba sus labios y arrugaba su frente al tratar de detener su brazo que, levantaba aquel pequeño cofre.

— ¡No! —logró gritar— ¡Basta! —su mano subía sosteniendo ese joyero y parecía que tomaría impulso para arrojarlo al espejo—¡Jorge! ¡Jorge! ¡Ayúdame!

Fue lo último que pudo decir.
Golpeo involuntariamente con ese joyero el espejo, con una fuerza ajena a ella. Lo rompió en pedazos, esos pedazos salieron volando a todas partes como si una ventisca cargada de energía saliera del espejo quebrado, la coleta de Sarah volaba, y cerró sus parpados apretándolos, recibiendo algunos trozos en su cara y playera, dejándole algunos rasguños y abriéndole un par de heridas más profundas; en su cuello y en su frente. Como si la hubieran empujado, cayó hacía atrás al suelo y tardó unos segundos en recuperar su aliento y fuerza, viéndose entre los pedazos del espejo destrozado, despegó su espalda con el ardor de su cuello y frente sangrantes, movió sus piernas que se resbalan en el suelo, en un intento por levantarse, pero el miedo era más fuerte, y solo consiguió deslizarse hacia el borde de la cama y ahí, se puso a llorar como un bebé, viendo el destrozo en el suelo, el joyero abierto, y las gotitas de sangre que dejó por ahí. Con sus dedos se toca el cuello y los vio manchados de sangre, se toca la cara con su otra mano y vio como tiemblan sus dedos rojos.
Dejó salir un grito que se extendió por toda la habitación hasta afuera, resonando por el pasillo.
Esa voz apenas la pudo oír su hermano, que justo cuando entraba por sus oídos aquello que lo aferraba al suelo, lo soltó y recuperó el aliento, pasó su vista por la habitación, descubriendo que se encontraba solo. Pero no le quedó ninguna duda, esa voz era de su hermana, así que presuroso se puso en pie para volver a buscarla, gritando su nombre, que retumbaba en las paredes. No era capaz de pensar en nada más que en su hermana y en salir de ahí, pero justo cuando encontraba una puerta se encontraba con una pared al abrirla. Viendo unas escaleras angostas en forma de caracol, y queriendo ir a dónde sea que lo llevaran las sube, escalón por escalón, cada uno se vuelve más pesado y todo lo ve con más brillo y como si se moviera a su alrededor. Se estaba mareando. Y algo continuó siguiéndolo por atrás, escuchó una respiración, esa presencia no se iba

—¡Aléjate de mí!

Exclamó y subió más rápido las escaleras de caracol para encontrarse nuevamente con un muro. Boquiabierta observó el muro, sin saber a dónde más ir, trató de descansar sentándose en el escalón final y pasó sus manos por su cara como si la enjuagara, peinando su encrespado cabello hacía atrás, clavó su mirada abajo, sumergiéndose en su mente. No..., no podía ser obra de su mente, era demasiado, para tan poco tiempo. Sentía como si en cualquier momento se volvería loco, no ha hecho más que dar vueltas y cuando al fin consiguió dejar de andar en círculos se encontró con pasajes que, no lo llevan a ningún lado. Su respiración se agitó y su rostro se puso colorado estirando su cabello, maldice al levantarse para dar un punta pie al rellano de la escalera. El sonido de unas botas subir, llama su atención. Al asomarse para ver quien estaba subiendo solo puede ver una sombra negra en la pared como si realmente se tratara de un hombre yendo hacía el. Paralizado, quiso salir corriendo pero no sabía hacia dónde, y no quería acercarse a esa cosa, tampoco quería que eso se acercara, se arrimó lo más que podía al muro esperando que eso desapareciera.
Sarah no había dejado de llorar y aunque estaba un poco más tranquila, la desesperación era más fuerte, giraba el picaporte de la puerta de un lado a otro inquieta, queriendo abrirla, pero era como si algo la estuviera sujetando del otro lado, gira la perilla pero por más que intentará no se abría.

—¡Déjame salir!

Gritó con sus ojos arrasados de lágrimas, y totalmente pálida por el pánico que la ha poseído. Se arrepintió profundamente de haberse distraído, aunque no recordaba bien, deseaba volver al tiempo aunque sonara absurdo e imposible, le gustaría que al menos su hermano estuviera ahí. Terminó por rendirse, esa maldita puerta no se abría. Se dejó caer al piso y berreo como nunca, aún le dolían esas heridas y todavía sangran, esa sangre que escurría desde su frente por toda su cara. Recargándose en la puerta, siente que algo empieza a empujar, a golpear como queriendo entrar a la fuerza, enseguida de un brinco se puso en pie y retrocedió cubriendo su boca con sus manos y con sus ojos tan abiertos, observó como seguían embistiendo la puerta. Sarah ya ni siquiera podía emitir un sonido.
La luz se estaba agotando, aquella tenue luz naranja del atardecer que se colaba por las ventanas se estaba extinguiendo, y el interior de la casa es invadido por la penumbra, si no fuera por aquellos débiles rayos de luz de la luna reinando el cielo, no serían capaces de ver absolutamente nada, apenas les era posible ver algo. Jorge no había dejado de ver como esa sombra o espectro que estaba subiendo las escaleras se quedó estático, y el también. Para Sarah, la oscuridad es lo que menos le preocupaba, tiene toda su atención en esa puerta que parecía que iba a romperse en cualquier momento.

Es entonces cuando llegó la hora de que los padres de los jóvenes comenzarán a preocuparse, siendo su madre la más angustiada.
Ella, y el señor padre de estos jóvenes atrapados en aquella mansión. Estaban preparando su cama para dormir de una vez.

—¿No crees que ya han tardado? —dijo la señor arrugando su frente—Son las diez de la noche, estarían aquí para antes de las ocho.
—Ya llegaran cariño. Seguro se están divirtiendo.
—Solo irían a esa mansión. ¿Y si les pasó algo?
—Me parece que estás exagerando, todavía no es tan tarde, ya deben estar en camino.
—Eso espero. —se acostó en la cama y le dio la espalda a su marido, viendo la hora en el reloj debajo de esa lámpara de buró.


En el momento que la puerta dejó de ser golpeada violentamente, fue cuando la joven con rastros de sangre en su cara, dejó de llorar, y se tomó un segundo para calmarse y respirar más profundamente, acto seguido se encaminó a la puerta queriendo intentar una vez más salir de ahí, escapar. Sintió que algo adentro la estaba observando fijamente, sentía que debía huir, encontrar a su hermano, si es que alguien la estaba buscando, porque aún mantenía la esperanza de que alguien la estuviera buscando, aunque fuera noche, y todo estaba oscuro, aunque sabía que el guía debió cerrar hace rato ya, no dejaba de tener esa esperanza de que vendrían por ella, no quería dejar de tener esa fe, se aferró a esa idea con todas sus fuerzas, tal y como se aferraban sus dedos a esa perilla, que al fin pudo abrirse sin esfuerzo. 
Y salió por esa puerta corriendo por el corredor, con aquella sensación de que alguien la seguía, incluso escuchaba esos pies que se arrastraban tras de ella, ni siquiera sabía a dónde se dirigía, bajó unas escaleras y en medio de ellas sintió que algo le cubrió su cara, algo invisible, pero que puede sentirse como si se tratara de una telaraña, pero imposible, la mansión es reluciente por el mantenimiento que le dan para los turistas, se trataba más bien de una energía, algún fantasma que la ha atravesado. Reaccionó moviendo sus manos como queriendo deshacer esa “telaraña” y cerró sus ojos, continúo bajando y bajando. La sangre de su cara ya empezaba a secarse pero no le importaba, todo lo que quería era salir de esa maldita mansión cuanto antes. Pero estaba perdida, y no veía casi nada, tan solo la tenue luz de la luna le permitía ver por donde caminaba. Temblaba y temblaba sin poder controlarse, estaba tan silencioso, pero no vació, podía sentirlo, como si hubiera muchas personas a su alrededor, personas que no podía ver. 
Por alguna extraña razón creía que su hermano pudiera estar buscándola o eso quería creer.

—¡Jorge!

Dijo tan fuerte, que hasta resonó en sus propios oídos.
Otro grito, que Jorge podía escuchar débilmente. Aquella sombra había desaparecido y el aprovechó para bajar de esas falsas escaleras que no llevaban a ningún lado, y regresó a una cocina, viendo a todos lados. La había escuchado, claro, sin duda es su hermana, y seguramente al igual que él, estaba pérdida y llena de temor, pero si ambos tenían miedo no van a ir a ninguna parte. Es entonces cuando el joven decidió armarse de valor, esas cosas no le iban a hacer daño, no le iban a dar más miedo, eso pensó, sin embargo no podía evitar sentir algo de temor. Temor a lo desconocido, temor de quedarse atrapado ahí hasta la muerte. Su misión era encontrar a su hermana, y estaba seguro que escuchó su voz, por lo que debía estar cerca; así que el también gritó su nombre, recibiendo de inmediato una respuesta de Sarah, quien no se había movido de dónde estaba, cayó en la cuenta de que no tenía caso seguir caminando o corriendo, en un sitio que desconoce.

—¡Jorge! ¡Aquí estoy! ¡Ven por favor!
—Allá voy Sarah, quédate dónde estás no te muevas —se oyó a lo lejos, las paredes ahogaban el sonido—solo sigue gritando.
—¡Está bien! ¡Pero apúrate! ¡Por favor! ¡Tengo miedo!

Sarah barría el lugar, lo poco que alcanzaba a ver por la escasa luz, con sus grandes muy grandes ojos verdes. En esa sala dónde estaba había un espejo, a unos pasos delante de ella, lo que hizo que retrocediera más, al recordar el accidente con el espejo, sus piernas perdieron fuerza derrumbándose en el suelo de madera, boquiabierta no apartaba su vista del espejo.

—¡Sarah! —gritaba, necesitaba escucharla para guiarse, caminaba lentamente por un pasillo y algo lo empujó haciéndolo caer de espalda al suelo— ¡Maldición! ¿¡No quieres que vaya con ella?! —frunció el ceño y se levantó— ¡¿Es por aquí, verdad?!

Avanzó por dónde vino el aventón.
La chica captó que en un pasaje, cerca de dónde estaba se ha encendido una vela de la nada.
«No estaba encendida antes…Estaba muy oscuro» Dijo a sus adentros, yendo directamente hacía esa luz con porta vela. Necesitaba aunque fuera un poco de luz para ver dónde iba, y eso fue como ver un milagro. Tomó la porta velas y se aleja de aquel mueble para poder alumbrar su camino, y cuando se dió la vuelta una figura blanca de cabello largo negro, con hoyuelos oscuros como ojos y una sonrisa que parece desfigurar su rostro, dejó salir su larga y puntiaguda lengua al verla emitiendo un sonido gutural. Sarah sufrió un sobresalto y se alejó del lugar corriendo, pero no dejó de sentir que esa cosa la perseguía y se estremeció, esa luz de la vela parecía querer apagarse con el correr así que se detuvo y a su oído escuchó: No… son…bienvenidos.
Le dió un escalofrió en todo su cuerpo y dejó caer la vela, viendo cómo creció y se extendió el fuego rodeándola, acorralándola así entre las llamas. De inmediato la envolvió el calor, miedo, y desesperación. Al verse atrapada en llamas. Ya no le faltaba la luz, pudo ver que estaba adentro de una pequeña sala, pero el fuego se concentro solo en su contorno, formando un circulo, y se alzó, sin quemar más de la habitación. Ella podía ver como si se formaran figuras con cuernos en las llamas.

—¡Jorge!

Apenas consiguió levantar la voz.

—¡Ayúdame!

Su hermano podía oírla pero no alcanzarla, se encontraba atrapado en los pasillos, no ha conseguido salir de ellos.

—¡Maldición! Huele a quemado…. ¡Sarah!


No se consumía el fuego, por más que la chica lo deseara, el terror le revolvió el estómago y sintió nauseas. Todo daba vueltas a su alrededor y se dejó caer en el suelo, ahí en el centro de ese círculo en llamas.
Jorge pudo ver que estaba saliendo luz y calor de una sala, y a zancadas llegó hasta esa sala, y la vió envuelta en llamas, pero nada se quemaba solo tenían atrapada a su hermana, apenas podía distinguirla entre el fuego.

—¡Sarah!

Algo atrajo sus ojos al espejo que estaba al fondo, y recuerdó las palabras del guía: “Cuenta con solo una bañera y dos espejos en toda la casa, y esto porque según Sarah los fantasmas le temen a su propio reflejo.” Claro, podía usar ese espejo como escudo, pero debía primero salvar a su hermana menor del fuego. Apenas se acercó un poco a las llamas sin saber cómo apagarlas y sintió el golpe de calor que lo hizo sudar. No había humo, solo fuego. Como si se tratara de un fuego que venía directamente del infierno. Se quitó su sudadera y en un banal intento por apagar las llamas la agitó, pero esto parecía alimentar la lumbre y se levantaron sobrepasando la altura de su cabeza. Se apartó  y no tenía más recursos, solo su voz.

—¡Sarah! ¡Respóndeme! ¡¿Estás bien?!
—Si…

Escuchó un susurro tras él, una voz ajena a la de su hermana. Algo lo sujetó de sus pantorrillas y tiró de él, arrastrándolo por el suelo, para alejarlo del incendio. En ese momento, viéndose jalado por una fuerza invisible, a lo largo del pasillo, sintió ganas de gritar, pero no lo hizo, en cambio trató de aferrar sus dedos al suelo de madera para detenerlo, pero era inútil. No sabía a dónde lo llevaba, pero pensó que quizá lo estaba retirando del espejo en esa habitación, necesitaba conseguir ese espejo para espantarlos, para darles una cucharada de su propia medicina. Apretando su mandíbula, y con un hilillo de dientes, se sujetó bien del suelo como pudo, y sacudió sus pies luchando contra esa fuerza. Que se detuvo, pero se rehusaba a soltarlo.

Lentamente la chica va recuperándose y reparó en que ese círculo de fuego que la rodeaba se hacía más y más chico, alcanzando a sentir el ardor en su piel, iba a quemarse.

—¡Nooo!

Elevó un grito al techo, y en un abrir y cerrar de ojos, aquellas lumbres paranormales desaparecieron, volviendo a fundirse en la negrura. Pero no había terminado, sabía que seguían ahí. Caminó moviendo sus manos adelante buscando tocar alguna pared para apoyarse y no moverse hasta que, la espesa tiniebla fuera un poco más clara. Hace un momento, le pareció escuchar la voz de su hermano cerca, posiblemente estaba por ahí.

—¿Jorge?... —su mano derecha tocó un hombro— ¿Jorge eres tú? —con un gran alivio respira y espera.

Unos ojos brillantes como focos y unos colmillos se hacieron visibles, seguido de un gruñido profundo.
Exaltada se dejó caer hacía atrás y alguien la sostuvo con sus brazos, se removió desesperada, imaginando que era esa entidad y rompió en llanto.

—Sarah…tranquila. Soy yo.

Su hermano la abrazó para confortarla. A la chica le costó un momento para reponerse, su respiración fue lo único que se escuchó en esa habitación oscura. Y cayó en la cuenta que era su hermano quien la abrazaba por la espalda. Jorge la llevó hacía una pequeña ventana cercana de las miles que había en esa casa, por dónde entraba una pizca de luz exterior, esa que les regalaba la luna. Estando ahí, se acurrucó con su hermana en el suelo y ambos al sentirse acompañados pueden descansar unos segundos, no dijeron nada, solo disfrutaron de no sentirse solos. Empezó a descender la temperatura, como si se hubiera colado una fuerte ventisca por alguna apertura. Sin embargo sabían que en pleno verano, un viento así era imposible. Sus alientos pudieron verse en el aire, lo que hizo que se abrazaran más. Su mente quedó en blanco, el miedo se había ido por ahora.

—Tenía…tenía miedo. —bajó la voz.
—Lo sé Sarah, lo sé.
—Vámonos de aquí. Por favor, por favor… —sollozó.
—Ya saldremos de aquí. Gracias a Dios te encontré.

Como si un hombre se echara a reír en mofa por lo que acababa de decir. Así escucharon detrás de las paredes. Sonido que los exaltó y Jorge ayudó a su hermana a incorporarse, descubriendo que detrás de ellos hay una ventana que llevaba a parte del tejado, observándola bien descubrieron que estaba cerrada ¿Esta podría ser su salida? Con sus manos trató de elevar el borde de la ventana para salir, mientras puede sentir el temblor de su hermana que se enganchó a su brazo.
La ventana no cedía.
Hizo un último intento, arrastrando una silla y con esta golpeó el cristal de la ventana, al cual no le hizo ni un rasguño. Gruñó con rabia y aventó la silla lejos.
Resopló y miró los ojos de su hermana, apenas pudo ver su cara por la escasa luz plateada que entraba de afuera.

—Sarah, te prometo que saldremos de aquí...

Distinguió la sangre que se estaba secando en su cara y cuello, y arrugó su frente viendo a su pequeña hermana.

—¿Te has herido?

No contestó, en cambio lo abrazó, como no queriendo apartarse de su hermano jamás. Solo cerca de él podía sentirse confortada.

—Hay que tratar esas heridas Sarah… —dijo mientras con la manga de su sudadera le limpió un poco su rostro, y al apartarse de su cuerpo, atrás de su hermana visualizó una especie de nubosidad negra— Por ahora vámonos.

Tomó de la mano a su hermana, mano que ya no se atrevería a soltar. No debió soltar.
Dan vueltas y vueltas por la casa que parecía laberinto, se encontraron con paredes, no con salidas, volvían a verse en la misma habitación, hasta que Sarah pudo ver unas escaleras que llevaban abajo, y optaron por ir hacia abajo, en lugar de arriba, lo que querían era llegar a la puerta por dónde entraron. Pero terminaron en uno de los sótanos, ya que estaba muy oscuro apenas podían saber que se trataba del sótano, por que olía a húmedo, hacía más frío y la oscuridad era un poco más densa.
Agotada Sarah se dejó caer en el suelo de rodillas y sus ojos se arrasaron en lágrimas, una vez más. Eso no solucionaría nada, pero esta vez, no era el miedo, ni la sensación de haberse quedado atrapados ahí lo que la hacía berrear, sino. Arrepentimiento.
Jorge se detuvo a escuchar como su hermana menor desbordaba en llanto, ya que no ve más que negrura a su alrededor, y prefería que fuera el lloriqueo de su hermana lo que escuchara a que otras cosas que lo estaban enloqueciendo.

—¡Perdón! —gritó su hermana, con sus manos en su cara.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Ya lo sabes, por mi culpa estamos aquí. Tú no querías entrar, yo fui quien te insistió, quien te hizo entrar. ¡Tú lo presentías! ¡Como hermano mayor deseabas protegerme! ¡Yo fui tan idiota! Si no fuera por eso, ahora mismo estaríamos en casa, y no en este lúgubre lugar.

Lentamente se aproximó a su hermana y alcanzando el suelo, la atrajo a sus brazos. Sin decir nada, solo acarició su nuca y espalda. Escuchando a su oído el llanto de su hermana.

—¡Esos fantasmas o lo que sean! ¡No nos dejan en paz! —añadió su hermana¡No podemos alejarnos de ellos, y ellos no se alejan de nosotros!
—Sarah… dime ¿Cómo te hiciste esas heridas?

Apretándolo con sus brazos cierra sus ojos.

—Me forzaron a romper un espejo…

No fue capaz de decir más. 
Eso fue como una luz que iluminó el rostro de Jorge, tanto así que abrió de más sus ojos y sonrió.

—¡Es verdad! Un espejo…

« …los fantasmas le temen a su propio reflejo. »

Casi lo olvidaba, el espejo, el maldito espejo que había visto en la misma habitación, llegar de nuevo ahí será un reto, pero es mejor a quedarse a lamentarse en el sótano. Cuando le pidió más detalles sobre el “accidente” a su hermana, le hallo sentido al porqué la obligaron a romper ese espejo. Solo habían dos espejos en toda la casa, ya han acabado con uno, solo restaba otro más. El único que quedaba, y que podrían usar como un escudo para protegerse, para al menos poder estar tranquilos y dormir. Ya ni siquiera podían pensar en salir, porque por lo visto, no había salida.
Cuando se dirigían a las escaleras para salir del sótano, Sarah pareció sentir que alguien caminaba hacia ellos desde una de las esquinas.

—¿Qué es eso? Viene alguien, Jorge viene alguien… —se sujetó de la manga de su sudadera.
—No lo veas Sarah y sígueme.

Tomándola bien de la mano subieron por las escaleras apresurados, y esa sombra agarró de los tobillos a Sarah. La chica pegó un grito que resonó en los tímpanos del joven.
Jorge la cogió más fuerte para que no la arrastrara.

«Justo como me pasó a mi» Pensó el chico. » No quieren que vayamos por el espejo, le tienen miedo »

Era una fuerza que no se podía quitar de encima, esa fuerza tiraba de ella, y su hermano la abrazó atraiéndola a él, compitiendo contra esa cosa. No dejaría que le ganara, que se llevara a su hermana. Otra vez. La libró y la chica impulsada cayó sobre su hermano y continuaron su camino. Queriendo recordar por dónde vinieron. Seguir el mismo patrón, para llegar a dónde estaba el espejo.
Pasaron horas para que Jorge pudiera reconocer ese mismo pasillo por dónde había visto salir la luz de las flamas paranormales. Sintieron un alivio, ya estaban más cerca del espejo, del único espejo que había en toda la Mansión. 

Cuando en la esquina del techo, ahí en ese pasillo, apareció una figura de una mujer en los huesos, uñas largas, cabello negro largo, esa sonrisa que Sarah ya había visto, la lengua larga, pero esta vez, estaba pegada al techo con su cuerpo engarrotado como si fuera una araña. Los miró, los hermanos retrocedieron lentamente, y la mujer se movió directo a ellos por el techo. Se escuchó el grito agudo de la chica, y Jorge la hizo correr. Entraron a la primera puerta que se encontraron, por fortuna no era falsa. Llevaba a un baño rosa. La figura fantasmal quiso entrar con ellos, pero juntos cerraban la puerta cuando cuatro brazos con largas uñas no les permitían cerrarla, se movían como queriendo agarrarlos, o al menos rasguñarlos. Con todas sus fuerzas empujaron, hasta que esos brazos desaparecieron y de un portazo cerraron la puerta. Quedando con su espalda a una pared, la chica se abrazó a su hermano y ocultaba su rostro en su pecho, sollozando y su cuerpo vibraba,  sus dientes castañeaban como si se estuviera muriendo de frío, pero no era frío lo que sentía. 

Jorge froto con su mano la espalda de su hermana.

—Hay que ir por el espejo.
—No. —levanto su mirada.
—Sarah, tenemos que ir por ese espejo, con eso los asustaremos y ya no nos seguirán.
—No quiero volver afuera. ¿La viste? ¿La viste, no es así? ¿Y si vuelve a aparecer? —jadeaba y con su frente arrugada lo observó.
—No volverá. Tienes que acompañarme. No te puedo dejar sola, ya no te apartarás de mi ¿entendido?
—¡Pero no quiero! —se alejó de él y se abrazó así misma— ¡No quiero!
—Sarah… ven. —le tendió su mano.

Se quedaron en silencio, solo la respiración ruidosa de la chica se escuchaba, era inquietante salir de ese pequeño baño, sabiendo que afuera los estaba esperando aquella cosa. Pero era el riesgo que debían tomar y eso lo sabía su hermano mayor. Le tomó un minuto el pensar bien las cosas, no podía separarse otra vez de su hermano. Justo por eso es que ahora estaban en esta situación. No podía volver a ser su culpa, que todo empeore.
Toma su mano.

—Está bien.
—Buena chica. —con su otra mano le acaricio la cabeza con una sonrisa.


Salieron de la puerta del baño, esta vez reinaba el silencio, y también la oscuridad. No pasó nada. 
No obstante la misma sensación que ha acompañado a Jorge desde antes de entrar en la Mansión, seguía con él.

Ahí estaba frente a sus ojos el dichoso espejo, la que parecía ser su única salvación. Y Jorge fue al espejo y lo intento tomar, pero estaba bien clavado a la pared, con todo y un marco de madera tallada.
En tanto el joven veía como podía hacerse del espejo, un sonido musical invadió el silencio de repente. El órgano, como si alguien lo estuviera tocando y aunque las paredes atrapaban el sonido, este podía ser claro a sus oídos. Hacía eco. El compás era veloz, y armonioso a la vez.

—Jorge…

Lo llamó en cuanto vio que en la parte más oscura de la sala, venía saliendo un rostro blanco, y un cabello negro se podía distinguir, se movía como si tuviera vida, y un brazo huesudo se extiende como si quisiera alcanzarlos. La música del órgano sigue sonando en todo su apogeo, parecía escucharse más y más fuerte.
Jorge como si no hubiera escuchado a su hermana con sus manos tira del marco del espejo para retirarlo de ahí, pero es inútil.

—¡Jorge!

Elevo su nombre en un grito, y tocó su hombro. El joven miró atrás y esa misma mujer con la lengua larga de fuera venía arrastrándose en una posición arácnida.
Alarmado aplico más fuerza hasta apretar sus dientes, quería arrancar ese espejo de la pared, pero este no cedía. Los acordes del órgano continuaban cada vez más veloz. No podía usar algo para golpear el marco y así quitarlo, podía romper el espejo.
Sarah se acercó más a su hermano queriendo ocultarse o cubrirse con su cuerpo, y sin alejar ojos de esa figura que estando más cerca de ellos se desdobló estirando su cuerpo como esqueleto cuan largo era. Justo el espejo se separó de la pared y Jorge se lo mostró a la entidad para que viera su reflejo, pero antes de que este se alzara ante el espectro. Ya había desaparecido, junto con el sonido de aquella música. Todo se esfumó, incluyendo esa terrible sensación que había sentido Jorge desde el inicio. Todo se calmó.
Entonces era verdad, le temían a su reflejo.
Pudieron tomar un respiro y se abrazaron sonrientes, parecía que todo había acabado. Ahora que estaba cerca el amanecer, lo que querían era descansar un poco, y después, volverían a intentar encontrar la salida. Fueron a una habitación y se acostaron juntos en la cama, con una hermosa paz que le tranquilizó sus corazones. Sarah no podía dejar de abrazar a su hermano, quien sostenía el espejo aún acostado. No sería capaz de soltar ni ese escudo, ni la mano de su hermana.
Durmieron.

Los ojos de Sarah se abrieron de par en par.
Se levantó de la cama, y miró a su hermano dormir.
Algo había en sus ojos.
Como si adentro hubiera unas flamas.
Sonrió torcidamente.


El sol ya estaba en lo más alto del cielo. Pasaba de medio día. Jorge escuchó unas pisadas. Se despertó de sobresalto.

—¡SARAH!
—Ey, tranquilo muchacho, menos mal te hemos encontrado.

Era un oficial, y sus padres estaban detrás de él. Observó bien lo que lo rodeaba. Seguía en la misma habitación, pero no estaba su hermana con él. Se sentó al borde de la cama y encontró en el suelo, los restos del espejo. Alguien o algo lo había hecho pedazos.

—¿Dónde está Sarah? —los miró.
—La seguimos buscando, menos mal te hemos encontrado a ti muchacho.

Lo asaltó el abrazo de su madre.

—¡Hijo! ¡Gracias a Dios te hemos encontrado!

Jorge pudo escuchar la risa de una chica. ¿La risa de Sarah?

—¡Mamá!... ¿Escuchaste eso?

Su madre, con los ojos hinchados del llanto y del desvelo, negó con su cabeza.
Pasó sus ojos a su Padre y el policía. También movieron su cabeza diciendo “No”.

—Era una risa…
—Hijo, sabemos que lo has pasado mal. —le habló su padre— Ayúdanos a encontrar a tu hermana.
—Sí.

Las enormes ganas de contarles todo lo que pasaron, de explicarles sobre los espejos, decirles que Sarah había estado con él, que durmieron juntos. Lo reprimió. No pudo decirles. Era demasiado…
No le creerían.


Buscaron y buscaron a la chica.
Jamás la encontraron.
La madre fue la primera en romper en llanto, cuando después de meses de búsqueda por la mansión la habían dado por desaparecida.

Pero eso no iba a quedarse así. Jorge volvió a la mansión, con un espejo en una mochila.







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