miércoles, 30 de diciembre de 2015

La Bruja y el Ángel mestizo [Capitulo 26]










                            Capitulo-26








El joven tuvo que decir algo conteniendo su instinto salvaje. Precisamente cuando necesitaba poner a salvo a Charlotte, tenían que aparecer estos inoportunos guardias.
Tomó un respiro, y se vio en la necesidad de hablar con calma, aunque quisiera romperles el cuello con sus propias manos.

—Solo déjenme llevarla al médico. Me entregaré a ustedes, pero solo…

Estallaron en carcajadas. Lo que no fue nada gracioso para el mestizo, los miraba con repudio. Más ganas le daban de matarlos, pero por Charlotte, debía controlarse.

—¡Es una maldita Asesina! Además ya está muriendo.
—No. —exclamó Connor con coraje— Ella no morirá.

Se incorporó imponiendo su altura y cuerpo ante ellos, con la joven pelirroja en sus brazos. Los observó con sus ojos entornados y sus labios formaban una línea recta. Enseguida los tres guardias con desdén le apuntaron con sus armas.

—Entréganosla, o nos llevamos a los dos.

Uno de los guardias hizo una seña para llamar a la otra tropa sumándose tres guardias más. Podía matarlos pero sería poner en riesgo a la chica, lo que por supuesto no hacía falta. Así que espero un momento para decir:

—Así será, solo permítanme llevarla al médico.

El que parecía ser el comandante de las tropas, se fijó en otro soldado y alzó una ceja, medio sonriendo se volvió para verlo de nuevo.

—De acuerdo, pero te escoltaremos hasta allí. —puso su cañón en el hombro del nativo para empujarle— ¡Adelante!



No soportaba la presión de saber que afuera de la habitación dónde el médico curaba a Charlotte, estaban esperando esos seis soldados de casacas rojas, que sin problemas podía asesinar. Podía entregarse él en lugar de Charlotte, no quería permitir que la ejecutaran porque evidentemente eso hacían con los Asesinos, y ella, la mujer que había iluminado su vida, era uno de ellos ¿Por qué? Porqué tenían que caer en esto, si los dos antes eran tan felices, libres, enamorados, y jugueteaban en el valle Mohawk. Todo ¿Por qué? Por venganza, por su madre, mujer, que lo obligó a tener que matar al padre de su amada, para protegerla de ella. Su madre ¿Acaso era una mala mujer? Quizá merecía morir así, quizá no. Tal vez ella solo deseaba protegerlo a su manera. Lo que era irremediable, es que estaba muerta y una venganza no la reviviría. Eso estaba claro. Lo que era verdad, es que esa venganza le podía arrebatar la vida a Charlotte.
Su padre, todo era su culpa y de la maldita ambición de los Templarios por obtener todos los artefactos de la primera civilización. Solo por eso rompieron con toda paz y orden. ¿De qué servía luchar? Aún si mata a su padre, la orden Templaria seguiría en pie, y él,  solo era un hombre. Charlotte tenía razón, de nada sirve, deberían escapar, dejar todo atrás volver al valle dejar que el mundo se destruya, no es de su incumbencia de todos modos se destruirá. Mientras se tengan el uno al otro, no importaba si su alrededor se cae a pedazos, mientras permanezcan juntos hay esperanza de vivir, de ser felices ¿Y que podía ser más importante que la felicidad?

Con su mano hizo un mechón rojo de la chica hacía un lado, para ver bien sus ojos cerrados; seguía descansando. El médico ya había terminado y Connor le entregó su merecida paga. Un costalito con monedas.

—Gracias. —dijo en seco.
—Es importante que la deje reposar. No intente despertarla.
—Así será.

Cargó en sus brazos a Charlotte viendo como su cabeza descansaba en su pecho.
Se oyeron las voces y carraspeos de los guardias que seguían esperando afuera de la puerta. Con sus ojos Connor captó que había otra salida en el sitio, una puerta trasera, luego miró al médico; debía pedirle un gran favor.

—Disculpe. —se acercó sosteniendo a la chica— Necesito salvarla, la amo y no quiero que la maten.

El médico de cabello ralo y cano, ajusto con sus dedos el puente de sus anteojos para ver mejor los ojos del joven nativo que vestía como caballero inglés. En su cara descubrió un grabado sufrimiento apenas visible.

—Lo sé muchacho, puedo verlo en tus ojos. —esbozó una sonrisa tenue— Bien, sígueme.

Le dejó irse por la puerta trasera.
El medico ya había atendido a Connor en anteriores ocasiones, más que nada cuando acudía con Ezio en aquel entonces, por lo que ya lo conocía.
Salió por esa puerta y Connor se vio bloqueado por una cerca de madera, se subió en una caja pequeña que estaba por ahí y echo un vistazo. Podía saltar para el otro lado, podría hacerlo solo sin problemas, pero debía llevar a Charlotte consigo. Desde ahí sus ojos descubrieron que había un callejón en medio de otros edificios cercanos, había un poso de agua y contenedores de basura. Era posible escaparse por ahí, ya que el callejón llevaba a una calle. Así que bajó a Charlotte hasta el suelo, la dejó reposar ahí, para apurarse a acomodar las cajas que había en el patio de la casa del médico, formando así unos escalones que lo llevarían a lo alto de la cerca. Cargó a la chica nuevamente y subió. Ya que la caída no era muy alta y su estatura le ayudaba, saltó, pudo caer sobre sus fuertes piernas moviendo la tierra. Y de inmediato continuó caminando no muy veloz a causa del peso de la chica que llevaba en brazos.
Los soldados le contaron el tiempo y vieron que ya se estaba tardando más de lo normal, por lo que irrumpieron en la habitación encontrando solo vendaje y utensilios de curación por la mesa, viendo que la camilla estaba vacía. No había nadie ahí.

—¡Maldito salvaje! ¡Ha escapado!

Empezaron a buscar en cada rincón, hasta adentro de los muebles.

—Debe estar por aquí cerca ¡Sal de dónde quiera que estés traidor!

Uno de ellos salió por la puerta trasera mientras otro subía las escaleras. Y se encontró con el médico viendo hacía las cajas apiladas como escalones.

—¿Dónde está? —preguntó en voz alta al médico sujetándolo del brazo con fuerza.
—Se fue… —contestó con sus labios temblorosos.
—Lo dejaste ir viejo. Vienes con nosotros por ser cómplice de los Asesinos.

Dos guardias lo arrestaron mientras uno de ellos subió por las cajas y alcanzó a ver  como el joven de traje azul había llegado a la salida del callejón que llevaba a la calle.

—¡Lo veo! ¡Síganme!

Todos saltaron dejando al médico atrás.
Avanzando lo más rápido que podía por el peso de Charlotte. Connor escuchó como venían los seis guardias a toda prisa y levantaron sus armas para dispararle. Luego otras tropas que patrullaban las calles se unieron al ver que los perseguían. Intentaron acorralarlo pero el joven mestizo tomó otra ruta. Las personas huyeron y corrieron cuando se escucharon los disparos que fallaron su propósito. Connor buscó algún escondite pero no había uno a la vista y los guardias le venían pisando los talones.
«Si ella está así es por mi culpa. Debí escucharla y escapar de todo esto. Debí retenerla cuando pude. No debí abandonarla en el valle esa vez. Nunca debí decirle que se fuera…»

Un proyectil perforó la espalda de Connor  y el dolor lo hizo tambalear, pero como pudo siguió adelante más lento y apretando más a Charlotte a su cuerpo. Una bala más se enterró en la parte baja de su espalda. Pero era fuerte y no se detuvo. No quería detenerse. No obstante, era demasiado, era un humano después de todo, y viendo que perdió la claridad de su visión, y sus piernas no le respondieron más, cayó al suelo sobre la chica.
Desde el cielo ruborizado del atardecer, se podía ver como el numeroso grupo de guardias llegaron a dónde se encontraban inconscientes y se reunieron a su alrededor.

Detrás de unos barrotes de metal, sumido en la oscuridad con apenas un rayo de luz exterior, estaba Ezio, con pantalones grises y una camisa blanca medio sucia, la barba y bigote se veía más poblada que antes y su cabello atado en una coleta algo despeinado. Ya no lucía elegante más bien andrajoso y estaba descalzo. Un hombre de casaca azul le acercó un plato con comida y un poco de agua como si fuera un animal.
El joven se estaba comiendo las uñas, empezaba a creer que se volvería loco ahí encerrado, sin ver un rayo de sol, ahogándose en el aire viciado. Sabía porque lo tenían ahí, sin ser destinado a la ejecución. Se había revelado, había insultado a su “majestad” templario; Haytham. Solo por eso, estaría ahí prisionero, quien sabe hasta cuándo. Por un instante reaccionó, recogió el plato de comida y lo arrojó a las rejas, se agarró de los barrotes y los sacudió con ímpetu.

—¡Maldita sea! ¡Déjenme salir! ¡No he hecho nada grave! ¡Yo soy un caza recompensas! Les ayudaba ¿Recuerdan?
—¡Cállate!

Le contestó una voz de algún prisionero.
Venían pasos. Ezio se retiró de los barrotes.

—…sí fue fácil ¿en serio creía que podía escapar? —expulsó una carcajada.
—¿Y por qué encerrar a la chica y luego mandarla a su ejecución? Podríamos divertirnos un rato con ella. Sabes a lo que me refiero colega.

Pasaron por enfrente de la celda de Ezio dos guardias; uno de ellos iba cargando una chica de cabello suelto rojizo y con ropas de prisionera puestas. En segundos el joven la identificó.
«Ella es… ¡Claro es la chica de Connor! ¡¿Charlotte?! » Abre más sus ojos y por un espacio entre las barras vigila.

—Vamos primero tú y después yo. —dijo un guardia.
—Está bien pero dejemos primero que despierte, si no es así, no será divertido. —se echó a reír.

Ambos rieron llevándose a Charlotte. Ezio frunció el ceño.
«¿Qué le harán a la chica? ¡Bastardos! » Con el plato de su comida golpeó las rejas haciendo mucho ruido.

—¡Eh idiotas! ¡Si tan calientes están busquen a las rameras!
—¿Qué? —volteo un guardia—

Caminaron de vuelta y miraron a los ojos al muchacho.

—¡¿Quién te crees para decirnos que hacer italiano inútil?!

Ezio miró un momento a Charlotte, descubrió su palidez, su inconsciencia y sus vendajes.

—¿Acaso nadie les quiere hacer el favor? —se mofó Ezio.
—Mírate ahí atrapado como una rata sin poder salir ya quisieras poder descargarte con ella, pero nosotros podemos y tú no. —estalló en una risa que salpicó saliva en su cara.
—Tendrás que masturbarte amigo. —dice el otro con una sonrisa de lado.
—¡A diferencia de ustedes! —respondió el chico— No necesito pensar en violar. Las mujeres todas caen a mis pies sin esfuerzo, sáquenme de aquí y podrán verlo y aprenderán de mí, idiotas.
—Já, vámonos no perdamos el tiempo con esta escoria.

Siguieron su camino.

«Maldición… Si Connor supiera, cierto ¿Qué habrá pasado con él? »

Sin un solo quejido de dolor, con un rostro cansado, Connor reposaba en la cama de su celda, con su mano tocaba su abdomen pero el dolor realmente se concentraba en su espalda, las balas las habían sacado de su cuerpo y lo vendaron, tan solo para mantenerlo vivo. Antes de llevar a cabo su ejecución. Sin embargo no eran sus lesiones lo que le preocupaba. Si no Charlotte se la han llevado, al menos puede estar seguro que también estaba en la misma prisión pero en algún lugar más cotizado por ser mujer, no debía perder el tiempo tenía que buscarla y llevársela lejos, olvidarlo todo. Ahora tan solo quería hacerla feliz. Solamente le importaba eso. Se arrepintió profundamente de no haberlo querido antes.
Por ahora no podía hacer nada, ni siquiera se podía mover, aunque no quisiera necesitaba descansar. Durmió y fue todo lo que hizo hasta el día siguiente muy temprano, los gritos de un soldado que le llevaba algo de comida lo despertaron

—¡Come!

Por supuesto que no lo haría.
Le costó toda una semana el recuperarse un poco. Al menos se sentía mejor, ya podía moverse mas no hacer esfuerzos. Es cuando uno de los guardias le permitió salir para distraerse con los otros prisioneros que se encontraban en la planta baja, algunos retándose en juegos de mesa, otros conversando. Entonces Connor aceptó salir, necesitaba examinar la prisión y la seguridad que tenía, debía investigar en dónde encerraban a las mujeres. Si era necesario buscaría apoyo de alguien.
Un guardia lo escoltó, bajando las escaleras hasta llevarlo a dónde estaban reunidos los prisioneros, quienes se despejaban un poco. Connor se quedó quieto analizando con su visión todo su entorno, viendo caras desconocidas de hombres desgraciados. Y también se percató de como los guardias custodiaban los alrededores, por supuesto no hay modo de escapar o ir a otro lado sin ser autorizado. Entre tantos hombres algo llamó inevitablemente su atención. Una cabellera rojiza, aunque enmarañada y encrespada, era larga, una cabeza de largos cabellos rojos tal y como los de Charlotte, la mujer de cabellos como las flamas de una fogata. Estaba sentada junto a otros tres hombres en una mesa comiendo algo. ¿Podría ser? Aunque esta zona era solo de caballeros. Los ojos de Connor se abrieron, brillaron y se perdieron en aquel cabello. Sí, sin duda era ella. Se precipitó a esa mesa y tocó la cabeza sonriendo débilmente.

—Charlotte…

La cabeza se giró y levantó la vista para verlo. Era un hombre que también tenía la barba roja muy crecida.

—¿Cuál es tu problema?

Se levantó de su lugar, y los otros tres hombres también, se cruzaron de brazos.

—Perdón. —baja la mirada Connor desilusionado— creí que…
—¿Creíste que era una nena? ¡¿Es eso?!

Arrugando el entrecejo se acercó, capturando las miradas de los guardias.
Connor no dice más y solo los observa. Un cuerpo se atraviesa entre el de Connor y el hombre de barba roja.

—¡Ey, ey! ¡Tranquilos muchachos!

Ezio sonrió y con sus manos intentó apartarlos.

—No hay que recurrir a la violencia ¿o sí? Cuando podemos pasar un buen rato juntos.
—Ezio… —lo llamó Connor viéndolo.
—¿Connor? —miró su rostro— ¡Connor, amigo! —lo apretó en sus brazos.

El apretón le molestó a Connor pero no se quejó en lo absoluto.

—¡Cuánto tiempo sin verte! ¡Ven por aquí! 

Lo llevó a otra mesa.
Pusieron el tablero de los molinos para jugar. Ezio se sintió debidamente, y Connor volteó la silla sentándose apoyando sus brazos en el respaldo.

—Estás reuniones solo las permiten una vez a la semana. —comenzó a hablar Ezio mientras observaba el tablero— Si no fuera por esto me volvería loco. Tengo muchos amigos, aunque hacen falta las chicas. A ellas también les hacen sus reuniones pero en la prisión subterránea, no hay luz del día, solo la iluminación de antorchas y velas, pero eso sí, están más protegidas. Nunca nos dejan verlas ¡aguafiestas!

Connor comprendió que es ahí donde han llevado a Charlotte. Ezio parecía haber superado la muerte de Aveline aunque la expresión de sus ojos era diferente, era como si le faltara algo.
El italiano que perdió toda elegancia, le explicó el porqué estaba ahí. Le contó lo de su amada Aveline que había partido a un mundo mejor. Y le mencionó lo que escuchó que le pensaban hacer a Charlotte cuando se recuperara antes de ejecutarla. Con esto último, fue como si Connor fuera una mecha y las palabras de Ezio el fuego. El nativo suspendió el juego, su rostro se deformó haciéndolo ver como una bestia, y golpeó la mesa tan fuerte que la rompió, varios guardias se aproximaron.

—¡Tenemos que sacarla de aquí! —exclamó Connor exasperado.
—¡Eh tú, el grandulón! —dijo un guardia— ¡Contrólate o te llevamos a la fosa!

No podía hacer ni decir nada por ahora, pero no pudo evitar verlos con rabia a cada uno de los guardias preguntándose ¿Quiénes son los bastardos?

Volvió a su asiento y Ezio ni se inmutó, se quedó con una piedrita del juego en la mano.

—Sí, hay que hacerlo Connor juntos lo lograremos, como en los viejos tiempos ¿Recuerdas? Tú, yo y… bueno los demás ya no están y ya sabes de quien fue la culpa. También debemos matarlos —la mirada de Ezio cambió.
—¿A quiénes? —seguía viéndose molesto hasta se notaba en su voz.
—¿Lo haz olvidado? Los templarios.
—Ya no me importa, solo debo proteger a Charlotte.
—¿En serio? ¿Qué te paso? El Connor de antes deseaba proteger el fruto y vengarse.
—Ya no. —miró a otro lado.
—Pero ¿Me ayudarías? A vengar a mi Aveline. Connor, yo la amaba tanto como tú a Charlotte.

Connor se quedó un momento viéndolo sin decir nada.


—Dejemos a Charlotte fuera de esto, podemos protegerla y salvar esta nación al mismo tiempo. ¿Qué dices? Los templarios tienen a esta gente prisionera y no hablo de quienes estamos aquí. También a tu gente. Los Mohawk ¿Vas a permitirlo? 



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