miércoles, 13 de abril de 2016

La Bruja y el Ángel mestizo [Capitulo 28]




















                          Capitulo- 28














Natalia no podía ver su cara, pero sabía que estaba algo inflamada y seguramente tenía un ojo morado. Ya había dejado de sangrar por la nariz y boca y Charlotte seguía siendo la mejor compañía que ha tenido desde que llegó a la prisión, no puede evitar seguir hablando con ella.

—Charlotte ¿sigues ahí? ¿no te has dormido?
—Aquí estoy —respondió.
—Veo que eres fuerte, yo ya no aguanto la cara. —se echa a reír a duras penas ya que le dolía gesticular.

Charlotte solo sonríe una pizca.

—Tuve que hacerme fuerte. Natalia, me gustaría saber más sobre ti.
—¿Más sobre mí?
—Sí.
—Bueno, mi vida ha sido patética ¿Qué te puedo decir?
—Lo que quieras.

Natalia suspiró, y cerró sus ojos un momento. Le costó unos minutos empezar a hablar.

—Antes, vivía en Florencia Italia, pero mi padrastro —siente un nudo en la garganta— era un idiota abusaba de mi constantemente no tenía una vida digna, así que un día me subí a un barco de polizón. Tenía que escapar de ahí. Ese barco me trajo a América y estando aquí tuve que ganarme la vida por mí misma, sabía que sería difícil y muy duro pero prefería eso a vivir con mi padrastro.

Charlotte escuchaba atentamente tocando con su mano su abdomen.

—Me uní a un grupo de ladrones en Boston que conocí de casualidad. Ellos me encontraron, ellos me enseñaron a pelear, a robar, todo lo que necesitaba, incluso a engañar. Pero por supuesto no me dieron todo esto gratis, aparte de tener que trabajar con y para ellos, dándoles una parte de mis botines, debía darles libertad de que pudieran hacer conmigo lo que sus sucias manos quisieran y sabes a lo que me refiero. —sus ojos se llenan de agua por las lágrimas que no saldrán.
—No… ¿a qué?
—¡No puede ser! ¿En serio no sabes?
—No. Lo siento.
—Mi cuerpo Charlotte mi cuerpo ¿cómo eres tan inocente?

Charlotte no dijo nada.

—Bueno…, entonces yo no soporté mucho siendo usada así —su voz tembló— si bien me ayudaron a sobrevivir y valerme por mi cuenta en estas nuevas tierras también sufría. No podía ser feliz no importaba lo que hiciera o dónde estuviera. Una noche, los maté mientras dormían uno a uno. Solo así me independicé y pude valerme sola, luego me di cuenta que no los necesitaba. Al menos estuvo bien por un tiempo.
—¿Por qué?
—Descubrí que ellos también me protegían de la guardia, yo no tuve cuidado en eso y… es por eso que terminé aquí. Pero no me arrepiento de nada, si este es el final que merezco tras abandonar mi casa sin aviso y asesinar a unos hombres, está bien.
—Natalia tu no mereces esto, todo lo hiciste por tu bien y es válido.
—Gracias por entenderme, amiga.


Había caído la noche en Nueva York. El joven nativo dentro de la fosa sin darse cuenta se quedó dormido sentado en el suelo. Y tampoco se percató que el vigilante de la Fosa se ha recargado en la puerta para descansar cruzando sus brazos y sus pies.
El agotamiento era enorme, tanto que hasta era pesado, había llegado a su límite cuando luchó contra esos hombres encima ni siquiera estaba en condiciones físicas, su cuerpo seguía en recuperación.
Algo lo hizo abrir sus ojos lentamente, el recuerdo de la chica de hermoso cabello rojo. Quiso levantarse para fijarse por la ventanilla de la puerta pero no era capaz de mover ni un músculo. Apretó sus dientes, arrugó el entrecejo, intentó no hacer ruido, estaba haciendo un gran esfuerzo para levantarse. Puede que, siendo así sea mejor, tal vez al estar cansado se le facilite mejor el sigilo y delicadeza ¿Será una ventaja? También le puede complicar las cosas. Habría que averiguarlo.
Logró ponerse en pie, pero sin dejar de apoyarse en la pared. Respiró profundamente y miró hacia la ventanilla; ahí estaba la cabeza del guardia, y esa ventanilla abierta. Arrastró sus pies hasta la puerta y con una mueca de dolor miró el cuello del hombre, parecía llevar algo colgando, eso debería ser la llave, tenía que poner manos a la obra de una vez. Estiró su mano, pasándola a través de la apertura y hasta ahora iba bien, alcanzó con sus dedos el cordón de dónde colgaban las llaves, y sin hacer ruido inhalo lo más hondo que pudo para concentrarse. Silencio.
Un desliz lento hacía arriba, debía descolgarle la llave para poder usarla. Sonó un gruñido, el guardia ha despertado. Connor abre mucho sus ojos, no lo esperaba. Aparte ¿Cómo es que ha fallado? ¿Ahora qué hará?  Y Charlotte, Charlotte cada vez se iba más lejos, la estaba perdiendo.

—¡Eh por aquí! —escuchó el grito de ¿Ezio?


El guardia quiso moverse para apartarse de la puerta e ir a cazar a Ezio que estaba asomándose por una pared pero el hombre en la fosa no soltaba el cordón de las llaves lo estaba ahorcando con fuerza. El Cordón no era delgado ni muy grueso, tan solo lo suficiente para poder hacerle daño sin que se rompiera. Connor aprovechó la distracción que causó Ezio y apretó con fuerza. El hombre se estaba ahogando ni siquiera podía gritar. El joven caza recompensas observaba de lejos a cierta distancia, sin hacer ruido, mientras con sus ojos se cercioraba de que no viniera ningún guardia. Los ojos del guardia que asfixiaba Connor se tornaron de blanco, se cerraron lentamente y su cuerpo se desvaneció, el último aliento se fue. Ezio apresuró sus pasos para acercarse a ayudar. Dejaron caer al guardia, tomaron las llaves, y Connor tuvo que ingeniársela en abrir la puerta por fuera, su viejo amigo le ayudó.
Abrió la pesada puerta de metal y lo miró con una amplia sonrisa.

—¡Adelante, es libre Señor Kenway!
—¿Qué haces aquí?

El mestizo, encorvado por la pesadez del dolor y cansancio de su cuerpo lo observa ceñudo como siempre.

—Me aburrí, además tuve que tomar unos riesgos quería probar si podíamos lograrlo juntos.
—Yo iba a hacerlo.
—Lo dudo.
—¿Por qué no lo hiciste antes con los otros prisioneros?
—Porque siento que, te debo una disculpa. —lo mira fijamente.

Connor no dice nada solo lo observa y respira profundamente.

—Tú eras mi amigo ¿recuerdas? ¿Podemos volver a serlo?  —le tiende su mano.
—No.

Con las llaves en su mano pasa por un lado de él, y sale de la fosa caminando algo encorvado y con su brazo sobre su abdomen.

—¡Pero mírate! —lo sigue— Necesitas de mi ayuda quieras o no, y si actuamos rápido es mejor.

Se escuchan muchas botas acercarse rápidamente por un corredor.

—Oh no, ahí vienen. —dice Ezio alarmado.
—¿Quiénes?
—Los guardias que me estaban siguiendo, escape de mi celda y no fue fácil.
—Tengo que ir por mis armas —se adelanta.


Después de escuchar la historia de vida de su ya amiga Natalia; Charlotte se relajó un momento y cerro sus ojos. Pensaba en Ratonhaketon, revivía los recuerdos que guardaba en su corazón. Ahora no había mayor deseo que estar con él, sin importar nada. Y se preguntaba si Connor podría sentir lo mismo. Se preguntaba dónde podría estar justo ahora. Solo esperaba que estuviera vivo, de hecho, solo de eso puede estar segura. Él era un hombre que no podía imaginar muerto.
Respiraba profundamente, la voz de Natalia ya no se escuchó desde hace rato. Se le vinieron imágenes a la mente ¿Otra visión?
Eran tres hermanos Asesinos, uno de ellos cargaba una caja, ahí dentro estaba el fruto del Eden radiante, lo ocultaron tras una pared en la cámara subterránea de una gran Iglesia. Escuchó la voz de uno de los Asesinos “Aquí no lo encontrarán”
Abre sus ojos.
Respira agitadamente.

—¿Qué fue eso? —dijo respirando por su boca.
—¿Qué pasa Charlotte? —la voz de su amiga en la otra celda.
—He tenido otra visión, tal como había visto que yo y Connor estaríamos muy heridos y muriendo, justo como estoy ahora. Pero ahora, era…era.
—¿Qué era? ¿Visión? ¿Tienes visiones? ¿Qué eres una bruja o algo así?
—Calla Natalia, no soy una bruja.
—¿Puedes ver el futuro?
—Algo así.
—¿Y que viste? Dime…
—Era el Fruto del Eden.
—¿El qué?


Charlotte se vio en la necesidad de explicarle a Natalia a detalle, lo que era el Fruto del Eden, lo que son los Templarios, y los Asesinos. Toda esta información a Natalia le costó asimilarla, pero finalmente la aceptó y quiso dar su opinión.

—En ese caso, debes protegerlo, tú y Connor. Imagina lo que nos pasaría a todos si eso se llega descubrir, si cae en sus manos.
—No me importa nada. Yo me iré con Connor muy lejos de aquí. Nada malo podrá alcanzarnos.
—¡¿Estás loca?! Si te dan esas visiones es por algo
—Tú no entiendes Natalia…
—¡No! Tú no entiendes. —hace una breve pausa, respira—Bien como quieras. Entonces también seré egoísta, saldré de aquí y me largaré, veré la forma de volver a Italia.
—Haz lo que quieras.



Gracias a su sigilo, Connor pudo escabullirse hacía otro pasillo, desviándose de los guardias que los buscaban “Por aquí tiene que estar, adelante” Decían mientras pasaban de ellos. Los dos estaban encubierto, y ya que Ezio era quien conocía mejor la prisión, Connor esperaba sus indicaciones. Debían llegar cuanto antes al almacén, que quedaba cerca del despacho de Guardias.
La noche transcurría, ya casi estaba amaneciendo. Pero el sueño no existía para ellos. Avanzaron cuidando el ruido de sus pasos. Encontraron un guardia frente a ellos, Connor le cubrió la boca mientras le rompía la garganta con la presión de su firme brazo. Ezio se encargaba más que nada en vigilar y daba la señal de “seguir”
Cuando llegaron al despacho de guardias, todo estaba en orden, y solo un guardia dormía sentado con sus brazos cruzados en un sofá individual muy cerca de la puerta, Connor alzó su puño queriendo golpearlo pero Ezio lo detuvo con su mano y puso su dedo índice sobre sus labios pidiéndole que guardara silencio y calma, le señaló la puerta del almacén. Y Connor se dirigió hacia allí. Introdujo la llave, pero no entraba. La llave no era la indicada.
Volteo a ver a Ezio con el ceño fruncido.
—Dijiste que tendría la llave del Almacén.
—¡Eso creía también! —dijo en su defensa.


Al escuchar los gritos el guardia se despertó y se puso alerta.

—¡Ey ustedes!
—Mierda. —mascullo Ezio viendo que el guardia se dirigía a hacer sonar la campana de alarma para atraer a más guardias— Connor tenemos que…

No pudo terminar su oración puesto que cayó en la cuenta de que con su grande y fuerte cuerpo, Connor había empujado la puerta de madera con un golpe tan fuerte que la derrumbó. Pero ya que no estaba en buenas condiciones físicas, se quedó ahí tendido en el suelo casi con sus ojos cerrados, ese golpe le ha dañado sus entrañas y los golpes en su cara le ardían. Ezio tuvo que moverse; tomó sus armas y se enfrentó el solo a los siete guardias que se habían reunido. Sin saber si será capaz de vencerlos a todos, sin saber si saldrá victorioso, tan solo luchaba, disparaba, y usaba su espada, hacía de todo para defenderse, pero eran tantos, que dos de los siete fueron directo a Connor.

—¡Levántate sabandija! —le gritó el guardia— ¡Arriba!

Lo alzaron entre los dos del suelo, y Connor se sentía mareado, su visión se hizo más clara y vio sus armas muy cerca ahí en el almacén, que no era pequeño ni tan grande, parecía del tamaño de una de las celdas comunes. Se le vino a su mente Charlotte, y sacó fuerza quien sabe de dónde, para librarse de los guardias en un movimiento, ir por su arco, mosquete, y Tomahawk. Ceñudo y casi gruñendo, se volvió a transformar en una bestia, y luchó contra los guardias, mató uno, mató otro. Y miró como Ezio estaba sangrando, acto seguido acudió a ayudarle enterrándole en su hombro su hacha a uno de los guardias, y empujándolo con su pie lo tumbó al suelo, posicionándose sobre el y presionando el pecho del hombre de casaca azul con su rodilla, le pone fin a su vida partiéndole la cabeza con su Tomahawk.  
Los siete guardias terminan en el suelo, Connor sabía que ninguno de ellos respira. Ezio también estaba descansando apoyado en la pared, tiene dos heridas de espada y se desangra, de sus labios también sangra, le han hecho un corte pequeño que atraviesa sus labios, necesita ser vendado, pero nadie puede ayudarle. Connor también necesita ayuda, sin energía para mover un dedo, sentía que ha dado de más, ya no puede seguir, y se muere por dentro, Charlotte lo necesita ahora más que nunca.  

—Pueden venir más… —dice y escupe sangre Ezio— Hay que irnos.

Connor no responde. Tan solo se concentra en seguir respirando, tiene que vivir por Charlotte. Siente algo en su pecho, una sensación de presión, y sube a su cabeza, brota en dos lagrimas que no pudo contener.

—Char…lotte. —quiere mover su cuerpo, ponerse en pie pero solo consigue temblar.
—Amigo… —respira jadeante— Es nuestra oportunidad.

Ezio sí consigue levantarse y camina hacia Connor.

—Eh, Connor…

Sigue sin contestar. Ezio se acerca más, mientras se toca su brazo sangrante, su espalda también le ardía. Ve que Connor tiene los ojos cerrados, y no se mueve ¿Ha muerto? Eso parece, está pálido. Revisa que este respirando, y su respiración no la capta, o es muy débil. El latido de su corazón tampoco lo escucha. De todos modos, con las pocas fuerzas que le quedaron lo arrastra. Están dentro del despacho de guardias, quedarse ahí no es opción, en cualquier momento llegarán guardias.

La primera luz de la mañana se empieza a ver, está amaneciendo. Charlotte casi no durmió y tampoco es capaz de ver la luz del día, tan solo ve esas antorchas colocadas en la prisión subterránea. Ya no ha escuchado a Natalia, y ni ella le habla, hay silencio, un silencio que hace sentir la soledad más profunda. Parece que su lesión no profunda en su abdomen, está empezando a sanar lentamente, se siente un poco mejor, aunque sigue siendo doloroso. Se escuchó un ruido, como si alguien estuviera bajando por las escaleras arrastrando algo por los escalones. Cierra sus ojos y desea muy en el fondo, que no sean los guardias que quieren hacerle daño, ya que prometieron venir hoy a lastimarla, permanece con sus ojos cerrados, no quiere ver.
Eran Ezio y Connor, aunque sigue como inconsciente o eso parecía, el italiano lo arrastraba. La travesía del despacho de guardias a las celdas subterráneas fue algo complicada, Ezio debía ocultar a Connor de la vista de uno que otro Guardia que rondaba la zona, y él debía encargarse de matarlos en silencio con su espada. Algunas mujeres de las celdas, despertaron y les empezaron a gritar y a Ezio le lanzaron halagos y propuestas indecorosas. Eso solo lo enalteció, incluso hasta les respondió aun estando herido, sonrió y guiñó su ojo, pero Ezio tenía un objetivo, el rostro de una chica pelirroja que recordaba, la chica de Connor, y la estaba buscando, pero no la veía ¿Se habrá equivocado? ¿Y aquí no está?

—¿Charlotte? Dime si estás aquí.

Esa voz era diferente y la conocía, la chica abrió sus ojos y se acercó a las rejas viendo una imagen que no le hubiera gustado ver, Connor en el suelo, dormido o inconsciente por que la idea de que muriera no la podía concebir.

—¡Ah, ahí estás!
—¡Connor! —exclamó Charlotte casi desgarradoramente— ¡¿Qué le paso?! —su rostro se hizo lacrimoso y su frente se arrugó.
—Ah…, eh, está bien no te preocupes.
—Quiero verlo, acércalo más por favor.
—No será necesario, conseguí la llave de las celdas subterráneas. —las muestra— mientras tu novio dormía.

Esto enloqueció a todas las mujeres de las celdas, empezaron a pedir, otras a exigir y reclamar que las liberara. Haciendo mucho ruido.

—¡Tranquilas! ¡Guarden silencio! ¡Las liberaré a todas pero si no cooperan no! Los guardias, aún hay guardias y pueden escucharnos.

Todas callaron al instante. Ezio dejando ahí a Connor, caminó para abrirle la reja a Charlotte, le tomo unos minutos atinarle a la llave. La chica pelirroja se echó a correr a dónde estaba Connor y lo abrazó de rodillas en el suelo, viendo su rostro molido por unos golpes, le acarició con su pequeña mano blanca, le besó la frente y se quedó así un momento.
Natalia miraba de lejos sin decir nada, todas las chicas empezaban a hablarle a Ezio pidiéndole que las dejara libres, ya se la arreglarían para salir de la prisión o al menos querían intentarlo.  Natalia notó como hablaba Ezio, como sonreía y no pudo evitar sonrojarse, pero no dijo nada, ni hizo nada, permaneció a la distancia de su celda retirada de los barrotes.
Ezio estaba a punto de tratar de atinarle a la celda de otra mujer que estaba ansiosa cuando por los escalones bajaron varios pasos firmes. Ezio se detuvo y miró hacia allá, y Charlotte también aferrándose más al cuerpo de Connor, que aunque ella le hubiera hablado no le respondía.
Eran cuatro guardias de casacas rojas, detrás de ellos estaba Haytham Kenway y Charles lee. Inicialmente venían a las celdas subterráneas a buscar a la chica de Connor, ya que era parte del plan de Haytham, les habían informado que el mestizo y su amigo habían escapado de las celdas, y el maestro Templario con mucha seguridad sabía que no pudieron llegar tan lejos, y seguramente estaban en las celdas subterráneas. Su rostro esbozó una sonrisa cuando vio que tuvo razón. Ahí estaba la chica pelirroja, con un cabello rojo sangre, muy cerca de su hijo, y el otro joven tenía unas llaves y lo veía con cara de asustado. Todo esto le dio risa pero no lo expresó, se rio por dentro.
Haytham caminó y los guardias le abrieron paso.
Charlotte pudo ver que colgaba una espada muy brillante, dorada y extraña del Templario.

—¿Está muerto?

Cuestiono Haytham al bajar su mirada a dónde estaba su hijo.
Nadie respondió.

—Qué pena que lo esté, yo necesitaba que me dijera de una vez, dónde esconde el fruto del Eden.

Esto último llamó la atención de Natalia. Charlotte frunció el ceño y con sus ojos como a punto de echarse a llorar.

—¡No está muerto!

Charles lee se rio entre dientes al ver a la chica, y Haytham le dirigió su mirada directa.

—¿Qué dices? ¿Qué no lo ves? Es más que evidente que lo está. —se acerca y con su pie lo mueve. No hay ninguna reacción— ¿Lo ves?
—¡No lo toques! —lo abraza más fuerte y mira el rostro de Connor tronándole un besito en su mejilla.

Ezio se aproxima y desliza su espada sacándola de su funda.
Haytham lo ignora y sigue viendo a Connor.

—Por favor confirmen su muerte, si lo está tendré que buscar otra manera.

Los guardias asienten y se acercan a dónde Charlotte sigue aferrada y no se quiere separar, aunque un guardia la esté sujetando ella no quiere apartarse.

—¡No! ¡No! ¡Ratonhnaketon! —sin aguantar más sus lágrimas salen una tras otra y empieza a llorar a llanto abierto.

Natalia se levanta y se acerca a los barrotes viendo a Haytham.

—No es necesario yo sé dónde está el fruto del Eden. —alzó su voz lo más que pudo.

Haytham la escuchó y quiso reír, le pareció interesante la valentía de la chica y camino hacia ella con sus manos unidas a su espalda. La encaró y sonrió.

—¿Qué has dicho?
—Yo sé dónde está el fruto del Eden. Charlotte me lo ha dicho, ella sabe dónde está por que…tuvo una visión.
—No digas disparates, si es así, tendrás que morir, y tú amiga también.
—No lo son ¡Charlotte diles que tú sabes así dejarán a Connor en paz!
—Ah es verdad ella puede saberlo. —vuelve a dónde Charlotte, mientras los guardias siguen revisando a Connor.

Ezio se queja de dolor por sus lesiones y no sabe si es buena idea enfrentarlos así que guarda su espada.
El maestro templario sujeta a la chica de su brazo y la mira a los ojos. Sabe que es la chica de su hijo.

—¿Tú lo sabes? ¿Dónde está?
—Yo, yo no lo sé.
—¡Dile Charlotte, dile que tuviste una visión!


Aguardando un momento Haytham tan solo la mira a los ojos, y en ellos ve mucha tristeza ¿será cierto que esta chica tiene visiones? ¿O solo están mintiendo y realmente tanto ella como Connor saben la ubicación del fragmento del Eden?
Un paso, otro paso, y está muy cerca de la chica, con su mano agarra su cabello completo como haciendo una coleta y Charlotte siente como vibra su cuerpo y con sus ojos mira como uno de los guardias detrás de Haytham le dicen al oído algo, quizá el estado de Connor y Haytham queda inexpresivo. Apretó su cabello, y le dio un tirón para acercar su oreja a sus labios.

—Seré directo ¿lo sabes o no? Si lo sabes dímelo o terminaré con tu vida, no tendrás que esperar a tu ejecución programada.
—¿Cómo está Connor? —con voz quebrantada sin atreverse a verlo a los ojos, arriesgándose a lo que sea.
—¿Eso importa? Además, yo he hecho la pregunta. Responde. —eleva su voz y la aprieta más.


Natalia esta aferrada a los barrotes, desde ahí está sintiendo la tentación de  decir lo que le dijo Charlotte, por lo tanto Ezio, se mantiene a raya, su plan se ha arruinado y Connor sigue sin reaccionar en el suelo. Sin embargo Charlotte puede ver como se ha movido un dedo de la mano de Connor, lo que hace que la expresión de su cara se ilumine un poco. Pero ¿será real ese movimiento? Tal vez solo esté alucinando. No, Connor, no puede morir, no así. 

viernes, 4 de marzo de 2016

Hilo Rojo [Capitulo 10]

















                             Capitulo-10 












Le costó un rato, pero José al fin pudo meterse a dar una ducha, se puso ropa limpia y se peinó como de costumbre. Ordenó un poco su habitación, se dio una última mirada al espejo para revisar que todo estuviera en su lugar, que todo se viera bien, como si no hubiera pasado nada, ninguna crisis en sus emociones, o su personalidad.  Se roció colonia con el ceño fruncido. Y miró el reloj; cinco veintidós de la tarde. Afuera había sol, un sol que lo invitaba a salir y olvidarse de todo. Debía salir, si se queda encerrado se ahogará y no podrá avanzar. Le pensó muy bien, y llegó a una gran idea; olvidar todo. Sí, ignorarlo, fingir que nada ha pasado y volver a ser el mismo.
Se sentía pésimo al ver que era incapaz de proseguir con sus composiciones, del nuevo álbum de la banda a causa del estrés y la confusión. Ya había sido suficiente, no podría aguantar más así. Si es que esa mujer se vuelve a atravesar en su vida, la ignorará y listo.
Por ahora tiene que despejar su mente, tiene que divertirse un poco, dejando a un lado el Whisky y el tabaco, aunque son sus fieles amigos, ya fue mucho de ellos. Volverá al camino.

Salió de casa, vistiendo un pantalón de mezclilla, unas botas Martin´s marrón, y una camisa de botones azul abierta que dejaba ver una de fondo blanca. Su cadena de oro siempre visible, y su cabello algo largo peinado todo hacia atrás. En su muñeca llevaba el reloj barato que le había dado Vicky. No es como si le importará o le diera algún tipo de significado, tan solo lo vería como un recordatorio. Si es que llegaba a encontrarse con esa mujer otra vez, mirará el reloj y pensará en otra cosa, recordará que no debe ponerle atención, quizá debiera pensar en algo más importante como en el tiempo…, el tiempo con el que cuenta para terminar el álbum.
Abordó su auto para dirigirse a comer a un restaurante. Luego se dedicará a pasarla bien. Para estar fresco y así poder trabajar.
Tan solo eso importaba, solo eso.



Las zapatillas de Victoria retrocedieron como si quisiera escapar rápidamente de esa situación, su esposo había venido a buscarla, como si presintiera lo que estaba a punto de hacer. Se encontró cara a cara con Akiba y ahora ella no podía huir. Por más que quisiera, como una tonta observaba, y esperaba lo que diría su jefe, lo que diría su esposo, y rogaba por dentro y suplicaba en su mente que Daniel no se la llevara. No quería ir con él. De pronto sus sentimientos brotaron dejando fuera la preocupación y dudas con certeza, por un momento. Sabía que no deseaba volver a ese suplicio. Akiba no perdió su educación, se mantuvo firme, ni siquiera lo tocó, aunque el deseo de golpearlo hasta la muerte fuera más latente. Se controló y respiró hondo.

—Mi nombre es Akiba Shimura, y soy amigo de Victoria, nada más le pido que por favor se calme.
—Un momento. —bajó el tono— Suenas igual al jefe de Victoria con quien hable hace un momento, y ese nombre…, ¡Eres tú! ¡A mí no me haces tonto!   

Se giró para ver al japonés a la cara. Esa expresión tosca, pelo semi cano, al igual que la barba que apenas le crecía, esas líneas de expresión ligeramente definidas por el paso de los años. ¿Este señor, que rondaba la cuarentena era el esposo de Victoria? Podría ser su padre.

—Sí señor, soy yo. El que sea su jefe, no prohíbe que pueda ser su amigo —con un rostro sereno.
—O su amante ¡¿no?! —empezó a gritar de nuevo— ¿Por qué no me dijo que ella estaba aquí? ¿Me ha mentido? Además. —se puso colorado de la rabia— ¿A dónde pretendían ir?
—Disculpe…, creo que, todo este asunto se ha malinterpretado ¿Cierto Victoria? —la miraópor encima del hombro del señor.

Daniel volteó a verla y ella dijo "si" con su cabeza sin verlo, enfocó su vista al pavimento, concentrándose en su respiración y sus pequeñas manos sobre su pecho.
Volviendo toda la atención de Daniel hacía Akiba, debía seguir mintiendo para llevar las cosas en paz.

—Victoria no vino a trabajar, pero justo después de usted, ella me llamó para disculparse por faltar estos días al trabajo. Que probablemente faltará más días ya que no se ha sentido bien de salud.

El rostro del tipo cambiaba lentamente empezaba a relajarse ¿se la estaba creyendo? La voz de Akiba era convincente, ni tan baja, ni tan fuerte. Tampoco tan tranquila o intensa. Sencillamente era normal, y transmitía confianza a cualquiera. Sus rasgados ojos eran fijos, ni el más mínimo titubeo, no mostraba ninguna señal de mentira o engaño, ni siquiera nerviosismo, como si fuera un maestro de la mentira. Incluso hasta a Victoria le sorprendió, si no lo supiera todo, sin duda ella también le creería.

—Después —prosiguió— Me pidió un favor; que la llevará al médico. Dijo que no recurrió a usted, que no ha ido a casa, porque no quiere preocuparlo. Además, no podía atenderlo como usted lo merece ¿O no Victoria? —volvió a verla.
—Sí, así es. —dio unos pasos hasta acercarse, quería apoyar a Akiba en su mentira— Lo lamento. No quería molestarte.
—¿Y dónde has estado todo este tiempo? —cuestiono su esposo dando un paso hacia ella— ¿Dónde haz dormido? —frunció el ceño.
—En… —quiso decir Akiba pero Victoria lo interrumpió; En casa de una amiga.

Tardo unos segundos para asimilarlo, y Daniel se relajó.

—Bueno, Victoria no me molestas eres mi esposa, sabes que debes confiármelo todo —sonaba más tranquilo— Gracias Akiba, pero yo me encargo a partir de ahora, yo la llevo al médico. —la tomó del brazo y la acercó a él.
—Señor, no creo que sea buena idea, seguro debe tener otras cosas que hacer —sonríe y la sostuvo del otro brazo dándole un tirón suave hacía el.
—¿Pero qué dice? Yo soy su esposo —elevando el tono— siempre tengo tiempo para ella —la volvió a acercar.
—Ya me he tomado el tiempo libre. Por favor no deje que sea en vano —no la soltó y se puso más serio.

Victoria sentía como un calor interno crecía y llegaba hasta su cabeza, estaba a punto de estallar, y decir todo lo que quería.

—¡Ey! ¿Qué pasa? ¿Todo en orden caballeros?

Resonó la poderosa voz de Grey. Nada aguda, nada delicada ni dulce, pero sin perder lo femenina.
Todos los ojos se fijaron en la chica entrometida que vestía de negro, y tenía unos parpados ahumados en sombras oscuras.

—¿Quién eres tú? —preguntó Akiba.
—Puedo ser su peor pesadilla si no le quitan las manos de encima a..., mi amiga.

Victoria y Akiba con expresiones interrogantes gritaron al unisonó: ¿Qué?
Luego Daniel los miró enarcando una ceja, y al recordar una de las mentiras sobre “la supuesta amiga” Asintieron.

—Ah sí…, eres la amiga de Victoria —dijo Akiba ampliando su sonrisa y sin soltar el brazo de Vicky— Te llamabas… —elevó sus cejas esperando que le ayudara.
—¡Grey!

Se escuchó el grito de un joven de tez morena que venía corriendo desde donde había dejado estacionado su auto.

—¡Grey por Dios! ¡Te dije que no te metieras en asuntos ajenos! —jadeó al llegar a ella.
—¿Ella es mi amiga no? —lo volteó a ver con complicidad.
—¡Ah cierto! —se le escapó una risa tonta, luego se acercó a la oreja de su novia para susurrarle— Sí, lo sé pero no te pases…

Grey se guardó sus manos en las bolsas de su chaqueta y no deja de verlos.

—¿Qué es lo que pasa?
—¡Qué le importa! ¡Victoria vámonos! —la hala y es tan fuerte el tirón que la desprende de la mano de Akiba.

El joven japonés ya no sabía qué hacer y pudo sentir como su corazón se retorcía, sus labios se sellaron, era mejor callar.
Gabriel abrió mucho sus ojos al encontrar en la expresión de Grey que lo había notado todo, la mirada de Victoria hacia Akiba, silenciosamente estaba pidiendo auxilio, la chica rubia, podía oler el miedo que la otra chica emanaba en sus expresiones. Odiaba a los tipos como el ruco que se la está llevando por la fuerza. Gabo estaba asustado sabía de lo que era capaz su novia ¿habrá sido mala idea tratar de contentarla al salir de casa de su amigo, con traerla a comer al restaurante de comida oriental?
En un movimiento Grey llegó a ellos y con su mano extendida como si fuera un cuchillo la levantó y golpeó un punto de la muñeca del hombre, haciendo que la soltara. Apartó a Victoria de un empujón. La chica fue sostenida por Akiba. Daniel se dió la vuelta viéndose como su rostro se desfiguraba lentamente, y hervía su sangre. Grey con su pálido rostro y el entrecejo arrugado, sin una pizca de temor, retuvo sus brazos uniéndolos a su espalda. Una técnica policíaca muy usada. No era como si ella fuera una policía, solo tenía el conocimiento, también en defensa personal y artes marciales. De hecho era maestra de Tae Kwon do. Después de un puntapié en la corva de la rodilla lo hizo caer con sus piernas doblabas al suelo. Lo mantuvo así.

—Lo siento ella viene conmigo. —le dice al oído.
—¿Qué diablos le pasa? —quería levantarse pero Grey no lo dejaba moverse— Suéltame o llamó a la policía. —miraba a todos lados sintiéndose humillado. ¿Una mujer lo trataba así?

Con una mirada le dice a Gabo que se lleve a Victoria. Gabo enseguida tomó de la mano a Victoria.

—Vamos, ven conmigo rápido.

“¡No! ¿Qué te pasa?” Tenía ganas de decirle Victoria. Puesto que, recordó que son amigos del otro sujeto loco, y no les tiene confianza, pero tampoco quería irse con su esposo, por ahora parecía ser su única salida. Victoria antes de irse con Gabo miró al japonés y el joven asintió sonriéndole, eso le transmitió tranquilidad y fuerza para seguir al joven moreno hasta su auto.
Grey soltó al hombre.

—Ya, ya. No hagas un escándalo. Adiós. —con calma, pero a paso firme, se encaminó a alcanzar el auto de su novio, llevando sus manos en los bolsillos.
—¡Ey! ¡Un momento! ¡Victoria! —se levantó  y observó a la mujer de cabellos rubios que se estaba yendo— ¡Tú maldita perra! —corrió tras ella.

Intentó agarrarle el cabello, pero Grey se detuvo y giró alzando su pierna. Le dió una patada debajo de su oreja haciéndolo colapsar. Pudiendo continuar su camino hasta que subió al auto y sonó el motor cuando avanzó. Salieron del estacionamiento.
Los ojos de Akiba no se despegaron del auto hasta que lo perdió de vista, respirando profundamente, y con sus rasgados ojos más grandes. Esa mujer y ese hombre se llevaron a Victoria, no sabía si sentirse bien o mal con lo que hicieron, pero probablemente era mejor a que cayera en manos de su esposo de nuevo. Algo vino a su cabeza…, claro, ese joven moreno ya lo había visto antes, es el mismo que hace poco llegó a su restaurante buscando a Victoria, gritándole que un tal José la amaba. Esto no lo deja muy contento ¿y si ese tipo está detrás de todo esto? ¿Quién era ese tal José? ¿Victoria le ocultaba algo? Ella le dijo que no se metiera en sus asuntos ¿Acaso estaba celoso? Despejó su cabeza, por ahora debía encargarse del esposo abusivo de Victoria, que quedó inconsciente en el suelo del estacionamiento.
Estando cerca del hombre, revisó en sus bolsillos del pantalón, y miró a todos lados cerciorándose que nadie estuviera viéndolo. ¿Alguien los habrá visto?, finalmente adentro de su saco encontró lo que parecían las llaves del auto. Lo arrastró hacía el auto que justo había estacionado a un lado del suyo. Atinó la llave y la puerta se abrió. Lo subió como pudo al asiento trasero, lo recostó y después tomó el asiento del volante. Encendió el auto y se lo llevó afuera del estacionamiento de su restaurante. Para evitar que estuviera cerca cuando despertara y quisiera buscar problemas en su negocio. Si así lo pretendía hacer, al menos ya estaría muy lejos, y cuando llegara sería tarde, y estará cerrado. Los siguientes días, contará con más seguridad y lo tachará como cliente no deseado. Ya todo estaba planeado. Solo pedía por dentro que Victoria haya caído en buenas manos, le pensaba llamar en un momento pero tampoco quería que lo tomara como entrometido. Cree que ya se ha metido demasiado en su vida ¿Y si le molesta?

Quería reunirlos a todos, Arturo, Jorge, Ricardo. Pero Jorge y Ricardo estaban ocupados en sus asuntos. Solo se pudo encontrar con Arturo después de comer, en su Bar-Billar de lujo favorito.
Ahí estaban uno frente al otro en la mesa de billar compitiendo. José llevaba ventaja, eso a Arturo no le gustaba nada pero siguió moviendo las bolas. Había algo raro en José que hasta Arturo pudo ver. Reía mucho, más de lo normal, y no había tomado un trago. Estaba completamente sobrio, y extrañamente risueño. Además Arturo recordaba muy bien que apenas ayer les pidió a todos vía celular que no lo molestaran, que no quería saber nada, que estaría concentrado en la composición que tan solo esperaran el día de reunión oficial de la banda para armar las canciones juntos y hacer los ajustes. Mientras Pepe bromeaba con un sujeto conocido que frecuentaba el Billar-Bar esperando que Arturo hiciera su movimiento en la mesa, no pudo contener las ganas de saber.

—Eh güey… —le llamó.

Pepe seguía riendo y hablando con el otro sujeto de cabello rizado y anteojos de marco grueso y negro. Una música regional sonaba en el Bar.

—¡Pepe! —grito esta vez.

Sin más, volteo a verlo arrugando su ceño.

—¿Qué paso? ¿Te rindes? —apareció una sonrisa sarcástica.
—No, eso jamás. Oye… —sin soltar el taco del billar se acercó a su amigo yendo al otro lado— ¿Qué te sucede?
—¿A qué te refieres?

El otro sujeto al ver la cara tan seria que puso Arturo, le dio una última mirada a Pepe.

—Bueno, nos vemos luego. —se despidió, yendo a la barra por un trago.
—O sea… —Arturo pensó como explicarle— Haz estado muy raro últimamente ¿Recuerdas ese día que nos reunimos todos? Tú te escondiste para hacer una llamada y te veías muy mal. Pensamos que estabas así por tu falta de inspiración, pero, esos cambios tan drásticos y rápidos. Siento que ya es demasiado. ¿Qué pasa contigo?
—Nada, no es nada güey. —torció los labios y miro a otro lado, claramente inconforme— Estoy bien. —se relamió sus labios y suspiró.
—Siempre eres así de cerrado güey, no me sorprende. Pero si pasa algo dínoslo ¿va?
—Está bien ya, creí que no eras como el Gabo. —se rió y miró las posición de las bolas en la mesa de billar cruzado de brazos intentando despejar su mente— Anda, haz tu parte, o juego con el Tony.
—Uy si, que horror, no sabes cómo me duele que me cambies —emitió una risa entre sus dientes.

José lentamente borró su sonrisa y apretó sus labios, quedando en silencio. Arturo lo miró fijamente a los ojos unos segundos y los entornó.

—¿Es una chica verdad? —se extiende una sonrisa en sus labios.

José quedó con cara de Póker. ¿Cómo el idiota de Arturo se dió cuenta? ¿Acaso sus ojos lo delataban? Solo ellos lo vieron enamorado y sufriendo por amor una vez. Pero este asunto no se parecía en nada al otro. No estaba enamorado, no estaba sufriendo era…, otra cosa. Algo que era imposible explicar ¿Sería que también se podía ver en sus ojos?
Quedó callado. No respondió nada.





Cuando Gabriel y su novia Grey salieron de casa de José. Gabo le había prometido llevarla más tarde a comer para recuperar la sonrisa de su novia.
Entonces al llegar a casa, mientras editaba unos vídeos para su vlog en YouTube y Grey revisaba unas inscripciones de unos niños y adolescentes para sus clases de Tae Kwon Do en Monterrey. Sentados en la mesa de centro de la sala. Ahí los dos trabajaban juntos, pero Gabo no podía dejar de pensar y pensar en lo que le sucedía a su amigo, porque algo le estaba sucediendo, lo conocía muy bien, mejor que cualquiera, aunque no se hayan visto en mucho tiempo. Seguía siendo igual.
Sabía que, algo pasaba en su corazón, que hace unos años fue hecho pedazos, y que le costó armarlo de nuevo,  y por eso lo protegía demasiado, no dejaba que nadie lo tocara, ocultando el hombre tan bueno, amoroso y entregado que es, bajo una armadura fría, insensible y ruda. Esa chica del restaurante ,seguro se enamoró de ella, está claro con lo que les contó apenas hace horas, y su deber como amigo, como su mejor amigo era ayudarlo.
José no quería saber nada del amor, como su novia Grey en aquel entonces. A quien puede ver ahora a su lado muy atenta en esos papeles con la punta del bolígrafo en sus labios. Ese perfil blanco y esa nariz respingada, su cabello rubio que caía en ondas lo hacían suspirar. Sin embargo, su interior antes era tan duro como el de su amigo, a él le costó mucho ablandarla y ahora es feliz, le costaba menos sonreír que antes y expresaba sus emociones con mayor facilidad. José y Grey se parecían mucho. Entonces ¿Victoria era como él? pero, ella aquí no es la interesada, el que podría ser el interesado es José, lo que complicaba las cosas. Las comparaciones podrían ser absurdas, y quizá no.

Conocía muy poco a la chica del restaurante, le dijo que se llamaba Victoria. Ella a simple vista la podía juzgar por su forma de hablar, que era dulce y delicada, quizá demasiado y que escondía un gran dolor también por su triste mirada. Dolor que también guardaba su amigo. Ya tenían algo en común. Ya que José se rehusará mil veces a aceptarlo o hacer algo al respecto aunque supiera que podía ser feliz con la chica. En ese caso, le tocaba a él y a Grey ser amigos de Victoria, para conocerla mejor, y acercarla, sería más fácil que hacerlo con José. Quién aparte tiene trabajo con su banda por hacer.
A su cabeza se le vinieron muchas ideas, pero primero debía ganarse la confianza y amistad de la chica, sin que los viera sospechosos. Es ahí cuando cierra su Notebook, y le habla a Grey sobre esto, ella escuchaba atenta y asentía levemente con su cabeza sin ninguna expresión. En el rostro de Gabriel, no se borró una sonrisa, ni su entusiasmo al hablar desaparecía. Entusiasmo tan contagioso para Grey que aceptó el colaborar.

—¿Crees que funcione? —preguntó Grey.
—Claro que sí, ya lo verás.
—Justo ella es la mesera de mi restaurante favorito ¿no? Al que más tarde iremos.
—Así es ¿No es genial? —sonriente alzó sus cejas varias veces.
—Tal vez.



Habían entrado al estacionamiento y a través de la ventana Grey pudo presenciar que la chica de cabello como el cobre, estaba acorralada entre dos hombres, la escena era tensa, lo que la hizo reaccionar muy pronto. Gabriel maniobraba buscando donde estacionarse, casi no había lugares.

—¡Mira! ¡Detente ya! —se quita sus gafas de sol— ¡Abre la ventana! —le dió golpecitos con su palma al vidrio.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —trató de buscar con su mirada lo que veía Grey.
—¡Es la chica esa! ¡Está en problemas! ¡Detente ya! —lo pellizcó.
—¡Ay! Ya voy, ya voy… —se detuvo sin estacionarse.
—Hay que ayudarla, quizá así podamos acercarnos a ella. —lo miró objetiva.
—Grey…, amor. Tómalo con calma, te dije que no debíamos vernos tan obvios. Además ¿Cómo sabes que está en problemas?

Fueron capaces de ver como la sujetaban de los brazos y parecían pelear por ella, tirándola de un lado a otro. Grey sin más abrió la puerta y bajó. Gabo llenó sus pulmones de aire y exhaló, encontrando un espacio en el estacionamiento cercano.




La carretera de San Pedro estaba casi vacía. Gabo iba al volante, Grey a su lado con sus gafas de sol puestas y mascando un chicle, haciendo bombas también. En todo el camino, Gabo no se había callado se notaba que está haciendo un gran esfuerzo para ganarse la confianza de  Victoria, hasta hacía bromas para hacerla reír. Gracias a todo eso consiguió calmarla un poco. La chica iba atrás pegada a la ventana, jugando con un mechón de su cabello apenas les dirigía una mirada cada tanto, pero la confianza que le transmitió el agradable y siempre lleno de humor Gabriel, la hizo soltar la lengua, incluso les contó sobre su marido, y sobre Akiba, sin revelar los pequeños sentimientos que brotaban por el japonés. Por lo visto la chica no tenía muchos amigos. Habló para desahogarse con ellos, sin decirles su más profundo secreto claro. Grey pensó que debería ir a ver un Psicólogo, pero no se lo dijo, solo siguió mascando su goma y haciendo bombas que estallaban. Se lo dejaría todo  a su novio por ahora, después de todo era su plan. Gabriel, le confesó que sí, era el mejor amigo de José. Eso hizo que Vicky se exaltara.

—¡Ese es un loco! ¿Viste no? Cuando fui a su casa, cómo me trato, el me llevó a su casa y luego…
—Te lo dije. —la interrumpió el joven deteniéndose en un semáforo rojo— Es amargado, y tiene problemas para expresarse pero es un buen tipo. Créeme la única que en verdad está mal, pero más mal, eres tú por seguir con tu esposo.—hace una mueca de desgane. 
—Sí…, también me dice lo mismo Akiba.
—Pues Akiba tiene razón, pero tampoco está bien que te invite a quedarte a su casa. Bueno, sé que es tu amigo y le tienes confianza pero. Sería mejor, que por ejemplo te quedarás con Grey que es una chica, aunque es muy pronto, debe ser raro para ti pensarlo ¿no? —soltó una carcajada.
—Lo es.
—Sí. —dijo Grey, y explotó una bomba de goma de mascar.
—Menos mal llegamos a tiempo —siguió hablando Gabriel para no perder la conversación— ¿Por ahora que piensas hacer? —la miró por el retrovisor y levantó una ceja.
—No lo sé, solo sé que, no quiero regresar con él. Ya no…
—Necesitas —se integró Grey— hablar con él, pedirle el divorcio, o denunciarlo y listo, que te ayude ese tal Akiba. Yo haría eso. —cruzó sus brazos y se giró para verla por un lado de su asiento.
—¡No es tan fácil! Él…, tiene influencias, una demanda no servirá de nada, y el divorcio no querrá firmarlo. Además, ustedes no me conocen —hizo una breve pausa al hablar— no saben porque sigo con él, y no pienso decírselos.
—De acuerdo —dijo Grey sacando el chicle de su boca y tirándolo por la rendija abierta de la ventana— Entonces ve con él y deja que te golpee.
—Grey… —le llamó con atención Gabo, mirándola con desaprobación. No le conveníaque Victoria se enfade— Discúlpala Victoria, ella es así de directa y…, bueno. Dime ¿A dónde vamos?
—No hay problema. Y, a un Hotel, tengo que buscar dónde vivir sola. Por lo pronto a un Hotel, después…
—¿Te divorcias? —inquiso Grey.
—No, aún no. Necesito… —bajó la mirada.
—¿Perder más tiempo?
—¡Grey! —la miró Gabriel muy serio. Era raro cuando se ponía así de serio—Muy bien Victoria, tomate tu tiempo para pensar. Te daré mi número y el de Grey, nos llamas cuando nos necesites, igual trataremos de llamarte ¿Va?
—Gracias chicos. —les sonríó— De verdad gracias.



El sol se ocultaba. Sería la hora en la que Victoria estaría despidiéndose en su trabajo. En cambio, estaba en un Hotel pensando sobre todo. Había estado ignorando las insistentes llamadas de su esposo como siempre. Creía que debería llamarle a su jefe, agradecerle por intentar ayudarla y disculparse por causarle problemas, pero abandona la idea enseguida. Ese hombre de rasgos asiáticos, poco a poco, la estaba haciendo sentir algo en su estómago nada agradable. Aquel beso, cada que salía de sus memorias se sonrojaba, contrario al beso que le robó José, le repudia. Se echó en la cama, y contempló el techo queriendo relajarse unos segundos con el celular en su mano. 

Resonó su móvil, avisando una llamada, al fijarse, el nombre de Akiba saltó en la pantalla a la vez que su corazón dio un brinco. Contestó enseguida.
Seguramente Akiba, no aguanto llamarla por más que quiso evitarlo.

—Akiba-san
—¿Akiba-san? Es la primera vez que me llamas así —se escuchó su suave risa—Qué linda suenas.

Esa voz tan calmada y grabe era como miel para sus oídos. Sus mejillas se tornaron rosadas y no pudo decir más. Ese tono de voz tierno y el llamarlo “Akiba-san” le nació naturalmente.

—Vicky ¿Estás bien? Por favor dime que sí. He estado muy preocupado por ti, pero el trabajo no me dejaba libre. —sabía que esa no era la razón.
—Todo está bien. Gracias por tu preocupación.

Victoria había perdido las formalidades con él. Y Akiba lo podía percibir, estaba distinta. Eso le gustaba, le gustaba mucho.

—¿Quiénes eran esos chicos?
—Ahora, son unos amigos me han ayudado
—¿Tan rápido? Vaya. Dime ¿Dónde te encuentras? Por favor dime que no estás con tu esposo.
—No, gracias a ellos me anime a quedarme en un Hotel

“Gracias a ellos” Es decir, que si no fuera por su convencimiento hubiera vuelto con su esposo ¿Tan mal está Vicky?

—Por favor no digas locuras Victoria.

Ambos se rieron un poco. La chica estaba pensando entre todo lo que estaba en su mente, poner algo a prueba Tenía que hacerlo para sentirse segura de lo que quería hacer, pero callo, de momento callo, casi por un minuto.

—Vicky…
—¿Si?
—Tienes que hacerlo.
—¿Eh? —sonando nerviosa— ¿El qué?
—Dejar a tu esposo, pedirle el divorcio. No puedes escapar de él siempre, no puedes vivir así como hasta ahora. Si quieres ser libre, tienes que hacerlo.
—Es que…no sé. —su voz bajó.
—¿Por qué? ¿Qué sucede? ¿Tienes miedo?
—Sí.
—¿A que le tienes miedo Victoria? Él no te hará daño, si gustas puedo acompañarte, cuando hables con él o alguno de mis abogados o un guardaespaldas.
—No es eso Akiba.
—¿Entonces qué es?
—Temo que..., nadie más me quiera y, no quiero estar sola.
—¿Por qué crees eso? No seas insegura de ti misma.
—No soy insegura.

Se quedaron en silencio un minuto. Victoria respiró profundamente cerrando sus ojos, era hora de que Akiba lo supiera.

—Es solo que…, muchos hombres quieren una familia, me refiero a; su mujer, y sus hijos. ¿Tú la quieres Akiba?
—Por supuesto que sí, pero ¿Por qué lo dices?
—Yo no puedo tener hijos. Soy estéril de nacimiento. —hizo una pausa, sus labios temblaron, su voz también— Por eso, nunca los he tenido con Daniel, y él, solo él me acepta así.



Esto dejó boquiabierta a Akiba y se tocó la frente cerrando sus parpados con fuerza. 









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