viernes, 4 de marzo de 2016

Hilo Rojo [Capitulo 10]

















                             Capitulo-10 












Le costó un rato, pero José al fin pudo meterse a dar una ducha, se puso ropa limpia y se peinó como de costumbre. Ordenó un poco su habitación, se dio una última mirada al espejo para revisar que todo estuviera en su lugar, que todo se viera bien, como si no hubiera pasado nada, ninguna crisis en sus emociones, o su personalidad.  Se roció colonia con el ceño fruncido. Y miró el reloj; cinco veintidós de la tarde. Afuera había sol, un sol que lo invitaba a salir y olvidarse de todo. Debía salir, si se queda encerrado se ahogará y no podrá avanzar. Le pensó muy bien, y llegó a una gran idea; olvidar todo. Sí, ignorarlo, fingir que nada ha pasado y volver a ser el mismo.
Se sentía pésimo al ver que era incapaz de proseguir con sus composiciones, del nuevo álbum de la banda a causa del estrés y la confusión. Ya había sido suficiente, no podría aguantar más así. Si es que esa mujer se vuelve a atravesar en su vida, la ignorará y listo.
Por ahora tiene que despejar su mente, tiene que divertirse un poco, dejando a un lado el Whisky y el tabaco, aunque son sus fieles amigos, ya fue mucho de ellos. Volverá al camino.

Salió de casa, vistiendo un pantalón de mezclilla, unas botas Martin´s marrón, y una camisa de botones azul abierta que dejaba ver una de fondo blanca. Su cadena de oro siempre visible, y su cabello algo largo peinado todo hacia atrás. En su muñeca llevaba el reloj barato que le había dado Vicky. No es como si le importará o le diera algún tipo de significado, tan solo lo vería como un recordatorio. Si es que llegaba a encontrarse con esa mujer otra vez, mirará el reloj y pensará en otra cosa, recordará que no debe ponerle atención, quizá debiera pensar en algo más importante como en el tiempo…, el tiempo con el que cuenta para terminar el álbum.
Abordó su auto para dirigirse a comer a un restaurante. Luego se dedicará a pasarla bien. Para estar fresco y así poder trabajar.
Tan solo eso importaba, solo eso.



Las zapatillas de Victoria retrocedieron como si quisiera escapar rápidamente de esa situación, su esposo había venido a buscarla, como si presintiera lo que estaba a punto de hacer. Se encontró cara a cara con Akiba y ahora ella no podía huir. Por más que quisiera, como una tonta observaba, y esperaba lo que diría su jefe, lo que diría su esposo, y rogaba por dentro y suplicaba en su mente que Daniel no se la llevara. No quería ir con él. De pronto sus sentimientos brotaron dejando fuera la preocupación y dudas con certeza, por un momento. Sabía que no deseaba volver a ese suplicio. Akiba no perdió su educación, se mantuvo firme, ni siquiera lo tocó, aunque el deseo de golpearlo hasta la muerte fuera más latente. Se controló y respiró hondo.

—Mi nombre es Akiba Shimura, y soy amigo de Victoria, nada más le pido que por favor se calme.
—Un momento. —bajó el tono— Suenas igual al jefe de Victoria con quien hable hace un momento, y ese nombre…, ¡Eres tú! ¡A mí no me haces tonto!   

Se giró para ver al japonés a la cara. Esa expresión tosca, pelo semi cano, al igual que la barba que apenas le crecía, esas líneas de expresión ligeramente definidas por el paso de los años. ¿Este señor, que rondaba la cuarentena era el esposo de Victoria? Podría ser su padre.

—Sí señor, soy yo. El que sea su jefe, no prohíbe que pueda ser su amigo —con un rostro sereno.
—O su amante ¡¿no?! —empezó a gritar de nuevo— ¿Por qué no me dijo que ella estaba aquí? ¿Me ha mentido? Además. —se puso colorado de la rabia— ¿A dónde pretendían ir?
—Disculpe…, creo que, todo este asunto se ha malinterpretado ¿Cierto Victoria? —la miraópor encima del hombro del señor.

Daniel volteó a verla y ella dijo "si" con su cabeza sin verlo, enfocó su vista al pavimento, concentrándose en su respiración y sus pequeñas manos sobre su pecho.
Volviendo toda la atención de Daniel hacía Akiba, debía seguir mintiendo para llevar las cosas en paz.

—Victoria no vino a trabajar, pero justo después de usted, ella me llamó para disculparse por faltar estos días al trabajo. Que probablemente faltará más días ya que no se ha sentido bien de salud.

El rostro del tipo cambiaba lentamente empezaba a relajarse ¿se la estaba creyendo? La voz de Akiba era convincente, ni tan baja, ni tan fuerte. Tampoco tan tranquila o intensa. Sencillamente era normal, y transmitía confianza a cualquiera. Sus rasgados ojos eran fijos, ni el más mínimo titubeo, no mostraba ninguna señal de mentira o engaño, ni siquiera nerviosismo, como si fuera un maestro de la mentira. Incluso hasta a Victoria le sorprendió, si no lo supiera todo, sin duda ella también le creería.

—Después —prosiguió— Me pidió un favor; que la llevará al médico. Dijo que no recurrió a usted, que no ha ido a casa, porque no quiere preocuparlo. Además, no podía atenderlo como usted lo merece ¿O no Victoria? —volvió a verla.
—Sí, así es. —dio unos pasos hasta acercarse, quería apoyar a Akiba en su mentira— Lo lamento. No quería molestarte.
—¿Y dónde has estado todo este tiempo? —cuestiono su esposo dando un paso hacia ella— ¿Dónde haz dormido? —frunció el ceño.
—En… —quiso decir Akiba pero Victoria lo interrumpió; En casa de una amiga.

Tardo unos segundos para asimilarlo, y Daniel se relajó.

—Bueno, Victoria no me molestas eres mi esposa, sabes que debes confiármelo todo —sonaba más tranquilo— Gracias Akiba, pero yo me encargo a partir de ahora, yo la llevo al médico. —la tomó del brazo y la acercó a él.
—Señor, no creo que sea buena idea, seguro debe tener otras cosas que hacer —sonríe y la sostuvo del otro brazo dándole un tirón suave hacía el.
—¿Pero qué dice? Yo soy su esposo —elevando el tono— siempre tengo tiempo para ella —la volvió a acercar.
—Ya me he tomado el tiempo libre. Por favor no deje que sea en vano —no la soltó y se puso más serio.

Victoria sentía como un calor interno crecía y llegaba hasta su cabeza, estaba a punto de estallar, y decir todo lo que quería.

—¡Ey! ¿Qué pasa? ¿Todo en orden caballeros?

Resonó la poderosa voz de Grey. Nada aguda, nada delicada ni dulce, pero sin perder lo femenina.
Todos los ojos se fijaron en la chica entrometida que vestía de negro, y tenía unos parpados ahumados en sombras oscuras.

—¿Quién eres tú? —preguntó Akiba.
—Puedo ser su peor pesadilla si no le quitan las manos de encima a..., mi amiga.

Victoria y Akiba con expresiones interrogantes gritaron al unisonó: ¿Qué?
Luego Daniel los miró enarcando una ceja, y al recordar una de las mentiras sobre “la supuesta amiga” Asintieron.

—Ah sí…, eres la amiga de Victoria —dijo Akiba ampliando su sonrisa y sin soltar el brazo de Vicky— Te llamabas… —elevó sus cejas esperando que le ayudara.
—¡Grey!

Se escuchó el grito de un joven de tez morena que venía corriendo desde donde había dejado estacionado su auto.

—¡Grey por Dios! ¡Te dije que no te metieras en asuntos ajenos! —jadeó al llegar a ella.
—¿Ella es mi amiga no? —lo volteó a ver con complicidad.
—¡Ah cierto! —se le escapó una risa tonta, luego se acercó a la oreja de su novia para susurrarle— Sí, lo sé pero no te pases…

Grey se guardó sus manos en las bolsas de su chaqueta y no deja de verlos.

—¿Qué es lo que pasa?
—¡Qué le importa! ¡Victoria vámonos! —la hala y es tan fuerte el tirón que la desprende de la mano de Akiba.

El joven japonés ya no sabía qué hacer y pudo sentir como su corazón se retorcía, sus labios se sellaron, era mejor callar.
Gabriel abrió mucho sus ojos al encontrar en la expresión de Grey que lo había notado todo, la mirada de Victoria hacia Akiba, silenciosamente estaba pidiendo auxilio, la chica rubia, podía oler el miedo que la otra chica emanaba en sus expresiones. Odiaba a los tipos como el ruco que se la está llevando por la fuerza. Gabo estaba asustado sabía de lo que era capaz su novia ¿habrá sido mala idea tratar de contentarla al salir de casa de su amigo, con traerla a comer al restaurante de comida oriental?
En un movimiento Grey llegó a ellos y con su mano extendida como si fuera un cuchillo la levantó y golpeó un punto de la muñeca del hombre, haciendo que la soltara. Apartó a Victoria de un empujón. La chica fue sostenida por Akiba. Daniel se dió la vuelta viéndose como su rostro se desfiguraba lentamente, y hervía su sangre. Grey con su pálido rostro y el entrecejo arrugado, sin una pizca de temor, retuvo sus brazos uniéndolos a su espalda. Una técnica policíaca muy usada. No era como si ella fuera una policía, solo tenía el conocimiento, también en defensa personal y artes marciales. De hecho era maestra de Tae Kwon do. Después de un puntapié en la corva de la rodilla lo hizo caer con sus piernas doblabas al suelo. Lo mantuvo así.

—Lo siento ella viene conmigo. —le dice al oído.
—¿Qué diablos le pasa? —quería levantarse pero Grey no lo dejaba moverse— Suéltame o llamó a la policía. —miraba a todos lados sintiéndose humillado. ¿Una mujer lo trataba así?

Con una mirada le dice a Gabo que se lleve a Victoria. Gabo enseguida tomó de la mano a Victoria.

—Vamos, ven conmigo rápido.

“¡No! ¿Qué te pasa?” Tenía ganas de decirle Victoria. Puesto que, recordó que son amigos del otro sujeto loco, y no les tiene confianza, pero tampoco quería irse con su esposo, por ahora parecía ser su única salida. Victoria antes de irse con Gabo miró al japonés y el joven asintió sonriéndole, eso le transmitió tranquilidad y fuerza para seguir al joven moreno hasta su auto.
Grey soltó al hombre.

—Ya, ya. No hagas un escándalo. Adiós. —con calma, pero a paso firme, se encaminó a alcanzar el auto de su novio, llevando sus manos en los bolsillos.
—¡Ey! ¡Un momento! ¡Victoria! —se levantó  y observó a la mujer de cabellos rubios que se estaba yendo— ¡Tú maldita perra! —corrió tras ella.

Intentó agarrarle el cabello, pero Grey se detuvo y giró alzando su pierna. Le dió una patada debajo de su oreja haciéndolo colapsar. Pudiendo continuar su camino hasta que subió al auto y sonó el motor cuando avanzó. Salieron del estacionamiento.
Los ojos de Akiba no se despegaron del auto hasta que lo perdió de vista, respirando profundamente, y con sus rasgados ojos más grandes. Esa mujer y ese hombre se llevaron a Victoria, no sabía si sentirse bien o mal con lo que hicieron, pero probablemente era mejor a que cayera en manos de su esposo de nuevo. Algo vino a su cabeza…, claro, ese joven moreno ya lo había visto antes, es el mismo que hace poco llegó a su restaurante buscando a Victoria, gritándole que un tal José la amaba. Esto no lo deja muy contento ¿y si ese tipo está detrás de todo esto? ¿Quién era ese tal José? ¿Victoria le ocultaba algo? Ella le dijo que no se metiera en sus asuntos ¿Acaso estaba celoso? Despejó su cabeza, por ahora debía encargarse del esposo abusivo de Victoria, que quedó inconsciente en el suelo del estacionamiento.
Estando cerca del hombre, revisó en sus bolsillos del pantalón, y miró a todos lados cerciorándose que nadie estuviera viéndolo. ¿Alguien los habrá visto?, finalmente adentro de su saco encontró lo que parecían las llaves del auto. Lo arrastró hacía el auto que justo había estacionado a un lado del suyo. Atinó la llave y la puerta se abrió. Lo subió como pudo al asiento trasero, lo recostó y después tomó el asiento del volante. Encendió el auto y se lo llevó afuera del estacionamiento de su restaurante. Para evitar que estuviera cerca cuando despertara y quisiera buscar problemas en su negocio. Si así lo pretendía hacer, al menos ya estaría muy lejos, y cuando llegara sería tarde, y estará cerrado. Los siguientes días, contará con más seguridad y lo tachará como cliente no deseado. Ya todo estaba planeado. Solo pedía por dentro que Victoria haya caído en buenas manos, le pensaba llamar en un momento pero tampoco quería que lo tomara como entrometido. Cree que ya se ha metido demasiado en su vida ¿Y si le molesta?

Quería reunirlos a todos, Arturo, Jorge, Ricardo. Pero Jorge y Ricardo estaban ocupados en sus asuntos. Solo se pudo encontrar con Arturo después de comer, en su Bar-Billar de lujo favorito.
Ahí estaban uno frente al otro en la mesa de billar compitiendo. José llevaba ventaja, eso a Arturo no le gustaba nada pero siguió moviendo las bolas. Había algo raro en José que hasta Arturo pudo ver. Reía mucho, más de lo normal, y no había tomado un trago. Estaba completamente sobrio, y extrañamente risueño. Además Arturo recordaba muy bien que apenas ayer les pidió a todos vía celular que no lo molestaran, que no quería saber nada, que estaría concentrado en la composición que tan solo esperaran el día de reunión oficial de la banda para armar las canciones juntos y hacer los ajustes. Mientras Pepe bromeaba con un sujeto conocido que frecuentaba el Billar-Bar esperando que Arturo hiciera su movimiento en la mesa, no pudo contener las ganas de saber.

—Eh güey… —le llamó.

Pepe seguía riendo y hablando con el otro sujeto de cabello rizado y anteojos de marco grueso y negro. Una música regional sonaba en el Bar.

—¡Pepe! —grito esta vez.

Sin más, volteo a verlo arrugando su ceño.

—¿Qué paso? ¿Te rindes? —apareció una sonrisa sarcástica.
—No, eso jamás. Oye… —sin soltar el taco del billar se acercó a su amigo yendo al otro lado— ¿Qué te sucede?
—¿A qué te refieres?

El otro sujeto al ver la cara tan seria que puso Arturo, le dio una última mirada a Pepe.

—Bueno, nos vemos luego. —se despidió, yendo a la barra por un trago.
—O sea… —Arturo pensó como explicarle— Haz estado muy raro últimamente ¿Recuerdas ese día que nos reunimos todos? Tú te escondiste para hacer una llamada y te veías muy mal. Pensamos que estabas así por tu falta de inspiración, pero, esos cambios tan drásticos y rápidos. Siento que ya es demasiado. ¿Qué pasa contigo?
—Nada, no es nada güey. —torció los labios y miro a otro lado, claramente inconforme— Estoy bien. —se relamió sus labios y suspiró.
—Siempre eres así de cerrado güey, no me sorprende. Pero si pasa algo dínoslo ¿va?
—Está bien ya, creí que no eras como el Gabo. —se rió y miró las posición de las bolas en la mesa de billar cruzado de brazos intentando despejar su mente— Anda, haz tu parte, o juego con el Tony.
—Uy si, que horror, no sabes cómo me duele que me cambies —emitió una risa entre sus dientes.

José lentamente borró su sonrisa y apretó sus labios, quedando en silencio. Arturo lo miró fijamente a los ojos unos segundos y los entornó.

—¿Es una chica verdad? —se extiende una sonrisa en sus labios.

José quedó con cara de Póker. ¿Cómo el idiota de Arturo se dió cuenta? ¿Acaso sus ojos lo delataban? Solo ellos lo vieron enamorado y sufriendo por amor una vez. Pero este asunto no se parecía en nada al otro. No estaba enamorado, no estaba sufriendo era…, otra cosa. Algo que era imposible explicar ¿Sería que también se podía ver en sus ojos?
Quedó callado. No respondió nada.





Cuando Gabriel y su novia Grey salieron de casa de José. Gabo le había prometido llevarla más tarde a comer para recuperar la sonrisa de su novia.
Entonces al llegar a casa, mientras editaba unos vídeos para su vlog en YouTube y Grey revisaba unas inscripciones de unos niños y adolescentes para sus clases de Tae Kwon Do en Monterrey. Sentados en la mesa de centro de la sala. Ahí los dos trabajaban juntos, pero Gabo no podía dejar de pensar y pensar en lo que le sucedía a su amigo, porque algo le estaba sucediendo, lo conocía muy bien, mejor que cualquiera, aunque no se hayan visto en mucho tiempo. Seguía siendo igual.
Sabía que, algo pasaba en su corazón, que hace unos años fue hecho pedazos, y que le costó armarlo de nuevo,  y por eso lo protegía demasiado, no dejaba que nadie lo tocara, ocultando el hombre tan bueno, amoroso y entregado que es, bajo una armadura fría, insensible y ruda. Esa chica del restaurante ,seguro se enamoró de ella, está claro con lo que les contó apenas hace horas, y su deber como amigo, como su mejor amigo era ayudarlo.
José no quería saber nada del amor, como su novia Grey en aquel entonces. A quien puede ver ahora a su lado muy atenta en esos papeles con la punta del bolígrafo en sus labios. Ese perfil blanco y esa nariz respingada, su cabello rubio que caía en ondas lo hacían suspirar. Sin embargo, su interior antes era tan duro como el de su amigo, a él le costó mucho ablandarla y ahora es feliz, le costaba menos sonreír que antes y expresaba sus emociones con mayor facilidad. José y Grey se parecían mucho. Entonces ¿Victoria era como él? pero, ella aquí no es la interesada, el que podría ser el interesado es José, lo que complicaba las cosas. Las comparaciones podrían ser absurdas, y quizá no.

Conocía muy poco a la chica del restaurante, le dijo que se llamaba Victoria. Ella a simple vista la podía juzgar por su forma de hablar, que era dulce y delicada, quizá demasiado y que escondía un gran dolor también por su triste mirada. Dolor que también guardaba su amigo. Ya tenían algo en común. Ya que José se rehusará mil veces a aceptarlo o hacer algo al respecto aunque supiera que podía ser feliz con la chica. En ese caso, le tocaba a él y a Grey ser amigos de Victoria, para conocerla mejor, y acercarla, sería más fácil que hacerlo con José. Quién aparte tiene trabajo con su banda por hacer.
A su cabeza se le vinieron muchas ideas, pero primero debía ganarse la confianza y amistad de la chica, sin que los viera sospechosos. Es ahí cuando cierra su Notebook, y le habla a Grey sobre esto, ella escuchaba atenta y asentía levemente con su cabeza sin ninguna expresión. En el rostro de Gabriel, no se borró una sonrisa, ni su entusiasmo al hablar desaparecía. Entusiasmo tan contagioso para Grey que aceptó el colaborar.

—¿Crees que funcione? —preguntó Grey.
—Claro que sí, ya lo verás.
—Justo ella es la mesera de mi restaurante favorito ¿no? Al que más tarde iremos.
—Así es ¿No es genial? —sonriente alzó sus cejas varias veces.
—Tal vez.



Habían entrado al estacionamiento y a través de la ventana Grey pudo presenciar que la chica de cabello como el cobre, estaba acorralada entre dos hombres, la escena era tensa, lo que la hizo reaccionar muy pronto. Gabriel maniobraba buscando donde estacionarse, casi no había lugares.

—¡Mira! ¡Detente ya! —se quita sus gafas de sol— ¡Abre la ventana! —le dió golpecitos con su palma al vidrio.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —trató de buscar con su mirada lo que veía Grey.
—¡Es la chica esa! ¡Está en problemas! ¡Detente ya! —lo pellizcó.
—¡Ay! Ya voy, ya voy… —se detuvo sin estacionarse.
—Hay que ayudarla, quizá así podamos acercarnos a ella. —lo miró objetiva.
—Grey…, amor. Tómalo con calma, te dije que no debíamos vernos tan obvios. Además ¿Cómo sabes que está en problemas?

Fueron capaces de ver como la sujetaban de los brazos y parecían pelear por ella, tirándola de un lado a otro. Grey sin más abrió la puerta y bajó. Gabo llenó sus pulmones de aire y exhaló, encontrando un espacio en el estacionamiento cercano.




La carretera de San Pedro estaba casi vacía. Gabo iba al volante, Grey a su lado con sus gafas de sol puestas y mascando un chicle, haciendo bombas también. En todo el camino, Gabo no se había callado se notaba que está haciendo un gran esfuerzo para ganarse la confianza de  Victoria, hasta hacía bromas para hacerla reír. Gracias a todo eso consiguió calmarla un poco. La chica iba atrás pegada a la ventana, jugando con un mechón de su cabello apenas les dirigía una mirada cada tanto, pero la confianza que le transmitió el agradable y siempre lleno de humor Gabriel, la hizo soltar la lengua, incluso les contó sobre su marido, y sobre Akiba, sin revelar los pequeños sentimientos que brotaban por el japonés. Por lo visto la chica no tenía muchos amigos. Habló para desahogarse con ellos, sin decirles su más profundo secreto claro. Grey pensó que debería ir a ver un Psicólogo, pero no se lo dijo, solo siguió mascando su goma y haciendo bombas que estallaban. Se lo dejaría todo  a su novio por ahora, después de todo era su plan. Gabriel, le confesó que sí, era el mejor amigo de José. Eso hizo que Vicky se exaltara.

—¡Ese es un loco! ¿Viste no? Cuando fui a su casa, cómo me trato, el me llevó a su casa y luego…
—Te lo dije. —la interrumpió el joven deteniéndose en un semáforo rojo— Es amargado, y tiene problemas para expresarse pero es un buen tipo. Créeme la única que en verdad está mal, pero más mal, eres tú por seguir con tu esposo.—hace una mueca de desgane. 
—Sí…, también me dice lo mismo Akiba.
—Pues Akiba tiene razón, pero tampoco está bien que te invite a quedarte a su casa. Bueno, sé que es tu amigo y le tienes confianza pero. Sería mejor, que por ejemplo te quedarás con Grey que es una chica, aunque es muy pronto, debe ser raro para ti pensarlo ¿no? —soltó una carcajada.
—Lo es.
—Sí. —dijo Grey, y explotó una bomba de goma de mascar.
—Menos mal llegamos a tiempo —siguió hablando Gabriel para no perder la conversación— ¿Por ahora que piensas hacer? —la miró por el retrovisor y levantó una ceja.
—No lo sé, solo sé que, no quiero regresar con él. Ya no…
—Necesitas —se integró Grey— hablar con él, pedirle el divorcio, o denunciarlo y listo, que te ayude ese tal Akiba. Yo haría eso. —cruzó sus brazos y se giró para verla por un lado de su asiento.
—¡No es tan fácil! Él…, tiene influencias, una demanda no servirá de nada, y el divorcio no querrá firmarlo. Además, ustedes no me conocen —hizo una breve pausa al hablar— no saben porque sigo con él, y no pienso decírselos.
—De acuerdo —dijo Grey sacando el chicle de su boca y tirándolo por la rendija abierta de la ventana— Entonces ve con él y deja que te golpee.
—Grey… —le llamó con atención Gabo, mirándola con desaprobación. No le conveníaque Victoria se enfade— Discúlpala Victoria, ella es así de directa y…, bueno. Dime ¿A dónde vamos?
—No hay problema. Y, a un Hotel, tengo que buscar dónde vivir sola. Por lo pronto a un Hotel, después…
—¿Te divorcias? —inquiso Grey.
—No, aún no. Necesito… —bajó la mirada.
—¿Perder más tiempo?
—¡Grey! —la miró Gabriel muy serio. Era raro cuando se ponía así de serio—Muy bien Victoria, tomate tu tiempo para pensar. Te daré mi número y el de Grey, nos llamas cuando nos necesites, igual trataremos de llamarte ¿Va?
—Gracias chicos. —les sonríó— De verdad gracias.



El sol se ocultaba. Sería la hora en la que Victoria estaría despidiéndose en su trabajo. En cambio, estaba en un Hotel pensando sobre todo. Había estado ignorando las insistentes llamadas de su esposo como siempre. Creía que debería llamarle a su jefe, agradecerle por intentar ayudarla y disculparse por causarle problemas, pero abandona la idea enseguida. Ese hombre de rasgos asiáticos, poco a poco, la estaba haciendo sentir algo en su estómago nada agradable. Aquel beso, cada que salía de sus memorias se sonrojaba, contrario al beso que le robó José, le repudia. Se echó en la cama, y contempló el techo queriendo relajarse unos segundos con el celular en su mano. 

Resonó su móvil, avisando una llamada, al fijarse, el nombre de Akiba saltó en la pantalla a la vez que su corazón dio un brinco. Contestó enseguida.
Seguramente Akiba, no aguanto llamarla por más que quiso evitarlo.

—Akiba-san
—¿Akiba-san? Es la primera vez que me llamas así —se escuchó su suave risa—Qué linda suenas.

Esa voz tan calmada y grabe era como miel para sus oídos. Sus mejillas se tornaron rosadas y no pudo decir más. Ese tono de voz tierno y el llamarlo “Akiba-san” le nació naturalmente.

—Vicky ¿Estás bien? Por favor dime que sí. He estado muy preocupado por ti, pero el trabajo no me dejaba libre. —sabía que esa no era la razón.
—Todo está bien. Gracias por tu preocupación.

Victoria había perdido las formalidades con él. Y Akiba lo podía percibir, estaba distinta. Eso le gustaba, le gustaba mucho.

—¿Quiénes eran esos chicos?
—Ahora, son unos amigos me han ayudado
—¿Tan rápido? Vaya. Dime ¿Dónde te encuentras? Por favor dime que no estás con tu esposo.
—No, gracias a ellos me anime a quedarme en un Hotel

“Gracias a ellos” Es decir, que si no fuera por su convencimiento hubiera vuelto con su esposo ¿Tan mal está Vicky?

—Por favor no digas locuras Victoria.

Ambos se rieron un poco. La chica estaba pensando entre todo lo que estaba en su mente, poner algo a prueba Tenía que hacerlo para sentirse segura de lo que quería hacer, pero callo, de momento callo, casi por un minuto.

—Vicky…
—¿Si?
—Tienes que hacerlo.
—¿Eh? —sonando nerviosa— ¿El qué?
—Dejar a tu esposo, pedirle el divorcio. No puedes escapar de él siempre, no puedes vivir así como hasta ahora. Si quieres ser libre, tienes que hacerlo.
—Es que…no sé. —su voz bajó.
—¿Por qué? ¿Qué sucede? ¿Tienes miedo?
—Sí.
—¿A que le tienes miedo Victoria? Él no te hará daño, si gustas puedo acompañarte, cuando hables con él o alguno de mis abogados o un guardaespaldas.
—No es eso Akiba.
—¿Entonces qué es?
—Temo que..., nadie más me quiera y, no quiero estar sola.
—¿Por qué crees eso? No seas insegura de ti misma.
—No soy insegura.

Se quedaron en silencio un minuto. Victoria respiró profundamente cerrando sus ojos, era hora de que Akiba lo supiera.

—Es solo que…, muchos hombres quieren una familia, me refiero a; su mujer, y sus hijos. ¿Tú la quieres Akiba?
—Por supuesto que sí, pero ¿Por qué lo dices?
—Yo no puedo tener hijos. Soy estéril de nacimiento. —hizo una pausa, sus labios temblaron, su voz también— Por eso, nunca los he tenido con Daniel, y él, solo él me acepta así.



Esto dejó boquiabierta a Akiba y se tocó la frente cerrando sus parpados con fuerza. 









.

lunes, 15 de febrero de 2016

La Bruja y el Angel Mestizo [Capitulo 27]











                     Capitulo 27 










El crujir de algo frágil quebrarse en el suelo hace que sus ojos se abran de par en par. Charlotte, descubre un dolor profundo en su abdomen. Lo toca como si su tacto sirviera de algo. Se da cuenta que la han vendado y trae puesta ropa de prisionera que le queda un poco grande. Sus pies están descalzos. 
Aprisionada en tres paredes, tras una oxidada reja. Apenas hay iluminación producida por unas cuantas antorchas colocadas en las paredes, afuera de su celda.
Escuchó gritos de mujeres discutir en alguna parte, los pasos de un guardia que bajó a las celdas subterráneas a echar un vistazo, las hace callar. El dolor, la oscuridad, la soledad; la están asfixiando. Recuerda como aquella mujer pelirroja al igual que ella pretendía matarla ¿Por qué no lo hizo? Pudo haberlo hecho. 
Si no fuera porque Connor aún vive, no le importaría su vida. Porque está segura que aún vive, tiene que estar vivo pero ¿En dónde estará? Seguramente, debe estar buscándola. ¿Qué pasó con la Templaria? ¿Y Garrett? Son tantas las preguntas que era inútil formular en su mente, aunque lo que más le preocupaba era Connor. Por ahora, solo sabía que estaba encerrada en una prisión, posiblemente condenada a pena de muerte. Sigue arrepentida de no haberse alejado de Garrett cuando pudo. No tenía la culpa de haber perdido la memoria.
Sacudió su cabeza moviéndose esos cabellos rojizos enmarañados, para despejar su mente.

Después de un rato no soportó más, y con un gran esfuerzo se puso en pie poco a poco, apoyándose en la pared cercana. Cada movimiento era doloroso, su cuerpo estaba débil. Se tomó un minuto al conseguir pararse, para casi arrastrarse a la reja, por dónde veía otras celdas ordenadas en forma de U y en el espacio sobrante alcanzaba a ver unos escalones de piedra que llevaban a una planta superior. Por un segundo pensó en intentar escapar, luego su cuerpo le reclamó reposo. Recargó su espalda en la pared y se deslizó hasta tocar el suelo, respirando por la boca y nariz como si le faltara el aire, pero realmente se sentía muy agotada e incapaz de moverse.

—Necesito…, salir de aquí. —se dijo a si misma— Necesito saber de Connor.
—¿Ya despertaste?

Oyó una voz de otra mujer muy cerca.







Tardaron un poco en reaccionar los guardias que custodiaban a los prisioneros en su tiempo de despeje. Ya que su plática entre ellos parecía divertida y muy entretenida, pero como Connor había despedazado una mesa con sus puños cargados de furia, al saber  que Charlotte peligraba —se le había hervido la sangre— Esto captó la atención de los guardias que les ordenaron pasados unos minutos, que recogieran su desastre del cual eran responsables. Mientras lo hacían, Ezio seguía esperando escuchar la respuesta de Connor a sus sugerencias; Buscar a Haytham y matarlo juntos para cobrar la muerte de Aveline a manos del Templario, y también evitar que más tierras nativas fueran arrebatadas, todo esto dejando a Charlotte de lado, en algún sitio seguro. Aunque se trataba de una hipótesis, puesto que, ni siquiera es seguro que vayan a lograr salir de allí y salvar a Charlotte. Al nativo le costó unos minutos asimilarlo en su ordenada y solida cabeza.

Terminaban de levantar del piso las últimas piezas del tablero que era lo único que faltaba cuando Ezio ya no aguantó más y estando de rodillas al igual que Connor, se fijó en él y dijo; “¿Y bien? ¿Qué dices?” Con unas piedritas del tablero en las manos.

—Primero lo más importante —lo ve a los ojos— Que es Charlotte.
—Sí, sí, eso lo sé, pero ¿Piensas hacerlo?
—Lo demás es trabajo de los Asesinos, no el mío.—sonaba muy serio. 
—¿Estás seguro?

Connor se incorporó pero sin apartar su vista del joven Italiano, quien echó las últimas piezas a la caja y también se levantó.

—Incluso lo que tiene que ver con las tierras nativas. —siguió Ezio—
—Mohawk. —lo corrigió.
—Sí, lo que sea. ¿Acaso no querías a tu familia? E-Esa es tú familia ¿no?
—Mi familia está muerta. —da un paso adelante para verlo más cerca de su cara— Lo único que me queda es Charlotte, y no pienso volver a ponerla en riesgo.
—Pero…

Le bastó con ver el inexpresivo e intimidante rostro de Connor para callarse y aceptarlo. Tampoco quería hacerlo enfadar, técnicamente no le convenía.
Se miraron el uno al otro un instante. Solamente el rumor de las voces de los hombres alrededor se podía escuchar, al igual que las risas escandalosas de los mal vivientes. Ezio debía ver el lado positivo de encontrarse con Connor, al menos ya no se sentirá solo, sí, conocía a muchos, pero por alguna razón a Connor lo siente más cercano, aparte él era más fuerte y hábil, y admitía aunque le costara un poco, que es incluso más capaz de realizar lo que él desea desde que llegó a la prisión; escapar. Sin duda lo podía ayudar sin muchos problemas. Intentó pensar como Connor “primero lo primero” Lo cual es; recuperar las armas. Y quedaba poco tiempo para que los devolvieran a sus celdas, debía actuar de una buena vez.

—¡Muy bien! ¡Entiendo amigo! —agarró su brazo y lo llevó a dónde ni los guardias y ningún curioso pudieran escuchar.

Este movimiento obligatorio no le gustó al joven nativo, el cual ya no usaba su sombrero de tres puntas, solo su coleta media que dejaba ver por completo su rostro con aquellas facciones endurecidas, y ese ceño fruncido que se le formó al ver al Italiano sonreírle.


—Vamos por Charlotte. Esto será divertido. Primero, necesitamos nuestras armas de vuelta, creo que sé dónde pueden estar…
—¿Dónde? —preguntó en seco.
—En el despacho de guardias, pero tenemos que conseguir algunas llaves, o alguien capaz de forzar cerraduras, yo no conozco a nadie. Porque las armas están dentro del almacén del despacho.
—Charlotte. Ella aprendió cuando era ladrona y Garrett le enseñó otros trucos.
—Pero, ella no está aquí. Y para ir por ella debemos estar preparados ¿Entiendes?

Asiente con su cabeza muy leve sin ninguna expresión en su cara.

—Mira, ponme atención, te diré lo que vamos a hacer para conseguir la llave del almacén primero. Es dorada y grande, es la única así y la tiene el vigilante de la Fosa, necesitas conseguir que te lleven ahí para que estés cerca de él y puedas robársela, me han dicho que el muy idiota acostumbra dormir apoyando su espalda en la puerta de metal del foso y su nuca queda cerca de la pequeña abertura, quizá puedas arrebatarle la llaves, tanto la del almacén, como con la que puedas salir de ahí, ambas se las cuelga al cuello. Pero debes tener cuidado, me han dicho que tiene un oído muy agudo, muchos lo han intentado pero se da cuenta antes de que lo logren. Cuando salgas de ahí, vas al despacho, tu averigua como llegar al despacho, encuentra el almacén, sacas tus armas y las mías, es una espada y un mosquete corto, y en el mismo despacho debes encontrar la llave de mi celda, es la número ochenta y cinco, también trata de conseguir las llaves de las celdas subterráneas, tráelas todas, no son muchas. Me buscas para que me liberes, luego vamos por Charlotte, todo esto sin que nadie te descubra. ¿De acuerdo?
—¿Otra opción?
—Me temo que es la única. Connor, sin armas no podemos contra los guardias, es lo más importante, si nos descubren ¿Cómo nos defenderemos? ¿Cómo defenderemos a Charlotte?
—Puede ser que tu no puedas. —hace una pausa—
—¡Ey! No me subestimes, además lo digo porque ellos si están bien armados, por más fuerte y bestial que seas, no podrías.
—Bien. ¿Y cómo logro que me lleven a la Fosa?
—Provocando un gran pleito por su puesto. Pero, no cualquiera. —se encoge de hombros y enarca una cena. Vacila un poco antes de continuar— Debe ser una gran pelea, tú contra muchos, haz una guerra, así te ganarás el foso. Debes noquear a los más que puedas para que llames la atención de la guardia.

Sin decir nada al respecto y con una faz por demás seria. El joven nativo pone manos a la obra y al primer hombre que ve pasar a un lado, le propina un buen puñetazo en su cara. Ezio toma su distancia queriendo reír, sabe que podrá con eso, es lo más fácil del plan.
El hombre escupió un diente, gruñó mostrando su dentadura amarilla, sangrante, y se arremetió en contra de Connor devolviéndole su golpe, pero Connor lo detiene con su mano y lo empuja pegándole otro en el estómago, su puño se hunde hasta sacarle todo el aire, y mientras trata de respirar, Connor levanta una silla de una mesa y la rompe en la espalda del hombre pelirrojo que había confundido con Charlotte anteriormente.

—¡¿Otra vez tú?! ¡Ahora si te mataré!

Se balancea contra Connor. Ezio con sus manos en su boca para que sus gritos se escucharan más fuerte hace su parte.

—¡Vamos mátalo! ¡Rómpele la cara!

Algunos escuchan los gritos de Ezio y lo interpretan como una invitación a un espectáculo. Los rodean para alentar y ver la pelea de los luchadores. Gritan con júbilo, al fin algo de entretenimiento puro.








Podía escuchar esa voz femenina más sin embargo le era difícil saber con precisión de dónde provenía. Existía el eco en ese lugar subterráneo y casi vacío. Si no fuera por la presencia de otras mujeres que, algunas compartían celda, y entre ellas se estaban besando y tocando. Charlotte prefirió no verlas.


—Estoy en la celda de a un lado.

Con una roca golpeo el muro.
Charlotte se arrastró como pudo hasta esa pared. No le vendría nada mal hablar con alguien ¿Y si sabe algo sobre Connor?

—¿Quién eres? —su voz era cansada.
—Natalia ¿Cuál es tu nombre pequeña?
—Charlotte.
—Charlotte, así se llamó una perra que tuve. Amaba a esa perra, era tan dulce, lo único amoroso que conocí.

Charlotte pegó más su oreja a la pared.

—¿Qué pasó con ella?
—Unos idiotas la mataron.
—Lo lamento.
—No te preocupes, pasó a mejor vida. Además en cinco días me reuniré con ella.
—¿Qué?
—Sí, llegará el día de mi ejecución. Lo estoy asimilando.
—¿Por qué estás aquí? ¿Qué hiciste?
—Larga historia pequeña. Pero sabes, me alegra poder charlar decentemente con alguien. Todas aquí son tan raras y locas.

La pelirroja con vendaje en su abdomen que no podía ver por su ropa de prisionera más si sentirla. No dijo nada.


—¿Quién es Connor? —quiso saber Natalia.
—¿Eh?
—Connor, lo mencionaste hace un momento.
—Ah, es…, mí…
—¿Novio? ¿Prometido? ¿Amigo? ¿Qué?
—Todo. Lo amo.
—¿Y él te ama?
—Sí, me lo ha dicho y demostrado. A causa de algunos problemas, no hemos pasado mucho tiempo juntos. Nos apartamos. ¿Y para qué? No debimos.
—Qué suerte, que alguien te ame. —murmuró entre dientes.
—¿Dijiste algo Natalia?
—No, nada.

No podían verse las caras, solo escuchar sus voces tras el muro, pero en medio de la miseria y soledad, era un alivio para las dos.

—¿Y tú porqué estás aquí? —le preguntó Natalia.
—No lo sé.
—Estuviste inconsciente todo este tiempo. Cuando me trajeron aquí vi como un guardia también te traía. No, eran dos. Dicen que han abusado sexualmente de todas las prisioneras. 

Charlotte enmudeció.

—Tampoco quiero asustarte pequeña. ¿No tienes hambre? No haz comido nada aún.
—Sí, un poco.
—Te guarde un poco de pan y…, si quieres, puedes quedarte con mi sopa, no me apetece el día de hoy.

A través del angosto espacio entre los barrotes, le pasa un pan duro. Charlotte  puede ver su mano al acercarse, era blanca, y sus uñas se veían como si las hubiera mordido hasta casi sangrar.
Tomó el pan lentamente, luego le pasó el pequeño tazón de sopa fría que apenas entro entre los barrotes, con todo y cuchara.

—Gracias Natalia.
—No agradezcas. No tiene sentido seguir comiendo sabiendo que en cinco días morirás. Sinceramente no me importa, no tengo motivos para seguir viviendo, al menos tú tienes un amor y una esperanza. Quizá él esté por ahí buscándote. Tú puedes salvarte él te ama y no te abandonará. Yo…

«Tiene razón el motivo más grande que tengo para vivir es Connor, y la vida que podemos rehacer juntos. Una vida muy lejos de aquí. »

—Estoy sola. —concluyó.

Hubo silencio.
Charlotte le dio mordidas al pan y se tomo la sopa sin usar la cuchara, inclino el cuenco hasta vaciarlo. Una sopa fría y sin sabor, pero era algo para calmar las tripas.

—Sí el viene. —comienza a hablar Charlotte— También te salvará a ti.
—Se vale soñar pequeña.
—En serio, él es un hombre fuerte, el más fuerte que puedas conocer, y nunca se rinde una vez que tiene un objetivo. Ahora eres mi amiga, y deseo salvarte también.
—¿En solo cinco días? Lo dudo.
—¡No seas tan negativa Natalia! Saldremos de aquí. Lo prometo.

Sonrió pero esa sonrisa no pudo verla Natalia.
Charlotte tenía la seguridad de que Connor vendría por ella, lo conoce y sabe que no descansará hasta encontrarla y sacarla de ahí, ya que ella haría lo mismo por él.







Un hombre grandulón cayó al suelo inconsciente, seguido de otro más. El hombre pelirrojo de cabello largo no pudo dar más y levanto el polvo del suelo al caer. Solo eran dos. Los guardias miraban con atención cómo el salvaje seguía peleando contra otros tres hombres, que deja incapaces de moverse. Se estaba ganando un castigo justo, ese castigo  que buscaba Connor.
Ezio, entre la multitud que se había reunido alrededor, seguía alentando. Tenía que seguir haciendo ruido, tenían que hacer mucho ruido.
Al joven nativo le habían dejado un ojo morado y le rompieron sus labios de dónde sangraba, claro que también había recibido muchos golpes no obstante, su fuerza, su resistencia, parecía inagotable, como si su cuerpo estuviera hecho de acero, no caería por nada. Solo con sus puños, golpeaba frenéticamente la cara de un tipo en el piso estando sobre él, no lo dejaba moverse en tanto los otros dos le pateaban la espalda, pero Connor no se detuvo hasta que vio en esa cara roja por la sangre y molida por sus puños que ha quedado inconsciente. Acto seguido sujetó a uno de los tipos que lo pateaban y enganchando su brazo en el cuello, lo apretó casi rompiéndolo, y con su mano libre agarró la ropa del otro para arrastrarlo y aventarlo contra un muro tan fuerte, que por el impacto colapsó. Sin soltar al de su brazo, que luchaba por liberarse, lo golpeó y golpeó con su puño casi rompiendo sus costillas, lo llevó a  la pared y ahí azotó su rostro hasta que sangró y le rompió la nariz. Con quejidos de dolor, el hombre se derrumbó en el suelo y ya no se movió, solo tocaba su cara que le ardía. El ceño de Connor no se relajó, tampoco su respiración, está transformado en toda una bestia salvaje, no se detendría. 

Más de ocho hombres estaban a sus pies derrotados.

El público guarda silencio viéndolo con una expresión de temor en sus caras. En cambio Connor con su instinto salvaje activado, fue directo al siguiente contrincante, eligiendo al azar entre los espectadores. Luego sintió unas manos que agarraron sus brazos, sabía de qué se trataba. Tres guardias lo han agarrado justo como indica el plan. El joven nativo aún le chorreaba sangre de su boca por la pelea, y en el cuello de su camisa de prisionero se había extendido una mancha roja. 
Ezio de lejos le sonrió y se cruzó de brazos con complicidad. Connor se dejó llevar por la guardia.

—¡Para ya bastardo!
—¡Llevémoslo a la fosa a ver si así se le bajan los humos!

Dijeron los guardias y lo empujaron amenazándolo con armas para que caminara.
Recién se había recuperado un poco de sus lesiones y después de haber peleado y vuelto en sí, se siente sin energía para siquiera dar un paso, y cae al suelo de rodillas. Pasada la furia viene el bajón. Estaba sudando, sangrando de su nariz, boca y el vendaje se había aflojado abriendo un poco las heridas, también de ahí le brotaba sangre. Sus ojos se querían cerrar del cansancio  ¿O es que estaba muriendo?
Los gritos de los guardias lo hicieron reaccionar. Se necesitó de tres para poderlo levantar y lo volvieron a empujar hacia adelante para que continuara.

—¡Camina imbécil!



El tiempo de “despeje” terminó para los reos, y ahora les tocaba a las mujeres justo en el mismo sitio donde hace apenas un rato se desenvolvió el tremendo enfrentamiento que había dejado algunos rastros de sangre pero nadie le dio importancia. Era común de ver después de todo.
Las mesas y espacios se llenaron de prisioneras, todas con sus pies descalzos tal y como se anda en la prisión. Charlotte aún no se sentía del todo bien, le dolía profundamente su abdomen y no le dejaba moverse con facilidad, pero Natalia le insistió que debía salir un poco, que el aire de arriba no era el más puro, aunque si mejor que el de abajo, ya que hay más ventilación y sería muy bueno para su salud. La joven le ayudó a caminar dejándola apoyarse en su hombro, aprovechando que el Guardia les había dejado salir un momento, eso sí, sin quitarles los ojos de encima, fijándose en cada movimiento que hacían.
Finalmente, ambas fueron capaces de verse a la cara. Natalia contaba con la misma altura promedio de Charlotte, su cabello azabache corto hasta dónde acaba el cuello y en ondas rebeldes. Sus ojos ámbar lucían lacrimosos pero con cierta luz que dejó con dudas a Charlotte, su cuerpo era delgado, muy delgado a comparación del de su compañera que ayudaba a caminar, y carecía de curvas. Era joven, como a inicios de la veintena.

Cuando llegaron a la zona de “descanso mental” por llamarlo así. De inmediato una mujer sin busto y con su pelo recogido en una cola de caballo, se acercó y les sonrió.

—Hola hermosas ¿Quieren divertirse? Conozco algunos juegos. —se detiene a ver a Natalia— Ah, tú debes ser Natalia
—Otra vez tú…
—¡Ey tranquila no te he hecho nada! —se acerca más imponiendo su superior altura— ¿Y quién es la nueva? Es linda.
—Qué te importa, y déjala está herida y necesita descansar. —busca con su mirada alguna silla desocupada pero no hay una libre.
—Ah, entiendo es tu novia. Qué envidia. —mira a Charlotte y se acerca tanto como para besarla— Déjala a ella y ven conmigo. —dice con voz muy suave.

Charlotte no puede hablar, como si su lengua estuviera pegada a su paladar, ni siquiera era capaz de abrir la boca,tampoco moverse, simplemente mira sus ojos tan directa y profundamente como queriéndola fulminar con su mirada, justo como hacía Connor. Como respuesta tras un momento lo único que consiguió fue arrojar un escupitajo en su rostro. La chica lesbiana se limpió con su mano y la expresión en su rostro cambió rotundamente.

—¡Idiota! ¡¿Cómo te atreves?! —le da una bofetada.

Natalia la mueve hacia atrás poniéndose ella adelante.

—¡No la toques! ¡Te dije que la dejaras en paz!

Algunas prisioneras se aproximaron al escuchar los gritos.

—¡Yo hago lo que quiero! —se arrimó y sujetó el brazo de Charlotte con fuerza.

Le apretó su brazo tan fuerte enterrando sus dedos, que su piel se enrojeció. Charlotte hizo una mueca de dolor, Natalia no la soltaba, como si supiera que si lo hacía la otra se la llevaría y ya no podría ayudarla.

—¡Que no la toques!
—¡Suéltala! ¡Entrégamela o te mato!
—No te tengo miedo idiota. —la voz de Natalia sonaba más profunda y segura.

Charlotte no se siente fuerte como para hacer algo, solo intentaba calmarse, respirando por la nariz y boca. Mientras la mujer lesbiana de un tirón la desprende de su amiga.

—¡Es mía ahora!
—¡Estás loca!

Natalia se balanceo contra ella y la mujer la empujó. Charlotte cayó al suelo del que ya no se pudo levantar, el golpe le lastimó, y el dolor en su herida era latente, quería ayudar a su amiga, sería capaz, pero ahora no puede ni ponerse en pie, jamás se sintió tan inútil. Nadie más le ayudó a pararse del suelo, muchas corrieron a ver la pelea y en el trayecto le pisaron sus manos y sus piernas sin fijarse ni le dieron el más mínimo valor. Ella aguantaba y cuando pudo, se arrastró respirando profundamente hacía una de las sillas que quedaron libres, pero no le era posible sentarse en ella, tan solo se apoyó ahí y se abrazó a sí misma. Su abdomen la estaba matando. Vendado pero aún estaba fresca, y en un proceso lento de cicatrización. Desde ahí no podía ver a Natalia pelear contra la otra mujer, solo podía ver las espaldas de los cuerpos de las prisioneras con pies descalzos que se reunieron para ser espectadoras, y hacían mucho ruido.






Resonó el portazo de la puerta de metal que sellaba el foso. El espacio era pequeño, midiéndolo basándose en su altura de casi dos metros, Connor pudo deducir con su mirada que si se echaba en el piso y estiraba por completo piernas y brazos apenas sobraría un poco de espacio de su cuerpo. Estaba vacío, solo piso, paredes, la puerta de metal y un pequeño espacio a lo alto dónde ni siquiera él podía alcanzar para ver hacia afuera. Por ahí entraba una pizca de luz y algo de oxígeno. Era casi asfixiante, cualquier persona ahí, se volvería loca, o moriría a falta de aire y estrés. Por ahora se suponía que era un castigo que no sabe cuánto durará. Además que su ejecución debía estar cerca, y Charlotte..., no puede olvidarla, el tiempo corre y no lo esperará, debía actuar, cuanto más rápido mejor.
Se sentó en el suelo con su espalda contra la pared, sin importarle lo golpeado que ha quedado tras la lucha que se vio obligado a crear para llegar ahí. Aquel dolor pulsante de los que fueron balazos en su espalda tampoco le importaba. Por otro lado ¿Puede confiar en Ezio? ¿Y por qué hasta ahora se lo pregunta? Ezio estuvo por mucho tiempo de parte de Aveline, una Templaria. Le estaba ayudando a buscar el fruto. Todo esto lo hace dudar un poco sobre el joven italiano, antiguo amigo y compañero de entrenamiento. Sin embargo, sabe que él, al igual que todos desea escapar de la prisión, y su futuro destino. No puede mentirle, no debía mentirle o se las pagará. A parte, tiene algo en fuego; Charlotte.  Si lo que dice Ezio es verdad necesita apurarse, no soportaría verla llorar, verla sufrir. No puede permitir que esos hombres la hagan  pedazos por dentro. Así que aguardó al momento, sus ojos oscuros debajo de esas cejas que se unían intensamente, se clavaron en una sola cosa: La pequeña ventanilla de la puerta de metal. Por ahí cabía su mano, por ahí en cualquier segundo vería a su objetivo a robar. Sabía que una vez que llegara su oportunidad, tenía que controlarse, ser sigiloso, delicado, de no ser así el guardia lo notaría, y se metería en un lío. Por supuesto sonaba complicado para un hombre tan rudo y salvaje ser sutil, pero por Charlotte, solo por ella tenía que esforzarse.




Corrían por la pradera libres. Charlotte con su cabello suelto bailando en el aire, con un vestido de piel y botas igual, hechas por su padre, junto con  Rathonhaketon con esa ropa de nativo también hecha de piel animal y su cabello semi largo, ambos unos años menos que ahora. Subían por los árboles y saltaban de uno a otro. De pronto Charlotte cayó, se abrió una herida en su rodilla, su tobillo se lástimo, ya no pudo levantarse, aunque no se quejó. Rathonhaketon se acercó rápido para verla de cerca. Se fue un minuto. Cuando volvió trajo consigo unas hojas y otras hiervas, molió las hiervas en un cuenco, las puso en la hoja, y la colocó sobre su herida, atándola con una raíz larga. Charlotte sintió punzadas leves de dolor, luego un poco de ardor, pero lentamente desapareció el malestar. Le sonrió al joven nativo, el solo la miro y la cargó en sus brazos, para llevarla así a dónde pudiera descansar. Un suave viento le acaricio el rostro a Charlotte trayéndole paz y tranquilidad, miraba el mentón de Ratonhnaketon y le trono un besito en esa piel castaña. El joven se sonrojó pero no dejo de caminar. El viento, y el sonido del corazón latente del joven la arrulló. Casi se quedaba dormida.
Pero eso solo permanecía en sus recuerdos.

La chica de cabellera como el fuego, permaneció en su celda. Su amiga en la suya a un lado, con su rostro molido por los golpes. Su enfrentamiento había llamado la atención de la guardia, sobre todo la de esos dos guardias que tenían sus repugnantes y lujuriosos ojos sobre Charlotte “La carne fresca” le llamaban. Los hombres con casacas azules, uno aparentemente más joven que el otro de bigote cano, se acercaron para verla a través de los barrotes. La chica detrás de esos barrotes, lucía muy cansada, con sus ojos cerrados recostada en la incómoda, y sucia cama.

—¿Todavía sigue delicada?
—Al parecer sí. —responde el otro guardia más joven— ¡Al diablo! No me importa que esté así. ¡Estoy que me quemo cada que la veo! ¡Mañana mismo será mía!
—Dirás, nuestra. —ríe al ver a su compañero.
—Sí, sí. —se da la vuelta— Nuestra.

Ambos se marchan tranquilamente.

—¡Malditos cerdos! —les grita Natalia desde su celda que golpeó con una pequeña roca.
—¡Cállate zorra! ¡O te mandaremos a la fosa!

Alzó la voz uno de ellos antes de subir las escaleras. Con su mano Natalia toca su cara. Esta hinchada, aún le sale sangre de su nariz, y sus ojos están entornados.

—Gracias.

Escucha la voz de Charlotte al otro lado.

—No. Después de todo yo tuve la culpa. No debí llevarte arriba, todavía tienes que recuperarte, por un momento olvide a esas tipas.
—No te culpes, estuvo bien, tenías razón el aire era más fresco. Créeme yo hubiera podido defenderme sola o eso creo, pero no estoy en condiciones. Antes fui una ladrona arquera, luego me convertí en una… Asesina.
—¿Asesina? Vaya, solo tienes el aspecto de chica dulce y delicada eh…

Se escuchó la risita de Charlotte. Abrió sus ojos y se desvaneció su sonrisa.

—Lo lamento tanto. —guardó silencio un momento— Si Connor estuviera aquí, el conoce muchos remedios naturales para sanar lesiones, golpes, los hacía cuando éramos más jóvenes, en varias ocasiones yo sufría una caída de un árbol, o un simple tropezón y el los usaba para ayudarme. Ahora no se si lo siga haciendo, quizá lo ha olvidado.
—Ya vendrá ¿No? Y lo pondremos a prueba.


De nuevo los labios de Charlotte se extendieron en una sonrisa que Natalia no logró ver.





Con sus brazos atrás y una sonrisa casi imperceptible. El Maestre Templario Haytham Kenway, observaba por una ventana de su despacho la oscura noche. La búsqueda del fruto del Eden no la han abandonado al contrario cada vez se sienten más cerca, viendo que el número de Asesinos se reduce. No le ha importado en lo absoluto la perdida de sus hermanos Templarios más relevantes, ni siquiera la perdida de Elise de la Serre, Templaria francesa, enviada con la misión de apoyar la orden en América.
Habían hallado su cadáver en uno de los callejones de Nueva York, solamente estaba su cuerpo, su espada y nada más —la caja del fruto del Eden que Connor había abandonado con desdén, ya no se encontraba ahí—
También continuaba con la búsqueda de su propio hijo, del cual sospecha que protege el fruto, al fin y al cabo le perteneció a su familia, y seguramente esta de lado de los Asesinos.
Escucha que llaman a la puerta.

—Adelante.

Charles lee abre la puerta dirigiendo algunos pasos hacia él con calma. El hombre de ojos azul brillante debajo de unas espesas cejas, siempre ceñudo, carraspeó un poco antes de hablar.

—Señor, un guardia enviado de la prisión ha venido personalmente a darle una valiosa información.
—Perfecto. Dígale que pase. —se giró para mostrar su rostro inglés radiante.

Un casaca azul pasa del umbral de la puerta y tras una reverencia correspondiente se pone firme y lo observa directamente a los ojos.

—Señor Kenway, me complace informarle que hemos capturado al hombre salvaje que estaba buscando.
—¿Ah sí? —sonríe tajante y da unos pasos hacia adelante.
—Sí señor. En estos momentos se encuentra en la fosa de la prisión. A partir de ahora procederemos como usted ordene.

«¿En la Fosa? Ya veo, se parece tanto a su madre, seguro causó problemas. »

—Cuando lo capturaron… —comienza a decir Haytham— ¿No vieron si traía consigo alguna clase de artefacto brillante o, transparente?
—No señor.
—¿Qué fue lo que le confiscaron?
—Un arco, un mosquete corto, una hacha de mano origen Mohawk.
—¿Nada más?
—Así es. Lo encontramos protegiendo a una chica pelirroja.

«¿Una chica pelirroja? Vaya, vaya… ¿La ladrona? Bueno tampoco es como si fuera la única pelirroja existente en estas tierras. »


—Bien, por ahora déjenlo ahí. Mañana a primera hora iré personalmente a hablar con él.
—Como diga señor.

El guardia lleva su mano a su pecho y se inclina un poco hacía adelante para después retirarse.

»Ya llegó la hora de hablar de padre a hijo.
Pensó Haytham yendo a uno de los libreros. Justó a un lado se encontraba una pequeña palanca que acciona y el librero se desliza hacía un lado desvelando un espacio, de ahí el Templario saca algo muy brillante, tanto como el sol, ese reflejo dorado en su cara lo hace sonreír una pizca. Era una espada como si tuviera una cubierta de oro pero que se enciende, justo como el fruto del Eden.


«Elise ayudó en algo, trajo esto consigo, si unimos este artefacto de la antigua civilización y el fruto..., los Templarios seremos invencibles. Si es que mi hijo tiene el fruto y ya sea que los Asesinos o alguien le enseñe como usarlo, necesitaré de esto por si acaso. » 












.