domingo, 31 de enero de 2016

Hilo Rojo [Capitulo 9]





                          Capitulo-9 











Ese apestoso humo de cigarro que le había traspasado hasta sus débiles pulmones, la hace toser. Pepe la tiene acorralada en la pared y busca mirar sus ojos, a Vicky la invade el miedo hay algo en sus ojos, algo extraño que la hace temblar, le cuesta respirar. Una vez más lleva su inhalador a su boca. ¿Cómo es que este hombre dice amarla? ¿Cómo es que le hace tan tonta pregunta?
“¿Por qué no sales de mi mente?”
Ni si quiera la conoce. Ni siquiera lo conoce. Solo sabe que un día la quiso defender, pero sigue sin saber qué clase de hombre es, o si es que tiene buenas intenciones. Duda que sean buenas, la ha traído a la fuerza, y todo para hacerle una absurda pregunta ¿Qué sucede con él? ¿Estará mal de la cabeza? Si es así, debe huir, mas por otro lado no quiere…, si regresa a casa, Daniel estará esperándola para castigarla. Es como si estuviera atrapada, no parece haber salida ¿O sí?
Prefiere no decirle nada, no responderle. Evitarlo lo más que pueda, tal y como hacía con Daniel. Es mejor callar, el que la haya defendido una vez, no significa que sea diferente a su esposo.

—¡Dime! —exclama José uniendo su cuerpo al de ella para inmovilizarla.

Victoria apenas le es posible respirar otra vez.

—¿Quién eres? —sigue preguntando el joven cantante— ¿Por qué apareces en todas partes? ¿Por qué te metes en mi vida así?


Silencio.
La chica solo deja escapar un suspiro, de sus labios no saldrían palabras, están sellados por la experiencia. Por otro lado José sintiéndose tan atraído, como atado a ella, por alguna fuerza invisible. ¿Sería su aroma? ¿Su silencio? ¿Su simple presencia? Lo que lo estaba poseyendo. Medio abrió sus labios y cerró sus ojos para besarla. Sensación que parece despertar a la chica, abriendo sus ojos color avellana de más, sintiendo las manos del joven subir por su cintura. Sus labios al acariciarse eran como seda y parecían brotar miel, era tibio, adictivo. Los parpados de Vicky van cediendo hasta que se cierran, un calor en sus mejillas, no…, en todo su cuerpo se podía sentir. José se siente igual, pero dentro de él sentía como si su corazón se estuviera derritiendo.
Se separaron y miraron sus ojos, para Vicky su visión se tornó borrosa, y su respiración era profunda, sus pulmones se llenaron de aire, como nunca, su corazón bailaba, se sintió viva por un minuto.
El miedo regresó a ella, y lo empujó alejándolo.

—¡Aléjate de mí!

Se precipitó a la puerta para salir, pero José podía presentir algo, no sabía que, solo que era peligroso. Así que sujetó su brazo antes de que pudiera llegar a la puerta y de un tirón le dio la vuelta.

—No te dejaré ir.
—¿Por qué? ¿Qué quieres de mí? —sus ojos se humedecieron.
—No lo sé. —bajó su mirada— Solo quédate aquí.
—No.
—Victoria… —arrugó el entrecejo— ¡Que te quedes aquí te digo!
—¡No quiero! ¡¿Quién crees que eres para besarme así nada más?! —su voz temblaba pero agarro fuerza para seguir— Para traerme aquí. ¡Tengo esposo! Estoy casada, cuando mi esposo se entere vas a… —ya no pudo decir más.

El joven cantante la soltó al escuchar lo último, miró a un lado.

—¡Sé que estas casada! ¡Con ese maldito que solo te maltrata y te grita! ¡¿Verdad?! ¿Acaso puedes amarlo? ¿Cómo es que sigues con ese tipo? —aprieta sus puños.
—¡Sí! ¡Él me conoce! Él… me ama.

José sacudió su cabeza ligeramente y le dio la espalda cruzando sus brazos.

—De acuerdo, lárgate si quieres. Ni siquiera sé por qué me preocupas. Eres una tonta.

Con un manojo de nervios la chica caminó hacia la puerta, luego se detuvo, sin saber qué camino tomar ¿De verdad deseaba ir con su esposo? Siendo muy tarde ya. Tampoco quería quedarse con el loco que la raptó. Volteó a verlo y notó que subía las escaleras. Con sus manos temblorosas buscó su celular en el bolso que llevaba consigo.
Le marcó a Akiba.

—Vicky, gracias al cielo ¿Por qué no respondías mis llamados?

Su voz la tranquilizo en un santiamén.

—Lo siento, no las escuché.
—¿Por qué? ¿En dónde estás? Hace rato me llamó tu esposo, me dijo que no habías llegado a casa ¿Acaso haz decidido alejarte finalmente de él? … Disculpa creo que soy muy entrometido.
—Descuide. Y sí, así es ¿Podría venir por mí? Por favor…
—Por supuesto, pero antes dime ¿Estás bien?
—Sí, no se preocupe  y gracias de antemano.


Le da la ubicación en la que se encontraba, le bastó con salir de la casa para ubicarse, y esperándolo afuera de la casa de José Madero, lo vio llegar. Akiba le preguntó el porqué estaba en ese lugar a lo que ella respondió que era la casa de una amiga. Tuvo que mentir, evidentemente no le diría lo que realmente pasó, ya que no tenía importancia.

—Me sorprende, creí que eras alguien solitaria.
—Lo era —sonrió de oreja a oreja.
—Entonces Vicky es hora de empezar con los planes de separación, o demanda tú decides. —con sus manos al volante y la vista al frente— Sé que me habías dicho que no me entrometiera en tu vida, pero sabes que cuentas con mi apoyo —le dio una rápida mirada.
—Sí, gracias. —observó el bolso sobre sus piernas recordando el delicioso beso— Sal de mi mente —susurró.
—¿Dijiste algo?
—Nada… —le mostró una pizca de sonrisa y miró mejor la ventana, concentrándose en ver pasar las calles y otros coches.


Es una noche más que duerme en casa de Akiba en un sofá cama. Una vez más le costó conciliar el sueño, fue hasta las cinco de la mañana que sus ojos se cerraron, logrando entrar al mundo de los sueños. Solo tres horas y media. No fue suficiente, se le empezaban a notar unas grandes ojeras, las podía ver delante del reflejo en el espejo del baño por la mañana, más sin embargo su cuerpo realmente estaba descansando ya no había moretones ni marcas de maltrato nuevos, aunque no podía decir lo mismo de su mente que es lo que más estaba sufriendo.
Ya habían sido dos noches y conocía muy bien a su marido, sabía de lo que era capaz de hacer, más aún si se llegaba a enterar que ha dormido dos noches en casa de otro hombre, por supuesto su celular había estado sonando incansablemente, al recibir las llamadas de Daniel, pero se le daba muy bien el ignorarlas.

Como todos los días, asistió a su trabajo en el restaurante de comida oriental, siendo acompañada por su jefe, ya no tuvo que caminar a tomar un taxi, o pedirlo hasta la puerta, el auto de Akiba se encargó de su traslado.
Hubo algo que todos notaron con claridad, incluso la clientela; Victoria estaba radiante, muy sonriente, muy risueña, se veía muy feliz. Alejarse del hombre que la maltrataba a diario le ha hecho bastante bien y eso Akiba lo sabe perfectamente, disfruta de lejos ver como Victoria sonríe más ampliamente. No obstante la chica mesera en sus más íntimos pensamientos estaba en conflicto. Preocupada, nerviosa…, tenía miedo.
Estaba confundida, debería volver y disculparse, soportar lo que deba, para salvar su matrimonio con el único hombre que sabe su secreto. O tal vez deba revelarle a Akiba su condición, explicarle porqué cree que con Daniel está bien. ¿Qué pensará al respecto? Esto último la llena de curiosidad. Y tiene tan solo un día, todo este día para decidir qué rumbo tomar, volver o proseguir con apoyo de su jefe del cual ya conoce sus sentimientos hacía ella ¿Acaso esos sentimientos cambiarían si le revelara que no puede concebir hijos?
Por otro lado, el sujeto que ayer la besó, ni siquiera debe recordarlo pero ¿Por qué lo hace? Si ha sido tan extraño, demuestra un afecto sin fundamentos, una preocupación sin razón ¿Por qué?


Mientras revisaba unos papeles en su oficina ahí mismo en el restaurante Itadakimasu. Akiba recibió una llamada del esposo de Victoria.

—Buenas tardes ¿En qué puedo ayudarle?
—¡Usted me dijo que me avisaría si sabía algo de Victoria!

Azotaron sus palabras los oídos del joven oriental.

—¡¿Aún no sabe nada de ella?! —siguió gritando Daniel.

Se tomó un momento, cerró los ojos aguantando y controlando su voz para sonar lo más amable posible. Ahora que sabía lo que le hacía a Victoria, tenía tantas ganas de matarlo a golpes, no, quizá antes de eso debería torturarlo lentamente.

—No señor, créame que intenté contactarme con ella pero…
—¿No fue a trabajar? —un poco más calmado.
—…no, no ha venido. Le prometo que…
—¡Iré a buscarla de todos modos!
—Pero, le digo que no está aquí, no tiene caso que usted venga.
—¡Cállese! ¡Usted no me dirá que hacer! Iré a su estúpido restaurante, necesito preguntar personalmente a sus compañeros, a los clientes si la han visto.
—De acuerdo, como usted guste. Adiós.

Le cuelga y sale a paso rápido de su oficina, sonando el portazo de la puerta al cerrarla.


Anoche después de dejar ir a Vicky. José Madero subió a su habitación y tomó Whisky hasta ponerse muy ebrio, en la mañana su cuerpo le pasó factura con la típica resaca, pero a estas horas de la tarde ya se le ha pasado, y al verse absorto en sus pensamientos, sin dejar de preguntarse quién era ella, y por qué había hecho lo que hizo, decidió volver a tomar. Ni siquiera se ha duchado, ni salido de su casa, estaba encerrado en su alcoba tumbado en su escritorio.
Por el suelo se podían ver esparcidos un puñado de papeles en los que perdió el intento de escribir una canción nueva para el álbum. La guitarra también estaba en el suelo. No podía. Y le estaba volviendo loco su cambio emocional, y de personalidad.
Vestía el mismo pantalón negro y camisa a cuadros con los tres primeros botones desabrochados, lucía algo despeinado y con un semblante demacrado, pálido y los labios resecos. Se sirvió más Whisky viendo su vaso de vidrio con una mirada perdida, escuchando el ruidoso silencio que lo invade. Entornó sus ojos y los fijó a lo lejos, de dónde podía divisar el reloj de oro que le había regalado la chica en modo de agradecimiento. Se encuentra sobre una cajita en uno de sus muebles. Levantándose de su asiento se desplaza a ese mueble toma el reloj, lo contempló en su mano, la cerró en puño y lo apretó con fuerza.

«¿Por qué mierda guardo esta porquería barata? »

Piensa arrojarlo a la papelera de su escritorio y un sonido le taladra sus tímpanos.
El timbre de la puerta principal a su casa. Lo ignora y con un resoplido suelta el reloj en el mueble, queriendo regresar a su escritorio para tomar un trago más, y de nuevo, oye ese timbre sonando insistentemente. Teniendo un poco de problemas con el equilibrio al caminar, llega hasta el dispositivo de seguridad en la pared con una pequeña pantalla, para ver desde ahí de quien se trataba.

—¡Pepe ábreme güey!

Puede ver la cara de su amigo Gabriel Montiel, quien exhibía una sonrisa, también alcanza a ver que, detrás de él, estaba la rubia cruzada de brazos, mascando un chicle con su típica vestimenta de rockera.
José le había pedido a sus amigos y compañeros miembros de la banda que no lo molestaran hoy, ni los próximos días, que no quería saber nada. Cumpliendo, lo respetaron y le dieron su espacio. En cambio no podía esperar lo mismo de su mejor amigo, aunque se lo haya pedido eso era para él como pedir auxilio o algo así. Ya lo esperaba, pero después de todo es su mejor amigo, al que ya tenía años sin ver. A pesar de que no aprobaba la presencia de su novia, trata de no darle tanta importancia y presiona unos botones, desbloqueando la seguridad de la puerta principal, junto con la de la entrada a su casa.


A toda prisa Akiba llegó a dónde estaba Victoria, sin importarle que estuviera atendiendo a unos clientes, desde lejos le hizo una seña para que se acercara. La chica enseguida fue hacía el con cuatro cartas del menú en sus manos.
Su jefe la lleva rápidamente a donde nadie pudiera verlos.

—¿Qué sucede? No se ve bien… —dice Victoria viéndolo con su frente arrugada.


Akiba toma un respiro.

—Por favor no me hables de… —suspira— Olvídalo, no importa ahora. Hay algo muy alarmante.
—¿Alarmante? Me…está asustando. —su expresión cambia viéndose atónita.
—Es tu esposo, hace rato me llamó, dice que vendrá a buscarte. Le dije que no habías venido, tienes que irte ya. —le pone su mano sobre su cabeza para calmarla un poco.
—Pero ¿A dónde voy?
—Te daré la clave de seguridad de mi casa para que puedas entrar y te refugies ahí hasta que yo te avise que puedes volver. —la mira a los ojos y toma sus manos— Victoria…

Notó que la chica estaba temblando. Y perdía su color.

—No tengas miedo, por favor. —sujeta su muñeca y la atrae a su cuerpo para abrazarla.

Las cartas del menú se caen y Vicky boquiabierta se siente entre sus brazos, sus mejillas están tibias otra vez, y no puede moverse ni hablar y se siente bien, de hecho muy bien, tanto, que incluso se puede sentir protegida. Como nunca la había hecho sentir un hombre.
Con una pequeña sonrisa, Akiba se aparta de ella clavándole una benévola mirada.

—Vete…
—Yo, no… —mira abajo.
—¿Quieres que te lleve? Me puedo tomar el tiempo.
—No, ya han sido muchos los favores que me ha hecho —levanta sus comisuras en una sonrisa— Gracias.
—No Victoria, no creas que son favores. Son deberes, me siento con el deber de cuidarte, de ayudarte porque quiero, porque te… —sus palabras ya no salen, y desvía su mirada.
—Gracias, en verdad.

Con un tono suave. Y le truena un besito en su mejilla. Eso enciende en corazón del joven japonés, y no puede evitar sonreír como un tonto. A lo que Vicky ríe.



Cuando Gabo y Grey entran en casa de Pepe, lo ven ante ellos, sosteniendo una botella de Whisky casi por terminar, un vaso de vidrio vacío, y un José muy descuidado, apestando a borracho. Justo como Gabo solo había podido verlo en una ocasión, esta es la segunda, está claro que algo sucede con su amigo.
La chica extranjera de melena blonda, alzó una ceja y casi soltó una risa, pero la retuvo cubriendo su boca. Gabo frunció el ceño interrogante.

—¿Qué pedo güey que te paso? —pregunta Gabriel.
—Qué te importa… —se echa en un sofá individual cercano y se sirve más whisky. Tomándoselo de un trago— Y bien… ¿a que han venido? Creí dejarte claro Gabo —lo señala con la mano que sostiene el vaso— que no quería interrupciones, que quería estar solo.

Su amigo tomó la mano de su novia y la condujo a un sillón dónde pudieran sentarse juntos.

—Lo sé güey pero…, cuando es así, sé que algo no está bien contigo y bueno…
—¿Qué? ¿Quieres ayudarme? ¡Podemos divertirnos! —se puso en pie y corrió por otro vaso, se lo dio en su mano y le sirvió whisky— Aunque, ahora que tienes a tu novia como garrapata no será igual.

Grey cerró su puño y quiso levantarse para golpearlo pero Gabo con su brazo la detuvo.

—Güey… —arruga la frente al ver a su amigo sentarse nuevamente— ¿Cuánto has tomado?
—Eso no importa.
—Pero ¿Por qué estás así? O sea, ayer lo que le hiciste a la chica, la subiste al auto y la trajiste aquí ¿Por qué?
—Eso es ¿Por qué? También me lo pregunto. Todo se debe a esa estúpida chica. —sonríe y alza sus cejas— llamada “Victoria” ¿Curioso no? Se llama igual que la última mujer que me volvió loco, se parecen tanto.
—Güey, estás loco ella no te ha hecho nada, es más tú la raptaste. Está bien que te guste güey pero, ese no es el modo de…
—¡Cállate! Todo es extraño, se ha estado apareciendo en mi vida. —con sus codos apoyados en sus piernas empieza a balancearse— Dónde sea que iba, ahí estaba —baja su vista— Esa vez en el restaurante, no era la primera vez que la veía Gabo.
—¿Cómo si te persiguiera? —Inquirió Grey.
—¡Exacto! —la apuntó y sonrió.
—Quizá es tu destino. —la chica se recargó en el respaldo del sillón y cruzó la pierna y brazos.
—¿Qué mierda dices? —preguntó José fijándose en ella.
—Una tontería…, bueno, es algo en lo que creen mucho en la cultura asiática.
—Ahí vamos de nuevo. —murmura Gabo frotando con sus dedos su sien.
—Supuestamente —continuó la chica— tú persona destinada está atada a ti con un hilo rojo invisible.

José la escucha atentamente.

—En algún momento en tu vida, te encuentras con esa persona y no importa lo que hagas, ya no pueden alejarse. El hilo podrá estirarse, doblarse, pero jamás romperse. Tal como te sientes tú —lo mira a los ojos— Yo me sentí cuando encontré a Gabo. Y pregúntame si pude escapar, tampoco podía escribir mis Novelas, él siempre estaba en mi mente aunque no quisiera, y siempre aparecía, en todos lados. Tal vez esa leyenda japonesa sea cierta ¿No lo crees? —apenas sonríe.
—Es lo más estúpido que he escuchado en toda mi vida.

Eso fue la gota que derramó el vaso para Grey, y esta vez no fue suficiente el brazo de Gabo para detenerla.

—¡Escucha! —escupe sus palabras— Más estúpido es recurrir al alcohol para tratar de calmarte y olvidar, yo jamás lo hice, solo los cobardes lo hacen. Aquí lo único estúpido eres tú, ya verás que
tengo razón.
—¡Grey! —le grita Gabriel y la abraza por su espalda— Ya amor, ya nos vamos ¿sí? Tranquila…

Sin inmutarse José seguía sentado cómodamente y soltó una risa burlona, encendiendo un cigarrillo para llevarlo a sus labios.

—Estás loca… —dice mirándola con una sonrisa.
—Mínimo deberías disculparte con ella —baja su voz Grey— Por lo que le hiciste ayer idiota. Aquí el único que quedó como un loco eres tú.

Haciendo caso omiso a sus palabras, José fumaba. Gabriel tomó la mano de Grey, quien no relajaba su entrecejo.

—Bueno güey, será mejor que me vaya —dice al fin su amigo— Cualquier cosa llámame ¿De acuerdo? —mira a su novia— Ya Grey, vámonos.
—Agradece —brota de los labios de la chica— Que no le patee el trasero esta vez —fulmina con su mirada al cantante antes de dar media vuelta para retirarse.

Se marchan y José pudo verlos como se fueron a través de la cámara de seguridad, mientras se terminaba el cigarrillo.
Grey seguía molesta y no quería que Gabriel la tocara, pero después de un rato que hablaron, y su amigo le sonreía y la hizo reír, se abrazaron y sus labios se tocaron en un beso que José prefirió no ver. Recordó la sonrisa con la que Victoria le había regalado el reloj en modo de agradecimiento.

«Destino…, Hilo rojo, que estupidez»

Tira la colilla de cigarro al suelo y lo pisa para apagarlo.



Al salir del restaurante para escapar. En el estacionamiento Akiba estaba a punto de dejar subir a Victoria a su Honda Fit último modelo azul. Cuando otro auto en color negro se estacionó a su lado y de él bajó un hombre, la chica lo reconoció enseguida, y no subió al auto, se quedó paralizada viendo cómo se acercaba su marido. Akiba ya había subido al volante y la esperaba.

—¿Victoria? ¿Qué esperas?

Daniel acercaba sus pasos a ella, el sonido de esas botas vaqueras de piel de caimán la estremecieron, era la misma sensación que le provocaba cada que se acercaba para golpearla o gritarle, zarandearla. Quería moverse pero no podía.
Akiba captó como un hombre la agarró violentamente del brazo y de inmediato bajó del auto.

—¡Lo sabía! ¡Me engañas con otro! ¡Maldita puta! —al vociferar salpicaba saliva en su cara—Estuve esperando aquí, y le llame a tu jefe para engañarlo, sabía que estaba de tu lado.
—¡Déjala en paz! —grita Akiba desde atrás.

Daniel voltea y se encuentra con el rostro de un hombre joven, con rasgos orientales.

—¿Y este chino?



Victoria mira a uno y a otro sin saber que decir o hacer. Su corazón se agitaba como si fuera a explotar en cualquier momento. Y necesita su inhalador ya, pero no es capaz de moverse para usarlo. 






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miércoles, 30 de diciembre de 2015

La Bruja y el Ángel mestizo [Capitulo 26]










                            Capitulo-26








El joven tuvo que decir algo conteniendo su instinto salvaje. Precisamente cuando necesitaba poner a salvo a Charlotte, tenían que aparecer estos inoportunos guardias.
Tomó un respiro, y se vio en la necesidad de hablar con calma, aunque quisiera romperles el cuello con sus propias manos.

—Solo déjenme llevarla al médico. Me entregaré a ustedes, pero solo…

Estallaron en carcajadas. Lo que no fue nada gracioso para el mestizo, los miraba con repudio. Más ganas le daban de matarlos, pero por Charlotte, debía controlarse.

—¡Es una maldita Asesina! Además ya está muriendo.
—No. —exclamó Connor con coraje— Ella no morirá.

Se incorporó imponiendo su altura y cuerpo ante ellos, con la joven pelirroja en sus brazos. Los observó con sus ojos entornados y sus labios formaban una línea recta. Enseguida los tres guardias con desdén le apuntaron con sus armas.

—Entréganosla, o nos llevamos a los dos.

Uno de los guardias hizo una seña para llamar a la otra tropa sumándose tres guardias más. Podía matarlos pero sería poner en riesgo a la chica, lo que por supuesto no hacía falta. Así que espero un momento para decir:

—Así será, solo permítanme llevarla al médico.

El que parecía ser el comandante de las tropas, se fijó en otro soldado y alzó una ceja, medio sonriendo se volvió para verlo de nuevo.

—De acuerdo, pero te escoltaremos hasta allí. —puso su cañón en el hombro del nativo para empujarle— ¡Adelante!



No soportaba la presión de saber que afuera de la habitación dónde el médico curaba a Charlotte, estaban esperando esos seis soldados de casacas rojas, que sin problemas podía asesinar. Podía entregarse él en lugar de Charlotte, no quería permitir que la ejecutaran porque evidentemente eso hacían con los Asesinos, y ella, la mujer que había iluminado su vida, era uno de ellos ¿Por qué? Porqué tenían que caer en esto, si los dos antes eran tan felices, libres, enamorados, y jugueteaban en el valle Mohawk. Todo ¿Por qué? Por venganza, por su madre, mujer, que lo obligó a tener que matar al padre de su amada, para protegerla de ella. Su madre ¿Acaso era una mala mujer? Quizá merecía morir así, quizá no. Tal vez ella solo deseaba protegerlo a su manera. Lo que era irremediable, es que estaba muerta y una venganza no la reviviría. Eso estaba claro. Lo que era verdad, es que esa venganza le podía arrebatar la vida a Charlotte.
Su padre, todo era su culpa y de la maldita ambición de los Templarios por obtener todos los artefactos de la primera civilización. Solo por eso rompieron con toda paz y orden. ¿De qué servía luchar? Aún si mata a su padre, la orden Templaria seguiría en pie, y él,  solo era un hombre. Charlotte tenía razón, de nada sirve, deberían escapar, dejar todo atrás volver al valle dejar que el mundo se destruya, no es de su incumbencia de todos modos se destruirá. Mientras se tengan el uno al otro, no importaba si su alrededor se cae a pedazos, mientras permanezcan juntos hay esperanza de vivir, de ser felices ¿Y que podía ser más importante que la felicidad?

Con su mano hizo un mechón rojo de la chica hacía un lado, para ver bien sus ojos cerrados; seguía descansando. El médico ya había terminado y Connor le entregó su merecida paga. Un costalito con monedas.

—Gracias. —dijo en seco.
—Es importante que la deje reposar. No intente despertarla.
—Así será.

Cargó en sus brazos a Charlotte viendo como su cabeza descansaba en su pecho.
Se oyeron las voces y carraspeos de los guardias que seguían esperando afuera de la puerta. Con sus ojos Connor captó que había otra salida en el sitio, una puerta trasera, luego miró al médico; debía pedirle un gran favor.

—Disculpe. —se acercó sosteniendo a la chica— Necesito salvarla, la amo y no quiero que la maten.

El médico de cabello ralo y cano, ajusto con sus dedos el puente de sus anteojos para ver mejor los ojos del joven nativo que vestía como caballero inglés. En su cara descubrió un grabado sufrimiento apenas visible.

—Lo sé muchacho, puedo verlo en tus ojos. —esbozó una sonrisa tenue— Bien, sígueme.

Le dejó irse por la puerta trasera.
El medico ya había atendido a Connor en anteriores ocasiones, más que nada cuando acudía con Ezio en aquel entonces, por lo que ya lo conocía.
Salió por esa puerta y Connor se vio bloqueado por una cerca de madera, se subió en una caja pequeña que estaba por ahí y echo un vistazo. Podía saltar para el otro lado, podría hacerlo solo sin problemas, pero debía llevar a Charlotte consigo. Desde ahí sus ojos descubrieron que había un callejón en medio de otros edificios cercanos, había un poso de agua y contenedores de basura. Era posible escaparse por ahí, ya que el callejón llevaba a una calle. Así que bajó a Charlotte hasta el suelo, la dejó reposar ahí, para apurarse a acomodar las cajas que había en el patio de la casa del médico, formando así unos escalones que lo llevarían a lo alto de la cerca. Cargó a la chica nuevamente y subió. Ya que la caída no era muy alta y su estatura le ayudaba, saltó, pudo caer sobre sus fuertes piernas moviendo la tierra. Y de inmediato continuó caminando no muy veloz a causa del peso de la chica que llevaba en brazos.
Los soldados le contaron el tiempo y vieron que ya se estaba tardando más de lo normal, por lo que irrumpieron en la habitación encontrando solo vendaje y utensilios de curación por la mesa, viendo que la camilla estaba vacía. No había nadie ahí.

—¡Maldito salvaje! ¡Ha escapado!

Empezaron a buscar en cada rincón, hasta adentro de los muebles.

—Debe estar por aquí cerca ¡Sal de dónde quiera que estés traidor!

Uno de ellos salió por la puerta trasera mientras otro subía las escaleras. Y se encontró con el médico viendo hacía las cajas apiladas como escalones.

—¿Dónde está? —preguntó en voz alta al médico sujetándolo del brazo con fuerza.
—Se fue… —contestó con sus labios temblorosos.
—Lo dejaste ir viejo. Vienes con nosotros por ser cómplice de los Asesinos.

Dos guardias lo arrestaron mientras uno de ellos subió por las cajas y alcanzó a ver  como el joven de traje azul había llegado a la salida del callejón que llevaba a la calle.

—¡Lo veo! ¡Síganme!

Todos saltaron dejando al médico atrás.
Avanzando lo más rápido que podía por el peso de Charlotte. Connor escuchó como venían los seis guardias a toda prisa y levantaron sus armas para dispararle. Luego otras tropas que patrullaban las calles se unieron al ver que los perseguían. Intentaron acorralarlo pero el joven mestizo tomó otra ruta. Las personas huyeron y corrieron cuando se escucharon los disparos que fallaron su propósito. Connor buscó algún escondite pero no había uno a la vista y los guardias le venían pisando los talones.
«Si ella está así es por mi culpa. Debí escucharla y escapar de todo esto. Debí retenerla cuando pude. No debí abandonarla en el valle esa vez. Nunca debí decirle que se fuera…»

Un proyectil perforó la espalda de Connor  y el dolor lo hizo tambalear, pero como pudo siguió adelante más lento y apretando más a Charlotte a su cuerpo. Una bala más se enterró en la parte baja de su espalda. Pero era fuerte y no se detuvo. No quería detenerse. No obstante, era demasiado, era un humano después de todo, y viendo que perdió la claridad de su visión, y sus piernas no le respondieron más, cayó al suelo sobre la chica.
Desde el cielo ruborizado del atardecer, se podía ver como el numeroso grupo de guardias llegaron a dónde se encontraban inconscientes y se reunieron a su alrededor.

Detrás de unos barrotes de metal, sumido en la oscuridad con apenas un rayo de luz exterior, estaba Ezio, con pantalones grises y una camisa blanca medio sucia, la barba y bigote se veía más poblada que antes y su cabello atado en una coleta algo despeinado. Ya no lucía elegante más bien andrajoso y estaba descalzo. Un hombre de casaca azul le acercó un plato con comida y un poco de agua como si fuera un animal.
El joven se estaba comiendo las uñas, empezaba a creer que se volvería loco ahí encerrado, sin ver un rayo de sol, ahogándose en el aire viciado. Sabía porque lo tenían ahí, sin ser destinado a la ejecución. Se había revelado, había insultado a su “majestad” templario; Haytham. Solo por eso, estaría ahí prisionero, quien sabe hasta cuándo. Por un instante reaccionó, recogió el plato de comida y lo arrojó a las rejas, se agarró de los barrotes y los sacudió con ímpetu.

—¡Maldita sea! ¡Déjenme salir! ¡No he hecho nada grave! ¡Yo soy un caza recompensas! Les ayudaba ¿Recuerdan?
—¡Cállate!

Le contestó una voz de algún prisionero.
Venían pasos. Ezio se retiró de los barrotes.

—…sí fue fácil ¿en serio creía que podía escapar? —expulsó una carcajada.
—¿Y por qué encerrar a la chica y luego mandarla a su ejecución? Podríamos divertirnos un rato con ella. Sabes a lo que me refiero colega.

Pasaron por enfrente de la celda de Ezio dos guardias; uno de ellos iba cargando una chica de cabello suelto rojizo y con ropas de prisionera puestas. En segundos el joven la identificó.
«Ella es… ¡Claro es la chica de Connor! ¡¿Charlotte?! » Abre más sus ojos y por un espacio entre las barras vigila.

—Vamos primero tú y después yo. —dijo un guardia.
—Está bien pero dejemos primero que despierte, si no es así, no será divertido. —se echó a reír.

Ambos rieron llevándose a Charlotte. Ezio frunció el ceño.
«¿Qué le harán a la chica? ¡Bastardos! » Con el plato de su comida golpeó las rejas haciendo mucho ruido.

—¡Eh idiotas! ¡Si tan calientes están busquen a las rameras!
—¿Qué? —volteo un guardia—

Caminaron de vuelta y miraron a los ojos al muchacho.

—¡¿Quién te crees para decirnos que hacer italiano inútil?!

Ezio miró un momento a Charlotte, descubrió su palidez, su inconsciencia y sus vendajes.

—¿Acaso nadie les quiere hacer el favor? —se mofó Ezio.
—Mírate ahí atrapado como una rata sin poder salir ya quisieras poder descargarte con ella, pero nosotros podemos y tú no. —estalló en una risa que salpicó saliva en su cara.
—Tendrás que masturbarte amigo. —dice el otro con una sonrisa de lado.
—¡A diferencia de ustedes! —respondió el chico— No necesito pensar en violar. Las mujeres todas caen a mis pies sin esfuerzo, sáquenme de aquí y podrán verlo y aprenderán de mí, idiotas.
—Já, vámonos no perdamos el tiempo con esta escoria.

Siguieron su camino.

«Maldición… Si Connor supiera, cierto ¿Qué habrá pasado con él? »

Sin un solo quejido de dolor, con un rostro cansado, Connor reposaba en la cama de su celda, con su mano tocaba su abdomen pero el dolor realmente se concentraba en su espalda, las balas las habían sacado de su cuerpo y lo vendaron, tan solo para mantenerlo vivo. Antes de llevar a cabo su ejecución. Sin embargo no eran sus lesiones lo que le preocupaba. Si no Charlotte se la han llevado, al menos puede estar seguro que también estaba en la misma prisión pero en algún lugar más cotizado por ser mujer, no debía perder el tiempo tenía que buscarla y llevársela lejos, olvidarlo todo. Ahora tan solo quería hacerla feliz. Solamente le importaba eso. Se arrepintió profundamente de no haberlo querido antes.
Por ahora no podía hacer nada, ni siquiera se podía mover, aunque no quisiera necesitaba descansar. Durmió y fue todo lo que hizo hasta el día siguiente muy temprano, los gritos de un soldado que le llevaba algo de comida lo despertaron

—¡Come!

Por supuesto que no lo haría.
Le costó toda una semana el recuperarse un poco. Al menos se sentía mejor, ya podía moverse mas no hacer esfuerzos. Es cuando uno de los guardias le permitió salir para distraerse con los otros prisioneros que se encontraban en la planta baja, algunos retándose en juegos de mesa, otros conversando. Entonces Connor aceptó salir, necesitaba examinar la prisión y la seguridad que tenía, debía investigar en dónde encerraban a las mujeres. Si era necesario buscaría apoyo de alguien.
Un guardia lo escoltó, bajando las escaleras hasta llevarlo a dónde estaban reunidos los prisioneros, quienes se despejaban un poco. Connor se quedó quieto analizando con su visión todo su entorno, viendo caras desconocidas de hombres desgraciados. Y también se percató de como los guardias custodiaban los alrededores, por supuesto no hay modo de escapar o ir a otro lado sin ser autorizado. Entre tantos hombres algo llamó inevitablemente su atención. Una cabellera rojiza, aunque enmarañada y encrespada, era larga, una cabeza de largos cabellos rojos tal y como los de Charlotte, la mujer de cabellos como las flamas de una fogata. Estaba sentada junto a otros tres hombres en una mesa comiendo algo. ¿Podría ser? Aunque esta zona era solo de caballeros. Los ojos de Connor se abrieron, brillaron y se perdieron en aquel cabello. Sí, sin duda era ella. Se precipitó a esa mesa y tocó la cabeza sonriendo débilmente.

—Charlotte…

La cabeza se giró y levantó la vista para verlo. Era un hombre que también tenía la barba roja muy crecida.

—¿Cuál es tu problema?

Se levantó de su lugar, y los otros tres hombres también, se cruzaron de brazos.

—Perdón. —baja la mirada Connor desilusionado— creí que…
—¿Creíste que era una nena? ¡¿Es eso?!

Arrugando el entrecejo se acercó, capturando las miradas de los guardias.
Connor no dice más y solo los observa. Un cuerpo se atraviesa entre el de Connor y el hombre de barba roja.

—¡Ey, ey! ¡Tranquilos muchachos!

Ezio sonrió y con sus manos intentó apartarlos.

—No hay que recurrir a la violencia ¿o sí? Cuando podemos pasar un buen rato juntos.
—Ezio… —lo llamó Connor viéndolo.
—¿Connor? —miró su rostro— ¡Connor, amigo! —lo apretó en sus brazos.

El apretón le molestó a Connor pero no se quejó en lo absoluto.

—¡Cuánto tiempo sin verte! ¡Ven por aquí! 

Lo llevó a otra mesa.
Pusieron el tablero de los molinos para jugar. Ezio se sintió debidamente, y Connor volteó la silla sentándose apoyando sus brazos en el respaldo.

—Estás reuniones solo las permiten una vez a la semana. —comenzó a hablar Ezio mientras observaba el tablero— Si no fuera por esto me volvería loco. Tengo muchos amigos, aunque hacen falta las chicas. A ellas también les hacen sus reuniones pero en la prisión subterránea, no hay luz del día, solo la iluminación de antorchas y velas, pero eso sí, están más protegidas. Nunca nos dejan verlas ¡aguafiestas!

Connor comprendió que es ahí donde han llevado a Charlotte. Ezio parecía haber superado la muerte de Aveline aunque la expresión de sus ojos era diferente, era como si le faltara algo.
El italiano que perdió toda elegancia, le explicó el porqué estaba ahí. Le contó lo de su amada Aveline que había partido a un mundo mejor. Y le mencionó lo que escuchó que le pensaban hacer a Charlotte cuando se recuperara antes de ejecutarla. Con esto último, fue como si Connor fuera una mecha y las palabras de Ezio el fuego. El nativo suspendió el juego, su rostro se deformó haciéndolo ver como una bestia, y golpeó la mesa tan fuerte que la rompió, varios guardias se aproximaron.

—¡Tenemos que sacarla de aquí! —exclamó Connor exasperado.
—¡Eh tú, el grandulón! —dijo un guardia— ¡Contrólate o te llevamos a la fosa!

No podía hacer ni decir nada por ahora, pero no pudo evitar verlos con rabia a cada uno de los guardias preguntándose ¿Quiénes son los bastardos?

Volvió a su asiento y Ezio ni se inmutó, se quedó con una piedrita del juego en la mano.

—Sí, hay que hacerlo Connor juntos lo lograremos, como en los viejos tiempos ¿Recuerdas? Tú, yo y… bueno los demás ya no están y ya sabes de quien fue la culpa. También debemos matarlos —la mirada de Ezio cambió.
—¿A quiénes? —seguía viéndose molesto hasta se notaba en su voz.
—¿Lo haz olvidado? Los templarios.
—Ya no me importa, solo debo proteger a Charlotte.
—¿En serio? ¿Qué te paso? El Connor de antes deseaba proteger el fruto y vengarse.
—Ya no. —miró a otro lado.
—Pero ¿Me ayudarías? A vengar a mi Aveline. Connor, yo la amaba tanto como tú a Charlotte.

Connor se quedó un momento viéndolo sin decir nada.


—Dejemos a Charlotte fuera de esto, podemos protegerla y salvar esta nación al mismo tiempo. ¿Qué dices? Los templarios tienen a esta gente prisionera y no hablo de quienes estamos aquí. También a tu gente. Los Mohawk ¿Vas a permitirlo? 



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