viernes, 25 de julio de 2014

La Bruja y el Ángel mestizo. [ Capitulo 8 ]
















               Capitulo-8 












Siempre había estado huyendo, escondiéndose, escapando. Y había corrido con mucha suerte, acostumbraba robar en la ciudad, a la gente, cofres custodiados por un par de guardias. Pero quizá su error fue, haber escogido un fuerte Templario. Ella ignoraba que era un fuerte Templario, uno de los muchos que había visto en Nueva York y en Boston. Desconoce  que son los Templarios. Su torpeza la ha hecho caer en un grave error.
Con agilidad se desliza para bajar del edificio de ladrillo, tiene que salir cuanto antes. Sus pies tocan la tierra y se ve rodeada de guardias que la apuntan con sus armas. Está atrapada. Como quisiera saber defenderse, saber pelear, o asesinar, lo suficiente como para acabar con tantos hombres que la están acorralando, pero no es así. Ni siquiera sus flechas envenenadas le ayudarán.

Esta vez no puede huir.

Dos de los guardias se mueven para sujetarla y aunque Charlotte opusiera resistencia, es inútil. Saben que ella es la ladrona tan buscada, la ahora también asesina.
La chica grita y no deja de resistirse por lo que uno de ellos de un golpe en la cabeza, la noquea. Cayendo el peso de su cuerpo a la tierra.



Ha amanecido, y en la Hacienda Davenport; el joven nativo se ha despertado muy temprano. Puede ver al italiano durmiendo todavía en su alcoba, pero él no puede perder el tiempo, su venganza es ahora lo más importante. Por eso busca al viejo de piel oscura por todo el interior de la casa, como desesperado, tiene muchas preguntas que hacerle, y el prometió aclarárselas hoy mismo. Al no tener éxito dentro de la casa, sale al establo, encontrándolo finalmente cerca del barranco con vista al mar. Se detiene en seco al ver al señor, y con pasos más lentos se acerca.

Al escuchar las pisadas, el hombre sabe que es él, y no se mueve solo sigue apoyándose en su bastón de pie viendo al horizonte.

—Sabía que me buscarías. ¿Asi que quieres saber sobre la mujer ladrona? —se da la vuelta para ver su cara.
—Necesito saber quién es, ¿porque atacó y destruyo mi aldea? ¿porque asesinó a mi madre y a toda mi familia? ¿Y dónde está?
—Lamento decirte, que no sé responderte todo eso. Sé que ella es una ladrona, pero no una asesina. Quizá la estás confundiendo con otra mujer. Nosotros llevamos más de un año buscándola, y solo en dos ocasiones Ezio y sus compañeros la vieron, más no pudieron alcanzarla.
—No, no la estoy confundiendo. Es ella. —arruga el ceño y con voz más fuerte— La vi en esa hoja, era su aspecto, sé que ustedes saben quién es.

El señor emite una risa ahogada.

—Primero, cálmate…chico. Nosotros te ayudaremos a buscarla, tú también nos ayudarás. Pero antes, hay que entrenarte, y hay mucho que debemos enseñarte para que puedas moverte en la ciudad. Si aceptas, esta casa será también tu casa, ya que te unirás a nosotros —camina con su bastón y hace un alto para verlo con el rabillo de su ojo— Necesitarás un nuevo nombre, uno fácil de pronunciar.

Achilles ha visto en él una fortaleza increíble, una determinación única. Todo, lo que le falta a su ayudante Ezio Auditore. En su equipo de cazarrecompensas falta algo para que los impulse, algo para que logren sus objetivos, y ese algo…es él. Puede ver que de este muchacho sacará mucho provecho, además su actitud le recuerda a su hijo…

—Connor. Sí…ese será tu nombre.

El joven nativo mira abajo aceptando su nuevo nombre y lo que le propone el señor. Suena bien, necesita encontrar a esa mujer de algún modo.

—Anoche no te había podido ver con claridad —continúa Achilles— ahora que te veo. No pareces completamente un Nativo. Tu piel no es lo suficientemente oscura, ni tampoco lo suficientemente clara. Así será más fácil que te hagas pasar por un Español, o un Italiano como Ezio.
—Mi padre era un inglés. Según me contó mi Madre. —lo mira a los ojos hablando con calma— Su nombre era Haytham Kenway.
—Bueno, entonces serás…Connor Kenway. —le sonríe una pizca, una sonrisa casi imperceptible, y sigue su camino, hacia su casa.
—Achilles… —recordó su nombre, anoche escucho a Ezio llamarlo así—
—¿Si? —voltea a verlo un momento.
—Gracias. —asiente con una pequeña sonrisa.
—De nada, Connor.



No había pegado las pestañas en toda la noche, que para Charlotte fue muy larga.
Se vio encerrada en una oscura celda, sucia, con un olor apestoso que no sabía distinguir bien que era, y unas rejas por dónde podía ver afuera a uno que otro guardia que pasaba vigilando de vez en cuando. Sentada en la cama de piedra se la pasó pensando cómo salir de ahí, pero nada de lo que se le ocurría era buena idea. No importaba que tanto sacudiera las rejas de la pequeña ventanilla de dónde entra oxígeno y algo de luz. Esta tan sellada que es un esfuerzo en vano.

Está en las celdas especiales, en las que aprisionan a las pocas mujeres delincuentes, apartada de los hombres. Muy lejos escuchaba gritos que se oyen ahogados por los muros. No siente miedo, pero si preocupación ¿Qué pasará ahora con ella?
El sonido de unos pasos aproximarse la saca de sus pensamientos, y la hace ponerse en pie, algo alarmada.
A través de las rejas observa a un hombre bien vestido, sin duda elegante, acompañado de otro más, que permanece a su costado, un hombre de cabello negro, nariz aguileña y largas patillas. Tras unos segundos un par de guardias llegan también.
Al fin es posible verla, ese rostro que tanto había ocultado ahora está totalmente expuesto, pueden distinguir su llamativo cabello rojizo, y ahora suelto, sus ojos verdes, sus pecas, su belleza y juventud en todo su esplendor. Ya no viste de ladrona encapuchada, ahora viste de prisionera, tan solo unos trapos que cubrían bien su cuerpo, una tela sucia y color arena.
Está a su disposición, indefensa y a lo visto rendida. ¿Qué puede hacer? Ya todo está perdido, no le queda más que resignarse. Al menos consiguió sobrevivir un buen tiempo, más de lo que esperaba, pero por lo visto, la suerte la ha abandonado. Y sabe que está sola, no se esmeró en hacer amigos, ni siquiera le importó hacer amigos como Charlotte, por eso sabe que no vendrá nadie a rescatarla o ayudarla, está perdida.

—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? —habla el hombre con el traje elegante— ¿Está es la ladrona que tanto habían estado buscando? No es gran cosa, ni siquiera se ve peligrosa.
—Pero ha sido un fastidio, y ha robado bastante todo este tiempo, Señor. —comenta el hombre de su lado.

Uno de los guardias abre la celda para dejar entrar al hombre que le habla a Charlotte.

—¿Sabes lo que va a ocurrirte? ¿no? —acorta la distancia de ella y clava su fría mirada en sus ojos verdes— Irás directamente a la horca, para pagar tus crímenes. —se inclina para encararla más de cerca y ladea un poco su cabeza— ¿En serio creías que podías entrar al fuerte y salirte con la tuya como había sido siempre? —sonríe medio burlesco—
—¿Y tú quién eres? —pregunta la chica algo nerviosa. Era intimidante.
—Mi nombre es Haytham Kenway. —se endereza pero no deja de verla con desagrado— Anoche cuando hablaba con mi discípula Aveline, tenía la sensación de que alguien nos observaba. ¿Asi que eras tú?.

Se aleja de ella y sale de la celda.

—Llévensela. —ordena Haytham yéndose enseguida.
—Sí Señor.

Responde el hombre que lo acompañaba y dando una seña con su mano les indica a los guardias que hagan lo suyo.
Acto seguido los guardias sujetan de los brazos a Charlotte para llevársela.

—Andando. —dice uno de ellos, dándole un tirón.


Le han atado sus manos a su espalda, y la hacen caminar apuntándole atrás  con sus armas. Así ella es obligada a avanzar a pasos lentos, viendo sus pies descalzos, dirigiéndose a la plataforma de la horca.
Mucha gente ha asistido como público de esta sentencia, hace tiempo que no se ejecutaba a una mujer, y mucho menos una tan importante, y tan buscada como ella.  Entre el público hay hombres y mujeres adultos, todos gritándole, insultándola, y arrojándole pequeñas piedras u otros objetos.
Charlotte soporta todo esto y sigue caminando, viendo cada vez más cerca su destino final.
A unos pasos de llegar a la base de madera una señora muy pasada de peso se acerca, pero no para algo bueno. Claro… toda esa gente que había sido la razón del porqué está aquí no tiene un gramo de amabilidad. Si tan solo la hubieran ayudado cuando más lo necesitó, hace tres años atrás, si tan solo hubiera encontrado a alguien que cuya bondad la condujera por un buen camino, no estaría aquí despidiéndose de su vida. Pero ya es tarde, lo hecho, hecho está y no hay vuelta atrás.

—Bruja —le grita la mujer gorda, y enseguida le escupe en la cara.

Charlotte simplemente cierra sus parpados apretándolos un poco, tragándose su orgullo, dignidad, coraje, todo.

Un poco apartados de la muchedumbre, hay un par de hombres jóvenes que no parecen muy entusiasmados por la ejecución a comparación de la gente. Son dos cazarrecompensas compañeros y amigos de Ezio. Uno tiene una barba corta, usa capucha café al igual que su chaleco, unas mangas blancas y algo sucias remangadas, y cuelga un hacha de su espalda. El otro tiene el cabello hasta el cuello pero algo enmarañado, con un sombrero de soldado inglés y unas facciones duras, como si estuviera enojado todo el tiempo, se ve fuerte y porta dos espadas.

—¡Maldita sea! ¡Es ella! ¡Esa era nuestra presa! —gruñe el del sombrero, y parece que mastica tabaco.
—Ya es caso perdido. —se cruza de brazos el del hacha— ¿Cómo se sentirá Ezio al saber que ya la ha capturado la guardia?
—¡¿Cómo diablos la atraparon?! ¡Si ellos eran más lentos que nosotros! Mierda…
—Yo no quiero ver cuando la ejecuten. Te veo luego en el Pepper Black. —sonríe al verlo y se marcha.


Enredan una soga alrededor del cuello de Charlotte y ella ha cerrado sus ojos, sigue con sus manos atadas atrás. El verdugo que sonríe como disfrutando, mostrando sus amarillentos dientes, con algunos faltantes. Se pone al frente para vociferar a la multitud.

—¡Esta mujer! ¡Nos ha estado robando a todos durante casi tres años! ¡Es por eso! —se posiciona detrás de ella, y le cubre su cabeza con una tela— Que les pregunto ¿Qué podemos hacer con una ladrona así?
—¡Matarla! —contesta la multitud al unísono con júbilo.


El verdugo se echa a reír a carcajadas, saboreando el momento. Y aunque no pudiera verse, de un ojo de Charlotte brota una lagrima. ¿De tristeza? ¿de miedo? ¿de arrepentimiento? Tal vez todo junto. Es el fin.
Un golpe detrás de ella, que hace vibrar el suelo de madera a sus pies, y un oleaje de gritos despavoridos se desata.

—¡Llamen a la guardia! ¡Un asesino!

Mucho escándalo la hace abrir sus ojos. Alguien le descubre su cabeza, y corta la cuerda para cargarla en sus brazos y llevársela lejos.
La chica levanta su mirada y puede ver a un joven encapuchado, un joven conocido. Es…Garrett.

—Tú… Pero. —con sus ojos bien abiertos.
—Guarda silencio.

Sin distraerse sigue corriendo lo más rápido que puede. La gente ha alterado a los guardias que están alerta buscando al encapuchado que se llevó a la ladrona sentenciada.
 Entra a un callejón.

—Bájame, puedo huir sola.
—No lo creo, si pudieras sola no te habrían atrapado. —entre jadeos.
—¡Que me bajes te digo!
—¿Así me agradeces que te haya salvado?
—Nunca te pedí que me salvarás. ¿Acaso te importo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque soy un Asesino, y ese es mi deber.

Sabe que cada vez los guardias están más cerca. La carga de Charlotte hace pesado el correr, por lo que la echa a una carreta de heno.

—Quédate aquí y déjame perderles por mi cuenta. —le pide.

A zancadas se retira, y escala por una pared hasta el tejado.

Charlotte escucha como pasan corriendo los guardias sin percatarse de que ella está adentro del heno.

«Es un loco. Creí que había dejado de ser Asesino. Ahora…tengo que salir de aquí y resguardarme en mi casa sin ser vista cuanto antes. »





Por otra parte, se ha creado una discusión entre el joven italiano y el viejo. Connor mantiene su distancia detrás de una pared, afuera de la cocina que es en dónde Ezio y Achilles discuten. Desde ahí escucha todo atentamente, quizá ha sido mala idea la de Achilles.


—…tengo a mis amigos, con ellos me basta para encontrar a la Ladrona. No necesitamos de un salvaje que no sabe nada del mundo para logarlo. Por favor viejo, no me obligues a llevarme bien con él. ¿Qué acaso no viste lo violento que es?
—Fíjate cuanto tiempo han estado buscando…sin tener éxito. —elevando lo más que puede su volumen de voz—Si siguen así, alguien más la capturara, hasta la misma guardia. Son unos distraídos, y unos borrachos empedernidos, que no se esfuerzan más de lo que deberían. Connor podría serles muy útil. Solo necesita un poco de entrenamiento, saber lo necesario…, y listo.
—Olvídalo —une sus cejas y lo apunta con su dedo— Ni creas que aceptaré trabajar con alguien así. Ni siquiera lo conoces. ¿Cómo sabes que puede ayudarnos?
—Porque lo sé. —camina apoyándose en su bastón hacia la puerta—¡Bien! ¡No lo hagas! Pero tampoco quiero que sigas viviendo en mi casa, y te quiero muy lejos de mis tierras, regrésame mi armamento, y todos esos años que te dedique para convertirte en lo que eres, y entonces, podrás hacer lo que quieras.
Sale de la cocina y se encuentra a Connor, quien lo mira con seriedad. Achilles  le da una mirada rápida y sigue su andar.

—Ven Connor, tengo algo que mostrarte.

Obediente le sigue, hasta llegar a una pared de madera pero pintada de blanco. Con su bastón Achilles acciona una lámpara cercana y esa pared se desliza abriéndose ante ellos.
Bajan por unas escaleras de madera, a lo que parece un sótano. Hay una pared de dónde cuelgan varios trajes parecidos a los de la guardia. Una mesa al centro con un mapa. Un librero repleto de libros viejos. Y otro pequeño cuarto, de donde se pueden ver que guardan armamento. En una parte especial, hay otra mesa con varios papeles, y unas velas apagadas que Achilles enciende enseguida, y puede ver que esta pared está llena de carteles como el que encontró, pero con otros rostros en su mayoría hombres, algunos están tachados y otros no. Cuando ve al centro de todos ellos el mismo papel que había recogido, es igual y está en medio de todos. Es esa mujer, la Ladrona y “asesina”.

—Solo sabemos que viste así, pero no conocemos su rostro o alguna otra seña en particular. Por supuesto, nada es fácil. Ven… —va hacia la mesa en dónde hay unas sillas— Siéntate y pon mucha atención.
—¿Qué pasa con Ezio?
—No te preocupes por él, ya aceptará, lo conozco bien.


El joven Italiano tiene que volver al trabajo, y tiene que viajar a Nueva York. Por lo que se apresura a montar su caballo y galopar por el camino más corto que conoce.



La mujer de piel oscura, guarda bien su traje réplica del de Charlotte y se mira a un espejo, vestida como una dama sofisticada, usando un vestido verde y blanco, con detalles femeninos, y en su cabeza un sombrero con plumas y flores artificiales.

—Ya has asesinado a los necesarios ¿verdad? ¿Te has asegurado de que todo el territorio de Nueva York y Boston, sea de nosotros? —con ese acento elegante—
—Así es. Lo he hecho. —por el espejo ve a Haytham detrás de ella pero respetando la distancia.
—Perfecto. —Sonríe una pizca— Entonces ya no tienes que usar la imagen de esa Ladrona. Ya cumpliste con tu parte y además, la Ladrona ya ha sido ejecutada hace unas horas. Puedes deshacerte de esas prendas, y volver a tu otra misión, encontrar al joven nativo que esconde el fruto. —se da media vuelta.
—Eso no fue lo que escuche.

Atrapa la atención de Haytham, quien se vuelve para verla.

—¿Qué dices?
—Me han informado que un hombre encapuchado la ha rescatado. Al pedir más detalles, me dicen que asesinó al verdugo con una hoja que al parecer tenía oculta. —se da la vuelta para ver sus ojos— ¿Será un Asesino?
—Creí que ya habíamos acabado con todos. ¿Asi que todavía queda uno?
—No sabría decirle con seguridad, Señor.  
—Uno no es problema, solo búscalo y mátalo cuanto antes. Asegúrate de que no queden más de ellos. Y de paso acaba también con la Ladrona
—Eso es trabajo de la guardia.
—Ya te dije lo que tienes que hacer. —taladrándola con su mirada.
—Entendido, así lo haré. 






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martes, 15 de julio de 2014

¡Que me parta en dos si es que existe! (Relato)

                        




Este Relato, está basado en una historia real. 






                 México, 27 de septiembre de 2013






Hoy es un día muy atareado para la Señora Cortez, como lo son comúnmente. Se peina su cabello teñido de rojo oscuro, recogiéndolo como el calor de la ciudad lo exige, y vistiéndose muy casual. Sale de casa apurada, tiene prisa por llegar a un centro de canje, para convertir sus pesos en dólares, y así poder viajar la semana próxima.
A pesar de ser temprano el bochorno ya se puede sentir, y aumenta conforme camina y camina a la avenida más cercana de su colonia. Rápidamente toma un Taxi y sube poniendo su bolso sobre sus piernas.

—Lléveme a la calle La fe.

Enseguida mira por la ventana y escucha la risa del señor conductor. El carro avanza.

—¿La fe? ¿le puedo preguntar algo?

La señora puede ver sus ojos reflejados en el retrovisor interno, por un segundo la mira.
Por supuesto ella sabe cómo les gusta a los taxistas platicar mientras hacen su trabajo, y a decir verdad ella también es muy platicadora. Además el camino será algo largo.

—Sí dígame. —responde entusiasmada.
—¿Usted cree en Dios? —sigue con su vista al frente y sus manos al volante.

Los ojos de la Señora empiezan a buscar alguna señal de que este hombre siguiera alguna religión. Pero nada…
¿Entonces es ateo?
Lo más probable es que sí, por lo tanto puede estar más que segura que entrará en una discusión con el taxista. Y esta conversación se tornará incomoda, y muy desagradable,  ya que ella nació y creció en una familia Católica, y hasta la fecha mantiene con devoción sus creencias. Pero al ver el transcurso del camino, cae en la cuenta de que…todavía queda mucho viaje por delante. Mas aparte el tráfico…

—Sí creo en Dios y soy Católica. —responde poniéndose seria.
—¿Usted cree que Él me perdone? —va disminuyendo su volumen de voz— Porque yo lo ofendí y mucho.


Sus palabras le caen de golpe, y la ponen nerviosa. ¿Qué decir?. No se lo esperaba.

—Pues ¿qué hizo usted? —inquiere.
—Dígame ¿usted cree que es importante rezar el rosario?
—Sí ¿por qué? ¿Tiene alguna duda? —mirando la cabeza del señor.


Vuelve a mirar a la mujer por el espejo retrovisor y traga saliva, preparándose para continuar con lo que quería decir. A ningún otro cliente le ha querido contar, no le inspiraban confianza, pero en cambio esta mujer que aparenta los treinta y tantos años, tiene algo especial. Quizá es por el modo en que le presta atención, o de lo segura que sonó al contestarle: “Sí creo en Dios y soy Católica” De alguna forma su manera de hablar, su voz transmite fuerza. Probablemente ella sea la persona indicada para buscar alguna respuesta, que nadie, absolutamente nadie le ha podido dar. Y eso es frustrante, y desesperante. No ha podido estar en paz.

—Sabe…, yo no creía en Dios. Y me dio una dura lección de su existencia.


Despertando la curiosidad, y haciendo crecer el interés que ya se había ganado de la señora.

—¿Qué le paso?
—Si usted es Católica. —continúa— Sabe que es lo que hacen las mujeres todos los días a las tres de la tarde ¿verdad?
—Ah, sí. Rezar la oración de la Divina Misericordia.



Siempre era lo mismo. Cada que llegaba a mi casa, después del trabajo justamente a las tres de la tarde, encontraba a mi esposa rezando el rosario en la sala. Estaba cansado, hambriento y con ganas de darme una ducha, lo más pronto posible. Y ella aun viéndome que he llegado y necesito comer, me ignoraba y no dejaba de rezar, dejándome en segundo plano. Lo más importante para ella era estar rezando, aunque supiera que yo regresaba del trabajo y ella debería saltar a atenderme, como cualquier esposa haría. No veía venir el día en que abandonara ese rosario para servirme. Entonces yo tenía que ir solo a la cocina y buscar algo que acabara con mi hambre.
No entendía por qué le daba tanto valor a algo tan insignificante como eso. Como si sirviera de algo el rezarle a un Dios. No tenía sentido.
Todos esos corajes, los fui acumulando, no quería gritarle, ni decirle nada, simplemente lo dejaba pasar pero, no aguantaría mucho.

Llegó el día en que todo eso explotó dentro de mí.

En lugar de ir directo a la cocina, esta vez, fui directo a ella, a esa sala color marrón, en dónde sentada sostenía un rosario y lo miraba profundamente, como con un amor, y una paz tan profunda e inmensa.
Me pare delante de ella y la miré como queriéndola taladrar con mi mirada.

—¡Ya me tienes harto! ¡¿No puedes rezar a otra maldita hora?! —vociferé y sentía mi rostro ardiendo— ¡¿Por qué tiene que ser a la hora que sabes que vengo del trabajo y quiero comer?! ¡¿Eh?!

Ella suspendió su rezo y levanto su mirada para verme arrugando su frente.


—¡Siempre es lo mismo! —grite y retrocedí, cruzando mis brazos.
—¿Por qué no vienes más temprano? A las dos de la tarde, por ejemplo. —sonando calmada.
—¡Mira..., yo vengo a la hora que me plazca! ¡Ve a la cocina y sírveme el plato! ¡Qué tengo que volver al trabajo otra vez! ¡Por qué tu Dios no nos dará de comer! ¡¿O sí?! ¡Tengo muchas cuentas que pagar y él no las va a saldar por mí!

No abrió su boca. No me dijo nada más. Solo guardo su rosario y se encaminó a la cocina, para hacer justo lo que le pedí. Eso, que debió haber hecho en todo este tiempo pasado. De haber sido así, me habría ahorrado la molestia de gritarle y reclamarle. Pero me había hecho llegar a un punto en el que la tolerancia, cayó por los suelos.

Solo fue ese día. Después siguió igual, no dejaba de rezar a esa misma hora todos los días. Como si lo hiciera por molestarme a propósito, creí habérselo dejado bien claro, pero por lo visto no fue así.
Sin embargo ahora sabía que no aprobaba el hecho de que se pusiera a rezarle a Dios justo cuando llegaba a comer.  Durante semanas, pasaba lo mismo.


—Ya casi termino. Ve calentando la comida, ahora mismo voy para servirte.

Nuevamente, no quería caer en la ira, y atacarla con mis duras palabras. Por eso, una vez más lo soporte. Así sería hasta que se agotara mi paciencia, que yo esperaba que nunca fuera así, y que viera su error y lo corrigiera antes de que viniera lo peor. Pero no fue así. Ella seguía igual, fervientemente rezando puntual.
Y justo como lo suponía, mi paciencia se acabó. Mi rostro se oscureció, mi ceño se frunció, y mis ojos parecían tener fuego.

La encare y resople.

—¡No seas estúpida! —gruñí, y le arranque el rosario de sus manos, y lo apreté en mi puño que extendí a ella con dureza— ¡Dios no existe! ¡Eso se lo dicen a las mujeres idiotas como tú! —casi sonaba a rugido.

Como era de esperarse. De los ojos de mi mujer se derramaban lágrimas que escurrían por sus mejillas, y me miraba con una angustia grande reflejada en su faz, como en un rictus de dolor, pero a la vez, como si sintiera lastima por mí.

—¿No ves cómo está el mundo? —dijo con su voz quebrantada—Rezamos para pedir por todos los que no creen. Para que alcancen el perdón y la gracia de Dios.
—¡A mí me importa una mierda tu Dios! —baje mi puño pero no deje de oprimirlo—¡¿Qué no entiendes?! ¡Eres estúpida! Deja de creer que existe algo más. Estamos solos no existe ningún Dios.


Podía oír sus berridos mientras le gritaba.

—No blasfemes por favor. —suplicó con vos temblorosa por el llanto.

Pero ni  sus ojos viéndome como implorándome, arrasados en lágrimas, ni sus palabras… me calmarían. Si no que fue todo lo contrario, fue como si algo dentro de mí se quebró y desato mi furia total.

—¡Que venga tu Dios y que me parta en dos si es que existe!

Revente en carcajadas porque sabía que no pasaría nada.

—¿Ves? ¿Dónde está tu Dios?

Rematé rompiendo el rosario con mis manos y lo tire contra una pared.
Mi respiración era agitada por la alteración. Su llanto aumentó, pero la deje ahí sola, y  volví a mi trabajo.

Desde ese día mi esposa cambió su hora para rezar, y cuando daban las tres de la tarde y llegaba a comer me atendía de inmediato, pero sin esa sonrisa que siempre iluminaba su rostro. Su expresión la cambio para mí, solo para mí. Estaba resentida conmigo, pero yo lo pase por alto, o al menos lo intenté.
Seguí como siempre, trabajando, y llegando los fines de semana ebrio a casa, sabía que eso ella lo odiaba, pero a estas alturas…ya debería estar acostumbrada. Yo no cambiaría nunca, ya era así.
A veces me preguntaba ¿Cómo un hombre como yo podía tener un hijo tan bueno? Mi único hijo, y tan contrario a su padre. De hecho, se parecía mucho a su madre. No tenía ningún vicio, era muy trabajador, obediente, y muy serio. Nunca nos dio problemas de ningún tipo. Mi hijo, que siempre había sido así, como si…, fuera parte de su naturaleza. Lo único que me preocupaba de él, era que no tenía novia aún. A sus diecinueve años.
Es por eso, que de vez en cuando, lo buscaba en su habitación tratando de animarlo.

Toqué su puerta tres veces.

—Papá… —me abrió con una leve sonrisa.
—Hijo ¿Qué estás haciendo?.
—Pues nada, solo veía un poco la televisión.

Se puso cómodo en su cama y tomo el control del televisor para cambiar de canal. Aproveche para acercarme.

—Es fin de semana, deberías salir con tus amigos. Quien sabe quizá en una de esas conozcas a alguna chica muy guapa. —le di una palmada en su hombro.

El soltó la risa.

—Ay Papá. Si lo sé, pero no este fin de semana. Al parecer todos estarán con sus novias. Ocupados en otros asuntos. Además quiero descansar.
—Entiendo hijo. Haz estado trabajando muy duro.
—Sí. —apagó el televisor y volteó a verme a los ojos— Y mamá… ¿Ya te disculpaste con ella?

No supe que responder y miré a otro lado.

—Y…no solo la ofendiste a ella ¿verdad?

Suspiré.

—Bueno…te dejo descansar hijo. Tengo cosas que hacer.

Salí de su habitación antes de que se pusiera tenso el momento. Quería mucho a mi hijo, y quería evitar una discusión con él.
Sin duda me hizo pensar un poco las cosas, pero, no hice nada para remediarlo.

Tras cinco días, recibí una llamada. Iba en mi taxi, precisamente tenía un cliente abordo, lo llevaba a su destino. Pero es de esas pocas personas que son muy reservadas y no quieren hablar. Asi que no tuve problemas para responder mi celular. Una voz masculina sonó.

—¿Usted es el señor Fernando Martínez?
—Sí.

Esto no sonaba nada bien, lo que me puso algo nervioso pero un semáforo en rojo me hizo detener.

—Señor, le hablamos para informarle que su hijo acaba de fallecer.

Mis labios temblaron y no pudieron pronunciar palabras por unos segundos. ¿Estaba hablando en serio? Por supuesto que no, tiene que ser una broma, y muy pesada por cierto.

—¿Señor?
—¡¿Qué?! No, no, no. Usted debe estar equivocado, debe ser otra persona. Si mi hijo apenas tiene diecinueve años.
—No Señor. Tiene que venir a recoger sus pertenencias…él ya falleció.

Todo mí alrededor se oscureció, pero mis ojos los tenía bien abiertos, saltones. Sabía que el semáforo había cambiado a verde, pero mi mente, mis manos, mis pies, nada me respondía. A lo lejos escuché las bocinas de los autos que esperaban detrás de mí a que avanzara. Incluso también pude oír que el hombre que venía sentado en el asiento de atrás me pedía que siguiera, también como sacudía mi hombro con la intención de que reaccionara. Ahí supe que estaba pasmado. Todo se hacía pedazos. Me costó un minuto volver a mis sentidos y gritar con desesperación, y desgarrándome en dolor. Como nunca. Mi pecho ardía, y arranque a toda velocidad, casi estrellándome con otro coche, iba tan rápido, como queriendo escapar de esa sensación, de esta noticia, que sin duda no conseguía asimilar.
¿Por qué mi hijo? ¿Por qué él? Si estaba tan sano, tan vivo. Y yo…¿Por qué no yo? Siendo un borracho y un cabrón. No era posible, no era creíble. Hasta que… vino a mi mente la razón.
Yo…era el culpable.
Lo que dije, lo que le dije a él, al que está en los cielos. Al que rete, al que blasfeme. Nada ni nadie, tenía la culpa más que yo. Tuve miedo, mucho miedo, mucho dolor, y un sentimiento de culpa tan grande, que no cabía en mi pecho. Se desbordó todo en lágrimas. Yo lo había pedido, yo se lo había pedido. Que me partiera en dos, y sí, lo hizo, me lo concedió, justo y como yo lo desee. Me partió en dos, el corazón. Me partió en dos, mi vida, y me partió en dos…mi alma.



Cuando fui por el cuerpo de mi hijo. El doctor con un semblante serio y unos ojos como soñolientos, cansados. Me miró y se dirigió a mí.




—Su hijo murió de un infarto. Es extraño…, solo fue un infarto, pero en la autopsia nos dimos cuenta que, su corazón, casi se partió en dos.



No soporte semejante impresión. Me eche a correr, y salí llorando del lugar. ¿Por qué tuvo que ser así? ¿Por qué me tuvo que probar que si existía de esa forma? ¿Por qué no me mató a mí? ¿Por qué no a mí?.



La Señora Cortez está muy atenta a lo que le cuenta el taxista. Una historia sin duda impactante, y muy dolorosa. Pero al perder la vista de él, para ver a través de su ventana, puede distinguir que está por llegar a su destino.

Un alto. El taxi se detiene por el semáforo. Y puede voltearse para darle la cara a la señora sin soltar con una mano el volante. Clava su mirada fija en sus ojos, una mirada profunda con una capa delgada de brillo que había cubierto los ojos del señor. Por el sentimiento que seguramente lo ha invadido al recordarlo todo.

—Ahora usted tiene que decirme. ¿Por qué él y yo no?.


Algo incomoda, y sintiéndose un tanto nerviosa y amenazada por la mirada y esa pregunta que parecía exigirle a ella una respuesta. ¿Y que pasara si lo que dice no le es suficiente? Si no le es convincente o lo hace enojar de algún modo. Podría decirle “Aquí me bajo” Y pagarle para huir de esta situación, pero claro que es algo que no sería capaz de hacer, porque es una adulta, y es una Católica, y como buena creyente y mujer de fe, debe darle una respuesta, decirle algo para consolar su alma, para despejar sus dudas, para ayudarle. Quizá Dios ha sido quien lo ha puesto en su camino, para que sea su voz y le diga lo que este señor no ha podido saber, lo que nadie le ha podido decir. ¿Pero por qué ella? No hay tiempo de cuestionar, ni pensar demasiado, el señor la sigue viendo esperando sus palabras, y el semáforo no tardará en cambiar. Tiene que buscar las palabras más adecuadas, y que sean breves, ya que está a por llegar al centro de canje. Hay poco tiempo.

—Dios sabe porque hace las cosas.

El semáforo señala que pueden seguir y el taxista hace un gesto con el que puede deducir que no ha quedado satisfecho. El taxi se mueve para continuar.
Ya no la está viendo, pero tampoco ha dicho nada. Esto no puede quedar así.

—Usted lo retó. —añade con prisa—Y a Dios no se le reta, él sabe cuándo dar o quitar. Y pues en la biblia dice que, todos nuestros pecados nos serán perdonados, si los confesamos. Él es fiel y justo, para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Bueno ya sabe..., tiene que ir a confesarse, comulgar y tener fe. Y sobre todo creer en Dios.
—No. Yo quiero que él me mate. Es lo que merezco.

Como si no hubiera escuchado bien lo que le dijo.
La señora suspira viendo cada vez más cerca el centro de canje.

—Pues lo siento, pero él es quien da la vida y también la quita. La vida le pertenece a él, al igual que su alma. ¿O qué? ¿Todavía no entiende?


Creyendo que tal vez ha sido muy dura con sus palabras. ¿Pero cómo decirle algo de modo que entienda?

—Pero ¿Por qué mi hijo? Sí él era tan bueno…, él no tenía la culpa de nada.
—Sabe…—en una voz más serena y profunda, como si alguna paz, o algo más se ha apoderado de ella, hasta su rostro cambia— las almas vienen a este mundo, por que piden ser probadas. Y su hijo para Dios cumplió. Y por eso ya está con él. Regreso a Dios, quien lo creo.


Quizá sería algo que el señor tardaría en entender, como un alma en pañales. Pero la Señora bajo del taxi con la esperanza de que algún día lo entendiera, y también, que fuera a confesarse y por supuesto que recibiera el perdón de Dios. Para que pueda estar en paz.
Fue probablemente una lección muy dura la que recibió, pero necesaria. El de su propia boca, la pidió, de la mano de un sentimiento tan fuerte como el odio.

Retó a Dios que le probara de su existencia, y asi fue.






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