martes, 4 de marzo de 2014

La Bruja y el Ángel mestizo [Capitulo 3 ]










                              Capitulo- 3












Arriba brilla el sol. A su alrededor, hay una pacífica vegetación. Justo lo opuesto que hay adentro del joven nativo, quien temblando y reteniendo toda esa conmoción, todo ese pesar lo más que puede. Retrocede unos pasos del borde del barranco. 
¿Qué acaba de hacer? ¿Estuvo bien, o estuvo mal? Solo sabe que es lo mejor. Charlotte debe irse y ya no regresar con él. Nunca más. 
Si es necesario, tiene que odiarlo hasta que no le queden ganas de volver a verlo. Para salvarla… para protegerla. 

La gente blanca es mala. Esa gente quiere destruirlos, arrebatarles sus tierras. Según le cuenta su madre. Charlotte es una de ellos, por dentro también es ambiciosa, maliciosa, una amenaza y un peligro. Como lo fue su padre Haytham Kenway.  
Hace años, gracias a él pudieron localizar la ubicación de su aldea, la incendiaron, perdiendo a muchos miembros de la familia. Quizá ahora crean que acabaron con ellos, pero no es así. Temen que los encuentren de nuevo, y la catástrofe se repita. Por eso es que Kaniehtío no quiere que su hijo se relacione con una mujer blanca, no quiere que cometa el error que ella cometió. 

Mejor se echa a correr. Antes de arrepentirse e ir a sacarla del río. Antes de que su corazón le gane. 
Su amigo se ha puesto en medio de su carrera. Y va disminuyendo velocidad. 

—Ratohnhaketon…mira —con su mano sostiene de las patas a dos zorros y un conejo.

En su rostro se refleja su alegría y triunfo. No es muy bueno cazando, por eso cada que logra una caza es motivo de orgullo. 
Ratohnhaketon hace un esfuerzo por calmar su agitación y no mostrar ni la más mínima señal de sus sentimientos. 

—Bien hecho. —lo observa detenidamente. Inexpresivo. 
—¿En dónde estabas? 
—No importa. Hay que seguir cazando, todavía no conseguimos suficientes pieles ni carne. 
—Está bien… 

Podría parecer extraña su forma de comportarse, pero de Ratohnhaketon se espera, y no es para nada raro. 
Guardarlo todo… tiene que guardarlo todo y no dejarlo salir, ni de sus labios, ni en sus expresiones. 




Su cráneo se golpeó contra una roca, y la sangre que brota se pierde con el matiz de su cabello. Y es arrastrada por la corriente del río, completamente inconsciente, poco a poco va entrando agua por su nariz y boca. 
Hasta que una roca grande en medio del torrente, la retiene, aferrándola a la piedra, y su nariz y boca quedan fuera del alcance del agua, pero a duras penas respira.

Una mujer algo robusta, camina por una vereda del bosque cargando en sus hombros un venado que ella misma ha cazado. Agotada y con la garganta seca.
Ha sido un día de caza muy activo, por lo que se dirige al río más cercano a su escondrijo de cacería. Descarga su presa a sus pies, y se asienta un momento a orilla del río para tomar un respiro antes de arrodillarse y beber con su mano de la limpia y fresca agua que corre sin cesar. Al terminar echa un vistazo a su entorno, cuando algo muy llamativo —rojo— a lo lejos del río capta su atención. ¿Acaso es una persona? ¿Será una joven mujer? Se levanta para ir a ver sin olvidar su venado. 
En efecto estaba en lo correcto, es una mujer. ¿Estará muerta o viva? No puede quedarse con la duda, esto no es algo que se vea a diario. 



En su escondrijo del bosque. Ella se ocupa en despellejar aquel venado, afuera de su refugio hecho de madera. Ahí adentro en el suelo del mismo material, descansa Charlotte. A la luz de una pequeña chimenea y un par de ventanillas por donde entra aire fresco. El olor a leña quemándose invade la cabaña. Pero ni ese aroma tan fuerte, ni el ruido que produce la mujer cazadora afuera, la despertarán. 
Su cabello está mojado, al igual que su vestimenta hecha a mano, similar a la que usa la cazadora. 
Minutos más tarde. Algo se está cocinando en la chimenea, una hoya que gorgotea, y la mujer se ha sentado cerca de la chica, sacándole filo a su daga favorita con una piedra especial que en la fricción soltaba chispas. 
¿Fue el sonido de la piedra rascar el filo? ¿O el subconsciente de Charlotte? Lo que la hace abrir sus ojos tan verdes como las hojas de los árboles que rodean la cabaña. 

—Ah… por fin despiertas. 

Sigue insistente con el filo de su cuchillo y una sonrisa intacta.

Esta desorientada, y con unas pulsaciones dolorosas en su cabeza, tan insoportables. Levanta su espalda del piso y toca su frente soltando un quejido y haciendo una mueca de dolor. Quiere encontrar información en su cerebro, pero no le es posible el pensar con claridad. 

—Mi nombre es Myriam —dice la mujer sin quitar la vista de su filo— ¿Cuál es el tuyo? 
—¿Cuál… es mi nombre? —le devuelve la pregunta, frunciendo el ceño al verla. 

Myriam suspende su labor para clavar su mirada en la chica. 

—Te encontré en el río. Estabas inconsciente y sangrando de tu cabeza, pero no te preocupes, ya te unte algo que te ayudará a sanar la herida, la tienes que untar continuamente por dos días. Por fortuna, no es una herida muy profunda. 
—No…no entiendo. —baja su mirada más enredada.
—Ya te recuperarás. Seguro es por algún golpe que posiblemente sufriste en tu cabeza. Aunque realmente no sé cómo es que te ocurrió eso. 

La cazadora se pone en pie y se dirige hacia la hoya hirviendo que soltaba vapor. Sirve en un tazón un poco de su guisado de carne, con verduras que ella misma cosechó. 

—Ten… —le ofrece el tazón con una sonrisa. 

Charlotte con inseguridad lo sostiene, sintiendo lo caliente que es, pero no como para quemar sus manos. No ha comido nada desde que su padre fue asesinado, aunque no lo recuerda, siente mucho apetito. Por lo que empieza a comer con ansiedad. 
¿Por qué esa mujer es tan amable con ella? Es su naturaleza. Por eso también le cuenta un poco de su vida, aunque Charlotte, no pronuncie una sola palabra. 
Dos tazones vacíos quedan sobre una pequeña mesa. La chimenea encendida, les proporciona luz y calor. Empieza a oscurecer. 

—Así que…mejor quédate aquí. Afuera es muy peligroso. Y todavía no te recuperas del todo. 

En una silla, la cazadora cocía una de sus vestimentas hechas a piel. 

—Sí… ¿o…no? —toca su frente haciendo un esfuerzo por recordar. Y ese dolor regresa— Ah… 
—Mejor duerme.

Suspende lo que hace para ir por su “colchoneta” hecha por ella misma, para prestársela. La joven sin más se recuesta sobre ese colchón sintiendo más confort, cierra lentamente sus parpados. 

Pasan un par de días. 

A pesar de tener la aceptación de su aldea, y la aprobación de su madre. No está tranquilo, no está feliz ¿Y cómo va a estarlo? ¿Cómo toda su familia puede estarlo? 
Hay mucho que le preocupa, le inquieta. En primer lugar; Charlotte. No deja de preguntarse ¿Qué habrá sido de ella? Sabe que puede nadar, así que es muy probable que siga viva, por eso ya no ha vuelto a buscarlo ¿Eso quiere decir que se ha ganado su odio? Sea lo que sea, espera y siga con vida.  Y en segundo lugar; los hombres blancos. Que amenazan  acabar con ellos. Es tan abrumador, pero aún así sigue viviendo, preparado para lo que sea. 
Siente que debe proteger su aldea. Aunque ellos quieran ignorarlo, sabe que en cualquier momento ese desastre que ocurrió pueda volver a suceder. Le preocupa ver que los suyos no quieran hacer nada al respecto. Sintiendo que cae sobre el toda la responsabilidad de protegerlos pero… ¿en verdad lo merecen? Es su familia, y fueron también los culpables de lo que haya pasado con Charlotte. Los culpables del dolor que siente ahora ¿Debería irse? ¿Abandonar la aldea? No…ser un traidor jamás. Aparte ¿A dónde va a ir? Solo conoce esta vida, este lugar. Y Charlotte ya no está con él. Es muy tarde para pensarlo. Continúa con su vida. 



—Tengo que irme…

La voz baja de Charlotte suena detrás de Myriam, quien tiende unas pieles al sol. 

—Bueno… ya te sientes mejor ¿verdad? ¿Pero a dónde irás? —sin perder la atención en sus pieles— Dices que apenas recuerdas quien eres. Y que sientes la necesidad de irte del bosque. ¿Quieres ir a la ciudad? —termina su labor y la ve de perfil. 
—No lo sé. Solo sé que debo irme…muy, muy lejos. 
—Ya te he contado… —le da la cara— Porque abandoné mi casa en Nueva York y decidí vivir aquí. No te recomiendo vivir en la ciudad. Pero…si tú quieres, puedo darte mi casa. Que espero y siga ahí. Eso sí, no puedo darte dinero. Primero piensa bien las cosas Charlotte. 
—No me siento bien estando aquí. —camina apartándose un poco de ella y contempla el panorama natural que las rodea— Me siento como…enferma. No me gusta esta sensación. Pesa. 
—¿Has pensado porque estabas en el río? —se posiciona a un lado de ella— Fue como si hubieras sufrido un accidente. O tal vez alguien…
—¡No quiero pensar en eso! —cierra sus ojos— Solo deseo irme y ya no volver. 



En la siguiente mañana. Myriam decide acompañarla hasta Nueva York, en busca de la que fue su casa. Está decidida a ayudarle, le ha caído muy bien la joven pelirroja, y ha cuidado de ella, ya que la ve como una pequeña hermana. Le asombra lo tan rápido que se ha encariñado con ella. 
No sabe si tiene familia o si esto es lo mejor, sabe tanto de ella como Charlotte recuerda; casi nada. 
Adentrándose por las calles de la ciudad, invadidas por los habitantes que vienen y van. Los comerciantes, el rumor de la vida en Nueva York y todos esos olores. Es tan distinto, es tan agradable, la sensación de “estar en casa” para Charlotte, que no puede con tanta emoción. En su faz es notable. 

—Este lugar es hermoso. —sonriente mientras camina junto a Myriam. 
—Sí, eso parece. ¿Estás segura de esto Charlotte? 

Con su mirada localiza una tropa de casacas rojas, firmes, avanzan hacía ellas pasando por su costado dirigiéndoles miradas que logran intimidar. 

—Claro que sí. No tengo la menor duda. 

Al llegar a la esquina un grupo de niños huérfanos se atraviesan en su camino y juegan haciendo bromas entre risas. Quieren llamar su atención, no les permiten el seguir, quieren monedas o algo para calmar su estómago, eso solo Myriam lo sabe. Pero las dos van con las manos vacías. 

—Lo siento niños. No tengo nada para darles. —habla Myriam en un tono amable. 

Charlotte ríe con las bromas que hacen los niños, y Myriam le da un tirón a su manga. 

—Es por aquí. 

Doblan la esquina. Y finalmente llegan a la abandonada casa de Myriam. Abren la puerta y algunas ratas corren a esconderse a sus agujeros o muebles viejos. Y las telarañas, el polvo y un olor a madera húmeda, es lo que encuentran en las entrañas de la casa. 

—Bueno… esta fue mi casa. No está en perfectas condiciones pero, puedes refugiarte aquí. 

Dando un paso adentro. La joven explora con su mirada el interior. 

—Es perfecta. Gracias por todo Myriam. —la mira con el rabillo del ojo— Algún día te pagaré. 
—No es nada.

Se miran frente a frente.

—Si te arrepientes, o necesitas ayuda. Si cambias de parecer…siempre podrás contar conmigo, puedes regresar cuando quieras, ya conoces el camino.

Dice “si” con su cabeza, como respuesta, y vuelve a ver las paredes, piso, ventanas y escaleras de la que será su casa. 
El rostro de Charlotte cambió desde que llegaron a la ciudad. Y eso lo había notado Myriam. ¿De verdad siente que esto es mejor? ¿Qué aquí debe estar? La cazadora se preguntaba cosas importantes, que por lo visto Charlotte no toma en cuenta o ignora. ¿Cómo sobrevivirá en las colonias? Necesita dinero ¿Cómo va a conseguirlo? Una joven sola en Nueva York, suena tan peligroso. Pero sabe que es terca y no querrá retroceder, así que solo la deja ir, por el camino que crea es el correcto. Tampoco es que sea su madre, solo es su amiga. 
Limpió lo que pudo, sacudió cada una de las telarañas, y se acostó sobre un viejo colchón, para pasar su primera noche en casa. 
A través de la ventana sin cortinas, y el cristal roto, puede ver el oscuro cielo, tapizado de estrellas, las contempla con un silencio sepulcral, que es lo único que la acompaña. No obstante, se siente muy bien. 
Cierra sus ojos y empiezan a venir visiones a ella, todavía no duerme pero sabe que no está soñando, porque se ve tan real. Eso le es familiar, claro…ya ha tenido visiones antes, desde que era una niña. 

¿Es un joven nativo? Con un rostro apacible, y con una pizca de duda. Entierra su Tomahawk en el cuello de un hombre, luego en su pecho. Extrayendo su corazón, sus entrañas revientan en sangre, que fluye y fluye. El hombre se desangra y ya está muerto. ¿Quién es ese hombre? Puede verlo y tiene ganas de gritar. Hay otra visión; ese mismo joven la empuja de un barranco. 
¿Es una visión? ¿O un recuerdo? Charlotte se sumerge en un mar de confusión. Abriendo sus ojos de par en par, con su respiración agitada, toca su frente y distingue que está sudando en frío ¿Qué fue eso?... Ese dolor vuelve a alojarse en su cabeza, a torturarla. 



Transcurre casi una semana, sin llevarse alimento a su boca. Solo agua, que encuentra en los recipientes de animales domésticos vecinos. Y es una semana de sufrir esas mismas “visiones” del nativo, que se repiten una y otra vez. 
Tiene que comer algo o morirá. ¿Acaso Myriam tenía razón? Fue muy precipitada su decisión. —Debió prepararse— Ya no aguanta más, pero, de ninguna manera piensa regresar con Myriam, a pesar de todo, se siente bien estar lejos del bosque. Le da la sensación, de que ahí es dónde debe estar. 
No se ha relacionado con sus vecinos, con nadie. Un día lo intentó y pudo ver lo indiferente y cruel que es la gente, no se puede fiar de ellos, así que todo ese tormento que sufre con sus visiones lo guarda en secreto. Prefiere hablar con los animales, ellos si saben escuchar. 

Se sentó en el suelo de la calle, para poder acariciar a un perro que paseaba por ahí, y ya conoce. 

—Hola amigo ¿tienes hambre? También yo. —le sonríe palpando su cabeza canina. 

Para algunas personas parece una loca, y más aún por su ropa sucia, cabello rojo, mugriento y enmarañado. Otros la ignoraban, es mejor evitarla, tiene problemas mentales. 
Increíblemente, el perro menea su rabo y alegre la escucha, permaneciendo fiel ante ella. 

—Si… otra vez tuve esas visiones. Me estoy cansando de eso. 

A Charlotte no le importa lo mal que se vea hablando con un perro en plena calle. Ella se siente bien. Además le hace falta hablar o desahogarse con “alguien” o “algo”. No le contará a nadie más cómo se siente o lo que le ocurre. 
Sin embargo tiene que hacer algo para sobrevivir. 

El sonido de una carreta aproximarse, la alarma y se retira de en medio de la calle junto con el perro. Viéndola pasar. 
Un dolor soportable en su estómago le exige alimento. 

Se le ocurre una idea. No le gusta, pero no le queda de otra. 
Interrumpe a una mujer que conversaba con algunos hombres en una esquina, para pedirle unas monedas. Solo consigue una fría mirada. 
Intenta con un hombre… otra mujer. No le dan ni una moneda, a pesar de suplicarles casi de rodillas. 
La gente es tan apática y mala. Pero Charlotte no se rendirá. 

—Por favor se lo suplico —camina detrás de un joven castaño.

Él sigue su camino como si la chica fuera invisible.

—Necesito comer algo… por favor. Por favor. 

En su desesperación toca su hombro, para atrapar su atención. El joven hace un alto y retira la mano con arrogancia. 

—¡No… me toques! —voltea a verla con desprecio— Aléjate de mí. 

La hambrienta chica, da tres pasos atrás y agacha su cabeza avergonzada. En tanto él retoma su camino.
Queda quieta, inmóvil, solo puede verlo irse lentamente y con sus ojos detecta su bolsa de dinero, que cuelga de su cinturón. Ahora guarda silencio y cuidando sus pasos, sigue su espalda, revisando que nadie más la esté viendo…le arrebata su bolsa. 

—¡Oye!... ¡Guardias! ¡Hay una ladrona! 

Alza su voz e intenta atraparla con sus manos. Charlotte se echa a correr a una dirección contraria, y  varios ojos se posan sobre ella. Un grupo de soldados la persiguen, y la joven de carmesí cabellera tiene que escapar, si quiere vivir. 



No importa cuánto se esfuerce por superarlo, por soportarlo. Su amiga sigue estando tan presente en su mente. No hay día que no la piense y se pregunte lo mismo por ella. Es tan frustrante, tan doloroso… querer ir a buscarla, pero no poder hacerlo.
Ni siquiera tiene la certeza de que esté viva, ni siquiera puede contarle a su amigo cómo se siente o lo que piensa. No puede protestar, hablar o desahogarse. Solo lucha consigo mismo, enfrentando sus más profundos sentimientos. 

Como cada día, va a visitar el lugar de descanso, que él mismo cavó para el padre de Charlotte, que descansa bajo tierra. Ahí cerca del bulto de tierra. Ratohnhaketon inclina su cabeza y cierra sus ojos, usando su lenguaje natal. 

—Perdón… señor Grint. Perdóneme… de verdad lo lamento. Usted que siempre confió en mí, no merecía esto. No pude proteger a Charlotte como lo prometí, y debía ser. Solo pude salvarla, pero no estoy seguro si realmente valió la pena, si realmente se salvó. 

Su rostro mantiene una expresión afligida. Sus orbes lucen cristalinos, con lágrimas que jamás saldrán. 
No se cansa de pedir disculpas al difunto padre de Charlotte. Su conciencia, corazón y espíritu, no pueden estar en paz.

Por primera vez después del incidente de hace semanas. Se atreve a entrar en el que fue hogar de su amiga. Sube por las escaleras y se dirige a la habitación de Charlotte. Una habitación vacía, porque no está ella ahí. 
Algo captura su atención. Una caja, realmente es un cofre. El joven nativo se ve atraído intensamente por ese objeto, por lo que lo abre y puede ver que un montón de plumas de águila se encuentran ahí guardadas. 
Si…son las mismas plumas que entre los dos habían estado encontrando, buscando. 
Toma una de las plumas para verla detalladamente y recordar todas esas aventuras que había vivido con ella. Trepando por los árboles juntos, saltando, escalando, corriendo, nadando, saltando… todo para alcanzar los nidos en donde estaban esas plumas. 
Nunca se imaginó que las estuviera guardando como si fueran un tesoro. Cabizbajo cierra el cofre y lo carga para llevarlo a la sepultura del padre de Charlotte. Y muy cerca entierra esa caja de madera. 

Si tan solo pudiera también, enterrar todo su sentir, todo su pesar. 
Sabe que lo mejor sería olvidarlo todo ¿Pero cómo olvidarlo? ¿Cómo borrar todos esos momentos? ¿Cómo eliminar estos sentimientos? Que no hacen más que destrozarlo, dañarlo por dentro. 





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martes, 25 de febrero de 2014

Hilo Rojo [ Capitulo 4 ]








                                 Capitulo-4












La memoria fotográfica que posee Victoria, le hace recordar claramente el rostro de ese joven. Claro…lo había visto en el restaurante.  Será mejor relajarse si no quiere que esa opresión en su pecho aumente.

—Solo déjala en paz…

Responde José viendo fijo al señor de barba medio cana. El esposo de Vicky, suelta su brazo y sonríe con descaro.

—A ti esto no te incumbe. —vuelve su vista a su esposa— ¡Anda! ¡Que se me hará tarde! —grita dándole un leve empujón.

La chica de melena como el cobre, baja su mirada y obediente sujeta el carro de compras para avanzar.
Esa es la gota que derramó el vaso, para José. Ni siquiera sabe que no es la primera vez, que ha visto a esa mujer siendo agredida por él, y en público. Ni se imagina lo que acaba de “accionar” en sus adentros. Y le quema, le quema tanto como el fuego.
Impacta su puño contra el perfil de ese hombre, notablemente más viejo que ella. Antes de que pudiera dar un paso más.

¿Ha perdido el control? ¿O la tolerancia? Es más… ¿Por qué reacciona así? No acostumbra defender a alguien, ni siquiera a personas que para el son importantes. Tampoco simula ser algún tipo de héroe… simplemente le nació, ese hombre lo ha provocado, es todo. A pesar de que la chica es una completa desconocida, y por más extraño que parezca; el encontrársela varias veces, el coincidir en los mismos lugares…

—¿Pero qué mier…? —el hombre toca con su mano su nariz viendo una pequeña mancha roja en sus dedos.

José está cargado de coraje, hasta la piel de su cara se ha colorado. El esposo de Vicky poco a poco empieza a verse igual que José.
La chica no alcanzó a ver el golpe, pero si su reacción, la sangre, y como comienzan a verse tensos. La expresión en sus rostros se endurece. Sí… indudablemente están por matarse.
Ella se limita a observar, no puede hacer nada para detenerlos, no puede hacer nada al respecto.  

Uno de los empleados había notado el conflicto y trajo a tres hombres de “seguridad” de la tienda. Los guardias caminan hacia ellos con autoridad y firmeza.

—Señores ¿Está todo bien?

Si no hubiera sido por que la voz del guardia llegó a oídos de José. Se hubiese lanzado a pelear con ese sujeto tan molesto. Que basta con ver los ojos de aquella chica, para saber que la hace sufrir una vida terrible, y eso, no es justo para nadie. ¿Le importa? ¿De verdad le importa? ¿Qué sucede con él?

Ni uno ni otro podían responder. Cada uno hacia su propio esfuerzo en disimular su furia y ganas de iniciar un pleito.
Eso le afectaría más a José, por ser famoso ¿Cuántos rumores  y chismes, reales y falsos se crearían si esta situación crece? Quizá no sea tan importante para él lo que digan los medios o la gente, pero no conviene ahora, justo ahora que están preparando un nuevo material. Ya que eso le traería problemas, y es lo que menos quiere. No es nada inspirador, perder la paz.

—No pasa nada… —se escucha la voz tímida de Vicky.

Se ha atrevido a contestar por ellos, y muestra una sonrisa, que tal vez no sea tan natural por culpa de sus nervios pero, es lo mejor que puede hacer.
El pequeño rastro de sangre en la nariz del esposo de Vicky, que por su alteración no prestó atención y limpió. Es algo tan claro, que los guardias no pueden pasar por alto, en verdad se ha desenvuelto un conflicto. Seguramente por asuntos personales, por lo que los guardias prefieren no intervenir o hacerlo más grande, ya que sería exagerado. Toman su distancia y se ponen a charlar sin quitarles los ojos de encima, deben cerciorarse de que se calmen y todo vaya bien.

No están en el lugar indicado para enfrentarse. Eso es frustrante y desesperante para José, así le es imposible darle una lección a ese bastardo. No sabe que más hacer, ni porque lo hizo. Fue tan… natural.
Lo deja ir con esa mujer….
Por supuesto que no será suficiente con un golpe. Pero no puede hacer más…aparte. ¿Quién es ella?



Ha puesto especial atención en cada marca, cada señal del maltrato de su marido. Gracias a Dios no son golpes tan graves o intensos. Pero si hay abuso, si hay violencia…
Sigue maquillándose como normalmente hace. Soportarlo todo, aguantarlo todo…para no sentir la soledad. Esa inseguridad de creer que ningún otro hombre la va a querer por ser estéril. El pensar que es mejor que estar sola. Es lo que la amarra a él, la aprisiona a él. Está tan cegada por sus creencias que para ella esto no es sufrir, simplemente es algo que tiene que pasar. Su esposo no es alguien perfecto, así como ella no es una mujer perfecta.
Es incapaz de dar vida. Eso que distingue a una mujer de un hombre…y es bastante débil, con su padecimiento de asma, es un milagro que siga viva y aparte vaya a trabajar. Si no fuera por esos medicamentos y el tratamiento, por ese inhalador… desde cuando que estaría bajo tierra.
Pero esto… ¿es vivir o sobrevivir?



Como suele hacerlo cada día libre, mientras su esposo se encuentra trabajando. Ha ido en taxi, hasta la lujosa casa de Akiva y le ha llevado algo. Al bajar del taxi llevando en manos una caja con un lazo azul, llega a la puerta y toca el timbre.  
Una señora de facciones asiáticas, pero vestida como criada, le da la bienvenida a la morada. Al adentrarse a la casa con diseño oriental en decoración. —el solo entrar es sentirte en Japón. Conserva la esencia— Le es muy agradable y acogedor.
Justo el día en el que Vicky descansa, “curiosamente” Akiva también y es común que la espere en la sala principal.
Esta vez, lee un libro de pasta dura mientras degusta de un frio té asiático. Al escuchar los delicados pasos de Vicky, que conoce muy bien. Deja el libro y su taza en la mesa de centro, para levantarse y con una amplia sonrisa, le ofrece una reverencia como es su costumbre.

—Hola Victoria —con voz amable.
—Akiva.

Su rostro se ilumina claramente al verlo, y su corazón se inquieta. Siempre la hace sentir así.

—Te…he traído algo. —extiende sus brazos ante él, exponiendo la caja del lazo azul-
—Como siempre. Que gusto… aunque te he dicho muchas veces, que no lo hagas, no es necesario.
—Pero, yo quiero traerte algo. Es lo menos que puedo hacer.

«Solo haces que me enamore más de ti. » Piensa Akiva. Pero lo guarda para sí mismo.

El japonés sabe que Vicky está casada, por eso retiene sus sentimientos, sus ganas de confesárselo todo, como debería. Le guarda respeto.
Lo que desconoce es la violencia en la que vive la chica. Nunca lo ha descubierto, porque también respeta su vida íntima, por lo que no le formula muchas preguntas al respecto.

—Bien… —con sus manos acepta la caja sonriente— ¿Quieres sentarte? —con un ademán le indica.

Vicky asiente con su cabeza.


—¿Por qué dices que es lo menos que puedes hacer? Tú no me debes nada, en lo absoluto.

Conversan en tanto la sirvienta de cierta edad, les pone a su alcance unos bocadillos dulces y visualmente llamativos, coloridos, el solo verlos se antojan. ¿Algún postre japonés?
Y les sirve un exquisito té caliente para acompañar.

Están sentados en el mismo sofá color gris, prueba de la confianza que se tienen. ¿De verdad es tanta su confianza? ¿Entonces, por qué Vicky es incapaz de revelarle lo de su marido?

—Claro que sí. Yo…soy muy torpe en el trabajo. La peor empleada que tiene. Siempre usted me está ayudando, me cuida. —sintiendo sus mejillas arder y más al ver los rasgados pero atrayentes ojos de su interlocutor.
—Ese es mi deber, soy el encargado ¿no? —frota su mano sobre la cabeza de la chica con gentileza.
—Sí pero… solo lo hace conmigo. —baja su mirada algo apenada.

Akiva carraspea apropósito y le da un trago a su té, enfocando su mirada en los pequeños pastelillos.

—Son deliciosos.

Es más que evidente su escape al tema de conversación, que resulta más que incomoda. No sabe cómo responder. Con una sonrisa leve coge uno de los postres y lo acerca a los labios de Vicky.

—Pruébalos. Te gustarán estoy seguro.

Vicky abre sus labios solo para morder sin ganas el pastelillo. Saborea y sus ojos se hacen grandes.

—Son riquísimos ¡es verdad!

Entusiasmada toma uno por su cuenta y lo devora en un bocado. Con la boca ocupada, sus mejillas se ven algo infladas.

El joven japonés disfruta verla. Se ve tan linda, tan dulce, aún más dulce que los bocadillos que comen juntos.



Aquel acto…aquel acto que realizo el joven para defenderla no lo ha olvidado. Está muy presente en su mente. Revoloteando por su cabeza, la imagen, la escena, que vuelve a recordar una y otra vez, dando vueltas.
Como si haya sido tan importante o de mucha ayuda, de todos modos cuando regresaron a casa. La agresión se hizo presente y su esposo le pregunto y pregunto: “¿Lo conoces?” “¿Acaso lo conoces? ¿Es tu novio? ¿Estás saliendo con él verdad?”.
Como era de esperarse, sus celos salieron a flote. Pero si lo único que hizo fue empeorar las cosas ¿Por qué siente la necesidad de agradecerle? ¿Será que ha sido el primero que la defiende de su esposo? Y no tuvo la oportunidad de decirle “gracias”. Ella usualmente agradece hasta lo más mínimo. Entonces… es por eso, que no puede estar tranquila, está muy inquieta y se le nota. Su única esperanza es que algún día vuelva a restaurante, pero aquella vez no se veía muy contento, incluso lucía incomodo, diferente a lo que veía en las caras de sus acompañantes. Tiene que olvidarlo.



Anochece en la ciudad de San Pedro. El viento que lentamente se trae las nubes,  el aire que se siente y respira espeso de humedad. Indica una posible lluvia. Pero en Monterrey no puedes estar seguro de los cambios climáticos.
Se ha presentado la oportunidad, José tenía tantas ganas de reunirse con sus amistades más allegadas y claro entre ellos están también sus compañeros y amigos del grupo.

José está feliz, porque terminó la letra de una canción hace poco, y está trabajando en otra. De hecho cada uno de los integrantes se encuentra trabajando por su lado. Aunque se han juntado pocas veces para discutir sobre el Álbum y exponer ideas. Esta noche quieren relajarse, y dejar el asunto de la creación del álbum que aún no tiene nombre, para después. José sabe que debe beber para olvidarlo todo, sobre todo a esa chica que lo atormenta, porque le preocupa ¿Le preocupa?

Las jugosas y gruesas piezas de carne para asar están en la parrilla, siendo atendida por uno de los amigos de José. El joven voltea la carne cando es necesario, habla con otros más y ríen. El alcohol y algunas chicas no pueden faltar.
La música regional suena a un volumen considerado, en el jardín de casa de José, con vista al cerro de la silla, que a pesar de ser noche puede distinguirse a lo lejos.
El anfitrión se ha quedado en compañía de dos amigos; Arturo y Gabriel. Ahí en pie, como la mayoría. El resto de Panda, está por su lado.

—…Sí, y era grande, como de 3 metros. Y entonces dijimos; ¡Ah! No puede ser…

Contaba Gabo sin parar. Habla mucho y con energía, además cada palabra la expresa hasta con sus manos. Como es usual en él. José y Arturo lo escuchan y emiten breves risas.
Se la están pasando muy bien y eso es más que claro. Cuando un par de chicas, de las pocas que han asistido “amigas” de José y Gabo, pasa frente a ellos con vasos de cristal casi vacíos y meneando su cadera a un lado y a otro en cada paso.
Arturo le lanza una mirada a José y levanta sus cejas como diciendo “Mira, están bien buenas”

—Tal vez me dé un gustito hoy güey. —comenta José terminando su Whisky de un trago.

Y gira su cabeza hacia atrás para alcanzar a ver la buena zona trasera de las chicas.

—Pues sobres güey. Tú que sigues soltero aprovecha. —dice Arturo con una sonrisa de complicidad. Revienta en carcajadas— ¡A la mierda yo también lo haré!

Gabo los escucha y se pone muy intranquilo, ya que le encanta hablar pero no comparte sus mismos deseos, así que sin más lleva a sus labios la copa de vino tragando lentamente.

—No me jodas güey. —con un gesto de perplejidad— ¿Ya todos tienen novia o qué onda?
—Sip. —suelta una carcajada resonante.
—No lo sabía. No me lo dijeron. —relaja sus facciones, restándole importancia.

Aún así se adueña de él la “presión”. Ya todo Panda tiene novia, excepto él. Aunque nunca le ha importado “una pareja formar y estable” A veces se siente…raro.

—Ya vengo, traeré una botella de Whisky. —se dirige Gabo a su amigo José con una sonrisa.
—Sí por favor Gabo.

Gabriel sin querer se queda hablando con tres chicas regias, de sutil belleza. Ellas como cada una de las casi diez mujeres que están presentes; usan vestidos que entuban sus cuerpos o faldas y blusas, en colores y diseños de moda, zapatillas. Lo normal.
Sus “estilos” no le atraen en lo más mínimo a Gabo, pero le gusta charlar.

—Si esta es buena. —afirma el moreno al escoger una botella con una amplia sonrisa.
—Así que… eres del distrito federal. Genial —una chica castaña acorta la distancia, y pasa su mano por su pecho con esas uñas de acrílico brillantes.
—Eh, si… —en su voz resaltan sus nervios.

En el momento que sus ojos captan la presencia de su pareja; Grey. Quién inesperadamente ha aparecido en la puerta a punto de entrar al jardín, y pasa su mirada a su entorno como buscando algo. Con esa ropa negra, y de aspecto rudo, rebelde. ¿Cómo no reconocerla? Su cabello rubio pálido, y su intenso maquillaje. Es tan llamativa, e inconfundible.

—¿Grey? —apenas logra articular.

La canadiense que radica desde hace años en México viene directo a él, con una mirada que dice “Te mataré”.  Un temblor controla el cuerpo de Gabo y las chicas enarcan sus cejas viéndolo interrogantes, confundidas.

—Será mejor que se vayan. ¡Váyanse! —les sugiere el joven.
—¿Qué? —pregunta una de ellas, con una mueca.

Grey empuja a dos chicas que caen fácilmente al suelo y a la que había tocado a Gabo recibe un golpe en su cara, que la derrumba al piso. Acto que atrae la atención de todos, entre ellos José y Arturo.

—¿Cómo pudo entrar? —Cuestiona José con una copa casi llena en su mano y sin inmutarse.

Entretanto, Arturo no puede con su risa. La chica le parece divertida. Ricardo y Jorge, siendo los más pacíficos y conscientes, intentan ir a tranquilizarla, pero Grey les dice “Largo, ni se acerquen” con sus ojos azules. Y así lo hacen, dedicándose solo a ayudar a las chicas afectadas.

Con sus brazos cruzados y alzando una ceja observa a su pareja con desaprobación.

—¿Por qué no me dijiste que vendrías a esta estúpida fiesta?
—A ver, tranquila linda ¿sí? —sonríe y toca su hombro.

Grey sujeta la mano que ha tocado su hombro y tuerce su brazo provocándole un grito y quejidos. Lo suelta y vuelve a cruzarse de brazos, arrugando el ceño.
La música sigue sonando pero casi todos los invitados, no pueden evitar contemplar la escena que se desenvuelve. Unos ríen, otros se asombran. Esa mujer está completamente loca.
Una de las chicas que Grey empujó, va con José.

—Pepe haz algo. Córrela de aquí. ¿Qué diablos le sucede? —voltea a verla— Es una “friki”
—Esta es mi casa. Ese es mi amigo —señala desde lejos a Gabo— Y esa Friki es su novia. Si no te gusta… vete. Nadie te obligo a venir.
—¿Qué?

José lleva la copa a sus labios cerrando sus ojos con tranquilidad y desdén.



—Eres un idiota. Prometiste ver anime conmigo esta noche. Y te desapareces sin decir nada.
—Perdón, perdón. —baja su mirada avergonzado.

Sabe que tiene muchos ojos encima.

—¡Nunca quieres hacer conmigo, nada de lo que me gusta!
—Sí, sí lo sé. Perdóname. —mira su rostro— ¡Ah! ¡Ya se! ¿Y si vamos mañana a Itadakimasu? Y te dejo comer todo lo que quieras ¿Qué dices?

La expresión facial de la chica cambio al instante.

—¡Sí! —alza sus cejas y sonríe.
—¡Sí vamos! Bueno… ahora si quieres, vamos a casa. Todavía… —la toma de sus manos y mira sus ojos con esa sonrisa tan peculiar—…podemos ver anime juntos. ¿No?

Esa mirada de Grey, como “aprobándolo” perdonándolo. Lo dice todo para Gabo. Aunque ella no mueva más sus labios.
Al ver que el asunto se arregló, pierden la atención de todos y las chicas se resignan. La que fue golpeada es atendida por Jorge y Ricardo, asombrados discuten si llevarla o no al médico y hacen un esfuerzo, por no involucrar a Grey, aunque fuera algo injusto.

Gabo encamina a Grey a la puerta y en el camino, la canadiense pasa cerca de un chico que come una pieza de carne sentado con sus amigos en una mesa de jardín. Y ella le roba su carne.

—¡Hey! —protesta el chico al verla y lo deja pasar. Solo es carne.

Hipnotizada por el filete como si tuviera mucha hambre, continúa caminando tranquilamente junto a Gabo, quien pasa su brazo sobre los hombros de la chica, viendo como empieza a devorar la pieza de carne.
Para muchos parecerá una loca, una rara, una…
Sin embargo, para Gabriel es como una diosa que no pertenece a este patético e insignificante mundo, una mujer única, e irrepetible. El amor de su vida.



La mesa de la pareja es servida y llena de platillos, bocados, bebidas. A gusto de Grey. La chica expresa su alegría en silencio pero se puede ver en su cara. Y empieza a degustar sin esperar a Gabo, el apenas recuerda como coger los palillos, ahora tiene que recordar cómo usarlos.

—Creí que nunca me volverías a traer aquí.

Habla con voz ahogada, aún tiene comida en su boca. Parece disfrutarla y no importarle si se ve bien o mal. Es evidente su falta de modales.




Usando un cucharón. Victoria sirve uno de los platillos que debe llevar a una mesa. Siempre con una sonrisa intacta, fresca. Pasando como un fantasma por sus compañeros y compañeras. A pesar de que ella los saluda y sonríe cada que puede. Ellos la ignoran, no le dirigen la palabra, como si no estuviera ahí. Pero ya está acostumbrada a que Akiva sea el único que le presta atención, el único que le muestra afecto, en todo el mundo. ¿Afecto? Para nada… solo es su responsabilidad como él dice.
Cargando en sus manos, con porte, esa bandeja para llevar el pedido. El cual, entrega muy cerca de la mesa en donde  Gabo y Grey conversan al comer.
Siendo servicial les ofrece una reverencia a los clientes atendidos, pronunciando en tono agradable “Que disfruten sus alimentos” Sin faltar una sonrisa, que al contrario de sus compañeras le sale muy natural. Involuntariamente voltea a ver la otra mesa antes de irse con la bandeja vacía.
Un momento… Su memoria fotográfica empieza a trabajar…

Enseguida recuerda sus rostros emocionados al darles las galletas de la suerte, y el rostro de aquel chico que se veía muy serio, ese mismo que la defendió de su esposo. Son dos de los “clientes nuevos” Últimamente no ha visto nuevas caras, todos los que frecuentan el establecimiento ya son muy conocidos.

Sus grandes ojos color avellana se clavan en esa pareja. En efecto, son “amigos” de ese hombre.

“Déjala en paz…” Viene a su mente junto con la imagen de su rostro, con esas facciones duras y esa voz ronca.
La sensación de “necesidad” que surge en ella es incontrolable. Debe preguntarles por él. Quizá el hoy no ha venido pero, es seguro que se conozcan.
¿Será muy atrevido? ¿Por qué la empieza a atacar un “impulso”? Para ir hacia ellos. No… no puede hacerlo. Romperá con la ética de su trabajo, va en contra de todo, del reglamento, de su persona. Ella no es así, jamás se atrevería. Es decir… es una total desconocida para ellos, quedara como una rara.

Su respiración se acelera. Una respiración entrecortada a causa de su asma, sus pulmones se contraen, produciéndole un dolor soportable, pero incómodo.


«¿Qué está pasando conmigo? ».     












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