jueves, 8 de enero de 2015

La Bruja y el Ángel mestizo [Capitulo-19]









                               Capitulo-19







Dentro de la seguridad de una cámara oculta en la base principal de los Asesinos, se esconde el fruto del Edén ahora. Connor creía que nadie podía custodiar mejor ese artefacto que la propia hermandad, puesto que nadie sabe cómo destruirlo, lo mejor es protegerlo, será lo más conveniente para todos. Dejarlo muy lejos del alcance de las sucias manos Templarias.
En su regreso, Garrett le contó a Connor la procedencia de aquel fruto. Mencionando, que era una pieza muy importante, y muy deseada por los Templarios, pero que también puede ser bastante peligrosa. Aprovecho para darle información sobre la primera civilización, le desveló todo lo que los Asesinos saben sobre ellos. El joven nativo, casi podía sentirse parte de la hermandad, sin embargo todavía no puede serlo, ya que primero que nada debía cumplir con una misión. Misión, que ya tiene muy en mente.
Tanto Charlotte como Connor, saben que no será nada sencillo  encontrar a esa Templaria, y mucho menos darle muerte. Garrett, como buen líder, se dedicó en luchar junto a sus hermanos, contra los pocos templarios que encontraban. La orden Templaria tenía de su lado al gobierno, por lo tanto las hojas asesinas se manchaban de sangre templaria, y de guardias comunes. También era duro ver como caían algunos de sus hermanos en la batalla.
Garrett le pidió a Charlotte que custodiara y defendiera la base principal de Asesinos, ahora poseen lo que más desean los templarios dentro de su casa. Otro grupo de Asesinos se encargaría de proteger y vigilar las vías subterráneas en la ciudad.

A Charlotte le desespera el no poder ayudar a Connor en su búsqueda, pero tenía otra obligación. Solo le resta rezar por él.


Después de tres semanas.
A través de uno de los túneles bajo tierra, Connor acompaña a Garrett. Atrás, los siguen un par de Asesinos bien encapuchados con máscaras oscuras que no permiten ver sus rostros. Garrett también portaba esa capucha. La túnica de Asesino aún no puede ser entregada al nativo, así que usa su atuendo azul y ese sombrero de tres puntas tan distinguido. Y por supuesto, todos iban bien armados.
 Se dirigen al punto más cercano de la base principal Templaria. Atacaran en plena luz del día, justo cuando menos lo esperan, los Asesinos habían estado actuando de noche casi siempre. Aunque dentro del húmedo túnel apenas iluminado por algunas antorchas en las paredes de tierra, puede ser fácil olvidar que arriba hay sol, y no luna.

—…por eso, mantén los ojos bien abiertos, Connor. Es probable que logres ver a esa Templaria, o incluso a…tu padre. —lo mira de reojo Garrett.
—A ese hombre no puedo llamarle “padre”, y si logro verlo, tendré que hablar con él para estar seguro... —dice con calma— Algo me hace pensar, que él tuvo mucho que ver con el ataque a mi aldea, y el asesinato  de mi madre. Los Templarios, fueron quienes buscando el fruto destruyeron mi aldea. Mi familia, protegía ese fruto como algo sagrado. No me sorprendería que él fuera el culpable de todo.
—Tienes razón, es lo más lógico.

Subiendo por unos escalones, salen uno a uno del túnel por una pequeña puerta de madera oculta entre el herbaje que crecía en torno al Fuerte principal. Desde dónde podían contemplarlo con cautela, se trataba de una zona restringida cercana a la ciudad de Nueva York, la cual es posible apreciar a la distancia. Vislumbran que hay muchos guardias rodeando el fuerte, y por supuesto que esperan encontrar a unos cuantos Templarios también. Sería mucha su suerte si se llegasen a encontrar con el mismísimo Haytham Kenway, o Aveline de Grandpré, su discípula. Pero antes debían organizarse.

—Muy bien adelante hermanos, ustedes saben qué hacer. —les deja retirarse al par de Asesinos que lo acompañan.
—¿Y qué es lo que haremos nosotros? —pregunta Connor.
—Yo buscaré a Haytham, y tú a Aveline. —señala hacia la entrada del fuerte— Mira…

Le hace ver como algunos hermanos desde sus escondites, asesinan a los guardias y los ocultan en los arbustos o detrás de los árboles, dónde no pudieran ser vistos. Otros han trepado por los muros y se han infiltrado.

—Se están encargando de dejarnos el paso libre. Andando. —se adelanta.
—¿Y qué haremos si no se encuentran aquí? —le sigue.
—Entonces interrogaremos a algún Templario, haremos que nos diga a dónde es que han ido, o en dónde están.
—¿Crees que un Templario ceda tan fácilmente?
—Por algo hay que empezar Connor, nadie dijo que sería fácil. Además, pronto se enteraran que hemos atacado su fuerte principal y vendrán a nosotros tarde o temprano, para entonces, tenemos que estar preparados—le lanza una mirada cómplice y avanza más rápido agachándose para no ser detectado a lo lejos.




El cielo tan despejado y celeste, el aire con aroma a verano. Es un ambiente envolvente para Ezio que, arriba de un tejado, de los tantos que hay a su alrededor, sentado con una pierna doblada en dónde apoya su codo; piensa profundamente, recuerda profundamente, a la mujer que lo ha arrebatado por completo. Incluso, se siente distinto, como si ya no se conociera ni así mismo. Ha perdido la ambición, ha perdido su tentación a las mujeres. De hecho, ya ni le preocupa su trabajo como cazarecompensas, se ha apartado mucho del único amigo que le queda, y todo por Aveline. Necesita verla, necesita hablarle, estar con ella. Todo este sentir, lo ha llevado a tener una idea quizá algo riesgosa, hasta podría parecer absurda. Abandonarlo todo para entregarse a ella.
Está tan serio, y forzando su mente para recordar ese bello rostro de color, que ni el ruido de un hombre acercarse lo distrae. Se escucha un peso caer en el tejado, y zancadas que cruzan detrás de él, seguido de un salto. Seguramente un delincuente huyendo, pero no le presta ni la más mínima atención. Tras unos segundos se escucha que viene alguien más, esta vez ese alguien se aproxima a él y antes de que pudiera sentirlo más cerca, algo en Ezio se activa y lo hace levantarse como si tuviera un resorte, desenvainando su espada le apunta al hombre que, resulta ser Jace.

—Ah, eres tú… —dice Ezio  bajando su espada.
—Con que aquí haz estado, hace tiempo que no te veía amigo. —le tiende su mano.
—Mis disculpas. —acepta el apretón de manos— He estado, poniendo en orden mi mente.
—Sí ya lo creo, desde cuando debiste haberlo hecho, te hacía falta ¿no? Oye ¿Qué crees? Encontré a un Asesino, y gracias a ti lo he dejado escapar, no sabes cómo han estado aumentando las búsquedas de Asesinos últimamente, tenemos mucho trabajo amigo.

Ezio lo escucha y se cruza de brazos haciendo una mueca desinteresada.

—Ya veo…

Jace enarca una ceja, distinguiendo en él, algo diferente y bastante raro.

—¿Sucede algo? Creí que te emocionaría saberlo.
—Verás Jace, creo que lo que quiero ahora es otra cosa. —le sonríe ampliamente— Supongo que te haz de imaginar que es.
—¿Hablas de esa mujer?
—Tiene nombre Jace, se llama; Aveline de Grandpré —mira al cielo un momento— Y si… —pone sus manos en su cadera y camina de un lado a otro— He decidido que me uniré a ella, creo que es algo llamado… ¿Templaria? O algo así, está buscando esa cosa que tiene Connor, y que vi que llevó a una habitación secreta en el Pepper Black, quizá esa información le sea útil…
—A ver… ¿Qué estás diciendo? ¿Olvidas que esa mujer…,es decir, “Aveline”, te amenazo de muerte la última vez? Incluso creo que, te dejo herido.
—Tenía sus razones. Yo la entiendo.
—No, tú estás enamorado. —pone su mano sobre su hombro y lo mira de cerca— Espero y estés seguro de lo que quieres hacer.
—Estoy más que seguro, no hay cosa que desee más, que ayudarle. —sonríe mostrando sus dientes— Pero, necesito encontrarla…
—¿Y qué has sabido de Connor?
—Es cierto, Connor. —mira abajo— Él también la está buscando, quizá él pueda…

«Esto será como seguir una cadena que me lleve hasta Aveline…» Piensa sonriente.

—Necesito ir al Pepper Black.






Una estocada atraviesa el estómago de un Asesino que cae al suelo derramando sangre, otro viene hacia ella pero antes de que pudiera tocarla, Aveline sujeta su brazo donde portaba su hoja oculta, torciéndolo hasta que crujen sus huesos, escuchando el alarido de dolor,  con un golpe le entierra la suya por su espalda acabando con él, un Asesino más cae de arriba  sobre ella, Aveline se derrumba al suelo, sintiendo que la ha inmovilizado, este Asesino al que no puede verle su rostro por la capucha, está apunto de clavarle su hoja en el cuello cuando alguien más le dispara en el cráneo. La chica se quita de encima el cuerpo sin vida del Asesino, y ve ante ella una mano, al elevar su mirada descubre que, quien le ha ayudado es; Shay Cormac.

—Creí que habías dicho que podías tu sola. —sonríe una pizca.

Sin responder, Aveline lo deja con su mano tendida, poniéndose ella sola en pie sin mucho esfuerzo, más sin embargo esta sangrando de un costado, en dónde se toca con su mano y con una mirada inalterable, observa a su hermano Templario.

—Eran muchos.

Observa su contorno, todo el piso bajo sus pies está repleto de sangre y cuerpos de Asesinos fallecidos en la batalla contra ella.
Shay nota una vestimenta diferente en la chica, ya no viste su vestido elegante color esmeralda, ahora porta un pantalón, botas y un sombrero de tres puntas, en colores más suaves. Ropa que le brindaría mejor agilidad.

—Y todavía hay más. —Shay pasa su mirada arriba, a la copa de los árboles que se encuentran cerca, cerciorándose de que no queden más y estén ocultos.

No muy lejos, se podía divisar uno de los principales pueblos próximos a Nueva York. Cabañas, corrales, amplios campos de siembra y mucho herbaje, personas llevando heno para alimentar a sus caballos. Ni se imaginaban lo que ocurría en aquella zona en dónde habían muerto un grupo de Asesinos, en manos Templarias. El ruido y los alaridos no alcanzaron los oídos de los pueblerinos.

Aveline caminando lentamente se aleja de Shay yendo a otro lado.

—¿A dónde vas? —cuestiona Shay.
—Tengo que cumplir con lo que me encomendó mi Maestro.
—En esas condiciones —levanta su tono de voz— Dudo que puedas matar a más de tres Asesinos.

La chica se detiene en seco.

—No es nada. —sigue su camino.
—Me sorprende que la discípula del gran Maestro Haytham Kenway, se encuentre en un estado tan deplorable.


No siente necesario contestarle algo a su compañero Templario, y se marcha por su cuenta.

«Es cierto, son muchos Asesinos, jamás creí que la hermandad crecería tanto en estas tierras» Se decía Aveline en sus adentros. » pero… no creo que todos sean de Nueva York y Boston, estoy segura que pidieron refuerzos de Asesinos de otros países, solo que… no se pueden ver sus rostros. »
»Reducir la cantidad de Asesinos, ese es mi deber por el momento. »


Viene en un carruaje en una de las carreteras que cruzan el bosque, y que lo conduce de vuelta a Nueva York. Haytham Kenway, había viajado en corto para atender otros asuntos que tenía, pero no puede descuidar tanto a la orden Templaria, dejarla en manos de Charlees lee y Aveline, sería tan decadente. Sabe que la hermandad Asesina se ha desarrollado y sabe lo que desean. Pero él también tiene entendido que es lo que sus superiores están buscando desde hace años, y que fue esa la razón por la que pisaron estas tierras, por lo que están aquí. Justo cuando sentía que de los Asesinos ya no debían preocuparse, que ya los habían derrotado, surgen desde las cenizas, como si de un ave fénix se trataran.
Entonces, cree que ya es hora de tomar el mismo las riendas del asunto, de la búsqueda del fruto del Edén, ya bastante oportunidad le dio a Aveline, ya bastante tiempo dejo pasar, por eso ha estado pensando y pensando. Tiene muy claro que aquel joven Nativo protege el fruto gracias a las erróneas y primitivas creencias de su tribu, pero también sus sospechas han caído en esa taberna que tanto frecuenta el joven. ¿Qué hay ahí? Tal vez debería ir a investigar un poco, eso no vendría nada mal.

—Algo me dice que el Pepper Black, tiene algo especial. —se dice a si mismo mientras mira por la ventanilla de la carroza—Podría ser como algún punto de encuentro del Nativo y sus aliados, si tanto lo frecuenta es por algo, seguramente ahí esconde el fruto, y si no es así, de todos modos tengo que ir, probablemente los que trabajan ahí, saben algo de él, a qué hora llega a qué hora se va, lo que sea que me digan me será útil. Necesito presentarme personalmente con ese salvaje, y ponerle fin a todo esto.

«Pero antes debo ir a la base. Espero que Aveline, Shay, Charles lee, y los otros, estén haciendo bien su trabajo. »




Faltaba poco para el crepúsculo. Y Ezio Auditore dio marcha hacia su taberna favorita.
Desmonta su caballo y ata bien la cuerda afuera del sitio, todavía no entra y ya puede escuchar las risas y la música del interior. Ese ruido le gusta y lo hace sonreír.
Al entrar el rumor de las conversaciones, la música más fuerte, y el olor a cerveza y tabaco, le da la bienvenida. Se encamina hacia la barra en dónde puede divisar a Hannah llenando unos tarros con cerveza de un barril. Y un par de hombres se le atraviesan, uno de ellos le da palmadas. Lo saludan con júbilo. Ezio apenas responde su saludo, y otro grupo de hombres que estaban en una de las mesas lo invitan a beber con ellos, pero Ezio rechaza amablemente su invitación, todos lo ven interrogantes. Nunca había entrado sin ganas de beber, o divertirse un rato. Ya llevaba la mitad del camino, y tres mujeres muy hermosas con vestidos que descubrían sus hombros se le acercan dándole caricias, esta vez no siente tentación de nada, y con elegancia las aparta de su camino.
Es como si fuera otro, como si haya cambiado, su rostro se ve serio y dispuesto a lo que ha venido. Dejando a un lado su popularidad con hombres y mujeres, finalmente llega al frente de Hannah, quien acomodaba los tarros sobre una bandeja preparándose para ir a servirles a unos clientes.
Pero la chica se detiene con la bandeja en mano para verlo detenidamente.

—Ah, Ezio. Me alegra verte aquí. —sonriente mira a sus lados— ¿Has venido solo? Hace rato que no venías, ya hasta te había echado de menos.
—Sí, eh… Hannah. —apoya sus brazos sobre la barra acercándose más— Dime ¿Has visto a Connor últimamente por aquí?
—A Connor. Claro que sí. —deja su bandeja sobre la barra, para descansar sus brazos.
—¿Y crees que venga hoy?

Hannah medio cierra sus ojos dando un paso hacia atrás, Ezio jamás había indagado tanto sobre Connor, ni siquiera por alguien.

—De hecho…
—¡Eh mujer! ¡Tráenos la cerveza de una vez! —le grita un hombre con sombrero desde una mesa siendo acompañado por otros hombres.
—Ezio, ve arriba. —le señala las escaleras del sitio que llevan a lo alto— Ahí podremos hablar, pero solo será un momento ¿Está bien?...

El joven agradecido y sonriendo con picardía, aprovecha para tomar su mano y besarla.

—Gracias, preciosa.


Recargado en una pared en el piso superior del Bar, Ezio espera a la chica, cuando escucha sus tacones subir las escaleras, se endereza y le sonríe al verla.

—Hannah, de verdad necesito saber si vendrá Connor hoy. —le hace a un lado con sus dedos un mechón dorado de su frente.
—Ay Ezio, me gustaría decirte, pero es que son  asuntos que mi padre no me permite revelar.

Eso despierta la intriga en Ezio.

—¿Hay algo más no? La última vez que vine, pude ver como tu padre y Connor entraron a una puerta secreta.
—¿Los seguiste? —abre mucho sus ojos.
—Tranquila. —acaricia su mejilla y toca su barbilla, tomando su cintura con su otra mano— Solo necesito saber, si es que lo sabes, dónde está Connor, o si es que vendrá más tarde.
—Ezio, oh Ezio… —se ruboriza al ver sus ojos entrecerrados que parecían absorber su mirada—De verdad, no debes saber en dónde está Connor.
—Hannah, por favor, sé que sabes en dónde está.  Tus ojos lo dicen todo—susurra cerca de sus labios— ¿Está detrás de esa puerta? ¿En esa sala? —inquiere rozando sus labios en los de ella.
—Eh… —empieza a temblar.
—Vamos dime, no te pasará nada… —desliza por su piel sus labios hasta alcanzar su oreja— Yo te protegeré. —dice con suavidad.


Sus palabras, su cercanía, su voz, hacen que la chica sintiera que se derrite del placer. Tan irresistible, que suelta la lengua.

—Si ahí está, yo vi por dónde se ha ido. Si quieres, te llevo…

Con una sonrisa llena de satisfacción se aparta de ella.

—Por favor.



En la sala de Asesinos debajo del bar. Charlotte visualizaba en sus manos la pequeña pluma que Connor le había obsequiado antes de marcharse, con sus ojos posados en el gesto de amor del chico, recuerda ese instante.

Connor antes de seguir a Garrett y los otros Asesinos, se tomó un minuto para tomar las manos de Charlotte y ver su rostro.

—Sé fuerte, y protege este sitio, sobre todo, aquello que sabes que es muy peligroso si los Templarios lo encuentran.
—Sí. Eso haré. —esboza una sonrisita.

Charlotte no resiste envolverlo en sus brazos, y Connor ceñudo, la aprieta contra su cuerpo cerrando sus ojos, queriendo darle fuerza, y protegerla, pero no puede hacerlo por ahora.
Se separa de ella, y de su cabello desprende esa pluma que siempre llevaba atada para entregársela en su palma, que con sus manos cierra lentamente.

—Prometo que volveré con vida, cuando vuelva juro que ya no te dejaré sola, ya no te dejaré ir.
—Ratohnhaketón. —conmovida lo observa.

Sus labios se fundieron en un beso.


Charlotte sonriendo guarda la pluma en un bolsillo, y escucha la puerta abrirse de par en par. Se gira alarmada y frunciendo el ceño lleva una mano a su arco, cuando sus ojos captan a Hannah y a un tipo que reconoce al instante, pero sin duda es un sujeto que no debería estar aquí. Por supuesto que tampoco le inspira confianza, Connor le ha dicho que al parecer trabaja para Aveline, una Templaria. No es para nada de fiar.
Hannah lleva a Ezio a una de las puertas de los túneles, ignorando la presencia de Charlotte, ya que ella es la única autoridad ahí, puesto que sus hermanos que vigilaban la puerta fueron a luchar, le corresponde a ella detenerlos.

—¿Hannah? —le llama Charlotte.

Ezio y Hannah la voltean a ver con asombro, como si no la hubieran notado, será por la vestimenta negra que lleva la chica, muy distinta a las túnicas de Asesino que usan sus hermanos.

—Oh Charlotte, creí que, no había nadie. —nerviosa le sonríe y le hace reverencia.
—¿Qué hace él aquí? —se aproxima a ellos y se enfoca en Ezio, revisándolo con recelo.






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viernes, 26 de diciembre de 2014

Relato [Campanas de invierno ]














“La ilusión y alegría de un niño en esa fecha. Sin duda debe ser el más grande regalo para los padres…”









Un ambiente blanco, por la nieve que el invierno había dejado caer por doquier. Los árboles que habían perdido sus hojas, se congelaron, como todo en el bosque.
Una ventisca, hizo temblar a una rubia mujer y a su pequeña hija que, aunque bien abrigada, podía sentir el frío en su piel. Aferrándose a la mano de su madre, veía como sus botas, se hundían al caminar por una vereda.
La señora; Una madre joven, de cabello corto y blondo. Arrastraba una carreta repleta de regalos, que compartiría con toda su familia, quienes la esperaban en una cabaña, para la cena navideña de este año.
Los huesos de su cara se entumieron por el viento helado que le estampaba directamente, y su piel se enrojeció, pudiendo ver que su niña estaba igual. Todavía quedaba un largo camino por delante, recién había dejado su camioneta estacionada en la carretera más cercana, sería imposible atravesar esta zona boscosa y nevada sobre ruedas.
Era una noche mágica para la pequeña, porque sabía que era navidad, y estaba ansiosa por abrir los regalos en casa de su abuela.

Se iban acercando a un puente de concreto, que cruzaba un río. Cuando a la niña, se le ocurrió entonar con su vocecita una canción navideña, mientras pegaba brinquitos sin dejar de seguir a su madre.

—¿Otra vez vas a cantar hija? —malhumorada. Brotaba vapor de su boca a causa del ambiente que las envuelve.


Había soportado durante todo el traslado sus cánticos, pero llegó a su límite.
Su pequeña hija, a pesar de recibir la desaprobación de su madre con una mirada, no paro de cantar.

—Navidad, navidad hoy es navidad…—sonaba la tierna voz de la niña, entonando la única canción que medio sabía.
—¡Ya basta Anastasia, ya fue suficiente!.

Hizo un alto estando en medio del puente. Bajo su mirada, y se inclinó un poco para ver con detenimiento a su hija. Eso hizo que la pequeña cerrara su boca, y algo asustada viera a su madre.

—Mejor ponte esto.

Abrió un poco su abrigo color arena para quitarse su bufanda roja, y enredarla con cuidado alrededor del cuello de la niña, haciendo juego con su gorrito del mismo tono.

—Debes cubrirte bien, hace mucho frío. —le tapó su boca y nariz con la intención de protegerla del clima.

Anastasia, quedó enmudecida un momento, pero al continuar sus pasos, volvió a repetir la misma canción, esta vez con más vigor, con más volumen ya que por la bufanda era difícil escucharse a sí misma.  Y, era tanto su regocijo por el momento que pasaría, al jugar con sus primos rodeando el pino navideño, luego abriendo los obsequios llenos de gratas sorpresas, las luces de bengala brillando en la oscuridad. Era tanta su emoción que no podía contenerse, debajo de la bufanda estaba sonriendo y su voz tarareaba “Navidad, navidad hoy es navidad…”
Sentía una felicidad que no podía explicarle a su madre, y por supuesto, la madre tampoco comprendería. Tenía tantas cosas en las que pensar, como en convivir en armonía con familia que le había dado tantos problemas todo el año, ni ganas de verlos y mostrarles una sonrisa falsa, por eso, sus pasos eran algo pesados, tan solo por su hija visitaría a su madre y vería a sus hermanos. No debía pensar simplemente en presentes navideños y diversión como su hija. Y era también algo que su hija, por supuesto, tampoco entendería.
Salieron del puente, atravesando el río, y esa voz incesante de Anastasia, la obliga a torcer la boca y verla ceñuda.

—¡Cállate! ¡Anastasia ya guarda silencio! ¡¿Qué no entiendes?!
—Pero…mami.
—No me obedeces, entonces no habrá regalos para ti. —sentenció clavándole su mirada—  Olvídate de los regalos. Si sigues así, mejor volveremos a casa ¿me oyes? —la sujetó de su corto brazo.
—Sí. —sus ojitos querían lagrimear.

Le destrozo sus ilusiones.

En eso una corriente de aire sopló hacía ellas, haciendo bailar los cabellos rubios de la señora, lo que le provocó un escalofrío en su piel. La niña levantó su mirada al blanco cielo. Con suavidad llovían copos de nieve, los ojos de Anastasia por unos segundos parecían como deslumbrados, y su mente se puso en blanco, tan blanco, como todo en su alrededor. La señora tomó la mano de su hija con fuerza.

—Ya, tenemos que seguir o nunca llegaremos.

Apunto de avanzar, sonaron unas campanas, un sonido tan fino, pero que encantaba a los oídos, por su armonía y profundidad. La mujer no dio un paso más, interrogante observó a lo amplio del bosque, como buscando de dónde provenía esa música. Parecía que la traía el viento que agitaba las ramas de los árboles, miró al cielo y era como si, se estuviera creando una especie de remolino con los copos de nieve, y las rodeó, y rodeó. Las campanas se seguían escuchando, y transmitían paz, pero al mismo tiempo, pareciera que la estuvieran atrapando… hipnotizando. Era incapaz de ver a otro lado que no fuera arriba, en dónde se creaba el remolino de nieve en el aire.
Aquel sonido de campanas, dejó de escucharse. Reinando un silencio sepulcral. Sintió vacía su mano, miró abajo… su hija no estaba.

—¿Anastasia? —echo un vistazo a su alrededor— ¡Anastasia!

No respondió, y no la veía cerca.

Con el corazón tendido en un hilo, tomó una dirección intentando buscarla, sin darse cuenta, abandonó la carreta de obsequios. Tenía la esperanza de encontrarla, sus labios empezaron a temblar, y no por el frío. En su cabeza comienza a cuestionarse «¿Y si esas campanas eran producidas por alguien? ¿Y si ese alguien, se la ha robado? No…no puede ser así»

—¡Anastasia! ¡¿Quién se la ha llevado?! ¡Responde malnacido! ¡Regrésame a mi hija!

Gritaba tan fuerte que hasta se emitía un eco extenso en el bosque, pero no recibía contestación alguna, ni siquiera la más mínima señal.
¿Acaso la había perdido?
No, jamás lo permitiría, la buscaría, aunque le llevará toda la noche ni siquiera podía pensar en buscar ayuda, tenía que encontrar algún rastro, alguna voz, algo… lo que sea.




La pequeña Anastasia corre y corre emocionada y soltando risitas. Había perseguido a un hombrecito casi de su tamaño. ¿Será también un niño? Pero este luce distinto.
Podía vislumbrarlo a lo lejos entre los árboles, algo le decía que quería jugar con ella, llevarla a un lugar muy divertido, y eso llamaba mucho la atención de la niña, siendo atraída por ese color plata brillante de su ropa algo anticuada, pero elegante, ese sombrero de copa del mismo matiz, su cabello blanco, tez blanca, orejas puntiagudas. El hombrecillo apenas podía ser distinguido entre las entrañas del bosque arrasado en nieve, casi lo pierde de vista sino fuera por el resplandor que destella sus prendas, y su sombrero.

—¡Ya casi te alcanzo! —exclamo Anastasia risueña yendo detrás de él.

Por el ritmo acelerado de su cuerpo al correr, su bufanda se fue aflojando hasta quedar enganchada en una rama, se deslizó de su cuello y quedó ahí tendida, a la niña no le dio tiempo de recuperarla, siguió avanzando.



La desesperada mujer optó por revisar el suelo, buscando con sus ojos casi saltones algunas huellas, ya sean de su hija o del sujeto que seguramente se la había arrebatado. No percibió ni un rastro, se dejó caer de rodillas y con sus manos tocó la nieve de la tierra,  revolviéndola con ansiedad, seguían cayendo copos sobre su cabeza.
«Mi niña…» Cae una lágrima. »Mi niña… la he perdido»

—¡Anastasia!

Grito tan fuerte que casi se queda sin voz, y su garganta lo recintió haciéndola toser. Temblando, se incorporó lentamente y viendo hacia otro lado, su mirada detectó algo que  hizo cambiar la expresión de su rostro. Huellas; y son pequeñas. Enseguida se acercó, y pudo ver como se extendían a lo largo de una vereda, hacia otra dirección del bosque nevado. Se dejó guiar por esas huellas en la nieve a toda prisa, y a lo lejos algo rojo atrapó su atención. Una bufanda. Sin duda es la que le dio a su hija. La tomó en sus manos, quedo viéndola un momento y un sentimiento creció dentro de su pecho, sin poder más, sollozo en soledad.
No obstante, sabía que esto puede ser una señal,  que su hija posiblemente estaba muy cerca. Siguió adelante, esta vez con más entusiasmo de poder encontrarla. Cuando sintió vacío bajo sus pies y cayó dentro de un conducto helado, por el que se deslizó como serpiente.

—¡Ah! ¡¿Qué es esto?! —asustada sin poder detenerse.

Salió volando del canal subterráneo soltando un largo grito, yendo directo a una pequeña montaña de nieve por la que rodó, y finalmente terminó tendida y al pie de la cabaña de sus padres. Levantó su espalda del suelo, observando como se veían por las ventanas las sombras de su familia que en el interior ya se encontraban conviviendo. No sabía cómo llegó justo ahí, pero faltaba su hija. Nunca soltó la bufanda de su mano y se detuvo a verla.
«Tengo que encontrarte, perdóname por decirte que no habría regalos para ti. » ¡Te prometo que te daré tus regalos! ¡Pero vuelve hija!

Vociferó, y acto seguido se echó a llorar. Necesitaba ayuda. Buscaría a su familia.


En un claro del bosque, Anastasia se encontraba perdida, pero el pequeño hombrecillo tomó su manita. Conduciéndola en dónde otros hombrecillos muy similares a él parecían esperarla; sonrientes, y con regalos en sus manos. Unos sentados en los pequeños cúmulos de nieve, y otros arriba de los altos arboles congelados. La música alegre de campanas llegaban a sus oídos y su rostro se iluminó, más aún con las luces de colores que aparecieron a su alrededor, los copos del cielo no dejaban de llover, y todos esos pequeños seres, que parecían niños de nieve por su aspecto completamente blanco y brillante, se acercaron para entregarle los regalos. Ella los abrió encontrando en ellos, todos sus deseos.
Se tomaron de las manos, formando un enorme circulo en ese espacio del bosque blanco. Anastasia se unió a ellos, y cantaron juntos, bailando y dando vueltas.
Todo era increíble para la pequeña. Era feliz, tenía regalos y nuevos amigos. Consiguieron que se olvidara totalmente de su madre.


¿Estaba atrapada en una ilusión? ¿Era un sueño antes de morir de frío en el bosque? ¿Realmente esos hombrecillos existían?
Anastasia quiso quedarse con ellos, ahí si podía cantar todo lo que quería, ahí si tenía regalos, libertad… ahí si podía ser feliz, y reír como nunca.

La pobre madre jamás encontró a su hija, aún y con ayuda de su familia y un equipo de búsqueda.


Porque la sonrisa de un niño en navidad es lo más sagrado.







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viernes, 5 de diciembre de 2014

La Bruja y el Ángel mestizo.[ Capitulo-18 ]








                        —Capitulo-18 —















Lo tomó de improviso. Connor siente el golpe en su cara, y enseguida sujeta el brazo del Italiano torciéndolo para provocarle dolor, más no para romperlo. Ezio soltó un alarido, mientras el nativo apretando sus dientes, con rabia se fija en sus ojos.

—No te daré el fruto, y tampoco pelearé contigo —gruñe. 


Con su otro puño directo al estomago de Connor. Ezio intenta liberarse del agarre, pero el nativo resiste, suelta el fruto dejándolo caer al suelo, y empuja a su rival contra un muro de madera, apretando con sus manos su cuello.


—Dime ¡¿Acaso eres un Templario?!
—¿Temp... qué? —le cuesta respirar.
—Sé que trabajas para esa mujer Templaria, la conoces, y quieres el fruto para ella ¿Verdad?


Ezio es incapaz de articular palabras. Con sus manos, hacía un vano esfuerzo por aflojar la presión en su cuello.


—Sabes también dónde está Aveline de Grandpré, ¿cierto?
—¡No! ¡E-Eso si no lo sé! Me...gustaría saberlo. 
—No sé para que quieren este artefacto los Templarios, ni cual sea el poder que tenga. Pero algo si tengo bien claro; No permitiré que lo obtengan. —lo suelta.


Frunciendo el ceño, se aleja  del italiano para recoger el fruto del suelo. Ezio traga todo el aire posible, tocando su adolorido cuello, y lo mira detenidamente. Fue una mala idea, Connor puede ser un oponente muy fuerte, no tiene oportunidad contra él, y tampoco con Aveline, por lo visto. Huye antes de que el joven mestizo recordará que puede matarlo.

Con el fruto en sus manos, examinándolo detalladamente, viendo ese brillo que destila el artefacto, parece encontrar la respuesta que buscaba, todo se ordena en su mente, y en seguida; parte hacía Nueva York. Sabe en dónde conservar el fruto. Y siente que, ya no necesita de las palabras de Aquiles, es como sí, al ver el artefacto, este mismo le haya transmitido una idea clara, de lo que tiene que hacer. 




Sus dedos bailan sobre el teclado de un piano de madera lustrosa; con suavidad, delicadeza y gracia. Escucha esa canción que entonaba. La música...la relaja, por un momento, viaja a dónde no existe la presión, ni las preocupaciones. Aveline de Grandpré, usando un vestido verde tan elegante como su sombrero con plumas, luciendo como toda una dama educada, y refinada, se encuentra sentada frente a un hermoso piano, dentro de la intimidad de su habitación.

No podía ser llamada Templaria, no aún, y eso le molesta. Con una mirada serena puesta en el piano, sigue tocando sin parar, pero el sonido no es suficiente para calmar sus pensamientos... 

«... Le prometí a mi padre, unirme a la orden Templaria en su honor. Y todavía no puedo hacerlo. Estoy cansada de soportar los reclamos y regaños del Maestro Kenway. Repitiéndome que no sirvo para la orden si ni siquiera puedo cumplir con mi única misión. Con mi primer encomienda. »

A su mente llega la sonrisa encantadora de aquel joven con acento Italiano, que hace tiempo no se encuentra en su camino. Sin querer, de sus mejillas brota un rubor, y sus dedos se detienen, haciéndose el silencio por un breve instante. 
Ella misma le había pedido que desaparecerá de su vista si no le ayudaría a conseguir el fruto. Pero es también ella misma, la que en momentos como este desea que este a su lado. Una parte de ella lo rechaza, pero la otra...tal parece que, lo quiere. ¿Qué es lo que tiene ese joven que la hace pensarlo? Probablemente es la alegría que proyecta su sonrisa, lo atractivo que es, y esa forma tan peculiar de ser, lo que la ha cautivado...

» ¿Por qué pienso ahora en él? No me sirvió para nada, pero...de alguna forma, su  entusiasmo me...tranquilizo.»

Suena que han abierto la puerta de la habitación. Es un hombre con su cabello recogido en una pequeña coleta, y una túnica de Templario con detalles en rojo y negro. También cargaba una escopeta, espadas, estando bien armado. No es un enemigo, es un aliado. Camina hacía ella decidido.



—Shay ¿Qué haces en mi casa? 
—El Maestro Kenway me envió. Dice que te olvides del fruto, y te dediques a acabar con los Asesinos, su número va en aumento, según nos informan. 
—Pero, él creía que la minoría de Asesinos no era una amenaza.
—Sí, eso decía, ahora cree que será mejor controlarlos, pueden dar problemas si siguen incrementando. Yo también tengo esa misión. Podemos trabajar juntos si quieres. —cruza sus brazos viéndola sentada en el piano.
—No gracias, yo puedo sola. —se pone en pie y se acerca a una ventana, abriendo las cortinas para ver afuera. 
—¿Segura? Tienes una mala reputación, ni siquiera te haz ganado...
—Lo sé, y eso no te incumbe. Ahora retírate por favor. —mirándolo por encima de su hombro.
—Muy bien. —gira en sus talones y se marcha.





Empieza a oscurecer cuando Aveline se presenta ante su Maestro, quién no le ha permitido entrar formalmente a la orden. En el despacho de Haytham, quien se ocupa revisando unas cartas importantes sentado en su escritorio, y no se molesta en mirarla. Suena el taconeo de la chica dando solo unos pasos de la puerta, no desea acercarse tanto, su Maestro la sigue intimidando. 


—Vaya, hasta que tienes el valor de dar la cara. 
—Lo siento Maestro. 
—Estoy harto de tus disculpas. —acomoda las cartas en su escritorio— Mejor cumple de una vez con lo que te ordeno. 
—Así lo haré.
—Veo que se te facilita el decirlo, incluso, el asegurarlo. Pero los resultados siempre son desfavorables.

Aveline mantiene la boca cerrada un rato. 


—Supongo que Shay te ha informado de tu nueva misión. —dice Haytham, dirigiéndole su mirada. 
—Así es señor. —con sus manos unidas al frente, lo mira con serenidad.


El Maestro Kenway se levanta de su asiento, y con sus brazos atrás, debajo de la capa de su túnica,  camina lentamente hacia ella. 


—Eres la primer discípula que me ha decepcionado tantas veces, y en lugar de matarte... te sigo ofreciendo misericordia, pero escúchame bien. —encarandola musita— Es la última vez, que te doy una oportunidad para cumplir a la orden.  Si fallas, lo juro por lo más sagrado que no vivirás para ver otro día. ¿Entendido?
—Entendido señor. —cierra sus ojos. No soporta esa penetrante  mirada de su Maestro. 

Haytham se aleja yendo a una mesa redonda, dónde se expone el mapa de Nueva York y Boston. Lo observa con atención unos segundos, apoyando sus manos en dicha mesa, y escucha los tacones de la chica aproximarse. 

—Me han informado que los Asesinos están usando un método subterráneo, y muy discreto. —comenta el Maestro Kenway— Todavía no sabemos exactamente que puntos de la ciudad utilizan, ni dónde se esconden.—señala con su dedo en el mapa— Pero... —mira sus ojos— lo más posible, es que ellos tengan el fruto. Tu deber y el de todos en la orden, es encontrar a Garrett MacGraw, líder Asesino, y el que inició todo. —se endereza, y le pasa a sus manos un retrato del joven—
—Es el mismo hombre que buscaban por Asesinar al verdugo, y salvar a la ladrona condenada a la horca. —viendo la imagen.
—Sí, así es. Y es el mismo que imprudentemente se presentó ante mi, e intentó Asesinarme. Por supuesto no lo consiguió y lo deje ir. Sé que debí matarlo ese día, pero lo importante ahora Aveline —la mira de frente— Es que, reduzcas el número de Asesinos antes de que sea tarde. Es lo único que te pido hacer por ahora, espero seas eficiente, y no un fracaso como haz sido hasta el día de hoy. 

La chica siente ganas de gritarle, de defenderse, no aguanta una palabra despectiva mas, viniendo de él. No obstante, sabe que con eso no ganara nada, y podría arriesgarse a la muerte, por eso opta por no decir más, y salir de esa oficina de una buena vez. Ya sabe cual es su nueva misión y ya tuvo la dignidad de mostrarle la cara a su Maestro. No hay más que hacer o decir.






El cielo nocturno se lleno de nubes cargadas de agua, y la lluvia comenzó a bañar toda la ciudad. En la taberna Pimienta Negra, es otra noche de música, baile, risas, y cerveza. Hombres y mujeres pasan un buen rato, todo ese ruido reina en el sitio como cada noche. 

Los grandes pechos de la rubia Hannah, ya no llaman la atención de Ezio, quien esta algo deprimido bebiendo cerveza con Jace. La joven se había inclinado para servirle otro tarro de cerveza, cuando percibe que el joven italiano ni siquiera la mira, capta su desgane y se incorpora con la bandeja en sus manos. No es nada normal ver al joven Ezio tan desanimado, y eso cualquiera puede notarlo, cualquiera que lo conozca un poco.

—¿Pasa algo cariño? 
—Por favor, no se preocupe por mi señorita Hannah —toma su mano y besa su dorso— Gracias. —lleva el tarro de cerveza a su boca y lo bebe rápidamente. 
—Ezio sufre por el amor inalcanzable de una mujer —revela Jace ajustando sus anteojos.


Eso le ocasiona una risa a la mujer, risa que no puede controlar, se ríe hasta que se queda sin aire. Al ver que ni uno ni otro se rió con ella, cae en la cuenta de que, no se trata de una broma. Y es que tenía que serlo. ¿Cómo uno de los hombres más deseados por las damas de la ciudad iba a sufrir por eso? Imposible. 


—Ay... ¿Es cierto? —mirándolos con vergüenza— Por Dios cariño, cuanto lo siento —toca su hombro.
—Estoy bien, estoy bien... —con voz barrida por el alcohol. 


De la puerta de entrada, pasa Connor usando ese traje azul, y ese sombrero de tres puntas. Dispuesto a encontrarse con los Asesinos, se encamina hacía la barra dónde el señor Johnson pasaba un trapo limpiando la madera. Ezio, aunque un poco ebrio, puede distinguir la figura conocida de Connor, lo ve adentrarse a la Taberna y un temblor recorre su cuerpo. Con temor se aferra a Hannah.

—¡Es Connor! ¿¡Que está haciendo aquí?! ¡¿Acaso viene a matarme personalmente?! 
—Eh, tranquilo. —le dice Jace con el tarro en su mano— Seguro viene por otro motivo —gira su cabeza para verlo hablando con el señor Johnson— Aunque a decir verdad me parece extraño verlo por aquí. 

Ezio detecta que trae colgando el fruto, lo lleva dentro de un bolso atado a su cinturón. La tentación de conseguirlo por Aveline es tan fuerte como el amor que siente por ella. Se pone en pie y le da un gran trago a su tarro de cerveza, dejándolo de golpe en la mesa de madera. 

—¡Ese fruto tiene que ser mio amigo! 
—Ezio por favor no hagas escándalo otra vez, contrólate. —deja su asiento para acercarse a su amigo y sujetarlo de sus brazos. 
—¡Suéltame! ¡Necesito ayudar a mi dulce Aveline! —se sacude tratando de soltarse.

Hannah le ayuda a Jace a retener a Ezio.

—Parece que haz olvidado que puede matarte amigo. —le dice Jace con una leve sonrisa. 






El señor Johnson asentía y se acariciaba su corta barba blanca, mientras miraba a Connor hablar frente a él. 

—Sé quien eres, la señorita Charlotte me ha contado de ti. —se acerca para murmurar— Deben estar esperándote en la sala inferior. Permiteme acompañarte. —sale de la barra— ¡Hannah, encárgate del servicio por un momento! —le grita a su hija que estaba sentada en las piernas de Ezio besándolo para relajarlo. 


La joven deja de besar al italiano cuando escucha la voz de su padre, y Ezio, puede ver como el señor Johnson y Connor se dirigen a una puerta. 
Hannah se despide de ellos rápido para tomar el lugar de su padre, y Ezio vuelve a ponerse en pie. 

—¿A dónde van?
—¿Y eso que importa? Eh, Ezio —le habla Jace— Mejor olvida todo eso, y hablemos de otros temas ¿quieres? —bebe de su tarro.
—Es que tú no me entiendes Jace. Tengo que averiguarlo, lleva el fruto consigo.
—Ay, por favor... —lleva su mano a su frente— De acuerdo, haz lo que quieras. 


El joven le sonríe a su amigo, llegando hasta la puerta con disimulo. Ya que todos estaban en sus mesas, o reunidos al centro, entretenidos en lo suyo, puede pasar desapercibido sin problemas.

Connor y el señor Johnson caminan por un largo corredor hasta llegar a una enorme puerta de madera doble, que esta siendo custodiada por dos hombres encapuchados, que fácilmente dejan pasar al señor y a su acompañante. Ezio se oculta en uno de los espacios de la pared dónde colgaron un cuadro.

«Maldición, creo que no podré pasar, esos tipos están armados y se ven peligrosos. No sabía que esta taberna ocultaba algo. ¿Connor esconderá ahí el fruto? ¿Quienes son esos encapuchados?. Mejor me largo de aquí antes de que me vean...» Se dijo a sus adentros. 



Al terminar de descender por unas extensas escaleras de madera. Se encuentran con una sala muy amplia, hay una chimenea, sofás, mesas, libreros, y un par de Asesinos se despiden de Garrett  yendo hacía una de las diez puertas ubicadas alrededor de la sala, las cuales parecen conducir a distintos túneles. Todo parece estar bien organizado. Es la misma base de Asesinos que usaron sus antecesores vencidos por los Templarios que, aunque los Templarios nunca se percataron de su forma de movimiento secreto, los derrotaron. Tomando control de todo Boston, Nueva York y sus alrededores, ahora saben que los Templarios buscan el fruto para esclavizar a la gente, o eso es lo que creen los Asesinos. Están buscando obtener el completo poder, y Garrett no puede permitir eso, todo sea por la libertad de la gente, todo sea por liberar a las personas del régimen Templario que domina ahora. 

El señor Johnson se retira dejando a Connor con Garrett y Charlotte, quien no deja de abrazarlo desde que lo vio. 


—Ratohnhaketon me da mucho gusto tenerte aquí. —la chica, vestida de Asesina en color negro con detalles marrón lo estrecha con sus brazos. 

Lo deja de apretar pero sin alejarse de su cuerpo, mira sus ojos.


—A mi también. —le baja su capucha para ver bien todo su rostro y cabeza, con su cabello rojo recogido en una cebolla— Así está mejor. —le sonríe una pizca.



Garrett había tomado lugar en un sofá de la sala cercana a la chimenea. Esperando su atención, aclara su garganta a propósito para llamarla de una vez. 
La pareja se aparta, y se sientan juntos en un sofá al frente de Garrett, quien pone un pie sobre la mesa de centro y se cruza de brazos viendo a uno y a otro. 


—Sé que se aman, pero dentro de la hermandad hay prioridades. 
—¿Cuales son esas prioridades? —pregunta Connor.
—Liberar a Boston y Nueva York del dominio Templario desde luego. Mira, Connor, mis hermanos, la mayoría son novatos, y les cuesta asesinar a los Templarios más importantes, es por eso que quiero que te unas a nosotros porque, te conozco, conozco tus capacidades y la verdad son muy interesantes. 
—No lo creo, yo solo fui entrenado para ser cazarrecompensas, no Asesino.
—Bueno, lo importante es que me asegures si realmente aceptas unirte a la Hermandad. 


Una Asesina que entra por una de las puertas de los túneles muy apurada llega hasta su Maestro. 

—¡Maestro Garrett! ¡Necesitamos su ayuda! 

El Maestro chasquea la lengua y se pone en pie


—¡¿Cuantas veces les he dicho que...?! —voltea a verlos— Si me disculpan. —acompaña a su aprendiz.
—Garrett, si quieres yo... —intenta ofrecerse Charlotte.
—No, tú quédate aquí, sabes que no me gusta ponerte en peligro. Habla con Connor, seguro entre ustedes se entienden mejor.—asiente y se marcha.

Quedan completamente solos en la sala. El sonido de la madera consumirse en el fuego de la chimenea, es lo único que escuchan por un instante. 

—¿Desde cuando estás en la hermandad? —cuestiona Connor viéndola a su lado.
—Desde, hace meses. Yo no quería unirme, pero...bueno, qué importa. Dime Connor. —mira su rostro— ¿En verdad deseas ser parte de la hermandad? 
—Sí debo hacerlo, para saber más sobre esos Templarios, y acabar con la culpable de la destrucción de mi aldea. Lo haré.
—Pero, esto es muy peligroso, los Templarios son enemigos muy difíciles. —toma su mano— No me gustaría que te pasará nada.
—Tú estás en ella, mi deber también es protegerte. 
—Pero...

Su interlocutor se quita el sombrero dejándolo a un lado. Con sus manos toca la cara de la chica y la obliga a verlo.

—Charlotte por favor. Es algo que tengo que hacer, si este es el camino que tengo que seguir para cuidarte, y para hacer pagar a aquellos culpables. Lo tomaré. 
—Eres... —sus orbes verdes cristalinos y embelesados— mi vida.
—Y tú eres la mía. —une su frente con la de ella y cierra sus ojos.

Charlotte, con un beso fugaz en sus labios le agradece. 
Con la mano de Connor entre las suyas, la chica no deja de ver la cara de su amado. 

—Garret está desesperado por conseguir más reclutas, yo veo que es un caso perdido, pero es muy terco, quiere enmendar su error de un pasado.
—No creo que sea algo perdido, si unimos fuerzas lo lograremos. 

Charlotte le sonríe y acaricia su mejilla bajando al mentón. 

—Eres tan fuerte. 

Lo besa antes de que pudiera decir "No". Se aleja de sus labios y ríe un poco cubriendo su boca.

—Acepta lo bueno que eres. Siempre has sido así. 

Connor se ruboriza una pizca y baja su mirada algo avergonzado. 

—Entonces ¿buscarás a Aveline? 
—Sí. —levanta su mirada.
—Ten cuidado, es discípula del gran Maestro Templario Haytham Kenway, quien es el que dirige la orden en América.
—¿Haytham...Kenway?
—Así es ese mismo. ¿Lo conoces?
—No exactamente, pero, mi madre me contó sobre él. Es...mi padre. —mira a otro lado.
—¿Tú padre?. Ah, ahora entiendo porque Connor Kenway. —mira abajo un segundo— Connor sabes, lo más seguro es que él haya mandado a la mujer que incendió tu aldea. ¿Y si esa mujer es Aveline?
—Sea como sea debo encontrarla para matarla si deseo unirme a su hermandad.  —extrae el fruto del edén del bolso y se lo muestra— Sé que ustedes son los únicos que pueden proteger esto.
—Ese es, el fruto... —queda boquiabierta contemplándolo. 





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