miércoles, 17 de septiembre de 2014

La Bruja y el Ángel mestizo. [ Capitulo-14 ]








                 Capitulo-14




Después de un poco más de tres años puede verla. Es ella, su amiga, la chica por la que mató a un hombre, por la que manchó sus manos solo para protegerla. Está ahí, frente a sus ojos. Viva. 
A estas alturas, podía darla por muerta, en aquel entonces no podía estar completamente seguro de que pudiera sobrevivir sola. Eso era lo que más le dolía y temía, el no saber que paso con ella después. Pero ahora, su mente se ha vaciado, enfocándose solo en ella, todo es tan claro.
Experimentando un manojo de sentimientos, que lo hacen sonreír, con una sonrisa ligera pero visible. Son esos sentimientos los que no dejan que piense más a fondo. Sin poder decir una palabra más, se inclina para abrazarla, estrechándola en sus brazos, para sentir que es real, que no está soñando. Justo en este instante, no importa nada más. 

—Creí que te había perdido. —abrazándola, hunde su barbilla en su cuello— pero estás aquí. 

Ezio perplejo los contempla, y retrocede dos pasos sin saber que decir o hacer. Charlotte no está mejor, para ella, es un completo desconocido, ya que no lo recuerda, no entiende porque la abraza, más aún, no entiende porque involuntariamente sus brazos han respondido y lo están abrazando. Le parece extraño que, se sienta tan bien. Avergonzada y boquiabierta, queda tiesa cual muñeca de cera.
Éste joven, por lo visto la conoce. ¿Será parte de ese pasado que no ha logrado recordar? 

Poco a poco Connor se aparta de su cuerpo, y la mira a los ojos, como queriendo entrar en ellos, esperando sus palabras, algo de su parte, lo que sea. 


—¿Me conoces?
—Sí, y me alegra verte bien. —apoya sus manos sobre los hombros de la chica— Charlotte...
—Esto es... 
—¡Esto es inesperado! —interviene el italiano viendo a Connor— Así que la conoces. No me habías dicho que conocías una chica. Já, increíble..., y yo que creí que no eras bueno con las chicas... —cruzado de brazos se acerca más— Por cierto ¿Me estabas siguiendo? Creí que habías... 
—Contigo hablaré después. —dice Connor fijándose en él con recelo— Por ahora quiero que te vayas.
—¿De verdad? Eh, Connor ¿Qué acaso no somos amigos? —alza sus cejas fingiendo incredulidad. 

El joven nativo se posiciona ante él, taladrándolo con su mirada y apretando sus puños. Ezio puede ver el imponente cuerpo del nativo y entiende lo que quiere decir. Una sonrisa brota de sus labios.

—Entiendo, entonces te esperaremos, sabes que necesitamos de tu ayuda. Esos maleantes andan sueltos y alguien tiene que detenerlos. 


Dicho esto se marcha. Al joven mestizo no le importa que estén en medio de todo el borlote de la gente que ha salido a comprar en la plaza mayor. Es tan grato para él verla sana y salva que todo lo demás queda en segundo plano. El frio aumenta para Charlotte por los nervios de no saber que sucede, por lo que se da la vuelta pensando en irse de una buena vez. No es que le moleste pero, es algo que va más allá de su comprensión. Y no puede relacionarse tanto con alguien que apenas conoce, además por lo que dijo ese joven que acaba de marcharse, apuesta a que son esos caza recompensas que la persiguen, será mejor retirarse.
En tanto Connor recuerda el dolor que ha dejado en ella, a causa de la muerte de su padre en manos suyas. Y también que fue algo imprudente el tirarla al río para que no lo buscará más. Sabe por qué hizo todo eso, y sabe que ella no. Y como siempre, no puede esperar, no puede dejar pasar más tiempo del que ya pasó.

—Puedes irte si quieres, estás en tu derecho.

Esa voz hace detener los pasos de la chica que parece abrazarse a sí misma, en un intento por mitigar el frío de su cuerpo.

—Pero Charlotte, déjame decirte algo. —tocando su hombro la hace girar hacia él, clavando su mirada— Lo…lamento

Su expresión ha cambiado a una entristecida. Su voz suena más delicada, pero sin perder su fuerza.

—En verdad lamento lo que hice —continúa— Yo…tenía que hacerlo para que mi madre, mi aldea, no te hicieran daño…


Con una confusión creciente, Charlotte niega suavemente con su cabeza, viéndolo con sus ojos muy abiertos, siendo inútil el poder recordar algo. Ni si quiera sabe si deba creerle. ¿Quién es?

—No sé de qué hablas. —retrocede dos pasos— Y no sé quién eres. No sé…como sabes mi nombre.

Es demasiado para Charlotte, sin más pretende huir, cuando es atraída por ese hombre desconocido.

—Espera por favor. Si necesitas algo, siempre puedes contar conmigo. Puedes buscarme en el Pepper Black por la noche, siempre suelo estar ahí.


No dice nada. Se suelta de él y sigue su camino con “tranquilidad” sin atreverse a mirar atrás. El joven puede ver como la pierde de vista entre la gente.
Charlotte ha hablado mucho con un extraño.  ¿Y si se trata de alguien que quiere engañarla para descubrir que ella es la ladrona pelirroja que tanto buscan? Ese tipo que le hablo desde un principio, con acento italiano. Ya lo ha visto antes, seguro es uno de esos caza recompensas. No, no puede confiar en nadie que no sea el señor August y Garrett. Ese hombre la ha dejado tan intranquila. ¿De verdad la conoce? ¿Será alguien que ha olvidado?




En todo Boston y Nueva York hay fuertes de Templarios, pero uno es el más grande y la base Templaria. Garrett ha averiguado en dónde se ubica y que ahí es dónde se encuentra el líder Templario; Haytham Kenway. A quién sin piedad alguna debe asesinar.
Con su túnica de Asesino bien puesta, que se ha manchado de la sangre de los guardias que custodiaban el fuerte base. Se infiltra a la mansión bajo un frío atardecer. Podría ser una locura, el cargar con este deber él solo, pero es su arrepentimiento lo que lo ha traído hasta aquí, ese sentimiento de culpa por haber abandonado la hermandad y saber que los Templarios dominaban y acababan con sus hermanos. Quiere hacer algo por la hermandad, aunque este solo en esto, y aunque le cueste la vida.

Camina lentamente en el interior de una habitación, se asoma afuera de la puerta y no hay nadie a la vista, puede salir y recorrer los pasillos buscando a su objetivo; Haytham. Asesinando en silencio a los guardias que se encuentra en su camino. Se detiene cubriéndose tras un muro al escuchar que alguien sale de una habitación cercana, asoma su cabeza encapuchada y visualiza a una mujer de piel canela, con vestido verde y un elegante sombrero. Ella cierra la puerta y toma otro rumbo. Garrett puede distinguir que esa chica lleva consigo una hoja oculta y siente la tentación de seguirla, cuando un hombre con una túnica similar a la de un Asesino, y llevando su cabello atado en una pequeña coleta, llega a esa misma puerta y da unos golpeteos.

—¿Maestro?
—Adelante… —una voz adentro de la habitación.

El hombre pasa de la puerta y Garrett puede estar seguro de que Haytham se encuentra ahí adentro. ¿A quién más le llamarían maestro y le guardarían respeto? Podría entrar, pero ese viejo tiene que está solo, si hay alguien más la cosa se complicaría. Aguarda a que ese hombre salga de la habitación, y entra con facilidad, viendo la espalda del líder Templario, puede reconocerlo.  Se está apoyando en el escritorio, revisando unos papeles con suma atención.

—Qué oportuno. —dice Haytham sin darle la cara.
—He venido a ponerle fin a tu reinado.
—¿Reinado? —voltea a verlo queriendo reír— Ah cierto, eres un Asesino. ¿Tú solo has penetrado estos muros, con el único motivo de encontrarme? Es increíble…, y no porque has llegado aquí, si no por que creí que todos los tuyos se habían extinguido. Pero veo que aún queda una rata. No hay problema. Una no es problema.
—¡Suficiente!

Cargado de furia al oír cómo ha ofendido a sus hermanos pone su ballesta en mano y dispara. Haytham aunque ya no sea aquel ágil joven puede esquivarlo con facilidad gracias a su maestría.

—Vamos…¿En serio crees que puedes vencerme tu solo?

Sin responder, el joven Asesino avanza contra él en un abrir y cerrar de ojos, desenvaina su espada y da una estocada que falla su propósito. El acero de sus espadas chocan, ambos se defienden y atacan al otro sin llegar a nada, hasta que Haytham se aburre de jugar y le hace dos cortes en su cuerpo, las heridas arden y sangran, pero el joven lo soporta y sigue intentando herirlo…matarlo. El maestro Templario es un experto. Viendo la espada venir hacia él, da una vuelta desviándola con la suya y quedando tras su oponente, antes de que el Asesino pudiera girarse, el filo de su espada está tocando su garganta.

—Como dije uno no es problema. Puedes morir ahora mismo, o puedes irte y renunciar a tu causa. Tú eliges…

No dice, ni hace nada. Haytham retira su espada y con una sonrisa lo observa.

—Perfecto. Pero si te vuelvo a ver por aquí, ten por seguro que no te perdonaré la vida.


Al menos iba a intentarlo, eso se prometió así mismo. Que lo intentaría. A pesar de sonar a una locura, él solo, no puede y está claro. Necesita de una hermandad. Hermandad, que ha muerto en estas tierras que permanecen bajo el mando de los Templarios. ¿Está todo perdido? Ya le falló una vez a la hermandad, y aunque uno no haga mucha diferencia. Es ese sentimiento de culpa, el que lo atormenta. El no haber estado ahí con sus hermanos.
¿Debería renunciar? Tal vez no tenga caso, ya ha medido la fuerza de Haytham y tal y como lo pensó, es muy fuerte. Por ahora no le queda más que ¿escapar?.
El Templario lo ha dejado ir, y con una sonrisa medio burlesca, ve por su ventana cómo corre saliendo del fuerte.

«No es más que un muchacho desorientado» Dijo a sus adentros Haytham.




Otra noche de invierno. Para los tres caza recompensas es mejor quedarse adentro de la taberna, toda la ciudad se está bañando en nieve.
Connor solo puede pensar en Charlotte y su venganza. ¿Su amiga del pasado vendrá esta noche a buscarlo al Pepper Black? Solo puede esperar. Y antes de que Ezio de su primer trago, debe  hablar con él seriamente, sigue siendo sospechoso.
Se levanta de la mesa en la que estaba sentado junto con Jace y otro hombre, para encaminarse a uno de los rincones del lugar dónde puede vislumbrar a Ezio hablando con una hermosa mujer castaña. Pasa por los hombres que beben de sus tarros, y conversan. Oyendo la música alegre que toca el grupo de músicos, que hace bailar a unas cuantas parejas, mientras otros aplauden con regocijo rodeándolos.

Escucha las risitas de la mujer que está con Ezio, cuando él acaricia su cuello.

—De acuerdo, suena interesante. —toca el pecho del italiano— Pero primero ¡vamos a bailar un poco! ¿Qué te parece? ¿Sí?.
—Lo que usted desee. —besa su mano— También lo deseo yo.

La chica se adelanta saltando de gusto y Ezio la sigue. De un tirón Connor lo aproxima a él para ver sus ojos.

—Tenemos que hablar.

Su mirada y voz llevan una intensidad que Ezio no había percibido en él.

—¿Qué pasa? Connor ¿no ves? Es una chica… —la señala con su mano.
—Esto es importante.
—¿Qué sucede contigo? —enarca una ceja.

Connor lo agarra del cuello de su saco, alzándolo un poco del suelo y lo encara empezando a alterarse.

—¡Me vas a oír quieras o no!.
—Muy bien, muy bien, tranquilo.


El joven italiano recargado en la pared con sus brazos cruzados viendo con desinterés al nativo que lo ve a la cara con el ceño fruncido. En su entorno sigue el ambiente nocturno de la taberna.

—Tú conoces a esa mujer ¿cierto? —lo apunta con su dedo.
—¿De qué mujer hablas? Conozco tantas… —se encoje de hombros poniendo sus ojos en blanco.
—Aveline.
—¡Ah, Aveline!

Su rostro parece iluminarse con una sonrisa.

—Me…gustaría conocerla.
—¿Qué fue lo que le susurrabas la otra noche?
—Ya sabes como soy cuando se trata de una bella mujer, intentaba conquistarla.
—No es cierto. Tú la conoces, tú fuiste quien la trajiste a mí. Y tú fuiste el único al que no le importó en lo absoluto que haya asesinado a nuestros amigos ¡¿Me equivoco?!
—Espera ¿Crees que yo tuve que ver con lo que pasó esa vez? ¿Crees que yo estoy de lado de Aveline? —brota una risa de sus labios— ¿De dónde haz sacado eso?
—Ella es una Templaria… —empieza a caminar de un lado a otro lentamente—Ella quería el fruto del Edén. —con más calma— En aquella ocasión. —se detiene a verlo directamente— Fue también una mujer la que quería robarnos esa pieza, quería lo mismo que quieren los Templarios. El espíritu me dijo que los Templarios quieren el fruto y si cae en sus manos puede ser peligroso. Ellos fueron los que ocasionaron la perdida de mi pueblo. Además ¿Cómo es que ella sabe que yo tengo el fruto? Solo una mujer debería saberlo, la misma que lucho contra mi esa noche.
—Pero Aveline no puede ser esa mujer que buscas. Recuerda que es la ladrona pelirroja más buscada, por ser también una asesina.

Connor queda en silencio un momento viendo a otro lado. Tratando de analizar más a fondo.

—Oye relájate. Ya la encontraremos.
—Aveline no es inocente de nada. Ella también es una asesina, y no se lo perdonaré jamás. La próxima vez que vuelva a verla, esta vez sin duda la mataré.

Girando en sus talones va con Jace, dejando a Ezio boquiabierta.
Nunca le dirá que realmente le importa más ayudar a Aveline. Se ha enamorado de ella y no perderá la oportunidad de impresionarla. Necesita pensar en algo para poder hacer que Connor suelte la lengua, y le diga en dónde está eso que ella quiere.

Horas más tarde, Ezio ha evitado el embriagarse para estar en perfectas condiciones y poder hablar con Connor, es mejor hacerlo justo ahora.
Hannah con una bandeja llena de panecillos que deja al centro de su mesa, muestra una cara larga de tristeza. Sus ojos irritados como si ha llorado durante mucho tiempo pero no pierde su atractivo.

—Aquí está. Provecho. —con voz apagada.

El amigo de Jace, pasado de kilos y con bigote, coge un panecillo y lo devora con hambre.

—Deliciosos y justo a tiempo. —palmea su estómago y sigue comiendo.
—Hannah, te echaba de menos. —le guiña un ojo Ezio— …¿Sigues llorando por André?
—Claro que sí, no encontraré a otro hombre igual.
—¿Pero de que estás hablando? Me tienes a mí, soy mil veces mejor ¿o no?

Connor con sus brazos sobre la mesa y agachado, por ese sombrero de tres picos no se ven sus ojos, y Jace con su puro en los labios dice entre dientes:

—Deberías ver a la mujer viuda de André, ella sí que esta devastada. Incluso me ha dicho que quiere quitarse la vida.
—Vaya, ninguna mujer me ha dicho que quiera quitarse la vida por mí. Y no sé si me han llorado…lo más seguro es que sí. —le da un pequeño trago a su tarro.
—Basta no puedo con esto —dice la chica rubia de grandes pechos— el verlos aquí reunidos en esta mesa como siempre, me hace acordarme de él. Mejor me voy.

Regresa a la barra de la taberna.

—Connor, tú solías jugar el molino de doce con André ¿verdad? —lo mira de reojo Ezio.
—Sí.
—¿Qué te parece si jugamos un poco? André y yo jugábamos mucho antes, de hecho él fue quien me enseñó. Vamos, para recordar viejos tiempos. Además te ves muy… —levanta sus cejas al verlo. Los ojos de Connor se clavan en él, y no se atreve a decir más.
—De acuerdo. —hace un esfuerzo por sonreír un poco.

Tan solo es un oportunista. Intentará saber en dónde está el fruto, para ayudarle a esa mujer que le ha robado el sueño, y sus pensamientos más profundos.
En una de las mesas del juego de molinos. Ezio y Connor se colocan viéndose cara a cara y con el tablero puesto para iniciar.

—Hace tanto que no juego esto. —rompe el silencio Ezio.
—Pareces muy feliz como para haber perdido a tu mejor amigo hace poco.
—Ah, vamos. ¿Sigues con eso Connor? La vida es para disfrutarse ¿o no? André está en un lugar mejor, déjalo descansar en paz.

Sin decir más, Connor hace su primer movida con sus piedras blancas.

—Pero tienes razón. —sigue hablando el italiano— Esa mujer es misteriosa, si te cuento como la conocí ¿me creerías? Apenas la conocí y pasó eso, en serio. —observa el tablero— Ya me conoces. ¿o no? La verdad estaba ebrio y no recuerdo mucho.

Ezio coloca su piedra negra en una esquina del tablero y espera a Connor. Quien enseguida coloca otra.

—Me gustaría saber cómo conoces tú a esa mujer pelirroja que vimos en la plaza mayor. Pero entiendo si no quieres contarme. —toca su barbilla concentrándose en el tablero.
—Eso no importa.
—Así que tú tienes el fruto del Edén. La verdad no sé muy bien que sea, tiene un nombre raro. Pero yo creo que deberías destruirlo. Deshacerte de él. —levanta su mirada para ver su rostro.
—Lo he escondido. No es algo de lo que puedas deshacerte con facilidad, es muy poderoso, en mi aldea lo usaban para comunicarse con los espíritus que habitan dentro de él.
—¿Y dónde lo escondiste?
—Tal y como me pidió el espíritu. En dónde no pudieran encontrarlo.
—¿En qué lugar?

No obtiene respuesta. Connor con su mirada le exige que continúe el juego. Y Ezio pone una piedra en dónde sea.

—Eso no te lo diré.
—¿Por qué? Por favor, yo no soy un Templario. Sabes lo que hago.
—Todavía no puedo estar seguro de que lo que has dicho es cierto.
—¿No confías en mí? —se señala a sí mismo.


El nativo se cruza de brazos echándose hacia atrás, y eleva su barbilla viéndolo con desaprobación.

—Pues entonces, espero recuperar tu confianza algún día.



Pasan meses y el frío se está yendo, la primavera se avecina. Connor ha estado ansiando ver a Charlotte, pero no ha venido a buscarlo al Pepper Black. Se preocupa por ella, no sabe si este bien. Una desesperación y frustración se apoderan de él, no han podido encontrar ni a la Ladrona ni al asesino. Connor se ha puesto a buscar sin descanso, incluso ha dejado de ir muy seguido a la taberna con Jace y Ezio, para dedicarle más tiempo a su búsqueda. No puede perder más tiempo.
Charlotte ha estado muy insegura. Algo le dice que vaya a buscarlo, pero también algo se lo impide, debe cuidarse, y Garrett también se lo ha dicho, no puede exponerse tanto aunque sea en su apariencia civil. Pero de algún modo siente la gran necesidad de desahogarse, de hablar con alguien que pueda entenderla. Y sabe que puede contar con ese “alguien”; Myriam. Hace tanto que no la ve, y ella le dejo dicho que podía buscarla cuando la necesitara, y cree que este es el momento. Aunque tenga que volver al bosque, a ese lugar que le da una mala sensación y hace que se le retuerzan sus entrañas, lo tiene que hacer. Viaja en un carro hasta salir de la ciudad y de los pueblos.
Escucha las pisadas de los caballos al andar, y por la ventanilla echa un vistazo, hay árboles, matorrales...su corazón golpea su pecho, tiene que calmarse. Queda dormida recargada en la ventanilla. Y el carro se detiene, la puerta se abre.

—Señorita hemos llegado a los terrenos de la Hacienda Davenport.

Despierta de sobresalto. Es el señor de nariz aguileña que conduce el carro.

—¿Siguió el camino que le indique? Le he dado un mapa.
—Sí, es justo aquí, así es como se llaman estos terrenos. De esta comunidad.
—Ah, no lo sabía.

Baja del carro y reconoce el sitio, se despide del conductor y sigue el camino que recuerda.

En el campamento de Myriam, puede verla ahí tendiendo unas pieles a la luz del sol.

—¡Myriam! —grita la chica echándose a correr hacia ella con una ancha sonrisa.
—¿Charlotte? —la voltea a ver— ¿Eres tú? Vaya, que cambiada estás. Mírate, ese vestido…, apenas puedo ver tu cabello rojo bajo esa gorra. ¡Luces como toda una mujer de la ciudad!.

Charlotte ríe dando una vuelta para que pudiera verla mejor.

—Te extrañe.
—¿En serio? —con sus manos en la cadera.
—Así es, creo… que eres mi única amiga, por eso, he venido a buscarte. No sé cómo pagarte todavía, por lo que me ayudaste.
—Descuida, no tienes que hacerlo. Pero dime. ¿Qué has hecho para sobrevivir en la ciudad?
—No, eso…no es lo que importa Myriam. Me gustaría hablar contigo, tengo tanto que contarte.
—Soy toda oídos. —sonríe— Pero tendrás que acompañarme, justo tengo que llevarle esta carga de pieles a Aquiles Davenport.
—¿A quién?
—Ya lo conocerás.

Empujando una carretilla cargada de pieles de todo tipo, Myriam baja de su campamento emprendiendo camino rumbo a casa de Aquiles por una vereda del bosque. A Charlotte no le queda más que seguirle el paso. Ya le hacía falta este tipo de compañía, en Myriam podía ver una amiga. Y eso era lo que más necesitaba ahora. Una amiga.
Al caminar a su lado a través de un camino de tierra, sobre su cabeza bailan las ramas de los árboles en donde se traspasan los rayos del sol. Es bueno respirar aire fresco para ella.
Le cuenta que conoció a unos vendedores, y también sobre el joven extraño que parecía conocerla. Es incapaz de decirle lo que se dedica a hacer, le gana la vergüenza. Por su parte Myriam le explica como conoció a ese hombre llamado Aquiles, que lo conoce desde antes de conocerla a ella. Y que al darle permiso de cazar en sus tierras por la insistencia de un joven italiano, como agradecimiento ella a veces le regala pieles, carne, o lo que necesite.

—Ya casi llegamos.

Con una sonrisa  hace un alto para señalarle con su dedo a lo lejos la vista de la casa de Aquiles.

—Entonces Myriam… —dice Charlotte viéndola buscando sus ojos— ¿Qué crees que deba hacer?
—Tú dijiste que querías saber sobre tu pasado, que fue lo que sucedió esa vez que te encontré en el río hace tres años. —vuelve a levantar la carilla y la rueda comienza girar por el camino— Entonces tienes que hablar con él. Quizá él sabe algo…
—Bueno… Es que no puedo confiar tanto en él, de hecho…en nadie.
—¿Por qué? —la mira de perfil.

El sonido de un caballo galopar y acercarse las distrae. Ese caballo pasa por enfrente de ellas en el sendero atravesado, y Myriam reconoce al jinete.

—¡Ezio! —con su mano arriba.

El muchacho que monta el caballo tira de las riendas para detenerlo, lo hace retroceder para poder verlas. Charlotte viendo con más atención su rostro, le parece conocido. Sí…es aquél muchacho que le habló en el bazar. Con algo de timidez, trata de ocultar su cara de la vista del joven con su mano.


—¡Myriam!

Lleno de gusto desmonta su caballo y de las riendas lo lleva consigo hasta ellas.

—Que gusto verte por aquí. —toma la mano de Myriam y la besa— Siempre estás trabajando duro ¿eh? Una mujer tan bella como tú no debería esforzarse tanto.
—Ah, por favor Ezio, me conoces… sabes que estoy acostumbrada a esto.
—¿Necesitas ayuda? —acaricia la mano de Myriam entre las suyas— Yo puedo llevar ese carro hasta el viejo, si quieres.
—Sabes que yo puedo sola.

La mirada de Ezio detecta a otra mujer, que aunque se haya alejado un poco y esté dando su espalda, llama su atención enseguida.

—Disculpe ¿señorita? —tiende su mano cerca de ella—¿Se ha perdido?
—Es amiga mía Ezio —se le escapa una risa— Es muy tímida, déjala en paz.
—Muy bien, como quieras.

Se despide de ella con una sonrisa, acto seguido sube al caballo y cabalga.

—¿Lo conoces? —cuestiona Charlotte siguiendo a Myriam—
—Claro que lo conozco. Él es el muchacho del que te hablaba, el que aquella vez  me encontró con heridas, me ayudó a caminar, y me llevo con el señor Aquiles, él fue quien insistió tanto hasta convencer a Aquiles de darme permiso de cazar en sus tierras, para que esos soldados ya no me molestaran. Es un buen muchacho.

La joven guarda sus comentarios y la acompaña hasta la casa de Aquiles.



Con un suspiro de cansancio, Myriam deja la carreta al frente de la enorme casa.

—Voy a buscar a Aquiles, tú espera aquí.

Charlotte observa como su amiga primero va a tocar la puerta y notando que no hay nadie dentro, se dispone a buscarlo en los alrededores. La chica pasa a ver las pieles, y sus oídos captan el ruido de unos pasos acercarse. Gira su cabeza y encuentra a ese mismo joven que ya había visto anteriormente. Viste con ese mismo traje azul, pero ahora no lleva el sombrero de tres picos, sino que deja ver su cabello oscuro que tiene medio atado. Está cargando en su hombro una cantidad de leña. Connor estaba muy enfocado en su búsqueda en la ciudad, pero ya tenía tiempo que no ayudaba a Aquiles, así que regreso solo para brindarle su ayuda.

Cuando detecta la presencia de Charlotte, descarga lentamente la madera en el suelo sin dejar de verla. En tanto la chica con sus ojos muy abiertos, mueve sus labios queriendo decir algo pero las palabras no salen de su boca.

—Charlotte. ¿Qué haces aquí?.

Camina hacia ella, y el solo verla a los ojos es capaz de escarbar en lo más hondo de su corazón y desenterrar todo ese amor que siente por ella. Su mirada refleja lo que hay en su interior.

—Yo, acompañe a mi amiga. Ella trajo esto. —señala las pieles.
—¿Estás bien?

Con delicadeza toca su frente, su brazo y su mejilla, solo para verificar que no estuviera enferma o lastimada.

—¿Por qué te preocupas por mí? No nos conocemos.

La expresión en el rostro de Connor cambia. Sus palabras le duelen.

—Te entiendo.

Se aparta y baja su mirada uniendo sus manos algo decaído.
Por un momento, ella olvida que tiene que cuidar su identidad. El verlo de nuevo la hace llenarse de curiosidad, de saber quién es él, tal vez sea parte de su pasado.

—¿Cuál es tu nombre?
—Ratohnhaketón. —mira sus ojos— Lo sabías ¿no?. Por ahora me llamo Connor. Aquiles dice que así es más fácil.
—No, no lo sabía. Yo… no recuerdo nada.
—¿No recuerdas nada? ¿Por qué?
—No lo sé. Me gustaría recordar, pero esa memoria no vuelve. —toca su frente bajando su vista.
—¿Recuerdas a tu padre?
—¿Tenía un padre? —levanta su vista.
—Sí.
—¿En dónde está?


Tal vez sea mejor para Connor que Charlotte no recuerde nada, pero a la vez es muy triste para él, eso quiere decir que ha olvidado todos esos momentos que pasaron juntos. No puede dejarla así, tiene que hacer algo para ayudarla, sabe que eso tiene que estar en su cabeza pero tiene que ayudarle a recordarlo todo. Aunque eso pueda traerle problemas a él mismo, o hacerle daño a Charlotte. Incluso puede perderla de nuevo. ¿Qué es lo mejor para ella? Eso es lo que le importa.

—¿Te gustaría recordar todo? Saber todo lo que sucedió, incluyendo a tu padre, sea bueno o malo.
—Sí, por supuesto que sí. —avanza hacia él para verlo de cerca.

No estaba preparado para decirle lo de su padre ahora. Probablemente nunca lo esté, será mejor ir poco a poco, hasta que por ella misma recupere sus memorias.

—Entonces ven conmigo. —la sujeta de su mano y la conduce hacia adentro de la casa de Aquiles.

Charlotte puede sentir como su corazón tiembla, finalmente sabría algo de su pasado. Entonces, él verdaderamente la conoce. No parece ser peligroso, o eso espera.
La lleva directo a su habitación. Dónde encuentra una cama, muebles con libros, velas y objetos de nativos, y en las paredes una decoración de la misma etnia, pero sin perder la elegancia.

—Yo te regale ese collar que llevas puesto. —dice Connor sin soltarle su mano, frente a ella, con su dedo toca los colmillos de lobo— Yo he hecho uno igual. —se señala el que trae puesto.
—¿Así que fuiste tú? ¿Qué éramos tú y yo?
—Amigos… —sonríe muy tenue.
—¿Amigos?
—Sí.

La joven toca con sus blancas manos la faz del nativo admirándolo con detalle.

—¿Cómo es que he olvidado todo? —baja sus manos.

Mientras el joven le quita su gorro dándoselo en sus manos, y con sus dedos desbarata su trenzado, soltando su cabello, dejándolo caer como una cascada roja hasta debajo de sus hombros.

—¿Qué haces?
—Así es justo como te recuerdo. —acaricia su cabello, y lo acomoda, de modo que esa rojiza cabellera enmarcara su rostro.

Enmudecida Charlotte mira sus ojos, sintiendo sus mejillas arder.

—Seguramente también lo has olvidado, pero tú me enseñaste algo.
—¿Qué?
—¿Quieres que te lo muestre?
—Claro, lo que sea, quiero saberlo todo.

Connor dobla la mitad de su cuerpo levemente para alcanzarla, deslizando sus manos por la cintura de la chica uniéndola más a él, al tiempo que Charlotte deja caer la gorra al suelo y pone sus manos contra su firme tórax sin querer. Las manos del joven suben por su espalda, dejándola paralizada. Sus miradas se encuentran.

—Cierra los ojos. —le pide en voz baja el nativo.

Con tranquilidad Charlotte pega sus pestañas y ya sabe lo que viene, pero la voz y la cercanía de este hombre, la ha cautivado por completo.
¿Qué eran realmente? ¿Qué sentía por él? Si dice que ella le ha enseñado esto. Entonces esos sentimientos… es como si los estuviera descubriendo, estaban almacenados dentro de ella, su corazón se lo está diciendo.





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lunes, 8 de septiembre de 2014

( One-Shot ) —Enjaulado—


*
















En estos momentos es cuando creo que no puedo confiar más que en las sombras. Estoy aquí en un rincón de esta ciudad, camuflado entre la oscuridad, puedo ver a ese grupo de guardias pasar corriendo, me están buscando, pero jamás podrán verme. Están lejos, pero aún puedo divisarlos y escuchar como me llaman. ¿De verdad creen que haciendo eso voy a saltar a la vista de ellos? 
No puedo perder más tiempo, tengo que ir con Basso, me ha prometido un buen reto. Está cerca. 
Me desplazo en otra dirección, mi figura negra podría ser vista si alguien estuviera cerca. La luz de las farolas están sobre mi, pero con rapidez llegó a apoyarme contra un muro doblando una esquina y me pierdo nuevamente en la negrura. Abro una pesada puerta de madera, de par en par, y me adentro al callejón cercano, del despacho de Basso. Fácilmente me deslizo y entro por la ventanilla. 
  Ahí está, como siempre, revolviendo unos papeles sobre la mesa, todo este sitio esta bien iluminado por las velas esparcidas por doquier, pero no me molesta. Aunque ahora mi presencia es clara, puedo presentarme ante Basso con confianza, puedo decir que es de las pocas personas en las que puedo confiar. Vistiendo como mejor puedo para hacer mi trabajo; con traje y capucha de cuero negro, cargando un arco, flechas, y la porra por si acaso. No necesito más.

  —¡Ah! Garrett—me miro algo impresionado— Tus pasos si que son silenciosos ¿Por que no entraste por la puerta, eh? 
  

Me descubro mi nariz y boca bajando mi mascara negra. 

  —Sabes que no me gusta entrar por las puertas. 

Acerco mis pasos a su escritorio lentamente. 

  —Sí, lo sé. ¿A que haz venido? ¿Que te trae por aquí? —deja sus papeles para verme— Ya tenías tiempo sin aparecerte por aquí. 
  —El trabajo que me prometiste, Basso. 
  —Ah es verdad ¿Estás seguro? —se lleva su delgada pipa a su boca.
  
Solo alzo mi ceja y lo observo queriendo obviar mi respuesta. Él retira su pipa para hablar.

  —Está bien Garrett, sé que te gustan los retos y este es uno bueno créeme. Se trata de una mujer... con problemas serios. Lady Christina, sí que está mal de la cabeza. Colecciona cuervos en jaulas. Eso, por lo poco que he sabido, y su casa se encuentra custodiada por una buena cantidad de guardias. 

Vuelve a ver sus papeles como buscando, y escoge uno para entregármelo. Un tipo de mapa, para saber la ubicación de esa casa. 

  —Y no solo eso... —continúa Basso— También dicen que hay muchas trampas. El botín es bueno Garrett, cinco joyas, pero son tesoros invaluables. Sé que no tendrás problemas con este trabajo. 
  —No parece un reto tan...difícil. 
  —Eso lo sé. —con su pipa en la boca.
  —Pero esas joyas. Tienen que ser mías. 
  —Como quieras Garrett, es todo tuyo el trabajo. Te desearía suerte, pero sé que tú no la necesitas.


Dejo el mapa en su mesa, y me apresuro a retirarme. Entre más pronto empiece con este trabajo mas pronto terminaré. 


Es una noche muy oscura y fría, tal y como me gustan. No hay un guardia a la vista, estoy cerca de la casa de esa mujer. Entro a un callejón sin iluminación, y un par de ratas huyen al percibirme. Miro arriba, hay un soporte de madera que sobresale del techo de la casa. Con mi arco apunto directamente y arrojo mi flecha con cuerda. Pero no es suficientemente larga, subo a un barril y doy un brinco para sujetarme de la soga, y así voy subiendo hasta saltar al interior de la ventana abierta. Que descuido, claro... ¿quien entraría por una ventana? Creen que solo el aire. 
Cuido mis pasos, y uso mi concentración visual para revisar mi alrededor, hay trampas, me dirijo a desactivarlas para poder abrir los cajones, y las puertas de los muebles, tengo que vaciar esta casa de todo objeto de valor. Llevarme todo el oro, pero tengo que ser silencioso y eficaz. La puerta para salir de la habitación está cerrada. Con mis ganzúas y maestría la abro sin problemas. Escucho un ronquido; es un guardia, que se quedó dormido sentado en una silla, muy cerca de la puerta por donde acabo de salir. Despacio, avanzo agachado hacia la otra puerta, tengo que dar con esos cinco tesoros. De nuevo trampas, me deshago de ellas, y busco por doquier, pero hay tres jaulas con cuervos, y empiezan a chillar. Apago las velas para quedar en la oscuridad. Y se oyen pisadas en la madera. Alguien viene, seguro es el guardia que estaba dormido y se despertó por el ruido de estos pájaros. Me escondo dentro de un mueble con puertas.


  —¿Qué? ¿Hay alguien ahí?. 

Silencio.

  —¡Sal dónde pueda verte!


Espero a que se rinda y pase de la puerta para volver a su silla a dormir. Salgo lentamente y me escabullo hacia otra habitación. Trampas, dinero, objetos de plata y oro, más trampas, más cuervos, y cada vez más cuervos. Tengo que tener más cuidado.
Afuera de la habitación que he dejado sin luz. Me asomo para echar un vistazo. Hay tres guardias vigilando, vienen y van desde las escaleras hasta la habitación de a lado. De dónde se escucha la voz de una mujer. 

  —...¿Hombre cuervo es usted? Por favor venga conmigo, y quédese, hay té caliente. Podemos bailar toda la noche...


No paraba de hablar. Comienzo a buscar, con mas detenimiento adentro del mismo cuarto. Encuentro un diario, lo abro y hay una pluma de cuervo entre las hojas. 

     "...Sé que algún día vendrá a mi y bailaremos, y probaré sus labios, nada podrá separarnos. Lo he visto, ayer, me han dicho los guardias, que es alto, y oscuro como mis cuervos. Ellos lo están buscando...y yo solo lo espero, sé que un día vendrá." 


Abajo del texto hay una clave de números; 708. Dejó ahí el diario. Y memorizo los números, probablemente me sirvan después. Hay un librero sospechoso, con mi visión reviso bien, y deslizo mi mano por los libros, encontrando uno flojo, le doy un tirón y ese librero se aparta revelando un pasadizo secreto. Bajo por las escaleras, y veo más trampas, pero no caigo en ellas. Es una cámara llena de polvo y telarañas, con un olor pestilente, como a algo muerto. A mis pies descubro que hay cuervos muertos, como si alguien los dejo ahí en el suelo a propósito. Y hay un cofre grande, que con mis ganzúas abro fácilmente. La primer joya. Brilla mucho. Examinándola en mis dedos; es un anillo de oro puro y una piedra preciosa carmín.

  —Vaya... ¿que tenemos aquí? —susurro para mi mismo. 


Lo guardo, y salgo de ahí, yendo afuera de la habitación con sigilo. Burlo a los guardias, y detrás de un cuadro en una caja fuerte con la combinación 708, encuentro un brazalete de diamante, rubí y oro. En un cajón de un tocador, en lo que parece la habitación de Lady Christina, obtengo un broche, y sigo buscando hasta hallar en una vitrina que abro con mis ganzúas un par de aretes, relucientes en oro, con pequeños diamantes y rubí. 
Ya tengo cuatro de las cinco joyas. 
Por más que he buscado por toda la casa, pasando desapercibido y teniendo cuidado con las trampas y cuervos, no veo la ultima joya. He vaciado toda la casa sin llegar a ese último tesoro. El único lugar dónde no he entrado, es la habitación de dónde proviene esa voz de la mujer hablando sola todavía. No cabe duda que ahí debe estar esa ultima joya, no puedo irme sin ella. 
Poco a poco me voy acercando a la puerta, esos guardias siguen ahí, pero apago las velas con mi mano, para que la oscuridad me ayude a no ser detectado, y aprovechando que los dos guardias me dan la espalda fuerzo el cerrojo con mis ganzúas.

  —...Si tan solo estuviera aquí. —solloza la mujer desde el otro lado de la puerta— Todo sería mejor, pero no... aquí estoy...sola. —algo se rompe— ¡¿Que haz hecho Cedric?! ¡¿Por qué no me obedeces?! ¡¿Por qué no haces lo que te digo?!. 


Antes de que los guardias regresen abro la puerta y me desplazo agachado hacia un mueble. Para cubrirme.

  —¡Alguien entro! ¡Alguien esta aquí! ¡Escuché abrirse la puerta! —la mujer se levanta de su sofá que se mecía para cerrar la puerta de golpe. 


Los hombres que custodiaban no prestan atención a los gritos de la mujer. Es como si no les sorprendiera en lo absoluto que reaccione así. Basso tenía razón, esta mujer tiene problemas, pero también joyas muy preciosas. 
Lady Christina es joven todavía, seguramente ronda alrededor de los treinta años. Su rostro es muy pálido, y sus ojeras muy grandes, pero con una belleza que, si usara estas joyas la opacarían totalmente. Por lo visto no hablaba sola, estaba charlando entre risas con el cuervo que tiene en su hombro, como si se tratara de una persona. Le llama Cedric.
Está alcoba no tiene trampas, ni nada sospechoso. Es la más grande sin duda, y tiene pocos muebles, pero muchas velas encendidas, un gran estorbo para mi. La mujer se mece en su silla con vista a la ventana, contempla la luna y no deja de hablar con el pájaro. Yo sé que aquí tiene que encontrarse la ultima joya. Al observar con más detalle, hay una especie de marca en la pared de madera. Para moverme hacia ahí, apago la mayor cantidad de velas. Y reviso bien ese orificio. Es del mismo tamaño que el anillo. Sin pensarlo mucho inserto la piedra del anillo allí, y tras unos segundos, la pared desvela un pequeño almacén. Me preocupa el ruido que ha hecho, así que volteo a ver a la mujer que sigue meciéndose tranquilamente. Ni su cuervo se ha percatado. Me aseguro que no haya alguna clase de trampa o algo parecido. Nada. 
Finalmente veo frente a mi un pedestal, que expone sobre una almohadilla roja, esa última joya. Un collar de piedras rojas y con un buen peso en oro por lo que veo, tal y como cada una de las joyas que he conseguido. La tomo en mis manos y ahora solo queda irse de aquí, con el botín completo. 
Unas rejas que salen expulsadas del suelo me cierran el paso, y no hay salida. Ni abajo, ni arriba. Estoy atrapado. ¿Cómo pudo pasar algo así? Era una trampa, y... no la vi. Vaya, que bien colocada estaba. Lady Christina se muestra ante mi, con ese elegante pero sombrío porte, casi tan sombría como yo. 

  —Hombre Cuervo ¿Es usted? ¿Está aquí? Ha venido conmigo. —acaricia su pájaro sobre su muñeca— Sabía que vendría... 

Su voz ahora es suave y delicada. Solo guardo silencio, y la observo directamente sin inmutarme. 

  —¿Gusta tomar un poco de té? ¿O, tal vez prefiera bailar conmigo? —se traza una amplia sonrisa en sus labios. 


¿Que decir? No hace falta, necesito hallar un modo de salir de aquí. 
Tarareando la mujer se dirige al tocadiscos, y empieza a sonar una música tranquila. Deja a su pájaro en su jaula, y regresa a las rejas. 

  —Podrías quedarte ahí, o podrías venir a tomar té conmigo. Dime... —se sujeta de las rejas para verme de más cerca.


Definitivamente no es normal. Sin embargo no es la primera vez que me enfrento a una lunática mujer. Viktoria entra en esta categoría.



  —Algo de té estaría bien. —digo con calma.

Solo quiero que me saque de aquí, para poder escapar por la ventana. Riendo, presiona un interruptor de la pared y las rejas descienden. Es justo ahora, que debo correr. Pero es más lista y enseguida se me acerca, para presionarme entre sus brazos. Eso me deja quieto, no deseo lastimarla, y mientras no llame a los guardias. Creo que debo sobrellevar esto. 

  —Vamos a bailar hombre cuervo. —susurra a mi oído.

Un susurro, que cualquier persona que no fuera yo, habría sentido un escalofrío. De pronto siento que una flecha se entierra en mi hombro. Suelta un gas que me dificulta el respirar. ¿Cómo pude distraerme? Esta mujer, ha tomado una de mis flechas que cargaba en mi espalda y me la ha clavado, quizá con la intención de matarme. Es una de las flechas asfixiantes. Mis ojos arden, y tan solo puedo ver con mi ojo azul. Me cuesta respirar. Sintiendo débil mis piernas, caigo... pero me sostengo con mi mano y rodilla en el suelo. Ella me hala, arrastrándome hacia afuera. Al centro de la habitación. Todo lo veo en azul, con un solo ojo, sigo haciendo ruido al inhalar y exhalar. Lady Christina enciende todas las velas que apague. Y vuelve a mi, se arrodilla y  descubre mi rostro completo, tocándome con sus frías manos, como examinando mi cara.


  —Eres tal y como esperaba hombre cuervo. ¿Quieres dormir? Adelante...duerme. —une sus labios lentamente a los míos.

Mi visión, la siento cansada, no, yo me siento cansado. Pierdo fuerza, la concentración... 
Mi cuerpo se rinde y cae al suelo. 
Y cuando abro mis ojos, logrando aspirar correctamente el aire. Me veo atado con cadenas de mis brazos y piernas, sobre una cama. En la habitación de Lady Christina. ¿Cómo he terminado así? Hay tres guardias rodeando la cama. Y en una pequeña mesa, la mujer con su cuervo al hombro tararea sirviéndose té inexistente.


  —El té esta servido. Hombre cuervo. —se levanta de su asiento y viene hacia mi.

Sonriéndome. Tiene puesto en el cuello ese collar, la última joya. La debió haber sacado de mi maletín detrás de mi capa. ¿Y las demás joyas? Espero sigan conmigo. Ella, sostiene una taza de oro en su mano y me besa la frente, bajando sus labios a mi mejilla, me acaricia con su lengua. Cierro mis ojos sin quejarme ni sentir nada en lo absoluto, pienso en alguna forma de hacer que me libere y esos guardias se vayan o no sean un problema. 

  —Que hermoso collar tienes puesto Lady Christina. 

Solo hablaba por hablar, debo librarme pero para eso, me veo obligado a seguir la corriente. 
La joven se retira y parece ruborizarse con una sonrisita.

  —A mi me gusta tu ojo, brilla tanto. ¿Puedo sacártelo? Lo guardaré como una joya. —lleva su mano a mi cara.
  —¿Y el té? 

Su mano se detiene apunto de tocar mi ojo. Y da un brinco con jubilo.

  —¡Es verdad! ¡Liberenlo! Vamos a tomar el té. Y luego bailaremos eternamente. —da giros como bailando sola e inspirada.

Los guardias me miran desconfiados. 

  —Te estaremos vigilando, rata inmunda. —gruñe uno de ellos.

No me gustaría irme sin la ultima joya. Ahora estoy libre y puedo sentir el peso del botín, ella solo me quitó ese collar. ¿Me pregunto por que los guardias no me revisaron? Tal vez ella no les permitió acercarse, por que de otra forma me hubieran vaciado. Esos guardias tienen los ojos puestos en mi todo el tiempo, y he terminado aquí acompañando a la curiosa dama con el cuervo en su hombro, a tomar té invisible. Ella actúa como si realmente bebiera té, y no deja de sonreírme. Mientras yo sin "beber" del té, reviso mi posible escapatoria. La ventana; que está cerrada pero puedo abrirla si quiero. Ese collar es mi punto de atención, es lo que más brilla en esta habitación, si lo quiero debo acercarme o hallar un modo de poseerlo. Sin que esos guardias salten a detenerme o disparen sus ballestas. 

  —Hombre cuervo ¿quiere bailar?

Se pone en pie y yo igual, es mi oportunidad...
Acorto la distancia que me separa de ella, y hago como si fuera a besarla, poniendo mis manos a su cintura, y subiéndolas lentamente. Ahora que la veo de más cerca parece algo atractiva. Ella cierra sus ojos, entregada a mi. Mi escurridiza mano, está por arrancar el collar de la mujer. Los guardias me han visto. Qué atentos, creí que no lo notarían. Empiezan a disparar con sus ballestas. Yo me muevo para huir, directo a la ventana, forzándola para abrirla y saltar hacia afuera, cayendo a la orilla sobre un camino de madera. Los guardias desde la ventana intentan darme con sus flechas, pero yo doy un gran salto a la casa de enfrente y me sujeto a una cuerda deslizándome hacia abajo, y me echo a correr hacia la oscuridad. 

El botín no está completo. Tengo que ir a la torre de reloj a despejar mi cabeza. 

Ahí veo ante mis ojos mi gran colección, le he encontrado un lugar a mi nuevas joyas obtenidas. Parece que tendré que volver ahí después, esta vez no la dejaré deseando un beso... ¿Pero que estoy pensando? Ah... parece que ese suceso ha afectado mi cabeza. Ya tendré en mis manos ese collar.










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miércoles, 3 de septiembre de 2014

La Bruja y el Ángel mestizo [Capitulo- 13]









                 Capitulo- 13









Podría quitárselos de encima si quiere; a esos cuatro guardias, que casi a rastras se lo llevan afuera de la taberna. Aunque esté molesto y sabiendo que no es justo, se deja llevar, esperando poder salir de esta en el momento preciso, tampoco es que guste de matar gente, ni tampoco huir. Aveline los sigue con la frente en alto, con esa elegancia que siempre la acompaña. Saliendo del Pimienta Negra. Ya lo tiene en sus manos. Los guardias están de su lado. 

«Eso fue fácil...» Dijo a sus adentros la mujer, con ese rostro sereno. 

Todos en la taberna regresan a lo que hacían. Al único que parece preocuparle Connor, es André. Voltea a ver a Ezio encontrándolo bebiendo y riendo con la rubia de Hannah. Eynard está sentado en la mesa con Jace, conversando y riendo. No lo soporta, y va directo a Ezio, con un tirón a su brazo lo obliga a caminar hasta llegar a la mesa del otro par.

—André ¿qué sucede contigo? —Ezio con esa voz barrida.

El mencionado pasa su mirada por los tres, capturando las miradas curiosas de Eynard y Jace. 

—¿Qué acaso no lo ven? Se han llevado a un camarada.  

Eynard hace una mueca de fastidio, y Jace lo ignora haciendo como si no lo escucha, se quita los anteojos viéndolos como si fueran lo más interesante. Ezio apoya sus manos en la mesa pero no deja de verlo. 

—Eso es lo que gana...por —traga algo que quería salir de su garganta— Molestar a... —su  irritada vista cae a la mesa.
—Muy bien entonces yo lo ayudaré. 

Carga su hacha y su mosquete corto. Es Eynard quien se levanta de la mesa. 

—Yo iré contigo muchacho. 

Jace observa como Ezio empieza a cabecear de sueño, con la mitad de su cuerpo casi sobre la mesa de madera. 

—Los acompañaría, pero alguien tiene que encargarse de él —mirando al italiano— Saben a lo que me refiero. 




El fornido Eynard camina relamiendo sus labios con la ansiedad de buscar pelea para recuperar a Connor. Siempre que persiguen a un delincuente buscado, es el primero en luchar o acabar con sus vidas, como si fuera una de sus pasiones. Sigue conservando algo del soldado sádico en el. André planea hablar con los guardias, ya que son cazarrecompensas, no asesinos y, mantienen y deben mantener una buena relación con la guardia, ya que trabajan para ellos, por así decirlo. Es por medio de ellos que entregan a los delincuentes buscados, y es por medio de ellos que reciben sus recompensas. 
Paso a paso por la fría y oscura calle apenas iluminada, siguen al grupo de casacas azules. ¿Pero por que esa mujer va cabeza a ellos? Connor no deja de ver abajo. Estando más cerca, a Eynard le ganan sus impulsos y salta a querer atacarlos pero el brazo de Andre se le atraviesa. 

—No lo hagas. Piensa bien las cosas.

Nota que se han detenido y la mujer les dirige unas palabras. No alcanza a escuchar pero puede verlo. Con una seña en la mano, André le indica a Eynard que deben ponerse a cubierto. Así que optan por ocultarse detrás de un muro. 

—¿De que otra forma piensas ayudarlo? —parece que escupe la pregunta. 
—Déjame intentar algo. —asoma su cabeza para seguir viéndolos. 
—¿Y que hay de la mujer? ¿Quien diablos es? 
—No lo sé, pero la escuchan y siguen como si fuera una autoridad. Esto no se ve nada bien. Es de ella en la que sospecho. Podría arreglarlo con los guardias, pero por lo que escuche, ella quiere algo que tiene Connor, y es capaz de matarlo. También, por lo visto ella le manda a la guardia. Es con ella con quien no podré hablar. 
—Matemosla y listo —desenvaina su espada y desliza su dedo por el filo esbozando una sonrisa. 
—¿Y tener problemas con la guardia? 
—¿Entonces que sugieres que hagamos? ¡¿Quedarnos aquí parados esperando un milagro?!
—Creo que tengo una idea. Escucha bien. —voltea a verlo. 


Los guardias que llevan a Connor. Le han atado sus manos a su espalda, y lo empujan obligándolo así a seguir caminando, a pesar de que esté herido y sangrando. La lesión no es profunda pero si dolorosa. Se dirigen al fuerte Templario base, en dónde lo presentará a su maestro Haytham, 

Con cautela, el par de cazarecompensas los siguen, no queriendo llamar la atención todavía. Eynard se separa de Andre como si tomara otra dirección pero solo están llevando a cabo el plan. 
Tiempo después, casi llegan a una zona restringida, vigilada por la guardia. El fuerte base. 
Una piedra golpea a uno de los hombres de casacas azules. Justo en su brazo. Esto los pone en alerta enseguida, con sus miradas buscan al osado que arrojó la piedra. Los cuatro guardias con espada en mano empiezan a buscar a su alrededor. Dejando a Connor con Aveline quien lo vigila, y amenaza con un puñal cerca de su costado. 

—¿Dónde estás? ¡Sal de dónde te escondes cobarde! 

Gritó un guardia y en eso sale de entre los arbustos y arboles que rodean al fuerte. Eynard. 

—¡Aquí estoy idiotas! ¡Vengan por mi! —se echó a correr. 


Los soldados lo persiguen cayendo fácil. Solo corre para desviarlos y conducirlos a un lugar mas seguro, sin guardias ni testigos. No muy lejos de ahí. Y en ese espacio,repleto de arboles y nieve, es donde se encargará de ellos. Evadiendo sus ataques, logra cortarle el cuello al primero con su espada. Recibiendo una corta estocada en su espalda y aunque este sangrando un poco. Le entierra su acero en el estomago a otro. Agarrando a otro más, lo impacta en el tronco de un árbol, y le tuerce el cuello. Se agacha dejando que la espada, del ultimo guardia se entierre en el tronco, para clavar su puñal en su garganta. Terminando con las vidas de los cuatro hombres. 
Agotado y riendo entre dientes, al verse bañado de esa sangre ajena que le ha salpicado. Contempla los cadáveres mientras soporta la molestia en su espalda. 

André a intentado noquear a la mujer de piel oscura, pero ha fallado. No se lo esperaba. Que ella fuera más hábil. Ha terminado a sus pies siendo amenazado por un mosquete corto. La dama inalterable no deja de verlo. Ni de apuntar a su frente. 


—Esa fue una mala idea. —dice la mujer. 


Connor con esfuerzo trata de sacarse la soga que ata sus manos, pero no puede. Solo se acerca a la espalda de Aveline arrugando el ceño. 

—No tienes porque hacerlo. Al que quieres es a mi ¿no? 
—Si. —enfocándose en André, que no muestra una pizca de miedo— Vete ahora mismo, o despídete de tu vida. 

André ha medido su fuerza y la habilidad de la chica, no tiene oportunidad con ella. ¿Quién es? Pero por lo menos debe liberar a Connor. Tras unos segundos llega Eynard riendo. 

—Fue pan comido, André. —sus facciones se endurecen al notar que la chica sigue ahí. 
—¿Otro más? Les he dicho que se larguen. 

Quizá sea inútil, pero Andre fija su vista en ella para decir...

—¿Por qué te llevas a Connor como si fuera culpable de algo? El no te lastimo, si no al contrario, tú a él. 

Connor ha dejado de sangrar pero le sigue ardiendo esa herida. No es un dolor insoportable. 


—Cállate. 


Masculla Aveline y le da un tiro en la cabeza. Una gota de sangre brota del orificio y se le escurre por la cara. Andre cae a la nieve sin vida. Connor y Eynard se exaltan. 




—Lo haz matado ¡¿Por qué?! —reclama furioso el nativo. 



La ira se refleja en su rostro, y forcejea la soga de sus muñecas. Un instinto se ha encendido dentro de él. 



Muy tranquila Aveline prepara otra carga en su mosquete corto. No pronuncia palabras. 

Eynard como una fiera se va contra ella con su espada en alto. Aveline salta a un lado, y sujeta su brazo doblandolo a su espalda, golpea su corva y lo tumba al suelo presionando con su zapato un punto preciso en su cuerpo, para inmovilizarlo. Sosteniendo la espada de Eynard.

—Eso es para que me escuchen, cuando les digo que se vayan. —mira a Connor con el rabillo de su ojo— Todavía tienes oportunidad de decirme, en dónde escondes el fruto. Si me lo dices, le perdonaré la vida a tu amigo y te dejaré ir. 

Connor, controla su ira pero no relaja sus facciones. Puede ver al fallecido André en la tierra y como Eynard parece desesperado bajo el peso del pie de Aveline, oponiendo resistencia y apretando sus dientes. 

—No sé que poder tenga ese objeto, tampoco sé porque ustedes lo desean tanto. ¿Para qué? Pero..., es claro que no es para nada bueno, ni justo.

Hay silencio, solo se miran mutuamente mientras Eynard sigue luchando. 

—Te pareces mucho a esa mujer que atacó mi aldea. —continúa Connor— Quien peleo con mi amigo, y también conmigo.


Eynard emite un largo gruñido con su mandibula tensa, poniéndose rojo de la cara, y con su fuerza se levanta de repente derribando a la mujer. Ese vestido largo y medio esponjado no le ayuda mucho a enfrentamientos. Así que apenas se incorpora cuando una hacha grande se encaja en la tierra cerca de su cabeza. Mala puntería de Eynard, que ante ella ha tomado el hacha de André para atacarla. Gruñendo golpea con el filo intentando cortarla pero Aveline sin poder ponerse en pie con facilidad, se corre para esquivar los hachazos y aprovecha lo que tarda en levantar la pesada arma para moverse y golpearlo en su abdomen bajo. Eynard se tambalea y ella logra incorporarse y le arrebata el hacha arrojándola lejos se incrusta a un tronco de un árbol.  

A Connor le gustaría ayudar a Eynard, antes no quería matarla, ni siquiera herirla, pero ha visto de lo que es capaz, ha visto en ella la misma maldad que aquella mujer...ha matado a Andre, eso lo ha llenado de ira. Se siente tan inútil y sufre por no poder hacer nada mas que mirar. 
Aveline con espada en mano encara a Eynard, y en un movimiento el coge su daga y chocan los aceros, rozando los filos. Es un engaño, de su otra mano la mujer saca su hoja oculta y la clava en su costado, no en un punto vital. Brota una mancha roja, pero sigue en pie y se llena de furia ¿Como una mujer va a vencerlo? Eso jamás. Expulsando aire de su nariz con rabia. Observa fijamente a Aveline.

—Será mejor que te rindas.

El hombre furioso se lanza a ella intentando apuñalarla, y la mujer toma distancia evadiendolo hasta que el filo rasga su manga verde, y rompe la tela de su pecho, saliendo ese liquido rojo. Aveline libera un quejido y se toca la herida del pecho sin bajar la guardia. El no se detiene, quiere matarla, ella con su hoja oculta golpea su cuello antes que pudiera herirla más, jadeando ve como el hombre de facciones toscas y sombrero de soldado inglés, cae de rodillas, luego pega la frente al suelo. Saliendo borbotones de sangre de su cuello, que forman un charco de sangre en la blanca nieve. 
Temblando un poco por el dolor de sus heridas que seguro dejaran cicatrices. Aveline voltea a ver a Connor. Quien le clava su mirada cargada de desprecio... quiere matarla. En un momento pensó en arrojarse sobre ella e intentar patearla, pero sería ridículo.
En tanto Aveline, tiene que cuidarse de Connor, ese tipejo la ha herido, nunca creyó que pudieran tocarla, todo es por culpa de ese vestido que es como un estorbo. 
Los copos de nieve vuelven a caer del oscuro cielo. 

—¿Qué haz hecho? —pregunta el nativo con intensidad en su voz. 

Tira la espada y con su mosquete lo apunta. 

—Solo sigue caminando. 
—No.

Sigue forzando las cuerdas que amarran sus manos a su espalda. 

—¡Ya haz visto lo que le ha pasado a tus amigos! ¡Sigue avanzando si no quieres terminar de la misma manera!

Su fuerza ha aflojado un poco mas las cuerdas, lo suficiente para deslizar sus manos y liberarse. Con su mano porta su Tomahawk.

«Ha asesinado a Andre y Eynard. Tiene que pagarlo» 

Exclamando un largo grito avanza hacia ella y Aveline abre mucho sus ojos. El sonido de un disparo que falló... La Tomahawk corta el mismo brazo ya lesionado, su hombro, su abdomen. Aveline cae a la nieve con un profundo ardor en su cuerpo, la falda de su vestido se levanta dejando sus piernas al descubierto. Connor quiere arrebatarle su vida... pero Aveline se mueve para intentar incorporarse, muy tarde... el joven golpea con su Tomahawk sus piernas. Aveline suelta un alarido. Se arrastra, tiene que huir. El nativo es muy brutal, es muy salvaje y está cargado de ese odio. Quizá fue un error matar a sus camaradas, pero ya esta hecho. 
Es muy lenta, fácilmente puede matarla pero...algo viene a su mente. 


Viéndose en sus recuerdos, abriendo el pecho del padre de Charlotte, y extrayendo su corazón sangrante. Teniéndolo en su mano. Sus ojos captaron a alguien en la puerta, que observaba, era Charlotte. Esa cara de horror. El sentimiento de dolor, el arrepentimiento que cayó sobre el con el peso del mundo. 
Queda estático, viendo como la mujer por su vida se esfuerza en arrastrarse mientras va dejando un rastro rojo en la nieve. Rojo... como sus manos al verlas después de que entregó el corazón del padre de su amiga. Rojo...como el cabello de Charlotte. 
No es un asesino. El...no es así. Toma aire y guarda su Tomahawk yendo a recoger el cuerpo de André primero. 


Casi es media noche y a las cuidades Boston y Nueva York, las cubre una lluvia de copos de nieve. 
Gracias a la ayuda de un par de guardias que la encontraron llegando a la puerta del fuerte. Aveline puede llegar a su maestro. Antes de atender sus heridas quiere ver a Haytham. Ya no trae su sombrero verde con plumas negras. Deja ver su esponjado cabello negro. Y no le importa presentarse ante su maestro con su vestido sucio y algo roto. Desangrandose. Debería sentirse avergonzada, conoce bien a su maestro, pero de alguna forma, por más tonto que parezca, está buscando comprensión, consuelo, calor. Sí, tal vez lo busca en el lugar equivocado, pero no tiene mas refugio. 

—Maestro... 

Lo llama con su voz débil, descansando en la puerta apoyada en la pared. 

—Lo encontré. —prosigue— Encontré al nativo. 

En su escritorio lleno de papeles, libros y con unas velas encendidas. Haytham suspende la escritura en su diario para prestarle atención. 

—¿Y...? ¿Dónde está el fruto? 
—Tuve problemas. Sus amigos vinieron a ayudarlo. Me dejaron sin guardias, luego yo los mate a ellos. Pero...el nativo, no sé como se liberó pero lo hizo, y usted sabe que no puedo matarlo sin su concentimiento, casi me deja sin vida.
—¿Te dijo en dónde se encuentra el fruto de Eden? 


Deja su asiento y camina lentamente hacia ella. 

—No, es muy necio. 

Haytham exhibe una sarcástica sonrisa. 

—Qué maravilla. Yo me encargue de informarme en dónde solían verlo. Yo mismo fui quien te dejo a la puerta del sitio que sabia que frecuentaba. ¿Y tu lo encontraste? Vaya... —ensancha su sonrisa. 

Hace un alto frente a ella. Con sus manos atrás formalmente. Y con frivolidad detecta sus heridas. 

—Lo único que debías hacer era conseguir información del fruto y ni eso pudiste hacer. —le da una bofetada— ¡Eres decepcionante Aveline! —entre cierra sus ojos viéndola directamente— Si Sigues así, no me quedará mas remedio que hacer yo mismo el trabajo. Y puedo matarte si quiero. 

Sus ojos se humedecen, pero jamás derramaría lágrimas. Tocándose su mejilla lo mira y asiente. 

—Pido que me perdone. 
—¿Cuantas veces? —hace una pausa— Esta es la última oportunidad que te daré.


Ordenando su mente la chica recuerda. 

—Hay alguien que, parece estar interesado en mi. Y me ha prometido que me ayudará, el hará que el nativo le diga la ubicación del fruto. Lo conoce, parece que siempre están juntos.

Haytham ríe por dentro y se fija en ella. 

—Y tu le haz creído ¿no? 
—Le exigiré que me ayude. El puede servirme, estoy segura. —su rostro ha cambiado a uno determinado. 
—Eso espero. 

Regresa a su escritorio. Aveline se retira y en el pasillo pierde fuerza por el dolor y se cae a la alfombra. La sirvienta de Haytham la encuentra y se espanta corriendo a ayudarle. 

—¡Señorita Aveline! ¡¿Qué le ha pasado?! ¡Rápido traigan a un medico! —vocifera alterada. 


No pueden acusar a Connor de nada. Eso lo llevaría directo a la horca y él es el único que sabe en dónde está esa pieza tan valiosa que desean los Templarios. 


Es otro frío día, sin sol. Casi una semana después de lo ocurrido. Ya han enterrado dignamente a Andre y Eynard. Ezio se siente mal por no haber estado ahí, aunque su rostro no lo exprese. Ahora solo son él, Connor y Jace. Tres cazarecompensas para dos ciudades. 
Jace los acompaña a pasear por las calles de la cuidad a caballo. Aprovechan para echar un vistazo y así buscar a sus futuras recompensas. Connor sigue abatido por la perdida de ese par. Su herida esta en proceso de curación, según el medico no es grave y solo tardara un poco en cicatrizar. ¿Pero quienes son los Templarios? ¿Y que es lo que quieren? Todavía guarda muchas preguntas. Por eso se ha mantenido callado, mas de lo usual. Por otra parte Ezio recuerda poco, solo puede acordarse de la promesa que le hizo a la hermosa mujer y algo sobre una pelea. Pero es Jace quien se encarga de contarle casi todo. 

—Qué frío esta haciendo ¿no creen? —se estremece Ezio. Mira de perfil a Connor de jinete— Entonces eso llamado fruto del Eden ¿Qué es Connor?

No responde.

Al menos intentó preguntar. Ezio necesita saber de ese fruto, si quiere impresionar a Aveline. Pero no será nada fácil, y mucho menos ahora. 
Pasando por la plaza mayor, con esos ojos distingue en el mercado a una mujer, no, varias mujeres preciosas, pero esta atrae mas su atención al ser pelirroja, solo había visto a tres de ellas, pero una era mucho más joven y las otras más viejas. Ella sostiene una canasta y frota sus manos para darse calor mientras busca que comprar. Aunque tenga ese gorrito en su cabeza sabe que su cabello bien trenzado es rojo. 
Tira de las riendas y desmonta su caballo. Connor y Jace detienen sus caballos también. 

—¿A dónde vas Ezio? —pregunta Jace ajustando sus anteojos. 
—En un momento vuelvo caballeros. 

Se marcha y Connor se dispone a seguirlo. Jace se queda a esperar, pero baja del caballo para sentarse en una banca a fumar un cigarro. 
El joven y apuesto italiano se adentra a la muchedumbre del mercado, a lo lejos se puede ver las velas de los barcos, que desembarcan cerca de ahí. El olor a pescado fresco, cereales, carne, y diferentes aromas se mezclan. 

—Buenas días señoritas —saluda a un par de chicas.

Ellas ríen cubriendo sus labios, algo ruborizadas. Tal parece que lo conocen. Connor ha empezado a sospechar de él, y es por eso que lo esta siguiendo. Ezio trajo a Aveline hasta él, y de los tres es el más tranquilo desde aquel día, como si realmente no le importó la muerte de sus amigos. También vió que le susurraba algo al oído de esa mujer. 

Las voces de los pregoneros anunciando los diversos productos en venta, y el murmullo de las personas lo invaden. 
Ezio llega con una mujer que se detuvo a ver unos tejidos que vende una señora. 

—Esos tejidos están muy bien hechos. —acaricia su brazo— Veo que su vestido también, le queda bien. —mirándola seductoramente— 

Charlotte se encoje de hombros y da un paso atrás, enmudecida, nunca un hombre la había tocado así. Además tiene que evitar el contacto con alguien desconocido. No puede confiar en nadie, es una ladrona y una muy buscada, aunque este vistiendo como todas las mujeres de la ciudad, puede reconocerla o eso teme. 
Connor está estático y boquiabierta. Ella tiene ese collar en el cuello. Ese collar de tres colmillos de lobo que solo le ha regalado a una persona, curiosamente es mujer y también tiene el pelo rojo. Puede reconocerla, esos ojos verdes, ese fino rostro, esa blanca piel. Sin duda es... 

—¿Charlotte? —pronuncia con voz insegura pero fuerte. 










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