lunes, 8 de junio de 2015

El guardian de Harlemstown (Cuento)











Lauren leía mucho, y dormía poco, sobre todo por las noches. Es por eso que a pesar de estar en su trabajo, en la Biblioteca más grande de su ciudad, se había quedado dormida en su mostrador con su mejilla sobre las hojas de un libro grueso, mientras leía sus paginas. Solo dormiría unos minutos como solía hacer a estas horas, que bien sabe, no llegan clientes. 
La enorme Biblioteca con altos estantes repletos de libros, escaleras para alcanzarlos y ordenarlos por aquí y por allá, pilas y pilas de libros por ordenar. La joven de treinta años, era algo holgazana, pero una apasionada a la Literatura. "La devoradora de libros" le llamaban sus amigas, e incluso su esposo. 
 Trin, trin... El sonido de las campanas de la puerta al abrirse la hace despegar sus pestañas al instante. Se endereza, y arregla como puede su peinado; un recogido de su cabello rizado en una cebolla. Ajusta sus anteojos de marco grueso y negro, para luego barrer con su mirada buscando el supuesto cliente que ha entrado. Pero no capta a nadie. Toma un suspiro, seguramente fue su mente, es que tiene que estar despierta. Tiene trabajo que hacer. Se puso en pie y se dedicó a cargar en sus brazos algunos libros que debía acomodar en uno de los estantes, y mientras lo hacía sintió que alguien toco su hombro como buscando llamar su atención. Entonces sí era un cliente quien había entrado, seguramente alguno muy tímido. Con una amplia sonrisa se dio la vuelta para verlo y...



—Buenas tardes Lauren. —le saludo con una sonrisa que mostraba dientes un jovencito.

La expresión en la cara de la chica cambió totalmente, su frente se arrugó y su quijada cayó dejándola boquiabierta. No fue el que supiera su nombre de la nada lo que más le impresionó de ese chico, de entre doce y catorce años, con una mirada ámbar sobrenaturalmente bella, esa tez pálida y cabello visualmente sedoso y brillante color avellana. Con esa sonrisa..., por Dios, esa sonrisa que con solo verla te conmueve hasta el alma.
Lo más impactante y fuera de lo común, que jamás haya visto Lauren. Este jovencito, estaba desnudo y descalzo, mostrándose sin pena alguna.
Después de unos segundos la joven se calmó y miró a otro lado sosteniendo en un brazo los libros, pero tomando uno de ellos con su otra mano, para cubrir un lado de su cara evitando contacto visual con el chico.

—¿Estás loco? ¿Por que estás sin ropa? ¡Ponte algo que te cubra!
—Eso no importa Lauren. —su voz era muy suave pero clara.
—¿Cómo...? —chasqueo la lengua— Sabes qué, no puedo dejarte salir así. Buscaré algo que pueda servirte, mientras tanto, espérame en, en el baño. Ven...

Sin tocarlo, ni querer mirarlo, trato de conducirlo hacía el baño y le pidió entrar y que la esperara ahí adentro. Cerro la puerta, y se apresuró a buscar algo, pero no encontraba nada útil, mucho menos algo de ropa. Se detuvo para mirar su reflejo en el espejo dónde podía ver su cuerpo entero. Vestía unas medias negras, una falda ajustada sobre las rodillas, y una blusa de botones y encaje de manga larga blanca. No podía siquiera darle algo de su ropa, y aún si pudiera no se la prestaría.

—¡Olvídalo Lauren! Así estoy bien. Aún más importante; vámos de una vez a Harlemstown.

Se escuchó la voz del chico muy cerca, lo buscó con su mirada a su alrededor y no lo veía, solo estantes de libros, mesas, sofás.

—¡Acá arriba! —gritó, moviendo su mano de un lado a otro.

Estaba sentado arriba de uno de los grandes libreros.

—¿Qué haces ahí? Baja ahora mismo. ¿Dónde están tus padres? ¿Que no tienes escuela o algo así?

Hizo caso omiso a las tonterías que decía el chico.

—¿Iremos a Harlemstown ya?

Lauren, desesperada optó por cortar con unas tijeras un pedazo de tela de las cortinas rojas en los ventanales de la librería, arriesgándose a que después tuviera un serio problema con su jefa. Todo lo que quería era tapar con algo el cuerpo del jovencito loco, y hacerlo que se vaya, para continuar con su trabajo tranquilamente. Empujó la escalera con ruedas hacía dónde estaba, para pedirle que bajara, estando abajo, rápidamente envolvió su cuerpo con la tela roja de la cortina y la ajusto bien.

—Muy bien, ahora tienes que irte a casa ¿está bien?
—No, tú tienes que venir conmigo. —le tiende su mano— Vamos a Harlemstown.


Lo llevó a empujones delicados hacia la puerta, y lo obligó a salir, cerrando la puerta tras él.
Continuo su trabajo, y ese chico ya no regreso. Dejó pasar ese incidente y se concentró en lo suyo. Desde su mostrador revisaba algunos papeles importantes,  y las campanillas de la puerta se agitaron nuevamente provocándole al instante un escalofrío. Antes de observar quien había entrado, rogaba por dentro que no fuera aquel chico. Y era un señor con sombrero y saco, un cliente común. Suspiró aliviada.

—Bienvenido Señor ¿En que puedo servirle? —ofreció como siempre su servicio.

El señor estando frente al mostrador miraba a un lado y a otro haciéndose el sordo, y caminó sin prestarle atención hacía los libreros, como si estuviera buscando a alguien o algo. Lauren tocó su frente pensando que este definitivamente no era su día, y se estaba encontrando con locos. O tal vez no. Se levantó de su cómodo asiento y se dirigió a dónde estaba el hombre que ahora por si mismo buscaba en un librero algún ejemplar de su interés. La chica aclaró su garganta y exhibió una sonrisa a un lado del hombre, para que pudiera notarla, inclinó la mitad de su cuerpo ligeramente hacía el.

—Disculpe usted ¿Puedo ayudarlo en algo?

Parecía que no la había escuchado, el señor frotó sus dedos en su barbilla y tomo uno de los libros, yendo enseguida hacía uno de los sofás para ponerse a leer un poco. ¿Pero que le pasa? Era como si ella realmente no estuviera presente.Entraba clientela, y se retiraban sin más. ¿Desde cuando todo es tan extraño? Está segura que no es un sueño, en ningún sueño las horas pasan tan lento. Salió de su trabajo, disgustada por la experiencia de hoy. Muchas veces deseo ser invisible ¿Quién no en algún momento lo ha deseado? Pero si es que esto era así, no le gustaba nada. 
Subió a su coche y condució hacía la guardería dónde dejaba encargada a su pequeña de once meses de edad, y en el camino, al detenerse en un alto, se tomo un segundo para calmarse y respirar profundamente cerrando sus ojos, al abrirlos y ver por el espejo retrovisor de arriba, arrugó el ceño y exalto sus ojos, no podía creer lo que estaba viendo de nuevo. Ese mismo jovencito estaba en el asiento de atrás sonriente y la miraba.

—Lamento no avisarte, me quedé dormido en tu auto, es muy cómodo aquí atrás.

Por si fuera poco verlo otra vez, el chico seguía sin ropa. Esta vez extendió su mano hacía ella para ofrecerle algo parecido a algodón de azúcar.

—¿Quieres un poco?

No sabía como actuar. ¿Cómo entró a su auto? ¿Será un fantasma o algo así? Soltó un grito extendido al cerrar sus ojos con fuerza. Grito..., que no se escucharía afuera de su auto. Los conductores detrás de ella empezaron a reclamar y presionar sus claxon desesperados, el semáforo ya había cambiado, y ella no ponía en marcha su auto. Paralizada y muy pálida no podía dejar de ver a ese chico. Hizo un esfuerzo por ignorarlo y seguir su camino. Sacudió su cabeza en busca de despeje, de que eso desapareciera, pero no, el seguía ahí.
Llegó a la guardería y cerró su coche dejando al chico ahí adentro, quien no le quitaba su mirada de encima. Lauren se dio prisa por entrar en el edificio, y rápidamente alcanzó a una de las señoritas.

—Buenas tardes, disculpe vengo por mi hija; Sandy Muller.

La mujer continuó andando sin parar, y Lauren le seguía el paso.

—Muy bien, sé en dónde puede estar, gracias.

Se desplazó lo más pronto que pudo al salón dónde normalmente encuentra a su pequeña, y ahí estaba, en una de las cunas, durmiendo, en cuanto a las mujeres que se encargan de cuidar a los pequeños jugaban con algunos. Sin dirigirse a las señoritas, caminó hacía la cuna dónde estaba su bebé y la miro detenidamente antes de llevar sus brazos a ella.

—Es muy hermosa y adorable. —se escuchó la voz del chico misterioso cerca.

Lauren miró a su lado ahí estaba.

—¡¿Qué haces aquí?! ¡Déjame en paz! ¡Vete de aquí!

La pequeña Sandy seguía dormida en la cuna, ya que fue interrumpida a los brazos de su madre. A pesar de haber levantado la voz ni los pequeños ni las mujeres ahí presentes se dieron cuenta.

—¡Señoritas! ¡Saquen a este chico de aquí por favor! —se volteo para verlas— ¡Está loco, me esta persiguiendo y....!

No la escuchaban, o eso parecía, seguían cuidando de los niños. Lauren respirando agitadamente volteo a ver al chico que estaba sonriéndole a su bebé, quien estando despierta, sus ojitos brillaron al ver al chico, y reía como regocijándose por su presencia.

—¡Aléjate de ella! —lo toca con su mano para hacerlo a un lado, pero le da un calambre que se extiende en su brazo, una sensación parecida a electricidad corriendo por sus venas, más no sentía dolor— ¡¿Qué rayos eres?! —tocándose su brazo y con una mueca de desagrado.
—Soy un guardian, y tienes que acompañarme a Harlemstown.
—Ay no, no puede ser ¿Por que te preguntaba?

Alguien más entra a la sala y Lauren de inmediato lo identifica, es su esposo Nathan, quien parece no identificarla a ella y habla con una de las mujeres encargadas, y acto seguido la señorita lo guía hacia dónde estaba su bebé, y siendo como invisibles ella y el chico, Nathan carga a su pequeña hija en sus brazos y le agradecé a la mujer, todo sin tomar en cuenta a Lauren.

—Nathan ¿Tú también? —sigue sus pasos— Aquí estoy, tú no me ignores ¡Nathan! —se le escapa una lagrima.

Su esposo se detiene y mira hacía atrás sin verla.

—Creí escuchar algo Sandy. No importa. —pasa de la puerta y sigue su andar.
—¡Nathan, por favor tienes que escucharme, hoy tuve un día muy raro, no me hagas esto! ¡Te necesito! Justo esperaba hablar contigo.
—Tienes que calmarte Lauren. —terció el chico desnudo tras ella.
—¡Tú lárgate de aquí!... ¡Nathan! ¡Nathan!

Llega al estacionamiento, y su esposo sube a su camioneta haciéndole caso omiso, acto seguido acomoda en su lugar a su pequeña, asegurándola en su asiento especial. Nathan en su asiento, cierra la puerta y enciende el motor. Lauren da golpecitos al cristal de la ventana al volante, sigue gritando, viendo desde ahí a su esposo que la ignora por completo y mueve la camioneta, para irse.
Entonces Lauren va a su auto y lo sigue, hasta su casa con lagrimas en los ojos, esto no puede estarle pasando. Entra después de él a casa y sacándose los tacones para caminar mejor le sigue hasta la habitación de Sandy.

—Nathan escúchame —con calma.

Intentó contarle lo que sucedió en su trabajo, la ignorancia que le dieron sus clientes, sin olvidar al chico que la sigue desnudo, y también en la guardería. Nathan arrulla a Sandy en sus brazos para después dejarla en su cuna, todo sin siquiera dedicarle una sola mirada, y ninguna palabra. En vista de que su esposo al igual que todos ha decidido ignorarla, Lauren desganada va a la cocina para prepararse un café caliente. Se sienta en la mesa y apoyando su mentón en su mano toma un sorbo de café, y recuerda al jovencito, quien parece ser el único que la escucha. Tiene que haber alguna razón, piensa y piensa pero no se le ocurre nada coherente.

—¿Te acordaste de mi?

El joven mostrando toda su piel sentado en la silla a su lado con sus brazos cruzados le sonríe y mira sus ojos.

—Cállate. Está bien, creo que tengo que comprarte algo de ropa. ¿Quieres que te adopte o algo así? —lo mira de reojo.
—Ya te lo dije, quiero que me acompañes a Harlemstown, hay que irnos antes de que pasen tres días.
—Sabes que..., cada vez te entiendo menos, pero, por lo menos tú no me ignoras. —suspira y toma un poco más de café.
—Este es el primer día Lauren, no pierdas el tiempo.

Se dejó su cabello rizado suelto, sus anteojos de marco grueso y negro, para dirigirse en su coche a una tienda de ropa juvenil, antes de que cerraran sus puertas. El reloj de su muñeca marcaba las ocho y doce minutos, tenía que comprarle algo de ropa al chico que esta sentado en el asiento de un lado. Tenía muchas preguntas para él, pero mejor se las guardó. Probablemente se trate de algún juego de niños, o alguna broma que todos le están haciendo, podría ser cualquier cosa, pero eso era lo más seguro, así que haría lo posible por mantener su compostura y no caer en esos trucos.

—Espérame aquí —lo mira antes de bajar— no te muevas o...
—¿O...qué? Te conozco bien, jamás serías capaz de castigar a un menor, o hacerle algún daño.

La joven puso sus ojos en blanco y cerró la puerta dejándolo ahí adentro. En la tienda, trató de llamar la atención de una de las chicas que atienden, pero no lo consiguió, ya tenía un pantalón y una sudadera con capucha, cuyas prendas les había calculado la talla. Al ver que una vez más todos parecían ignorarla, quiso aprovecharse de eso, y guardar la ropa para llevársela gratis sin más, caminó para salir de la tienda y frente a ella se atravesó el chico, su cabeza alcanzaba la barbilla de Lauren, y extendió su brazo para tocarle su hombro.

—Tú no eres así Lauren. No me decepciones.
—¿Qué?

Con su mirada le señaló a la cajera en el mostrador.

—¡Pero todos me ignoran! ¡¿Que no lo ves?! Además te estoy haciendo un favor, para que ya no andes así en publico. —desvía su mirada.
—Lo sé.

Clavó su sobrenatural mirada en los ojos de ella, y la convenció. Fue a la caja y la mujer sonriente le cobró como si nada pasara.

—¡No lo puedo creer! ¡Gracias! —saltó de emoción Lauren y dando unas vueltas salió de la tienda.

Le entregó la ropa al chico y festejó con júbilo que alguien no la haya ignorado.
Con su pantalón y sudadera roja puesta el chico en el asiento de enfrente quedó en silencio, en tanto Lauren que conducía, se llenó de curiosidad por el chico pero prefirió callar un segundo. Detectó con sus ojos los pies descalzos del chico, restándole importancia.

—¿Quieres que te lleve a tu casa? Dime dónde vives.
—Justo es hora de regresar a casa Lauren.
—Ay por favor, está bien, suficiente, dime ¿cómo puedo llamarte? ¿Cual es tu nombre?
—Anael.
—¿Anael? Vaya, que nombre tan curioso. Te queda bien. —emite una risita— Muy bien Anael, ya te divertiste, ya jugaste demasiado, me sorprende que al igual que a mi nadie te escuche o vea. Bueno a excepción de la cajera que si me notó. Por cierto eso fue raro.
—Así suele ser.

Sin entender mucho, nuevamente prefirió callar, y concentrarse en conducir.
En su casa, le dejó dormir a Anael en un sillón en la sala. Y ella fue directo a su habitación para ponerse su pijama; una blusa de tirantes y un pantalón holgado y muy cómodo. Se acostó en su cama y su esposo salía de la ducha junto a otra mujer desconocida para sus ojos, pero por lo visto no para los ojos de su esposo, quien le sonreía, ambos con la bata de baño puesta, y se detuvieron para besarse lentamente.
Algo dentro de Lauren se quebró y le causo mucho dolor, tenía las ganas de gritar muy fuerte hasta reventarle sus tímpanos, pero no pudo hacerlo, se guardó todo y salió de su habitación, para reventar en un llanto que solo Anael pudo escuchar, se acercó a ella y no dijo nada, ni siquiera la miró, tan solo la acompañaba. La joven hundiéndose en un mar de lágrimas, confusión e impotencia; lloró y lloró hasta que la venció el sueño. Terminando dormida ahí en el suelo, afuera de su habitación, apoyando su cabeza en el hombro de Anael. Quien pacientemente...esperaba despierto.
Amaneció y enseguida abrió sus ojos levantándose como un resorte del suelo, y entrando a su habitación a toda prisa, debía alistarse para su trabajo; se lavó la cara, los dientes, se vistió, y peino adecuadamente y apunto de salir, sus pasos hicieron un alto. Miró la cama, en ella dormía comodamente la otra mujer, rubia y hermosa, una mujer que parecía tomar su lugar. La expresión en la mirada de Lauren era distinta, sentía la tentación de asesinarla, pero se contuvo, y prefirió irse a la Librería.


Se percata que todo el tiempo Anael la sigue atrás, pero ya no le provoca nada, solo intenta sobrellevarlo. Al llegar a la Biblioteca, y dirigirse a su mostrador puede distinguir que otra chica esta en su silla, y que su jefa le está felicitando, dándole unas palmaditas en su hombro. Se acercó poco a poco, lo suficiente para alcanzar a escuchar.


—... sí, por supuesto que sí Ana, haz hecho un excelente trabajo durante todo este año, te mereces esas vacaciones...

Decía su jefa a la chica que estaba en su lugar detrás del mostrador.
Eso fue la gota que derramó el vaso para Lauren. Sus piernas se debilitaron y la hicieron caer de rodillas al sueño, con un rictus de tristeza. ¿Un año? Pero si tan solo había pasado un día. ¿Qué estaba pasando con su vida?

—¿Es un sueño cierto? Esto...esto no puede estar pasando. —le preguntó con un hilo de voz al chico de sudadera roja a su lado.
—No es un sueño Lauren, te lo he dicho; hay que irnos, debes despedirte de una vez.
—¿Que diablos estás diciendo? —lleva sus manos a su rostro como si fuera horrible lo que está viendo— No puede ser, no entiendo nada...
—Debes aceptarlo, todavía no lo aceptas.
—¡¿Aceptar qué?! ¡Es suficiente!—se levanta para salir de la Biblioteca directo a su coche.

Mientras conducía para ir en busca de su esposo a su trabajo, se frotaba el rostro con una mano, resoplando y muy inquieta. Estaba perdiendo la paciencia, se volvería loca si todo seguía así.
Ahí estaba su esposo en su oficina concentrado completamente en su trabajo, ella avanzó hacía el a paso firme y con su mano golpeo la mesa fijándose en él.

—¡Nathan! ¡Ahora vas a escucharme! ¡Explícame todo esto!

Silencio. Tan solo se escucha el ruido del teclado que usa su esposo.


—¡Nathan! —grita con mas fuerza y levanta su mano queriendo darle una bofetada. Llegó a su limite.

Anael detiene su mano sujetando su muñeca.

—No tienes permitido hacer eso. —mira sus ojos.
—¡Lárgate de aquí!

Sale corriendo arrasada en lagrimas, sin saber que hacer.
Pasa otra noche, esta noche no pudo conciliar el sueño, y la pasó amargamente en soledad, sentada en la banca de un parque contemplando el cielo, como lentamente cambió hasta verse el amanecer.

Ya no deseó regresar a su casa, más sin embargo ha encontrado en un parque a su esposo, con su amante, y su pequeña hija que ahora parece de dos años, paseando por el parque, de dónde ella no se ha movido. En su rostro se refleja todo su cansancio, por saber ¿que es lo que pasa? ¿por qué lo ha perdido todo? No tiene nada, está vacía...
Entonces algo la dominó, la expresión de su rostro cambio, y la hizo desplazarse hacía ellos, recogiendo una roca de buen tamaño, con la que piensa golpear a su esposo o a esa mujer. Ha llegado a su limite. Alza la piedra y apunto de golpear a su esposo, el chico se le pone enfrente y la mira directamente.

—No Lauren...

Temblando sin poder controlarse, deja caer la roca y posa su mirada en su hija, se queda ahí solo contemplandolos, hasta que se marchan. Lauren decide seguirlos en su auto, con su ya eterno acompañante a un lado, quien sin decir nada solo sonríe y la observa.
El auto de su esposo llega a un cementerio. Un hermoso y amplio cementerio. Ella baja también de su auto y sigue sus pasos, sintiéndose muy incomoda por estar en ese lugar.

—¡Anael! ¡Anael! ¡¿Por qué me siento así?! ¿Que me sucede?
—Cálmate, y solo siguelos.
—¡No, no! Mejor regreso y olvido todo.

Caminaba entrando al cementerio, los brazos de su esposo llevaban un ramo de hermosas flores y su pequeña hija estaba en brazos de esa mujer.
Anael toma la mano de Lauren y la conduce lentamente hacía dónde iban.
Finalmente su esposo se detiene frente a una lapida, dónde se puede leer su nombre completo, fecha de nacimiento y fallecimiento. Su esposo deja sobre la lapida las flores y se le escapan unas lagrimas, la mujer acaricia su brazo para confortarlo.

—La extraño mucho Jessica. Era la madre de mi hija.
—Eso lo sé, y sé que es muy pronto para dejar de sentir dolor por su perdida. Apenas hace dos años y medio que sucedió. Yo te comprendo cariño.
—No...no debí dejarla trabajar en esa Biblioteca, ella no tenía la necesidad yo, yo trabajaba y mi salario era suficiente..., pero ella, y su pasión por los libros, no la despegaba de su trabajo, iba y venía todos los días, sola... Luego ese accidente de auto. ¡Me la arrebato! ¡Eso no debió pasar Jessica! —Voltea a verla con sus ojos lacrimosos— ¡Eso pudo haberse evitado!

Con sus brazos la mujer lo abraza y cierra sus ojos.

—Ya, ya. Recuerda que tienes a tu hija todavía. Y seguramente, Lauren vivirá en tu memoria y en la de tu hija y muchas personas más.

Tragándose el llanto, Nathan observó la lapida de Lauren un momento, con silencio acompañado de Jessica y su hija. En tanto Anael miraba como Lauren había quedado atónita y no se movía.
Estaba muerta, desde hace tiempo. Y no lo sabía, o quizá...

—No. —dijo Lauren negando con su cabeza lentamente, mientras retrocedía con sus ojos bien abiertos— ¡Esto no es verdad, no! ¡No es cierto! ¡Yo, yo estoy viva! ¡Mírame! —grito a su esposo— ¡Aquí estoy! ¡Estoy contigo! ... —con voz quebrantada, observa a Anael— ¡Dile! ¡Anda dile que aquí estoy!
—Lauren...
—¡Cállate! —exclama desgarradoramente—
—Lauren, tenemos que ir a Harlemstown, solo queda un día más, y si no vas, tú...
—¿Yo que?
—Serás una errante, o peor puedes...
—¡Deja de decir tonterías! ¡Lárgate y déjame en paz! ¡Vete de aquí! —se derrumba en la tierra y libera su llanto.

Anael aleja sus pasos.



La luna esta en lo alto del cielo ya casi llega el tercer día. Ha descubierto que Anael ya no está con ella, finalmente puede vagar sola por las calles, ya que no piensa volver a casa, no tiene a dónde ir.
Más sin embargo llega a un barrio, y sintiéndose cansada de andar sin rumbo, se sienta en el borde de la acera, y ve como de vez en cuando pasa un coche por la calle. Hay enormes casas a su alrededor, pero hay silencio, ya que es plena noche, y los niños han dejado de jugar desde hace rato, para entrar en sus casas, preparándose para dormir. Y ella..., ella sin saber que pensar, está sola, está vez si, realmente sola. Ni siquiera Anael la acompaña.

—Ese niño dijo que era... ¿Un guardián? ¿Pero que quiere decir? Dios mio... —levanta su mirada al cielo— No comprendo nada, yo...yo no estoy muerta, esto no puede ser así.

Hablaba ella sola, para si misma. Un cuervo bajó y dobló sus alas para posicionarse a su lado ahí en la orilla de la acera. Un ave que no llamo la atención de Lauren ella sigue pensando y pensando.

—¿Debería volver a casa?
—Tal vez no debas volver a casa, ni ir a Harlemstown. —se escucho otra voz, de un hombre joven muy cerca de ella.

Lauren asombrada de que alguien aparte del chico la haya escuchado, más aparte desesperada por que no ve a ningún hombre cerca, se pone en pie.
El cuervo despliega sus alas y se transforma en un hombre joven, con traje negro, luciendo muy pulcro, con una piel pálida y de apariencia atractiva.

—Quizá quieras venir conmigo...

Aunque era bello, y vestía bien, y su cabello oscuro lo lleva atado en una coleta baja, dejando ver por completo su rostro, esos ojos negros y profundos parecían dejar escapar fuego, penetrándola y escarbando en su interior provocandole escalofríos. Sin embargo sus palabras, eran mas encantadoras que las del chico.

—¿Y tu quien eres?
—Eso no te importa. ¿Quieres una salida a todo esto?
—¡Si claro que sí!
—Entonces ven conmigo, haré que todo esto acabe. ¿Quieres que ya nadie te ignore volver con tu familia, a tu trabajo? Que todo sea como antes ¿O no?
—Por supuesto.
—Bien, acompáñame, yo te ayudaré. —sonriente le tiende su mano.


Era como si todo estuviera brillando, al fin terminaría con su tormento, pero recordó a Anael, y todas esas preguntas que se había guardado. Era momento de soltarlas.

—Espera... ¿Tu sabes que es Harlemstown? ¿Qué es un guardian?

Las comisuras de los labios del joven, que formaban una sonrisa, cayeron, borrándola por completo. Su figura se oscurece totalmente y sus ojos brillan en rojo, sus dientes ahora son picudos y adopta una forma monstruosa, espeluznante que hace correr a Lauren. Con un grito que parece gruñido la persigue como si fuera una ráfaga de viento. Lauren sin entender avanza lo más rápido que puede, y a gritos llamó a Anael, para que le ayudará, y tropezó, cayendo en los brazos del niño, que aún vestía la ropa que ella le regaló. Hay silencio, y al mirar tras ella, mientras es sostenida por Anael, puede ver que la calle esta sola, y ese extraño ser, que la seguía como queriendo cazarla ha desaparecido. Con su respiración agitada por la adrenalina, mira los ojos de Anael, una mirada pacifica y un rostro apacible dispersa las nubes oscuras que aquel ente o lo que haya sido había dejado en su presencia.

—No tengas miedo.
—¿Que fue eso?
—Un demonio, de los muchos que hay en el mundo. Pero son invisibles a los ojos vivos de las personas, y no suelen manifestarse, solo aveces, cuando están desesperados por cazar almas.
—¿Cazar almas?
—Tú eres una, y sin cuerpo, lo que te tiene desprotegida. Dios no les permite a los demonios, pasarse del limite con las personas vivas. Sus cuerpos son el templo de Dios, pero tú, ahora estás muerta, tu cuerpo se esta descomponiendo, y debes venir conmigo. Pero tú no quieres, quieres seguir viva, en tu trabajo, con tu familia, pero llegó la hora de despedirse Lauren.

El corazón de Lauren todavía estaba inquieto. Casi pudo sentir como sería absorbida por aquel demonio, que estaba apunto de alcanzarla.
Sin poder decir una palabra, baja su mirada, y se aleja de él.

—Soy tu Ángel guardian —continuó Anael— Harlemstown es el lugar cerca del cielo, a dónde debes ir primero. Yo debo entregarte, es mi deber. Así como protegerte y amarte cuando estabas viva. Se nos hace tarde.
—¿Que pasa si dejo pasar el tercer día que dijiste que me queda?
—Yo me tendré que ir, tendré que abandonarte, y tú te quedaras atrapada en este plano, lamentándote, pidiendo auxilio a los vivos, pidiéndoles que recen por ti si es que te escuchan. Y deberás huir todo el tiempo de los demonios que siempre querrán cazarte. Entonces... —extiende su mano— Vamonos.


La blanca y brillante mano de Anael quedó tendida. 


Lauren volvió a casa. Y por la noche vela el sueño de su pequeña hija de casi tres años, vigila a su esposo, y no puede hacer mas que contener sus deseos de asesinarlo, o darle su merecido por tratar de hacer que otra mujer ocupe su lugar. Casi todo el tiempo, tal y como dijo Anael, tiene que escapar de las garras de los demonios, que son muchos y vagan por el mundo. Se dio cuenta que no es la única alma en libertad por el mundo, hay otras pero no les puede ver la cara, ni tampoco puede relacionarse de alguna forma con ellas, todas parecen perdidas, pero se han aferrado a este mundo, queriendo inútilmente aferrarse a una vida que ya no tienen, haciendo presencia en sus trabajos, hogares, o sitios favoritos. Pero es el acoso de esos demonios, lo que empieza a ser pesado, con su simple presencia les roba energía. Energía que ocupan para poder tirar algunos objetos, abrir puertas, hacer algo de ruido, con el fin de llamar la atención de sus seres queridos, u otras personas. Muy en el fondo desean ser ayudados a alcanzar el cielo, se llegan a arrepentir de no seguir a su Guardián. Sin embargo todo vale la pena, si se puede estar cerca de sus familiares, aunque ellos no puedan verlos, aunque ya no puedan sentirlos, pero estar ahí; es más que suficiente. Aún si llega a ser tan peligroso, como el inevitable destino, de ser llevados a la fuerza por los demonios, sin importar cuanto tiempo huyan de ellos, cuanto hagan por evitarlos. Si algún ser vivo no los quiere escuchar, no les ayuda...están perdidos.
















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lunes, 18 de mayo de 2015

Lo que falta (Relato)

-
















Podía sentir el aire acondicionado adentro de mi coche, mas eso no me ayudaba a calmar mis inquietas manos, mi cansancio mental, el dolor en mi espalda. Tampoco ayudaba a despejar mi camino. Estaba en medio de una congestión vehícular, en una de las avenidas de la ciudad mas transitadas. Tanto trafico me rodeaba, y ya tenía ganas de llegar a casa, para descansar, para darme una buena ducha. 
Algunas personas comenzaron a hacer sonar sus claxon, yo por mi parte esperaba impaciente, y afloje un poco la corbata azul de mi traje gris. Sentía que me sofocaba. 
Pase mi mano por mi cabello castaño hacia atrás, y mire el reflejo de mis ojos por el espejo retrovisor. Poco a poco avanzaba.
Hasta que finalmente llegué a casa, después de una dura jornada en mi oficina. Me saque mi saco, deslicé mi corbata hasta liberarme de ella, y deje en una mesa mi maletín. Caminé hasta la sala. Encontrándola sola. Llegue a la cocina. Sola. ¿Para que me urgía llegar a casa? Si en ella no encuentro nada, todo es tan vacío. Todo es tan silencioso. Solo puedo escuchar mis pasos, y un llanto ahogado dentro de mi, pero, que con eco invade mi cabeza. ¿A esto se le puede llamar casa? No es más que un dormitorio para mi; un lugar dónde llegó a descansar. 
¿Desde cuando me volví tan solitario? No me di cuenta. Deje pasar el tiempo, las oportunidades, me concentré en lo que yo creía importante. ¿Qué es importante? Tener una buena vida, ser totalmente independiente, reconocido. ¿Pero por que estoy solo? 

Salí de mi ducha, fresco y limpio. Entre a mi habitación y ahí estaba una joven, de apróximadamente veintisiete años, igual que yo. Una mujer que sentada en el borde de mi cama me veía directamente a los ojos. Esa poderosa mirada, hizo que retrocediera unos pasos, y me sintiera abochornado. ¿Que hacía esa mujer aquí? ¿Quién era? Yo, recién salí de la ducha y estaba envuelto en una toalla, solo la mitad inferior de mi delgado mas no débil cuerpo. No estaba acostumbrado a que una mujer me viera en estas condiciones.
 Quería preguntarle, decirle algo pero no salían las palabras de mis labios, no estoy preparado para las sorpresas, mucho menos acostumbrado. Ni amigos tengo. Una completa desconocida, ahí enfrente, mirándome con un rostro pasivo, un cabello largo y negro, que enmarca un rostro redondo, joven y radiante. No aguante más, debía decir algo, así que abrí mi boca...

—No digas nada... 

Me dijo antes de que yo pudiera hablar. Tan solo la mire arrugando el ceño. ¿Como es que entro a mi casa?

—Daniel. 

¿Ahora sabe mi nombre? ¿Quién es esta loca? Empezaba a molestarme. 

—Ven, siéntate conmigo. —me sonrió. 
—No. —finalmente pude decir— Antes dime ¿Quién eres y que haces aquí? En mi casa. 
—No hace falta. —bajo su mirada. 
—¡Claro que si! —levante mi barbilla— Mira, solo por que eres una chica, no me gustaría ser grosero contigo o algo así. Soy un caballero, así que te pediré que por favor salgas de mi casa. 
—¿Cómo puedes decirme eso? —levanto su mirada con unos ojos muy brillantes, apunto de soltar lágrimas.
—¡Eh, eh! No llores, yo solo... 

No sabía como lidiar con mujeres, tan solo me relacionaba con ellas por el trabajo. Nada más. ¿Pero quién era esa chica? Me acerqué un poco y con mis manos como queriendo tocarla pero a la vez no, buscaba las palabras mas adecuadas para decir, pero no se me vino ninguna a la mente. Estoy jodido, como siempre... no sé tratar a las mujeres.
La chica se puso en pie y llevó sus pasos hacía la ventana de mi habitación, dándome la espalda. Corrió la cortina y miró el cielo ruborizado de afuera. 

—No me iré. Me quedaré contigo. Vístete si quieres. Yo te espero. 
—¿Qué? ¿Cómo puedes decir eso? Bueno...al menos dime tu nombre.
—¿No me digas que me haz olvidado? —miró por encima de su hombro.
—¿Olvidarte? Pero si ni siquiera sé...
—¡¿Me olvidaste?! —se giró y la expresión en su rostro cambió. Claramente estaba molesta.


¿Que pasa con esta loca? Tal vez no sea bueno tratando a las mujeres, pero tampoco pensaba tratarla mal. Así que, opte por seguir la corriente. Luego pensaría que hacer con ella. Busqué privacidad para vestirme, vaya...hace tanto tiempo que no buscaba soledad para vestirme en mi propia casa. Todo era tan extraño, que esperaba despertar, seguramente se trataba de un sueño, porque, esa chica, siendo tan linda, es decir, era como mi chica ideal, y aparte apareció tan de repente. No podía ser real, debía ser alguno de mis sueños locos, o capaz mi imaginación. Intenté convencerme de que, al volver a mi habitación, la encontraría como siempre, sola; y todo lo que ocurrió, lo dejaría como una alucinación mía. Por que en fantasmas y esas cosas, no puedo creer, sin embargo... no fue así. Ahí estaba esa chica todavía, está vez metida en mi cama, como si la cosa no pudiera ponerse más difícil, parecía que ya se había dormido, cubierta con mis sabanas. Ni siquiera había tardado en volver, como para que este dormida, no puede estarlo. En todo caso, no podía tolerar más dejarla hacer lo que quisiera en mi casa, y como si ella fuera mi jefa o algo así, dejarla darme ordenes como; "vístete". Suficiente. 

Llegué a mi cama y de un tirón la descubrí totalmente. Enseguida abrió sus ojos y me miro.

—Ah...Daniel. —levantó sus comisuras de labios formando una dulce sonrisa— Anda, entra en la cama, es hora de dormir ¿no? 


¿Por qué estaba tan relajada? Hace un minuto atrás estaba enfadada. No entendía nada. Suspiré, cruce mis brazos y enarque una ceja. 

—No. Oye...tengo trabajo que hacer antes de dormir, yo no duermo tan temprano, y...además. ¿Puedes irte de una vez? Por favor. —esta vez me costó más sonar amable. 


Cualquier otro hombre en mis condiciones y ante esta oportunidad de, tener a una mujer encantadora a su merced, ya se habría aprovechado. Pero resulta que yo no era "cualquier hombre". O ¿Será que me he vuelto un amargado? Peor aún...¿homosexual? No, para nada, ya estaba pensando tonterías. Estoy comportándome normal, ella es la rara aquí. 
Sin más, bajó de mi cama, como si estuviera rendida, o aceptando que yo por supuesto que tenía razón, y debía irse a casa. Parecía que, ella también se había cambiado de ropa, llevaba puesto un blusón blanco largo casi a las rodillas, por su baja estatura, su cabello suelto y descalza. Se había preparado para dormir. Está chica tiene problemas, probablemente se siente tan sola como yo en su casa, y vino en busca de algo más o no sé, pero ¿de dónde me conocía? Jamás la había visto en mi vida. En cambio, ella me conocía bien, o eso parecía. 
Caminó hacía mi, espero que para despedirse de una vez. Se fundió conmigo en un abrazo. Mi mente se puso en blanco, inmóvil, incapaz de responder de algún modo. Mis ojos se cerraron. La unión de su cuerpo al mio, permanecía, como si estuviera durando toda una eternidad. En silencio, pero mi corazón estaba bombeando sangre muy rápido, que podía escucharlo con claridad. Hace tanto que no sentía esa cercanía con una mujer, hace tanto que no sentía ese calor. Estaba sudando, estaba tibia mi cara. Se sentía tan bien ese abrazo que, ahora no quería que se alejara.

—Te quiero...

Susurraron sus labios, que rozo en mi mejilla, tan delicado y dulce. Mis labios temblaron, queriendo decir algo pero no podía. Así de fácil caí rendido a ella. Ninguna mujer antes me había dicho esas palabras que hasta me atravesaran el pecho, y hace mucho tiempo que no me abrazaban con cariño. Siempre tan solo, siempre tan ocupado. Pero vivía bien, o eso quería creer. 
Después del trabajo que tenía pendiente, dejé mi escritorio, mi Notebook, todo, para ir a la cama a dormir, y ahí seguía esa chica, de nuevo como si ya estuviera soñando. Me acosté a su lado, contemple su rostro frente a mi, ese rostro tan puro y sereno, aún con sus ojos cerrados cautivaba completamente. No quería dejar de verla, no quería cerrar mis ojos también. Temía que de hacerlo, despertaría de un sueño, porque era lo más seguro que podría pasar, esto...no puede ser verdad. Entonces sin darme cuenta, me perdí en el sueño. 
Mi despertador sonó como todos los días. Siempre lo desactivaba de inmediato y poco a poco me movía para salir de la cama y prepararme para ir al trabajo, pero esta vez fue distinto; me desperté sufriendo un sobresalto, toque con mis manos el lado izquierdo de mi cama y... no estaba ella. Estaba solo, como siempre. Lo sabía...todo fue un sueño. Que tonto de mi parte, creer que algo así podía ser real, pero, parecía ser tan real, como mis manos, que frente a mis ojos he extendido para verlas con detalle, para preguntarme. ¿Que estoy haciendo con mi vida? Necesito compañía, necesito amor, no puedo seguir así, yo...no nací para vivir en soledad. Quiero divorciarme de la soledad. 

Terminé de ducharme, vestirme y peinarme para ir a la oficina. Baje las escaleras de cristal de mi moderna y, enorme casa. Y mi nariz alcanzó el aroma de la cocina, olía a comida,  alguien estaba usando la cocina. Lo primero que se me vino a la cabeza; la chica. Me apresure en bajar la escalera y me dirigí a la cocina, esperando encontrarla ahí, a la misma que ayer había visto en mi habitación, anhelando que no haya sido un sueño. Me asomé y quien cocinaba era la señora que contrate para la limpieza de mi casa, rara vez ella me cocinaba y tal parece esta es una de esas. Me avergoncé de mi mismo ¿Como puedo seguir pensando que aquello haya sido verdadero? Debía olvidarlo de una vez. Era ridículo. ¿Como algo así sería posible?
La señora, una mujer de cuarenta años, regordeta y de cabello castaño y corto. tardó en percatarse de mi presencia, cuando giro para verme con una cuchara en su mano, me sonrío de inmediato.

—Joven Daniel, disculpe que no le haya avisado esta vez. Le preparé el desayuno. 
—Gracias señora Monroe. Pero, llevo prisa. 

No tenía ganas de nada, ni siquiera de ir a trabajar pero tenía que. Fue como un golpe de depresión. Y temía que se reflejara en mi rostro.

—Entiendo, pero, por favor, debería preocuparse más por su salud, tiene que alimentarse bien. No me diga que tomara solo un café como casi siempre a estas horas. 
—Sí. Gracias, es usted muy amable, pero en verdad no...
—¿Le pasa algo? —acercó sus pasos viéndose preocupada.

Lo sabía. Se me notaba.

—No, no. Todo está bien. Tengo que irme. Disculpe. 

Di media vuelta para escapar, o más bien salir de casa. 
Cuando llegué al edificio, de una de las Editoriales más reconocidas del país. En dónde trabajaba como Editor y Escritor. En recepción estaba sentada esperando ser atendida una chica que llevaba consigo una carpeta con papeles, mi primer visión fue rápida y desinteresada, pero luego detuve mis pasos y la miré con mas atención. Era idéntica a la chica de mi sueño. ¿Y si no fue un sueño y realmente paso, luego escapó de mi casa? ¿Por que alguien sería igual a una persona de un sueño? Y además, la gran coincidencia de que esté aquí en la editorial dónde trabajo. Tenía que hablarle, hacerle tantas preguntas. Deseaba conocerla y a la vez necesitaba saber por que hizo eso, y luego desapareció. Sentí un manojo de nervios, y hasta me dieron nauseas. ¿Como hacer eso sin verme como un loco? Se veía tan sería, y seguía esperando. 

—Señorita Layla. —le llamó la recepcionista. 

La chica se puso en pie y se acercó al mostrador con sus papeles en mano. Yo me quede ahí quieto, no quería irme. Tras un momento la chica que ahora sé que su nombre es "Layla" Avanzó hacía el elevador. Yo le seguí el paso lo más disimuladamente posible. Entramos juntos al ascensor, se cerraron las puertas, dejé que ella eligiera el numero de piso, y con una mano sostenía mi maletín y con la otra afloje un poco mi corbata, respiré profundamente. Le eche un vistazo con el rabillo de mi ojo, no tenía mucho tiempo. 

—Layla... —pronuncie su nombre algo inseguro. 
—¿Si?. —me respondió viéndome inmutable. 
—Creo que, te conozco...

Quedamos en silencio un segundo. Hacía un esfuerzo para hablar, aunque la había visto antes, o eso creía, era como si realmente le estuviera hablando a una desconocida, y a eso no estoy nada acostumbrado, encima es una chica. Y una que, de algún modo, me hizo sentir mucho con un abrazo, haya sido real o no..., lo sentí, y este siendo yo un loco o no, ya no importa, debo hablarle, intentar relacionarme con alguien más aparte de mis compañeros y compañeras de trabajo. 
Ella no dijo más y se alejó un poco de mi. Pero eso no me detendría. 

—¿Puedo saber a que haz venido? —le sonreí.
—Vine a registrar mi obra. 

Se abrió el ascensor llegamos al piso que ella eligió. Salimos juntos del elevador, caminamos hacia un pasillo.

—Ah, excelente, eres una Escritora.
—Sí, me encanta escribir.
—A mi también. 

Nuestras miradas se encontraron y sonreímos. Ella se detuvo, y yo también.

—Entonces algo me dice que podemos aprender mucho juntos. ¿No? —me dijo.
—Por supuesto. Si quieres...te puedo dar mi numero de celular, para hablar un poco más. 
—Interesante, claro. 

No podía creer lo fácil que me salió. Aunque todo seguía siendo extraño. Y no sé como terminé todo esto, me sentía feliz de que, al fin pusiera mi atención en otra cosa, que no fuera el trabajo. 





"Se trabaja para vivir. No se vive para trabajar" 




miércoles, 8 de abril de 2015

La Bruja y el Ángel mestizo [Capitulo 22]














                              Capitulo-22











Con calma. Jace arriba del caballo, lleva uno de sus cigarros encendido, contemplando a Ezio y Aveline que, frente a frente, se han quedado en un completo silencio, que a decir verdad, empieza a ser aburrido para él. Una mujer más, su amigo siempre ha sido así, pero nunca antes se había obsesionado tanto con alguien a tal punto de proponerle algo tan absurdo como lo que acaba de decir. Espera y no esté hablando en serio.
Al analizarlo, la chica detecta esa tela envuelta en su pantorrilla, una obvia herida de batalla, pero no es que le importe. Da un paso adelante y tocando su costado que aún le molesta un poco, mira sus ojos.

—No necesito tu ayuda, ni la de nadie. Yo trabajo sola.
—¿Y no necesitan más Templarios? Mi amigo Jace me ha contado, que ha escuchado que los Templarios son pocos, y que son más los Asesinos. ¿Es verdad?
—¿Tú qué sabes de los Templarios? Ni yo puedo ser todavía parte de ellos. No tomes la orden Templaria a la ligera.
—¿No lo eres? Pero, les estás sirviendo. ¿Así que ponen a prueba?
—Eso no te importa, y deja de seguirme, o…
—¿Me matarás? —levanta sus cejas con incredulidad— Muy bien, entonces hazlo de una vez. —abre sus brazos como esperando recibir su ataque— Adelante…mátame, porque no pienso dejar de seguirte. Lo único que deseo, es ayudarte. Y no digas que no necesitas ayuda. —clava su mirada en su costado— Es claro que esa lesión aún no te cicatriza, no dejas de tocarte.
—Tú no estás mejor. —le señala la pierna—
—Vamos cariño, mátame ¿Qué esperas?
—Lo haré cuando me plazca. No recibo órdenes más que de mi Maestro.

Ezio baja sus brazos y no deja de verla. Aveline retrocede unos pasos, debería irse ya pero hay algo que se lo impide.

Garrett tenía que apañárselas para subir por los muros con un solo brazo, era más difícil de lo que creía. Connor le dejaba atrás, iba muy rápido, como desesperado. Llevaba mucha prisa, por terminar con todo de una vez.
Sobre uno de los techos en Boston, Garrett con sigilo llega a dónde un guardia vigilaba a la orilla del tejado, y desde atrás, le cubre su boca con una mano, y con la otra le apuñala con su hoja oculta, bajándolo con delicadeza al suelo cuidando de no hacer ruido. Un ligero golpe en su hombro lo obliga a voltear hacia atrás, Connor le señala uno de sus hermanos; Arno. El mismo con el que se había puesto al tanto ayer.
Arno Dorian, era un Asesino importante, que hace tiempo, justo cuando la hermandad estaba renaciendo, había viajado con Garrett desde Francia, para brindar apoyo a la hermandad en América. Había estado todo el tiempo afuera, y casi sin descanso, cuidando de sus hermanos Asesinos, y llevando a cabo su misión. Podría considerarse, un tipo de sub-líder en este momento, y también la mano derecha de Garrett.
Con un porte elegante, y altanero, tan característico de Arno, se presenta ante su líder.

—Me han informado la ubicación de Aveline de Grand Pre, discípula de Haytham Kenway. Podríamos haberla asesinado ya, hay un grupo cerca, se han encargado de despejar el lugar de casacas azules. Precisamente me dirigía a la base de Asesinos, necesito saber tu opinión. Ya que esa era misión de Connor. —voltea a ver al joven nativo de traje azul.
—Si la tienen en la mira ¿que están esperando? —cuestiona Garrett.
—Hay ciertos riesgos. Ella es muy fuerte. La última vez que un grupo se enfrentó a ella, solo uno  de ellos salió con vida, pero tuvo que huir. Parece que la habían dejado herida, pero a como la hemos visto, no parece muy debilitada.

Connor toma su distancia y solo se dedica a escuchar a los Asesinos sin interrumpir, pero su mirada de halcón, y oído agudo, no descansan. Todo el tiempo ha estado custodiando su alrededor. No baja la guardia, ni tampoco Garrett.

—Ahí lo tienes, está herida ¿no? Debe estar algo debilitada, tienen que aprovechar justo ahora que se encuentra así.
—Garrett. —se acerca un poco más casi para decirle al oído— El número de Asesinos ha disminuido, cada vez somos menos. No podemos arriesgar a más hermanos.
—Entiendo. Entonces yo y Connor nos encargaremos. Tú sigue en lo tuyo, y que los demás se dediquen solo a buscar a más Templarios, luego me lo haces saber a mí.

Arno asiente.

—Aveline —añade Arno— se encuentra en el puente que lleva a Nueva York. A las afueras de Boston. Estaba hablando con dos cazarecompensas, deben darse prisa.

Enseguida el Asesino francés se marcha. Con una seña Garrett le indica a Connor seguir adelante.
Para ir más rápido  montan dos caballos, y los hacen correr a todo galope.




No podía irse, y tampoco era capaz de matarlo. Su corazón vibraba con tanta energía, como nunca había sentido antes. Es como si, algo dentro de ella, ha reaccionado. ¿Será la sangre que fluye como un torrente por todo su cuerpo? ¿O, aquel vibrar en su pecho? Un sentir tan agradable, tan cálido, lo que la hace apenas sonreír. Una sonrisa tenue, pero clara. Sonrisa…que toma por sorpresa al joven Italiano, que con un rostro perplejo la observa. No había dicho nada, no habían dicho una palabra, solo se habían estado mirando. Capaz y había sido su silencio, lo que le ayudó. De hecho, jamás se había tomado un momento de silencio con ella.
Con Aveline no servían sus estrategias, sus tácticas de conquista, nada…
Tampoco las había usado, solo se había dejado guiar por su corazón, los deseos que de él salían. No la conocía, y eso lo sabía bien, pero, el simple hecho de ser diferente a todas las mujeres de Boston y Nueva York, la hacía tan irresistible. A pesar de ser un mujeriego, tal parece, que podía enamorarse de una forma tan pura y simple. Y Aveline, aunque fría y cruel, Ezio, le ha ayudado a sentir lo que hace tiempo creía estaba muerto. Revivió algo en ella, que, después de tanto, la ha hecho sonreír. Y no puede dejar de hacerlo.

—Está bien. Puedes acompañarme, pero, no será fácil que te unas a los Templarios.
—¿En serio? ¿Hablas en serio? ¿Aveline? —lleva sus pasos a ella.
—Sí. —su sonrisa sigue ahí.
—Aveline… ¿Puedo abrazarte? —extiende sus brazos, anonadado al ver su sonrisa.


Estando a punto de responderle…

—¡Aveline de Gran Pré!

Exclamó Connor viniendo hacia ellos. Ezio al mirar hacia dónde estaba Jace, sufre un sobresalto y lo primero que hace es tocar el mango de su espada, y fruncir el ceño. Garrett depositaba en el suelo el cuerpo sin vida de Jace. Después de todo era un cazarecompensas, de esos que han estado capturando a sus hermanos para llevarlos directo a la horca.

—¡Asesinos!

Ezio grita y levanta su espada, echándose a correr hacía Garrett que sin inmutarse permanece quieto, mirándolo venir fijamente.
Un peso lo empuja antes de que pudiera llegar al Asesino y cae al suelo. Es Connor quien lo retiene ahí en el suelo, y no lo deja moverse.
Garrett se encarga de Aveline, intentando matarla. La chica a duras penas se defendía, no tenía la fuerza de siempre. Con su espada Aveline intentaba cortarle, pero Garrett se cubría con su hoja, que chocaba con el acero de la chica, brotando chispas. Con una vuelta logra desarmar a la chica, adueñándose de su espada, con su brazo bueno tiende la espada tocándole con el filo su garganta. Garrett respira profundamente viéndola a los ojos. Aveline ha quedado inmovilizada.

—¿Por qué no me matas? Pudiste hacerlo. —sin un rastro de temor en su faz, la chica  le sostiene su mirada.
—¿Quieres morir? Como tu amigo Templario, Shay.
—Tú debes ser el Maestro Asesino, quien dirige a la hermandad en América.
—Sí. Y tienes razón podría matarte justo ahora, pero me serviría de mucho tu ayuda. Podrías llevarnos con tu Maestro.
—¡Déjala en paz!

Se escuchó el grito de Ezio, quien seguía siendo retenido por Connor.

—Connor. —mira el rostro de quien fue su amigo— ¿En qué te has convertido?
—Eso no importa. —ceñudo— Los Templarios, ellos fueron quienes destruyeron mi aldea, mataron a mi gente y ahora, quieren esclavizar a la gente de América. No puedo permitirlo. Aveline es uno de ellos.
—¿De qué estás hablando? ¿Acaso te has vuelto uno de esos Asesinos? Connor, tú eras de los nuestros, los Asesinos no son más que…
—¡Hombres libres que desean simplemente defender la libertad de la gente!
—¿Y ahora vas a matarme? Asi como tu amigo mató a Jace.
—Aveline asesinó a Eynard y André. ¿Lo haz olvidado?

Sin responder, Ezio solo lo observa.

Recién acababan de desayunar. Haytham y Charles lee dejan ahí sus copas de vino, para levantarse de la mesa dentro de la comodidad de la base Templaria. Y salen del fuerte directo a un carruaje para emprender su camino hacia el centro de Nueva York. El famoso bar Pimienta Negra, estaba en la mira del líder Templario desde hace rato. Quería despejar sus sospechas de una vez por todas, y no había mejor forma que visitando el sitio.
Caminaban juntos hacía el carruaje que ya los esperaba con todo y chofer, el clima es templado y con un sol brillante en el cielo. Suben al carro y este los lleva hacía la ciudad. A través de una carretera, pasando del campo. Es cuando Haytham delante de su compañero se dispone a hablar.

—Es mi hijo…

Atrae la mirada interrogante de Charles lee.

—Ese joven nativo, es mi hijo —continúa—, y estoy seguro que sigue protegiendo el fruto.
—¿Qué te hace tener sospechas en ese bar? La última vez que me lo comentaste, no me quedó claro.
—Él —refiriéndose a Connor— frecuenta mucho ese bar, y me han dicho que se lleva muy bien con los dueños. No me sorprendería que hubiese elegido ese sitio, para esconder ahí el fruto. Siendo una buena alternativa, de gran confianza.
—Pero ¿Por qué en un bar?
—¿Quién podría sospechar de un Bar Charles? Es mi hijo, heredo la inteligencia de su padre.

Sin decir más Charles desvía su mirada. Haytham empezaba a sonar tan orgulloso de su hijo, que resultaba extraño, más aún porque jamás lo había visto, ni lo había conocido bien.

Bajan del carruaje estando frente a esa dichosa taberna, y de pronto un grupo de guardias llegan a ellos. Al juzgar por la expresión en sus rostros, Haytham podía deducir de lo que traían para decirle, eran malas noticias, y eso no le gusta nada. Con sus manos unidas atrás como de costumbre, los escucha.

—Señor, muchos guardias han sido asesinados cerca del puente a las afueras de Nueva York. Nos han informado que está invadido por Asesinos. Su discípula Aveline de Grand Pré está ahí. También el salvaje que tanto buscan.

Tras un breve silencio Haytham abre sus labios.

—Déjenle ese trabajo a Aveline.
—Está herida señor, y está en el suelo. Podrían estar a punto de matarla, si no es que ya lo hicieron.

Con una mirada dirigida a Charles. Haytham vuelve a subir a su carruaje suspendiendo la inspección al Bar, para tomar rumbo hacia dónde le indicaron los guardias se desenvuelve el conflicto.
Llegó la hora de encargarse el mismo de los asuntos de la orden.

Connor había liberado a Ezio, para ser el mismo quien se ocupará de Aveline, pero Ezio no podía permitir que le hicieran algo a su amada, y por eso, Garrett se vio obligado a retenerlo, y cuando estaba a punto de asesinarlo, fue Connor quien lo impidió con un grito, haciendo que Garrett tan solo lo agarrara fuerte para no dejarlo meterse entre la pelea de Connor y Aveline.

—¡Suéltame de una vez! ¡Asesino! —reclamaba Ezio sacudiéndose con violencia—
—Eh, será mejor que te calmes y guardes silencio. Solo por Connor te he perdonado la vida, pero en cualquier momento puedo cambiar de parecer.


Estaba completo, sin ninguna herida, con toda su fuerza, imponencia y coraje contenido. Connor, con su Tomahawk había rasgado la piel de Aveline tres veces, dejando marcas en su abdomen, brazo, pierna. Siendo suficientes para derrumbarla en el suelo. Ya estaba debilitada y ahora más. El salvaje es muy fuerte, muy brutal, pero sabe que, no quiere matarla. Dentro de ese aspecto rebelde, duro y potente, se esconde una nobleza, bondad y un corazón tan grande. Cualquier otro ya la hubiera matado. ¿Por qué no? Si es parte de los Templarios, aunque todavía se estuviera ganando su lugar oficial, dentro de la orden. Podría pensar que está obedeciendo al líder Asesino, de no matarla, porque la necesitan, pero tiene la oportunidad de terminarla. Se está desangrando, está ahí tendida en el suelo apenas pudiendo sostenerse con sus débiles brazos, dejando una mancha de sangre que crece lentamente, respirando con dificultad, y aquel líder no ha dicho que se detenga, no ha dado ninguna orden. Tal parece que lo está dejando a su criterio, a su voluntad. Pero este joven nativo, se ha quitado su sombrero de tres puntas azul, y con una rodilla en la tierra ahí, cerca del puente, se inclinó para mirarla.

—Fueron ustedes ¿Verdad? Quienes atacaron mi aldea hace años. Enviaron a una mujer, quien usó la identidad de la ladrona para acabar con mi gente.
—Puedes matarme de una vez. Yo fui quien se disfrazó de la ladrona para atacar tu aldea. —revela mirando sus ojos, con una vista cansada.

Sin inmutarse el nativo simplemente la contempla detenidamente, espera seguir escuchando más.

—Estaba siguiendo órdenes. Nos enteramos que… el fruto del Edén, lo tenían ustedes. Debía ir al valle mohawk y… buscar en esa aldea específicamente. Casi era mío, pero apareciste tú, a querer salvar a tu amigo y… me lastimaste, menos que ahora pero. —queda cabizbaja.
—¿Por qué sigues a los Templarios?

A lo lejos Ezio se había tranquilizado, y ahora ponía toda su atención a Aveline, sabía que no estaba muerta, que estaba hablando y, estaba haciendo un esfuerzo por escuchar. Garrett no se confiaba y no dejaba de retenerlo.
Como si Connor pudiera ver dentro de las personas, con solo mirar sus ojos, se percata que, en esta mujer, había un gran dolor comprimido, y que realmente, no era una mala persona.

—Yo…

De los orbes de la chica de piel morena se escapan unas lágrimas, y en su voz se percibe su sentimiento.

—Solo quería honrar la memoria de mi padre. —dice— No eres el único que ha perdido a seres importantes en su vida. Por eso quiero entrar en la Orden.
—Puedes honrar a tu padre, haciendo el bien.
—No, tú no entiendes. ¿No vas a matarme? Ya lo sabes, fui yo quien asesino a tu madre, fui yo quien incendió tu aldea, no la ladrona…yo. ¡¿Qué estás esperando?! ¡Mátame!
—Mátala.

Tercea la voz de Garrett, en un tono alto, para poder ser escuchado por Connor. Ezio empieza a alterarse.

—¡No! ¡Si la matas! ¡Te juro Connor, que lo pagaras con tu vida!
—¡Vamos Connor! —lo alienta Garrett con una sonrisa de complicidad— Tú deseas vengarte, no lo olvides, ella dirá y hará lo que sea, para que no la asesines. Incluso fingir esas lágrimas.

Connor se pone de pie y lleva su sombrero a su cabeza colocándolo correctamente, y no deja de ver a la chica, quien agachada ya no dice más, ni siquiera hace un último esfuerzo para defenderse. Es como si ya está totalmente agotada de ese camino que ha tomado, esta rendida, y probablemente, dispuesta a pagar por lo que ha hecho. Hay algo en ella que a Connor le impide tomar venganza, creía que no le importaría. Pero al verla ante él, moribunda, al igual que su madre, y además, también es mujer. ¿Qué clase de hombre sería, si asesina a una mujer? Su madre era una, y ella siempre le exigió respeto hacia las mujeres. No puede hacerlo.

—No… tú no morirás. Pero promete que dejarás a los Templarios, y te unirás a nosotros por el bien. —le tiende su mano.

Sin recibir contestación alguna. Connor baja su mano, y enseguida Garrett al ver lo que ha hecho, mejor dejó ir a Ezio hacía la chica. Como si su presencia le ayudará en algo, pronto llega a ella y la sostiene en sus brazos sin importarle el mancharse de sangre sus mangas blancas y chaleco elegante.

—¡Aveline! ¡Respóndeme por favor! Dime que me escuchas.

La chica había cerrado sus ojos, perdió mucha sangre y la sigue perdiendo.

—Te llevaré al médico.

La levanta en sus brazos y al dar la vuelta para retirarse…

—Vaya, vaya… que reunión tan peculiar. —dice Haytham—

Haytham junto a Charles lee habían llegado, y caminaban lentamente hacía ellos, tomando su distancia para verlos. Garrett y Connor estaban en guardia, y Ezio no sabía si huir con Aveline en brazos para salvarla, o quedarse a defenderla.

—Será mejor que la dejes en el suelo, ahora. —se dirige Haytham al joven italiano.
—Debe ser uno de esos cazarecompensas, señor. —comenta Charles, al descubrir con su mirada el cadáver de un cazarecompensas conocido cerca.
—No me importa. —con sus brazos atrás avanza hacía el joven que tenía en la mira y no había obedecido su orden.

Estando frente a él, entrecierra sus ojos viéndolo más de cerca.

—¿No escuchaste lo que te dije?

Quería protegerla, ese hombre no le inspiraba confianza, pero supone que, siendo de los Templarios, ayudará a Aveline, será mejor dejarlo en sus manos. Poco a poco se agacha dejando a Aveline a los pies de Haytham. Quien sonríe una pizca.

—Bien. —pasa a ver a Connor y Garrett, yendo hacia ellos— Ustedes deben ser los Asesinos. Déjenme adivinar… —sonriendo muy leve— ¿Ustedes fueron quienes se infiltraron a nuestro fuerte principal, acabaron con los guardias, y asesinaron a Shay Cormac?
—Es correcto. —responde Garrett poniéndose frente a Connor— Para ser más precisos, fui yo quien acabo con la vida de ese tal Shay Cormac.
—Ah… ya recuerdo ¿Tu eres el Asesino mediocre, que intentó enfrentarse a mí, aquella vez? Y no lo consiguió, me vi en la necesidad de no darte importancia para que siguieras vivo.
—Un gran error de tu parte ¿cierto?
—Dime ¿Qué piensas hacer ahora?
—¡Basta! —exclama Connor— ¡Tú fuiste quien dio órdenes a Aveline para que atacará mi aldea, y todo por el fruto! Aquí el que debe morir eres tú.
—¿Y qué esperas que no lo haces? —cuestiona Haytham medio burlón.

Connor, se había enterado que el líder de los Templarios, era su padre, justamente a él quería llegar, para cobrarle lo que hizo, y todo por un artefacto de la primera civilización. Haytham, lo reconoce como su hijo, pero primero está la orden, y es capaz de lo que sea para defender los ideales y objetivos de los Templarios.
Aveline con esfuerzo se levanta del suelo y da pasos, que parecen pesados, hacía su Maestro. Al haber escuchado su voz, se siente arrepentida de estar apunto de rendirse a la muerte, y abandonarlo todo, quiere recuperarlo todo de nuevo. No sabe como es que ha terminado así, ella siendo tan esplendida en las peleas. ¿Se estaba debilitando? ¿O simplemente no era tan fuerte como creía?.
 Ezio intenta ayudarla, sosteniéndola, pero Aveline lo aparta con un ligero empujón.

—Maestro… —extiende sus brazos hacía él— Maestro ayúdeme por favor. —cae de frente cerca de sus pies y se arrastra para tocar su pantalón— He acabado con gran cantidad de Asesinos, a pesar de estar herida continúe y… le prometo que, cuando me recupere, yo…

Nadie hace nada, solo la observan. Al igual que Haytham, pero lo que expresa su mirada es diferente, lleva repulsión, vergüenza, odio.

Suena un chasquido, de algo que sale expulsado de la muñeca de Haytham, algo que mantenía oculto, y puede ser percibido solamente por Garrett.


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