lunes, 5 de mayo de 2014

Teengears [Latidos del corazón]









Capitulo-24       —Latidos del corazón—

















—¡Rápido! ¡Hay que salir de aquí! —Steve corriendo a la cabeza de un lesionado Greg , y Derek.

A su vez controla al par de Alienbots, que acelerados les siguen el paso. El montón de gente los  persigue sin rendirse. El trío de científicos bajan por unos amplios escalones a un piso más bajo. Sin quitar su vista de enfrente.

—¡¿Por qué no usamos los ascensores?! —sugiere entre jadeos Greg, forzando su cuerpo a seguir corriendo.
—¡No podemos! ¡Nuestro deber es distraerlos! —la voz grave de Steve-  ¡Tampoco podemos lastimarlos, mucho menos matarlos!
—¡Ay por favor!—interviene Derek—¡Es una minoría de personas a comparación del mundo! Si tuviéramos a Seungri con nosotros,  acabaría con todos. Es más, estos dos Alienbots podrían ser suficientes. —sonando agitado por acelerar sus pasos—No sé, así podríamos ir a ayudar a Break ¿Qué tal si nos necesita?

Steve no lo había pensado. Pero su comunicador se lo ha llevado Lea, no hay forma de enterarse del estatus de su líder, hasta que lleguen a las naves.

—¡Break nos ha dado una orden! ¡Y debemos cumplirla!

Las puertas se abren a su paso. Recorren el laboratorio, no obstante, aún falta para llegar a la planta más baja.

—¡Nos alcanzan! —avisa Greg viendo como esa multitud de personas descabezadas están cada vez más cerca.




Ha perdido el control en sí misma. Todo ese brote de sentimientos encontrados la está poseyendo. Su mente y corazón le piden que lo asesine. Pero la mano con la que sostiene ese bastón, esta como entumida, como si otra energía, ajena a ella intente detenerla. El rostro del viejo, arrugado de horror por verse tan cerca de la muerte. No es suficiente para que Lea le quite su feroz, y frívola mirada de encima.
Break ha encontrado el modo de manipular la máquina. Tantos años estudiándola, para crear una contra-maquina, resultará beneficioso y muy útil ahora. Mas no puede permitir que la única oportunidad de salvar la humanidad de las manos de Haarp, se vaya con un disparo.

—Lea…escúchame. No lo hagas.

Le pide con el mayor tacto posible en su voz. Y lentamente avanzan sus pasos a ella, sin reparar siquiera en la manipulada María. Que con sus ojos ardiendo, se ha puesto de pie, y con un gruñido similar a un ronroneo de un gato. Extiende sus brazos al frente con sus manos engarruñadas como garras, moviéndose contra a Break.
Gerard mira con el rabillo del ojo y una sonrisa, cambia la expresión de su cara. Break distingue esto, y acto seguido, se echa hacia atrás para evadir los brazos de María. Insistente, y con un rostro arrasado en furia, lo sigue de vuelta, y con sus manos lo tumba al suelo, echándose sobre él. Intenta golpearlo, rasguñarlo, o estrangularlo… lo que sea para hacerle daño, para acabarlo. Pero Break sujetando sus muñecas con toda su fuerza, se lo impide. Aunque no resistirá mucho.
Los gruñidos más sonoros “despiertan” a Lea, que aparta su vista del viejo, para ver a Break siendo atacado.

—¡Break! —pasa el apuntador del bastón de oro hacia la chica manipulada.


En su desesperación por lastimar a uno de los “intrusos”, pero viéndose incapaz de usar sus brazos. María, tira mordiscos como perro rabioso. De alguna forma debe matarlo.

—¡No Lea! ¡No te atrevas! ¡Es María! —forcejea.
—Pero… —sosteniendo el bastón directo a la amenaza.

Gerard esta fuera de la vista de ellos, asi que aprovecha para arrastrarse, ya que sin su bastón es incapaz de levantarse. Y recoge su mini-aparato Haarp.

—¡No la lastimes…solo ayúdame a quitármela de encima!
—¡Sí! —asiente con su cabeza.

Va enseguida y deja caer el bastón, puesto que no le sirve. Olvidando a Gerard, ya que se siente alarmada al ver a su líder en peligro, y también la última esperanza del mundo.
Lea engancha sus brazos en los de María, inmovilizándola asi, aunque oponga resistencia. Y la aleja de Break con facilidad. En eso Gerard alcanza su bastón de oro, que usa de soporte para ponerse de pie, y se desplaza hacia la espalda de Lea, amenazando con usar el Haarp portátil en ella.
Break capta dicho acto, y se sobresalta.

—¡Lea cuidado! ¡Atrás de ti! —le avisa con sus ojos bien abiertos.




Sus pies no pueden ir más rápido, y cada vez están más cansados. El grupo de muchas personas controladas, les pisan los talones. Se precipitan hacia ellos tan inquietamente, que unos caen al suelo, y otros los pisotean a su paso.
Es tiempo de que Steve haga algo con sus Alienbots. Por lo que activa cierta acción desde su control, y sus dos Aliens robots, que iban tras ellos corriendo, se elevan un poco del suelo, flotando a la misma velocidad que corrían. Uno abraza por la espalda a Steve y el otro se encarga de Greg y Derek, llevándolos en sus brazos. Salen disparados como balas de cañón directamente a las paredes, rompiéndolas y perforándolas a su paso, dejando grandes agujeros. Así avanzan contra los muros, que no son un impedimento. Dejando muy atrás a todas esas personas.

Los dos robots alienígenas, frenan al pisar afuera del laboratorio. En todo ese ambiente blanco, por la nieve, y cielo nublado un tanto gris.  

—¿Por qué nos hiciste correr tanto? ¿Por qué no hiciste eso desde un principio? —reclama Derek con disgusto, mientras se peina con sus dedos su larga cabellera plateada.
—Necesitaba asegurarme de que nos siguieran. Recuerda…
—Sí, sí, ya sé. Te pareces a Break…

Steve trata de ignorarlo, en tanto teclea en una pantalla táctil que sostiene. Está llamando a sus naves.

—Bueno seguramente vienen en camino —comenta Greg soportando el ardor de su herida en el brazo. Que por fortuna dejó de sangrar.
—Cuando estemos en la nave, te atenderé esa herida. Aguanta. —habla Steve sin dejar de ver su pantallita-
—No es tan profunda, casi no sangre, pero… —mira su lesión apretando sus dientes. Sí que le duele.
—Te vez pálido…más de lo normal. —Derek lo mira cruzándose de brazos y medio sonriendo.
—No se relajen tan pronto. Aquí vienen… —levanta su mirada al laboratorio.

El vibrar en el suelo repleto de nieve, y el retumbar de las pisadas múltiples.

—Vamos.

Steve viendo al cielo, vislumbra tres naves que llegan sobre ellos. Una de ellas es la más colosal, la que le pertenece a Break.
Los platillos voladores, expulsan luz hacia ellos, y los aproximan, subiéndolos más y más hasta que entran en las naves.

—Es difícil esto de “no poder matarlos”.

Dice Derek desde su nave en el cielo, a determinada altura de donde contempla la masa de gente descontrolada, que salta y con sus manos arriba, intentan inútilmente alcanzarlos.

—Es gente inocente. Que todavía puede salvarse, y su mente volver a ser libre. Se supone que venimos a ayudarlos, no a matarlos.

Se escucha la voz de Steve en las bocinas internas de la nave de Derek y también la de Greg.

—¡Eh! ¡Ya quedo claro! Pareces una grabación…

El científico de cabello dorado, quien su herida está siendo tratada por una maquina curativa. Detecta con su mirada azulada y serena, a su compañero Jake, entre todo ese montón de gente haya abajo.

—Qué horrible debe ser, estar bajo el control del Haarp.

Steve ya está intentando comunicarse con su líder, desde el comunicador de su nave.

—¿Break? ¿Break me escuchas? —frunciendo el entrecejo, y tocando con dos de sus dedos una pantalla en el tablero de la nave.




Puede escucharlo con claridad en su oreja. Pero sus sentidos no responden. ¿Qué debe hacer? ¿Qué puede hacer? Lea, está apunto de…
Gerard se desvía yendo hacia Break. Entonces Lea voltea a verlo sin soltar a María.

—¡No!


Exclama la rubia, rodeando el cuello de María con su brazo para sujetarla, y con su otra mano le da un empujón a Break tocando su pecho y tirándose sobre él, pone su espalda de escudo. En un movimiento tan veloz que es imposible distinguirlo con ojos humanos. Gerard termina colocando el aparato contra la espalda de Lea, creyendo que tocaría a Break.

Atónitos observan como el cuerpo de la francesa brilla reluciente, emitiendo una luz tan deslumbrante que los obliga a cerrar los ojos. La luz se apaga y Break puede verse cara a cara con Lea. Sus miradas se enlazan, y una ligera sonrisa brota de los labios de la chica. Todo a su alrededor se suspende. Solo ella y Break pueden moverse. ¿El tiempo se detuvo? Otra vez, para la joven.

—Lea… —viendo como su antepasado y María están como congelados— No entiendo que pasa. Esto es…
—Break, tienes que sacrificarte. Debes ofrecer tu vida a cambio. Morir…
—Lo sé. —vuelve a ver sus ojos.

De los ojos de Lea se asoman unas pequeñas lágrimas.

—No quiero perderte. No a ti. —con un nudo en la garganta— Ya he perdido demasiado.
—Es lo que tengo que hacer. Lo…lamento.
—Break… —susurra y sus mejillas arden.

Despega sus labios como si fuera a decir algo, pero en cambio tiemblan, como teniendo frío. Esta conteniendo el llanto…el dolor. Todo se está acumulando en sus entrañas.
Con su mano toca la tibia mejilla de Break, y lentamente sus labios se funden en un beso ¿De despedida, o amor?
Es muy confuso para los dos.
Sus ojos cerrados y sus labios unidos tan delicadamente. Una lagrima rueda por la mejilla de Lea.



—¡Break responde! ¡¿Ha pasado algo?!


Lo oye muy, muy lejos.
Nunca en su vida había recibido un beso, siempre estuvo encerrado en casa, estudiando, investigando, inventando. Después, ocupado con sus amigos, buscando una forma de acabar con el Haarp. Nunca tuvo tiempo para el amor.
Por eso su corazón se altera. Y al momento en el que Lea se separa, las manos de Break en su cabeza de rubia melena, la atraen para continuar el beso, saboreando esta vez sus labios. Empieza a ser muy vergonzoso para Lea, pero al mismo tiempo, es muy placentero.

—B-Break… —suspira al retirarse de sus labios.



El tiempo sigue su curso, y Gerard aparta el aparato cayendo en la cuenta de que se equivocó. La chica inmune lo protegió.

—¡Yo me encargo!

Vocifera Lea y agarra del brazo al viejo, sin liberar a la salvaje María, que muerde con fuerza su brazo, pero ella lo soporta, incorporándose y llevándolos lejos. Corre y corre hacia el elevador que los trajo, para irse y dejar a Break hacer lo suyo.
El ascensor se desliza hacia abajo. Break con su mano siente lo agitado que esta su corazón. Sin entender mucho esta reacción, ni tampoco poder controlarlo. Se levanta del piso y moja sus labios, encaminándose hacia el imponente control principal del Haarp. Del techo de cristal se puede ver que ya no cae más nieve pero el cielo comienza a oscurecer. Jamás le había parecido todo tan hermoso, es impresionante sentirse así, a pesar de estar en medio de un gran lío.
Sacude un poco su cabeza, para liberarse de esa sensación y concentrarse en lo que debe hacer. Es la primera vez que se siente tan tonto ¿A eso le llaman amor?


—¡Break, por favor responde!

Suena la voz insistente de Steve.

—Aquí estoy ¿Qué ha pasado?
—Estamos bien. Ahora nos encontramos en las naves. La gente está debajo de nosotros. Todo lo tenemos bajo control. ¿Y cómo vas con el Haarp?
—No tengo tiempo. Seré lo más breve posible. —apoya una mano en el tipo de tablero de la maquina viendo este— Steve escucha…sí existe un modo de volver a la normalidad a la gente. Al ser yo un heredero, la sangre de la familia Eastlund corre por mis venas. Solo yo puedo controlar el Haarp, y cambiarlo todo, pero…moriré.
—¿Qué? ¿Por qué? ¡Break, no puedes morir! ¡Debe haber otra forma!
—No la hay. Hace un momento, no me importaba morir, aunque ahora…

Recuerda el beso con Lea.

—No me gustaría morir, pero no puedo retroceder, no justo ahora. —con una expresión afligida.
—Break, olvídalo, olvídalo todo. Abandonemos esta época, y volvamos a la nuestra. Tratemos de buscar otro método.
—Ya no podemos regresar. Nos han descubierto, ahora lo saben todo sobre nosotros ¿Recuerdas?. Además, sería incapaz de dejar a esta gente así, mucho menos dejar a Lea con toda esta carga.
—¡Pero Break! ¡Obliga a Gerard a hacerlo!
—Imposible, debe ser voluntario —intenta explicar— Steve… cuida de todos ¿De acuerdo?
—No, no lo haré ¡Maldita sea Break! ¡No puedes hacerlo! ¡¿Por qué tienes que ser tú el maldito héroe?! ¡Mierda!


Es tanto su impacto, que escupe palabras que jamás había mencionado. Su voz puede ser oída por Greg y Derek, quienes se exaltan y curiosos empiezan a intervenir.

—¿Qué está pasando Steve?
—Steve… ¿Qué sucede? ¿Break está bien?

Por otro lado Zafrina vuela por el cielo, y desde ahí observa las naves del equipo Break, y toda esa gente. También, puede ver como Lea sale del laboratorio apurada, con el viejo Gerard y María escabulléndose a otro lado, donde la gente amontonada no pueda verla.


—Sacrificio… —sonríe una pizca y pestañea pesadamente.

Resalta su brillo, y blancura en el cielo, más oscurecido.



viernes, 25 de abril de 2014

La Bruja y el Ángel mestizo [ Capitulo-5 ]











                         Capitulo-5











Se levanta el humo de su aldea, hacia el cielo. Las flamas arden provocando caos, desorden. Gritos lloriqueos, seguidos por gimoteos de dolor, se pueden oír desde el exterior. Dónde, su amigo defiende la esfera que brilla como el sol, teniéndola en una mano, y en la otra una daga, que intenta clavar en la mujer. Vestida de marrón, con una capucha y arco con flechas colgando de su espalda. Es imposible ver su rostro. Es una intrusa, seguro ella es la culpable de esta tragedia, y parece que quiere arrebatarle ese objeto reluciente a Kanentokon.
Preparando una flecha desde el follaje del oscuro bosque, dispara directo a la espalda de la mujer extraña, solo por ayudar a su amigo. Viendo como cae de rodillas en la tierra, quejándose por el malestar e intentando sacarse la flecha.

—¡Kanentokon!

De un grito el joven nativo se acerca a su amigo encorvado, con una mueca de dolor y una respiración agitada. Sangrando de su brazo y pecho, pero aún tiene fuerza para mantenerse en pie.

—¡Ratonhaketon! —lo mira iluminándose su rostro.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué…?
—¡Tu madre…tienes que ir a verla! ¡Es mi deber proteger el tesoro del clan! ¡Tú ve con tu madre, rápido!
—¿Qué le ha pasado a mi madre?

La intrusa encapuchada ha logrado pararse, y expulsando una hoja oculta de su muñeca viene contra ellos.

—¡Vete ya! —gruñe empujándolo a un lado.

No puede abandonar a su amigo en ese estado, y con esa extraña que a pesar del flechazo, se ha recuperado muy pronto y se muestra cargada de energía. Pero…su madre.
La recuerda y evadiendo los derrumbes, impidiendo ser rozado por el fuego, llega al que fue su hogar, que ahora, poco a poco se destroza. Se echa con el abdomen al piso, para asi evitar el humo que no lo dejaría respirar, apenas lo inhale. Arrastrándose y arrastrándose, hasta alcanzar a su madre, que muy quieta y con una faz serena, sus ojos entrecerrados y haciendo un gran esfuerzo por respirar sus últimos alientos. Espera su muerte. Alguien la ha lesionado gravemente, su pecho esta ensangrentado. Un hilo de sangre escurre por la comisura de sus labios. ¿Han intentado asesinarla?.

—Madre… —inquieto se postra ante ella para verla de cerca— Tengo que sacarte de aquí.

Está por cargarla, cuando su madre usa sus últimas fuerzas que le quedan para apretar su brazo y apartarlo bruscamente.

—Vete. Vete Ratohnhaketon. —Articula con debilidad.
—No lo haré. —frunce el ceño.
—Entiende…hay cosas que no puedes evitar, por más que te esfuerces.
—No hables. Tan pronto te saque de aquí, te pondrás bien.
—¡No seas tonto!

Se escucha como tose su madre, casi ahogándose. Escupiendo sangre.
El techo se cae a pedazos. En cuestión de segundos se derrumbará por completo, y si no se apresuran, será su tumba.

—Dime ¿Quién hizo esto? ¿Fueron los hombres blancos verdad?
—Una mujer…vestida como la tierra. Esconde su rostro y cabeza… —libera un quejido tocando su propio pecho con una mancha roja— Se fuerte hijo… —con su mano ensangrentada, estrecha la de su hijo para darle fuerzas— Tienes que serlo. Yo siempre… estaré contigo… hasta el fin de tus días. Te…amo.
—No te irás.

La carga en sus brazos y esquivando los pedazos de techo y paredes, que decaen. Salen de ahí.
Tiene que salir de su incendiada aldea si desea salvar a su madre, quien permanece con sus ojos cerrados.

Afuera se encuentra con su amigo, que todavía lucha contra ese demonio vestido de mujer. Sin embargo de momento es incapaz de darle una mano. Su madre, es primero. Detrás de un arbusto la recuesta y revisa si sigue respirando. Nada..., Después, toca con su mano por sobre su pecho para sentir su corazón. Nada…

—Madre…

Expresando esa tristeza en su cara, y con sus ojos húmedos, mas sin derramar una lágrima. Pasa su mano por la frente de su madre, dejando una marca de la misma sangre que ella compartió en su mano. Despidiéndose así de ella. A pesar de todo, la quería… porque, a pesar de todo…era su madre.
Guarda todo ese dolor, como bien sabe hacer, y su preocupación cae en su amigo.

La bola dorada con líneas grabadas, que está en la tierra, rueda hacia los pies del joven nativo.

—Ratohnhaketon no dejes que…

Recogiendo la esfera al instante, la mujer le lanza su hoja oculta haciéndole solo un rasguño en su mejilla. Desenvaina su Tomahawk, y aunque nunca haya lastimado a un humano. Todo ese odio, que se acumula en su interior lo impulsa. Después de todo, no le dará lo que desea, por lo visto, esa bola de oro. —regalo de los espíritus y dioses según creían—
El sonido de la hoja raspar al salir de su brazo, da inicio al enfrentamiento. Un gruñido feroz, y garras rasgando la tierra, se pueden escuchar. Su mascota, que había tenido desde niño. Un lobo. Se le echa encima a la mujer, mordiendo su brazo con rabia, sin soltarla. Ratohnhaketon aprovecha para arrojarle a su amigo la bola dorada, y avanza hacia la chica con su Tomahawk. Cuando con un movimiento preciso, la hoja de la mujer asesina al lobo. Antes de que el nativo pudiera atacarla, ella se lanza sobre su amigo y lo tumba al suelo, enterrando su hoja en el cuello. Se adueña de la esfera, y Ratohnhaketon se la arrebata de inmediato, impactando el filo de su hacha en el hombro de la mujer. Cayendo rendida, de rodillas, gimiendo de dolor, tocándose su hombro. El nativo se posiciona cerca de ella para acabar con su vida.

—Ratohnhaketon...

La voz de su amigo lo hace voltear a verlo.

—No dejes que se lleve el tesoro.
—Kanentokon. —preocupado.

Tiene la misma expresión de su madre en su último aliento. Cuando vuelve su vista para terminar con la asesina. Ya no está. Ha desaparecido.
Con su mirada la busca alrededor y nada…
Ha huido. La tentación de buscarla —ya que cree que no pudo haber ido tan lejos, tan herida— lo domina, pero…su amigo.

Conservando la esfera dorada, y con su Tomahawk manchada de rojo va con su amigo.

—Kanentokon resiste…
—¿Ves la aldea? Todos están muriendo. Ahora me toca a mí.

Se limita a verlo y escuchar.

—Tú… siempre fuiste mejor que yo en todo. Yo jamás, pude alcanzarte…jamás quise delatarte con tu madre tampoco. Ni espiarte. Pero… dime Ratohnhaketon, dime que me perdonas, y que mi muerte…no es en vano ¿verdad?. Al menos cumplí con proteger el tesoro.

De los labios del joven, no salen palabras. Solo observa compasivo.

—Al menos esta vez hice algo… Ratohnhaketon, sé que no mataste a Charlotte, te pude ver con mis ojos…todo lo que hiciste, pero eres mi amigo, sabía que la amabas, asi que ya no te delate. Sé que todavía la sigues amando, y…la extrañas. —emite un gemido de dolor— Búscala.
—Ahora me preocupa más esa mujer. Tengo que buscarla y acabar con ella, ayudar a quien pueda en la aldea…

Con esfuerzo suelta una risita.

—Siempre…ocultando tus sentimientos amigo.

La sonrisa en sus labios se desvanece al igual que su vida. Ratohnhaketon con sus dedos cierra sus parpados delicadamente.

—Te perdono…amigo. —susurra.

Salta de rama en rama. Su visión es tan aguda que no importa la oscuridad de la noche. Todo lo ve tan claro. Y aunque examine los rastros en la tierra, esa mujer no aparece a la vista. La ha perdido.
En su aldea ya es muy tarde, el fuego ha consumido todo a su paso hasta cesar. Solo hay ceniza flotando en el aire, ruinas, y cadáveres de su familia por doquier. Camina en medio de lo que quedó. Nada. No hay señales de vida, ha quedado completamente solo.
¿A dónde puede ir? Si este es el único hogar que conoce. Se queda en las cercanías de su aldea, y con los árboles a su espalda y un profundo silencio, y un vacío inmenso, elabora una fogata, para iluminarse y proporcionarse calor. Un rostro apacible queda en él, como si no tuviera corazón o sentimientos. Enfocado su vista en las flamas que pareciera que bailan ante sus ojos. Recordándole el largo cabello de Charlotte siendo movido por el viento al correr. Cierra sus ojos despejando esos pensamientos. Volviendo a concentrarse en la fogata.
«Esa mujer tiene que pagar por lo que ha hecho. ¿Por qué lo hizo? ¿Alguien la mandó? ¿Fueron los hombres blancos? ».
Sostiene con ambas manos la esfera brillante, que había protegido su amigo.
«¿Por qué quería esto? »
La bola irradia luz, que se expande, extendiéndose a lo amplio de su alrededor. Entrando como a otra dimensión, viendo frente a él, como una clase de espíritu femenino, que nunca había visto antes. Cabello largo y negro, con algo extraño en su cabeza, vistiendo de blanco, pálida, tan pálida de su rostro, lo está observando detenidamente por unos segundos.

—No debes permitir que los templarios obtengan el fruto.
—¿El fruto?.

Todavía no puede comprender ¿Qué sucede y que es lo que está viendo? Será…

—¿Eres…un espíritu?
—Mi nombre es Minerva. Y bueno, sí, algo así… lo importante es que escondas el fruto, no dejes que caiga en manos equivocadas.
—¿Quiénes son los templarios?
—¡Se están apoderando de todo!. Han acabado con todo miembro de la hermandad de asesinos en América. —camina de un lado a otro lentamente— Quizá no lo entiendas. Pero lo que tienes que hacer, es esconder el fruto en un lugar donde no puedan encontrarlo. ¿Entendido?
—¿Esconderlo?

El espíritu se esfuma junto con todo lo que lo rodea.

Lentamente sus ojos se abren, viendo la luz del día. Se percata que está echado sobre la hierba en medio del bosque. ¿Cómo llegó ahí? Quien sabe…
El fruto, está en su mano.
Se incorpora y recuerda lo que debe hacer. Se echa a correr directo a la sepultura del padre de Charlotte. Y desentierra la caja de plumas de su amiga. Abriendo el cofre, introduce el fruto y lo guarda. Volviendo a echarle tierra hasta cubrirlo totalmente.
Continúa sepultando en ese mismo lugar, con su respectivo espacio, a su amigo, a su madre. Sin duda este se ha vuelto un sitio muy especial.
Si tan solo pudiera saber, si Charlotte está viva, o muerta. Lo más seguro es que haya muerto y siendo así, le gustaría al menos poder darle un lugar de descanso cerca de sus seres queridos. Sentirla, más cerca.
Siente la gran necesidad de ir a buscar a la asesina de su gente, a quien ocasionó toda esa serie de muertes. ¿Sería una templaría? Aún tiene muchas preguntas y dudas. Pero sus ganas de vengarse, cada vez crecen más.

Va más allá del valle, y más allá del bosque. Pasando de los casacas rojas que vigilan. Evitando ser visto por ellos.
Logra vislumbrar casas de madera y vida humana. Es gente blanca, seguro ellos pueden saber algo de esa mujer asesina.

Es un pueblo pequeño a las afueras de la ciudad de Nueva York.
Pasea por las calles, y hace un alto para acariciar a un perro callejero. La gente le dirige miradas de desprecio y con gestos de repugnancia. Saben que es un nativo, y desconfían al creer que es un salvaje, literalmente. Con confianza, se aproxima a una señora.

—¿Dónde está la mujer asesina? —pronuncia en un tono violento, como exigiendo respuesta.
—¡Aléjate de mí salvaje, o llamaré a la guardia!

Sigue con su andar, ahora más apresurado por el miedo de ver a un salvaje. A pesar de su esfuerzo el tono de voz del nativo, no era para nada educado, y que decir de la forma en la que pregunta. Está empezando a llamar mucho la atención y sobre todo, a alterar  los habitantes del pueblo.
Estando al centro de la calle, pensando por dónde comenzar a buscar por sí solo. El sonar de las pezuñas de un caballo, es cada vez más cercano.
Un joven vistiendo elegante, y portando una espada y una pistola. Con su cabello castaño atado de una pequeña coleta hacía atrás y una notable cicatriz en sus labios. Frena a su caballo.

—¡Apártate de mi camino indio!

Ratohnhaketon ni siquiera se mueve, más que para verlo inmutable.
Los ojos del joven con acento italiano, se distraen al captar a una mujer muy bella y joven, paseando por ahí, sin prestar atención a su alrededor. Y enseguida desmonta el caballo.

—Señorita, luce usted tan hermosa ¿Me concedería el honor de saber su nombre? —toma la mano de la chica y deposita un beso en su dorso. Sonriendo una pizca.
—Eh… bueno. —abochornándose— Mi nombre es Alicia.
—Alicia, un placer Alicia. El mío es Ezio… Ezio Auditore. ¿Vas a alguna parte? Yo con gusto puedo llevarte, debes estar cansada. Vamos sígueme…

De su mano la conduce a su caballo. Es ya muy común en él, seducir a cuanta mujercita se encuentra en su camino.

El nativo despega su mirada de ellos, pero algo blanco lo hace mirar el suelo. Mientras el joven le ayuda a la dama a subir al caballo. Algo se le ha escapado de su ropa. Es un papel que se lleva el viento hasta los pies de Ratohnhaketon. Recogiéndolo lo desdobla, pudiendo ver el retrato de la misma mujer que está buscando. No sabe leer, pero arriba se puede leer “Se busca viva o muerta” Y en la parte inferior, la cantidad que están ofreciendo de recompensa. Claramente dice, que es una ladrona. 





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sábado, 19 de abril de 2014

Hilo Rojo [Capitulo 6 ]














                    Capitulo-6















—…No quiero irme. —mantiene su mirada fija.

Sus miradas enlazadas concentran cierta energía. Lo que parece debilitar a José, obligándolo a apartar su vista. Con un gesto tieso. Descarta la idea de llamar a la policía, y se le viene otra mejor. Claro…puede funcionar. Le dará lo que “quiere” justo y como hace con todas.

—Ten…

Le extiende su mano invitándolo a coger un reloj de oro, que sacó de su pequeño bolso.

—Como dije, solo quería darte algo. De esta forma te agradezco.

José de un manotazo a la frágil muñeca de la joven. Lo tira al suelo…cayendo al césped del frente de su casa. Acto seguido engancha su mano en el brazo de Vicky y la conduce adentro de su mansión, empujándola contra una pared. Lo sujeta de sus hombros para ver sus ojos antes de “actuar”, como solía hacer. Una sonrisa que expresa lascivia, es visible en sus labios, borrándose así, toda tensión y rastros de coraje en él. Su mirada es diferente, y la clava en sus ojos profundamente, siendo atrayente, tan absorbente que hace temblar a Vicky.
Continúa deslizando sus manos a lo largo de los delgados brazos de la chica, dejándola sentir su respiración contra la piel de su cuello.
Un cosquilleo la recorre, y aquella mirada la ha dejado tiesa, como espantada, alterada. Ningún músculo le responde, ni siquiera es capaz de cerrar sus ojos, mucho menos de abrir sus labios, para decir algo.
José coloca sus manos a la cintura de Vicky como diciendo “esto es mío ahora”.
Algo es extraño, tanto que lo hace detenerse a ver los ojos de la joven, cuando experimenta una sensación fuera de lo usual. El ver en su rostro el miedo grabado, junto con esas mejillas tan coloradas, sus ojos viendo al infinito, sin un punto en específico, como estando perdida, y temblando. Esa visión, ese sentir, toca su corazón, y siente como si dejara de latir por dos segundos. Y no le es posible el pensar, en lo absoluto.
Recupera sus sentidos, y se aleja del cuerpo de la chica, dejándole ver su espalda.

—Vete.

Vicky logra respirar, pero entrecortadamente, luego de nuevo le es necesario usar su inhalador, para finalmente salir como si la estuviera persiguiendo alguien.
Esa mujer da miedo… ¿En serio le da miedo? ¿Cómo puede hacerlo sentir asi? ¿Qué tiene de especial? Solo es una mujer. Una que le impidió el seguir jugando con su cuerpo, sin siquiera decir una palabra, sin siquiera hacer un leve movimiento.
No está, ni la mitad de buena que todas las mujeres que ha conocido. Es muy flaca, y tampoco es muy bonita. ¿Entonces por qué?. Cualquier chica cae rendida a sus encantos, no se resisten y se lanzan como fieras a él.
Pero ella… ¿Es diferente?


Victoria está convencida. No lo volverá a hacer, dejará de buscarlo, esta sin duda es la última vez, ya ha tenido suficiente de él. No le importa más. O de eso, quiere convencerse. Su interior le grita “Ve con él” y hay algo muy pequeño aferrado a ella muy, muy dentro que le pide…amarlo. ¿A un desconocido? Qué locura. A decir verdad, ha hecho demasiadas locuras, que ya no se puede permitir más.




Ha recogido el reloj de oro sin poder evitar una mueca de repugnancia, y lo lleva hasta su habitación. Lo observa detalladamente, con su estricta mirada, y lo arroja sobre un mueble. Es un reloj barato. No tiene ningún valor, ni siquiera sentimental claro está. No sabe por qué lo ha traído a su recamara. Si no significa nada para él. Por ahora tiene que volver a centrarse en su trabajo, la siguiente composición espera.



Después de varios días.
Está acostumbrada a esta vida. La costumbre es su fuerza. De hecho, la costumbre es fuerte. Qué difícil es quitársela de encima, y es tan pesada como el mundo entero.
Victoria como cada día, después del trabajo. En casa, lo primero más importante que debe hacer, es prepararle la cena a su esposo. Y tiene que terminar, lo más rápido que pueda, sin importar si está muy cansada, o con ganas de ir directo a la regadera. Es su deber como esposa ¿En serio lo es? ¿A tal grado?
Viven en una ciudad de alta sociedad en Nuevo León. La ciudad más costosa y rica de todo México, y no es por exagerar. Claro… José Madero es casi un vecino. Su esposo tiene el poder para pagarle a una sirvienta, pero… no lo hace. También puede mantener a su esposa sin problemas, y asi no mandarla a trabajar para que cubra sus gastos pero…tampoco lo hace.

—Espero te guste.

Vicky pasa el platillo bien servido de salmón y ensalada, a la mesa. Y le pone a su alcance un vaso de vidrio con limonada y una rodaja de limón decorándola.
El hombre con un gesto duro, y en silencio empieza a comer. Victoria sabe que no debe molestarlo. Asi que da pasos alejándose del comedor.

—¿A dónde vas?

Su voz retumba en las paredes.

—A darme una ducha. —en un tono débil.

Su esposo se levanta de su silla como si tuviera un resorte, dirigiéndose a ella y atrapándola con sus brazos desde su espalda.

—No tengo mucha hambre. —diciéndole al oído.

Victoria traga saliva, sabiendo lo que sigue. Siente como si el cuerpo y las manos de su marido le estuvieran quemando. Su barba rasurada que frota en su mejilla, es una sensación parecida a muchas agujas raspándole. Pero tiene que aguantar. Un quejido y…

—Vamos a la cama. —articula entre dientes. Insinuando.

La aprieta entre sus brazos y la mueve a otro lado.

—No. Daniel no por favor. —conteniendo su desesperación, y controlándose.

Se encierra con ella en su habitación.


Desde que amaneció, el cielo se tornó nublado, y conforme han pasado las horas, ha traído más nubes grises, se han estado acumulando. Avisando una próxima precipitación.
Pero no se puede permitir el faltar un día al trabajo. Llega puntual, como siempre, y ofrece su torpe y despistado servicio en el restaurante Itadakimasu. Aquel joven no ha salido de su mente, le angustia el perderlo. Sin embargo no es un impedimento para seguir adelante.
Es minutos antes de que termine su jornada, que del cielo fluyen las gotas de agua tan abundantemente, y con el resonar de los truenos. Victoria no puede ir a buscar un taxi, tendrá que pedirlo a la puerta del restaurante.
Aguarda paciente en el techo de afuera del negocio, todavía iluminado, puede ver escurrir el agua, de la cubierta sobre su cabeza que la protege de la imparable lluvia.  

Por supuesto que su esposo no vendrá por ella ni de broma. Akiva aprovecha que está sola, y que casi todos se han marchado, para acercarse a su lado y verla de perfil.

—Yo podría…llevarte a casa sin problemas. Pero sé que, no aceptaras. Me gustaría saber el por qué no me permites ayudarte nunca. —guarda la mitad de sus manos en los bolsillos de su pantalón de traje.
—No es necesario.

Intimidada, al pensar en las consecuencias con su esposo, al verla llegar en el auto de otro. Si así fuera.

—Estoy bien. —agrega. Hace como si quisiera abrazarse a sí misma.
—Victoria. —con su mano toca su cabeza— Mírame. ¿Por qué nunca quieres verme a los ojos? Y cuando llegas a hacerlo, no me das tiempo para ver dentro de ellos.


Es incapaz de hablar o comprender lo que trata de decirle. Solo escucha. Tampoco se mueve, sigue viendo abajo, escuchando el chorro de agua que continua sin cesar, junto con el relampagueo que azota el cielo. Y el pasar de un coche por la calle.
Le gustaría pedirle que se vaya y la deje sola, pero al mismo tiempo que la abrace, para poder llorar como lo hace el cielo, y desahogarse entre sus brazos. Siendo el único hombre que le inspira paz, confianza y la hace sentir muy bien.

—De acuerdo. No vas a responder. —pasa su mano al mentón de la chica y se posiciona frente a ella.

Concentrando su mirada en esos rosados y pequeños labios, tan tentadores que ya no puede resistirse. Este es el…
Victoria se mueve alejándose de él. Avergonzada, asustada. ¿Qué pasaría si “él” la llega a ver? Es atacada por una clase de paranoia.
Por un impulso la chica sale a la lluvia, empapándose en segundos. En cuanto Akiva vuelve adentro del restaurante por una sombrilla transparente.

A pasos agigantados la alcanza protegiéndola de la fría lluvia. Pero no siendo suficiente la sombrilla, él empieza a mojarse. Por su cara corren ríos de agua.

—Victoria…discúlpame.

Ahora si tiene motivos para no verlo a los ojos. El japonés ha sido muy obvio, Vicky ahora lo sabe, si quería besarla significa que… ¿La ama?
¿Cómo puede estar tan segura de lo que significa el amor? Si nunca lo ha vivido. ¿Cómo se siente ser amada? Quizá lo esté confundiendo.



El delgado cuerpo de Victoria es muy débil y delicado. Está temblando, descontroladamente y ya usó su inhalador un par de veces. Aun así el absorber el aire con su nariz y boca es todo un trabajo. La ha envuelto en toallas, hasta hay una sobre su cabeza, como si fuera una capucha. Sentada en un banco de la cocina del restaurante. Akiva termina de prepararle un té caliente.

Un taxi se ha cansado de esperar al frente del restaurante y sus llantas ruedan a otra dirección, yéndose.


Continúa lloviendo pero, sin el escándalo de la tormenta, tan solo el agua caer. El agua que se desliza por la amplia ventana en casa de José.
Ha reunido a todo el grupo para hablar más sobre el álbum y pasar un buen rato.
En una sala con sillones blancos y decoración en rojo. Cada uno toma asiento excepto José. Él camina de un lado a otro, inquieto, tenso, jugando con el reloj de oro en su mano.

—Es que no puedo wey. Necesito hacer algo fuera de lo común, Para que me den ganas de escribir ¿Si me entiendes? —dirigiéndose a Ricardo.
—Sí wey, ya sé. Pues… no sé. Ve a una Iglesia, mata a alguien. No sé…

Comentario que le arranca una carcajada a Arturo.

—Hablo en serio wey. —sonando molesto José.

Deja de pasearse y pasa su mirada viéndolos a todos.

—Es importante. Apenas terminé dos canciones. Y el tiempo es oro.
—Relájate Pepe, ya te inspirarás, tú tómalo con calma. —Jorge. Sentado y con sus codos sobre sus piernas, sonriéndole.
—Hey wey, a todo esto… —se une a la conversación Arturo— ¿Ese reloj qué? —lo apunta exaltando sus ojos.
—Ah, esto… —queda viendo el reloj con atención— Un momento… —no puede contener una sonrisa— Ya sé, como distraerme.

El resto esperan a que les diga más detalles. Sin dejar de verlo. En cambio José retrocede unos pasos. Buscando la privacidad de un pasillo de la casa, lejos de ellos. En su celular encuentra aquel número, que ya sabía a quién pertenece.



Victoria recibe la taza de té en sus manos. El temblor ha bajado, es más ligero, pero en su expresión facial se puede distinguir que sigue en mal estado. Pálida, tan pálida y cabizbaja, como con falta de energía.
Aparte de su salud, está cargada de miedo, nunca se ha retrasado para llegar a casa. No puede ni imaginar lo que le espera.

—Bébelo todo, te hará bien. —sugiere Akiva y arrastra otro banco cerca de ella para acompañarla— Quiero que por favor olvides lo ocurrido. ¿De acuerdo? —se inclina buscando su mirada.

Le preocupa que no pruebe ni tantito su té, está paralizada, como enferma. Si no fuera por el leve vibrar de su cuerpo, juraría que es una estatua.

—Bien… dame eso. No lo quieres.

Le quita el té de sus manos y lo deja sobre un mueble de metal, que es parte de la cocina. Retira la toalla de su cabeza y comienza a secar su cabello con delicados movimientos. Continúa pasando la toalla por uno de sus brazos, para secarlo y darle calor. Está muy helada.
Mira ese sereno rostro enmarcado en un cabello cobrizo y húmedo.

«Algo pasa con ella. Estoy seguro. Pero es tan reservada y yo…bueno, no me gustaría entrometerme tanto en su vida. Aunque…». Guarda en sus pensamientos.

Frota la toalla en la piel del brazo de la chica con la intención de “hacerla reaccionar”. Pero es en vano. Sigue estática.
Al ver que sus grandes orbes avellana se han cubierto de una delgada capa brillosa. Detiene su acción.

—Victoria…

Pasa su fina mirada a su brazo y descubre las marcas de los moretones, algunas pequeñas heridas.
Ese maquillaje que estaba obligada a usar a diario, para esconder las señales, se ha borrado gracias a la lluvia y el roce de la toalla de Akiva. Los ojos del japonés se hacen grandes, examinando bien su piel con cuidado. Victoria se percata que la está viendo y se apresura a ocultar su brazo con una toalla. Alarmándose notablemente, pero ya es muy tarde.

Está claro que alguien es el responsable de esas marcas. Algo le hace creer al japonés que el culpable de dicho maltrato es su marido ¿Quién más puede ser?.

—Akiva… —brota de los labios de Vicky.
—Victoria tú…

¡Ring, Ring!
Su celular anuncia una llamada. Victoria va por su bolso que no está muy lejos. Experimentando una oleada de emociones al ver quién es el que está llamándola.

¿Esto es verdad? ¿Esto de verdad está sucediendo? ¿Cómo pudo ser tan descuidada? ¿Cómo José puede…?
Hace un esfuerzo por tomar aire, antes de querer contestarle. El tono del celular no deja de sonar.





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